El momento en que la Pioneer 2 alcanzó la órbita de Ragol fue el momento que los pasajeros habían esperado durante años de viaje a través del vacío, el instante en que las ventanas de observación revelaron no la negrura del espacio sino un planeta cuya belleza superaba las descripciones que los informes de la Pioneer 1 habían proporcionado con la misma magnitud con que la realidad supera las fotografías que intentan capturarla. Ragol era una esfera de azules y verdes cuya similitud con las imágenes de Coral antes de su degradación producía en los observadores una emoción cuya intensidad era proporcional a la nostalgia que la visión evocaba: era como ver el fantasma de su hogar perdido materializado en un planeta que no era Coral pero que podría ser, si la colonización tenía éxito, el nuevo hogar que la humanidad necesitaba para continuar existiendo.
Los protocolos de llegada de la Pioneer 2 contemplaban una secuencia de operaciones cuya ejecución estaba planificada con la meticulosidad que la magnitud del evento requería: la activación de los sistemas de comunicación con la Pioneer 1, la confirmación de las condiciones del planeta, la preparación de las lanzaderas de descenso, y la coordinación con las fuerzas de la Pioneer 1 que debían estar preparadas para recibir a los nuevos colonos. Cada paso de la secuencia había sido ensayado durante el viaje con una frecuencia que pretendía eliminar la posibilidad de errores cuyas consecuencias, en una operación de esta magnitud, podrían ser catastróficas. Los oficiales de la Pioneer 2 ejecutaron los primeros pasos con la confianza de profesionales cuya preparación había sido exhaustiva, una confianza que los eventos posteriores destruirían con una brutalidad que ningún ensayo podía haber anticipado.
La explosión que sacudió la superficie de Ragol en el instante en que la Pioneer 2 estableció contacto con el Domo Central fue un evento cuya magnitud desafiaba toda explicación que los científicos de la nave pudieran producir en los momentos inmediatos posteriores. Una columna de energía cuyo origen parecía estar en la superficie del planeta se elevó hacia el espacio con una velocidad y una intensidad que los sensores de la Pioneer 2 registraron como valores que excedían los parámetros de medición con los que habían sido calibrados, una erupción de fuerza cuya naturaleza no era volcánica ni nuclear ni correspondía a ningún fenómeno que la ciencia de Coral hubiera documentado. La explosión duró segundos pero su impacto transformó la situación de la Pioneer 2 de una llegada triunfal en una crisis cuya gravedad fue inmediatamente evidente para todos los que la presenciaron.
Las comunicaciones con la Pioneer 1 se interrumpieron con la simultaneidad que la explosión produjo, un silencio cuya absolutidad era más aterradora que cualquier mensaje de alarma porque al menos un mensaje habría indicado que alguien en la superficie estaba vivo para enviarlo. Los operadores de comunicaciones de la Pioneer 2 repitieron sus intentos de contacto con una frecuencia que reflejaba la urgencia de la situación, transmitiendo en todas las frecuencias y en todos los protocolos que la tecnología de la nave permitía, pero la respuesta fue siempre la misma: silencio, un silencio cuya persistencia convertía cada minuto que pasaba sin respuesta en una evidencia más contundente de que algo terrible había ocurrido en la superficie.
El Principal Tyrell enfrentó la crisis con la compostura que su posición exigía y que su naturaleza le permitía mantener con un esfuerzo cuya magnitud solo los que lo conocían de cerca podían apreciar. Las decisiones que debía tomar en los minutos posteriores a la explosión eran decisiones cuyas consecuencias determinarían el futuro de todos los pasajeros de la Pioneer 2: enviar equipos de reconocimiento a la superficie arriesgaba vidas que la humanidad no podía permitirse perder, pero no enviarlos significaba abandonar a los colonos de la Pioneer 1 cuya supervivencia, si sobrevivían, dependía de la ayuda que la Pioneer 2 pudiera proporcionar. La decisión fue enviar a los Cazadores, los guerreros cuya preparación para el combate y cuya familiaridad con las condiciones de peligro los convertían en los individuos más capacitados para una misión de reconocimiento en un entorno cuya peligrosidad era desconocida.
Los primeros Cazadores que descendieron a la superficie de Ragol encontraron un paisaje cuya belleza natural contrastaba con la ausencia de cualquier presencia humana con una discordancia que producía una inquietud cuya fuente era difícil de articular pero imposible de ignorar. Los bosques que rodeaban la zona de descenso eran extensiones de vegetación cuya exuberancia sugería un ecosistema cuya salud era óptima, árboles cuya altura excedía la de cualquier especie que los registros de la Pioneer 1 hubieran documentado, y una fauna cuya diversidad incluía criaturas que los informes previos no mencionaban. Pero del Domo Central, la estructura que la Pioneer 1 había construido como el corazón de la colonia, no quedaba rastro visible desde la distancia, y los señales de la presencia humana que los Cazadores buscaban con la urgencia de quienes sabían que cada minuto que pasaba sin encontrarlas reducía las probabilidades de encontrar supervivientes eran tan esquivas como eran desesperadas las miradas que las buscaban.
Las criaturas que los Cazadores encontraron en los bosques de Ragol eran seres cuya agresividad hacia los humanos era un fenómeno que los informes de la Pioneer 1 no habían advertido, un cambio de comportamiento cuya causa los científicos de la Pioneer 2 atribuirían posteriormente a la explosión que había alterado la biología del planeta con efectos cuya comprensión requeriría meses de investigación. Los Boomas, criaturas cuya apariencia combinaba rasgos de simios y de depredadores en una síntesis que los naturalistas encontraban fascinante y que los Cazadores encontraban amenazante, atacaban a los intrusos humanos con una ferocidad que no correspondía al comportamiento de las criaturas herbívoras que los informes previos habían descrito. Los Rappies, aves cuya apariencia torpe desmentía una agresividad que los Cazadores descubrían cuando las criaturas atacaban en bandadas cuya coordinación sugería una inteligencia colectiva que excedía la de los individuos que la componían.
Los restos de la infraestructura de la Pioneer 1 que los Cazadores encontraron a medida que se adentraban en el territorio eran los testimonios mudos de una presencia humana que había existido pero que ya no existía, fragmentos de tecnología cuya dispersión sugería una destrucción cuya violencia excedía la de cualquier accidente natural. Los paneles de las estructuras de investigación que la Pioneer 1 había desplegado yacían esparcidos por los bosques como los restos de un naufragio, y los dispositivos de comunicación que los equipos de la Pioneer 1 habían utilizado para transmitir sus informes a la nave nodriza estaban silenciosos, desactivados por una fuerza cuya naturaleza los técnicos que los examinaban no podían determinar.
La superficie de Ragol se reveló gradualmente como un mundo cuya complejidad excedía las evaluaciones iniciales con una magnitud que cada nueva expedición ampliaba. Más allá de los bosques que rodeaban la zona de llegada se extendían otros biomas cuya diversidad sugería un planeta cuya historia geológica y biológica era tan rica como la de Coral en sus mejores épocas: cavernas subterráneas cuya profundidad alcanzaba niveles donde la temperatura del magma calentaba las rocas hasta producir ecosistemas que la ausencia de luz solar alimentaba con energía geotérmica, instalaciones mineras que la Pioneer 1 había construido y que los Cazadores encontraron abandonadas con una precipitación que las herramientas dejadas a medio usar evidenciaban, y ruinas cuya antigüedad y cuya arquitectura sugerían la existencia de una civilización que había habitado Ragol mucho antes de la llegada de los humanos.
La pregunta que la explosión había planteado, la pregunta que dominaba las deliberaciones del consejo de la Pioneer 2 y que alimentaba los rumores que circulaban entre los pasajeros con la velocidad del miedo, era una pregunta cuya respuesta determinaría no solo el destino de la colonización sino la comprensión que la humanidad tendría de Ragol y de las fuerzas que el planeta contenía: qué había causado la explosión, qué había sucedido con los colonos de la Pioneer 1, y qué amenazas aguardaban en la superficie de un planeta cuya belleza natural podía ser la máscara de peligros cuya magnitud la humanidad todavía no podía comprender.
Ragol no era el paraíso que la humanidad había esperado encontrar al final de su viaje a través del espacio sino un mundo cuya hospitalidad aparente ocultaba misterios cuya profundidad era tan vasta como era urgente la necesidad de desentrañarlos, un planeta que ofrecía una segunda oportunidad pero que exigía, como precio de esa oportunidad, que los humanos que aspiraban a habitarlo demostraran que eran dignos de la vida que el planeta podía proporcionar y capaces de enfrentar los peligros que esa misma vida contenía.