En el principio no había nada excepto el vacío, una extensión de oscuridad tan absoluta que la palabra oscuridad resulta insuficiente para describirla porque la oscuridad implica la ausencia de luz y en aquel vacío primordial no existía siquiera el concepto de luz cuya ausencia pudiera definirse. No había arriba ni abajo, no había antes ni después, no había materia ni energía ni tiempo ni espacio, solo la nada infinita que se extendía en todas las direcciones que aún no existían como direcciones sino como potencialidades latentes esperando el momento de manifestarse. Los sabios que estudiarían la cosmogonía de Midgard en las eras venideras llamarían a este estado primordial el Ginnungagap, el abismo bostezante, un nombre que capturaba con precisión poética la naturaleza de un vacío que no era estático sino que contenía dentro de sí la semilla de todo lo que vendría, como un bostezo contiene dentro de sí tanto el sueño que lo precede como el despertar que lo sigue.
Pero el vacío no era completo, porque en sus extremos existían dos fuerzas cuya presencia era anterior a toda creación y cuya naturaleza era tan opuesta como complementaria. En el norte del Ginnungagap se extendía Niflheim, el reino del hielo eterno, un dominio de frío tan intenso que la materia misma se negaba a existir en su forma habitual, un lugar donde la temperatura descendía más allá de lo que cualquier escala podía medir y donde los ríos de escarcha fluían con una lentitud que hacía que los glaciares parecieran torrentes en comparación. En el sur se alzaba Muspelheim, el reino del fuego imperecedero, un dominio de calor tan devastador que la realidad se derretía en sus fronteras y donde las llamas no necesitaban combustible porque el fuego mismo era la sustancia fundamental de la que todo lo demás derivaba. Estas dos fuerzas, el hielo absoluto del norte y el fuego absoluto del sur, existían en un equilibrio que no era paz sino tensión, como dos gigantes que se miran a los ojos a través de un campo vacío, cada uno esperando que el otro haga el primer movimiento, cada uno consciente de que cuando ese movimiento se produzca, todo cambiará para siempre.
El momento de la creación llegó no como un evento planificado sino como la consecuencia inevitable de dos fuerzas opuestas que no podían coexistir sin interactuar. Las emanaciones de Niflheim, ríos de hielo primordial que los sabios llamarían Élivágar, fluyeron hacia el centro del Ginnungagap con la lentitud de un amanecer, y las chispas de Muspelheim, fragmentos de fuego puro que se desprendían del reino ardiente como las cenizas se desprenden de una hoguera, viajaron en dirección opuesta con la velocidad de un relámpago. Cuando el hielo y el fuego se encontraron en el centro del vacío, el resultado no fue la aniquilación mutua que la lógica habría predicho sino algo completamente inesperado: la creación. Del choque entre las fuerzas primordiales surgió Ymir, el primer ser, un gigante de hielo cuya existencia era tan vasta que su cuerpo abarcaba dimensiones que las mentes mortales no podrían concebir, un ser que era simultáneamente el primer organismo vivo y el primer paisaje, porque su escala hacía que la distinción entre ser vivo y geografía fuera irrelevante.
De Ymir surgieron los gigantes, los Jotun, seres cuyo poder y cuya naturaleza reflejaban las fuerzas primordiales que habían creado a su progenitor. Los gigantes de hielo, los gigantes de fuego, los gigantes de roca y los gigantes de tormenta poblaron el vacío con una exuberancia caótica que no conocía el orden ni la estructura, multiplicándose y luchando entre sí con la ferocidad de fuerzas naturales que no comprenden el concepto de moderación. Pero del mismo proceso que creó a Ymir surgió también otra línea de seres, más pequeños que los gigantes pero dotados de una cualidad que los gigantes no poseían: la capacidad de imponer orden al caos, de ver en la materia prima del universo no simplemente material bruto sino posibilidades de estructura, de belleza, de significado. Estos seres eran los dioses, y su líder, el primero entre iguales cuya visión moldearía el destino del cosmos, era Odín, el Padre de Todo, cuyo único ojo que le quedaba después de sacrificar el otro por la sabiduría veía más lejos y con más claridad que los dos ojos de cualquier otro ser en la creación.
Odín y sus hermanos, Vili y Ve, contemplaron el caos de los gigantes con una insatisfacción que era hija de la visión: donde los gigantes veían en el universo un campo de batalla infinito donde la fuerza era la única ley, los dioses veían un lienzo vacío que esperaba ser pintado, una sinfonía que esperaba ser compuesta, un mundo que esperaba ser creado. La decisión de matar a Ymir no fue un acto de crueldad sino de necesidad creativa: el cuerpo del primer gigante era la materia prima más abundante y más poderosa que existía, y los dioses la necesitaban para construir el mundo que su visión les exigía crear. La muerte de Ymir fue el acto de violencia fundacional sobre el que toda la creación se alzó, el sacrificio primordial cuya sangre se convertiría en los océanos, cuya carne se convertiría en la tierra, cuyos huesos se convertirían en las montañas y cuyo cráneo, elevado por los dioses hasta el cielo con pilares que ningún ojo mortal podía percibir, se convertiría en la bóveda celeste que cubriría el mundo con la protección de un techo que era, literalmente, la cabeza pensante del primer ser. Las chispas de Muspelheim fueron colocadas en el cielo convertidas en estrellas, y dos de las más brillantes fueron designadas como el sol y la luna, astros que recorrerían la bóveda celeste en carros tirados por caballos divinos, perseguidos eternamente por los lobos Sköll y Hati, hijos del caos que intentarían devorarlos hasta el fin de los tiempos.
El mundo que los dioses crearon del cuerpo de Ymir fue organizado en planos de existencia que se superponían como las capas de una cebolla cósmica, cada plano habitado por seres cuya naturaleza correspondía al nivel que ocupaban en la jerarquía de la creación. Asgard, el plano más elevado, era el hogar de los dioses, un reino de salones dorados y puentes de arcoíris donde Odín gobernaba desde su trono en el Valhalla, el salón de los caídos donde los guerreros más valientes que habían muerto en batalla eran recibidos por las Valquirias para festejar y luchar hasta el fin de los tiempos. Midgard, el plano central, fue designado como el hogar de los mortales, una tierra que los dioses modelaron con especial cuidado porque era allí donde su creación más ambiciosa y más impredecible, los seres humanos, viviría, crecería, sufriría y, en sus mejores momentos, alcanzaría una grandeza que incluso los dioses encontrarían digna de admiración. Jotunheim, el reino de los gigantes, se extendía en los márgenes del mundo conocido, un dominio salvaje donde las fuerzas del caos que los dioses habían sometido pero no destruido seguían bullendo con una energía que amenazaba constantemente con desbordar las fronteras que los separaban del orden civilizado.
Los seres humanos fueron la última y la más audaz de las creaciones de los dioses, seres formados del fresno y del olmo, de la madera viva de los árboles que los dioses encontraron en una playa de Midgard y que transformaron en criaturas de carne y sangre y espíritu con una combinación de poder divino que cada dios contribuyó según su naturaleza. Odín les dio el aliento, la chispa vital que separaba a lo vivo de lo inerte. Vili les dio la inteligencia, la capacidad de pensar, de planificar, de imaginar futuros que aún no existían y de trabajar para hacerlos realidad. Ve les dio los sentidos, la capacidad de percibir el mundo en toda su riqueza de colores, sonidos, texturas, sabores y aromas, y con esa percepción llegó también la capacidad de sentir placer y dolor, alegría y tristeza, amor y odio, todo el espectro emocional que convertiría a los mortales en los seres más complejos y más impredecibles que la creación había producido. Los humanos fueron colocados en Midgard con la libertad de hacer con su existencia lo que su voluntad les dictara, y esa libertad, que era tanto un regalo como una prueba, definió desde el primer momento la relación entre los mortales y sus creadores: los dioses habían dado a los humanos todo lo que necesitaban para construir un mundo, pero la construcción misma era responsabilidad exclusiva de quienes la habitarían.
Midgard se extendía como un continente de una diversidad geográfica que reflejaba la riqueza de la imaginación divina que lo había creado. Las praderas del sur, fértiles y acogedoras, fueron el lugar donde los primeros asentamientos humanos echaron raíces, comunidades agrícolas cuya simplicidad inicial ocultaba el potencial de una civilización que eventualmente se extendería por todo el continente. Los bosques del centro, densos y misteriosos, albergaban criaturas cuya existencia los humanos apenas sospechaban en sus primeros años sobre la tierra, seres que los dioses habían creado como parte del ecosistema de Midgard y cuya función era tanto mantener el equilibrio natural como recordar a los mortales que no eran los únicos habitantes del mundo y que su dominio sobre la tierra era condicional, no absoluto. Las montañas del norte, imponentes y nevadas, marcaban la frontera entre el mundo habitable y las regiones donde las fuerzas del frío primordial de Niflheim todavía se hacían sentir, una frontera que los humanos respetarían durante siglos antes de que la ambición y la curiosidad los empujaran a cruzarla.
El Árbol del Mundo, Yggdrasil, era el eje que conectaba todos los planos de existencia en una estructura cuya complejidad desafiaba toda representación visual pero cuya presencia podía sentirse en cada rincón de la creación. Sus raíces se hundían en tres pozos sagrados que alimentaban el cosmos con la sabiduría, el destino y la vida misma: el Pozo de Urd, donde las Nornas, las tejedoras del destino, hilaban los hilos de la suerte de cada ser vivo con dedos que no conocían la piedad ni la parcialidad; el Pozo de Mimir, donde Odín había sacrificado su ojo a cambio de la sabiduría que le permitiría gobernar el cosmos con justicia; y el Pozo de Hvergelmir, la fuente de todos los ríos del mundo, cuyas aguas alimentaban la vida de Midgard con la constancia de una madre que amamanta a su hijo. Las ramas de Yggdrasil se extendían sobre los nueve mundos como un dosel protector cuya sombra era la garantía de que la creación, por amenazada que estuviera, seguiría sosteniéndose mientras el árbol mantuviera sus raíces firmes en los cimientos del cosmos.
Pero la creación contenía dentro de sí la semilla de su propia destrucción, porque los dioses que habían creado el mundo no eran todopoderosos ni omniscientes, y las fuerzas del caos que habían sometido no habían sido destruidas sino meramente contenidas. Las profecías que las Nornas tejían en sus tapices hablaban de un día en que el orden que los dioses habían impuesto al caos se desmoronaría, en que los gigantes romperían las cadenas que los mantenían en los márgenes del mundo y marcharían contra Asgard con la furia acumulada de eones de humillación, en que el lobo Fenrir devoraría al sol y la serpiente Jörmungandr se alzaría del océano para envenenar el cielo, en que los dioses y los gigantes se destruirían mutuamente en una batalla final cuya violencia borraría todo lo que la creación había construido. Ese día tenía un nombre que se pronunciaba en los salones de los dioses con una reverencia que era inseparable del terror: Ragnarök, el crepúsculo de los dioses, el fin de todas las cosas, la destrucción que era tan inevitable como la creación que la había precedido. Pero las profecías también hablaban de lo que vendría después: un mundo nuevo que surgiría de las cenizas del antiguo, más verde y más justo, purificado por el fuego de la destrucción y fertilizado por la sangre del sacrificio, un mundo donde los hijos de los dioses caídos gobernarían con la sabiduría heredada de sus padres y donde los mortales que hubieran sobrevivido construirían una civilización que aprendería de los errores del pasado.
Midgard, el mundo de los mortales, existía así en un estado de suspensión entre la creación y la destrucción, un mundo cuya belleza era inseparable de su fragilidad y cuya promesa de grandeza coexistía con la certeza de que esa grandeza sería, eventualmente, puesta a prueba por fuerzas que harían que las amenazas cotidianas de los monstruos y los bandidos parecieran, en comparación, juegos de niños. Los humanos que caminaban por las praderas de Midgard, que construían sus casas y sembraban sus campos y criaban a sus hijos bajo el cielo de hueso de Ymir, vivían sus vidas con una intensidad que era hija de esa fragilidad, porque sabían, en algún lugar profundo de su consciencia colectiva, que cada día de paz era un regalo que el destino podía revocar sin previo aviso y que la única respuesta digna a esa incertidumbre era vivir cada momento como si fuera simultáneamente el primero y el último, con la gratitud del que nace y la serenidad del que muere sabiendo que ha vivido plenamente.