Ragnarok Online

Capitulo 12 de 15

El Despertar de los Dioses

Los dioses de Midgard nunca se marcharon verdaderamente, porque los dioses no se marchan como los mortales se marchan, cerrando una puerta detrás de sí y dejando un espacio vacío donde antes estaba su presencia. Los dioses se retiraron, que es algo fundamentalmente diferente: se alejaron de la participación directa en los asuntos de los mortales, retrocediendo a un segundo plano desde el cual seguían observando, seguían influyendo, seguían tejiendo los hilos de un destino que los mortales percibían como libre albedrío pero que, visto desde la perspectiva divina, era una danza cuyos pasos habían sido coreografiados con una precisión que incluía la ilusión de la espontaneidad como parte integral de la coreografía. La retirada de los dioses después de la Guerra de los Mil Años no fue un abandono sino un acto de confianza: la decisión de permitir que los mortales gestionaran su propio destino con los recursos que la creación les había proporcionado, una prueba cuyo resultado determinaría si la inversión divina en la raza humana había sido una apuesta sabia o un error de cálculo de proporciones cósmicas.

Las señales del despertar de los dioses, de su retorno a la participación activa en los asuntos de Midgard, llegaron de maneras tan diversas como los propios dioses que las enviaban. Los sacerdotes de la Catedral de Prontera reportaron que sus oraciones, que durante generaciones habían sido respondidas con la parsimonia de una deidad que escucha pero que no se apresura a contestar, comenzaron a ser respondidas con una inmediatez y una intensidad que los dejaba aturdidos: los hechizos de sanación que antes requerían largos cánticos de invocación funcionaban ahora con un simple murmullo, las barreras protectoras que antes exigían un esfuerzo sostenido se manifestaban ahora con la facilidad de un gesto, y las visiones proféticas que antes llegaban en sueños fragmentados e indescifrables se presentaban ahora con una claridad que era tanto reveladora como aterradora, porque lo que las visiones mostraban no era un futuro de paz sino un futuro de conflicto de proporciones que harían que la caída de Morroc pareciera un preludio.

Las Valquirias, las mensajeras de Odín cuya presencia en el campo de batalla era el indicador más visible del interés divino en los asuntos de los mortales, comenzaron a ser avistadas en los cielos de Midgard con una frecuencia que no se había registrado desde la era de la Guerra de los Mil Años. Estas guerreras divinas, montadas en corceles alados cuyas crines brillaban con la luz de las estrellas, descendían sobre los campos de batalla donde los aventureros enfrentaban a las fuerzas del caos con una elegancia que contrastaba brutalmente con la violencia del entorno: seleccionaban a los guerreros más valientes entre los caídos, recogían sus almas con una delicadeza que parecía inapropiada para el contexto de carnicería que las rodeaba, y ascendían de vuelta hacia Asgard con su carga sagrada, llevando a los elegidos al Valhalla donde los guerreros festejaban y luchaban en preparación para una batalla final cuya proximidad las Valquirias percibían con una urgencia que se reflejaba en la velocidad con que completaban sus rondas de recolección.

Thor, el dios del trueno, manifestó su presencia de la manera más directa y menos sutil posible: tormentas de una violencia sin precedentes sacudieron las regiones del norte de Midgard, relámpagos que no caían al azar sino que impactaban con una precisión quirúrgica sobre concentraciones de monstruos y formaciones demoníacas, como si el propio cielo hubiera decidido tomar partido en el conflicto entre la civilización y el caos. Los Norn, aquellas gigantescas tejedoras del destino que habitaban al pie de Yggdrasil, fueron percibidas por los videntes más sensibles de Midgard tejiendo con una velocidad frenética que sugería que los hilos del destino estaban convergiendo hacia un punto que se acercaba con una velocidad que las propias Norn encontraban alarmante. Y Freya, la diosa del amor y la fertilidad cuya influencia se manifestaba generalmente en las cosechas abundantes y en la salud de los recién nacidos, comenzó a ser percibida por los druidas y los chamanes como una presencia que no estaba distribuyendo bendiciones sino acumulando fuerza, reuniendo la energía de la vida como un guerrero reúne armas antes de una batalla cuya fecha ya ha sido fijada.

La profecía del Ragnarök, aquella predicción del fin de todas las cosas que las Norn habían tejido en los tapices del destino desde los albores de la creación, dejó de ser una abstracción teológica para convertirse en una posibilidad tangible cuya proximidad los más sensibles podían percibir como se percibe la aproximación de una tormenta: un cambio en la presión del aire existencial, una vibración en el tejido de la realidad que los instrumentos convencionales no podían medir pero que los sentidos desarrollados por años de exposición a las fuerzas sobrenaturales detectaban con la claridad de una alarma. Los signos que la profecía describía comenzaron a manifestarse con una regularidad que era demasiado precisa para ser coincidencia: los inviernos se hicieron más largos y más crueles, sugiriendo la aproximación del Fimbulwinter, el invierno de tres años que precedería al Ragnarök. Los lobos Sköll y Hati, los perseguidores eternos del sol y la luna, parecían acercarse a sus presas, porque los eclipses se hicieron más frecuentes y más prolongados, y los astrónomos que los registraban reportaban que las sombras que cubrían los astros tenían una cualidad que no era la de la sombra natural sino la de algo vivo que estaba intentando devorar la luz.

Los mortales de Midgard respondieron a las señales del despertar divino con una mezcla de fervor religioso y pragmatismo marcial que reflejaba la dualidad de su naturaleza. Los templos de Prontera se llenaron como no se habían llenado en generaciones, los fieles buscando en la oración la certeza que el mundo exterior les negaba, y los sacerdotes respondiendo a la demanda con ceremonias cuya intensidad emocional transformaba cada servicio en una experiencia que los asistentes describían como tanto consoladora como aterradora, porque la cercanía de los dioses, lejos de calmar los temores, los confirmaba. Los gremios de aventureros, mientras tanto, redoblaron sus entrenamientos y sus expediciones a las mazmorras, comprendiendo con la pragmática claridad que caracterizaba a su profesión que si el Ragnarök estaba acercándose, la preparación militar era tan importante como la espiritual, y que los dioses, por poderosos que fueran, necesitarían aliados mortales cuya determinación pudiera complementar su poder divino en la batalla que se avecinaba.

La convergencia de las fuerzas del caos, estimulada por la debilidad de los sellos que contenían a los señores demoníacos y por la inestabilidad creciente del equilibrio cósmico que el despertar de los dioses generaba, creó un escenario de amenazas múltiples que los estrategas de Rune-Midgarts encontraban tan desconcertante como un tablero de ajedrez donde todas las piezas se mueven simultáneamente. Satan Morroc, liberado de su prisión bajo el desierto, acumulaba poder en su dominio dimensional mientras sus legiones exploraban los bordes del mundo buscando debilidades en las defensas de los mortales. Los demonios menores, envalentonados por la ruptura del sello más poderoso que los dioses habían creado, se multiplicaban en las mazmorras y en las regiones salvajes con una agresividad que superaba todo lo que las generaciones anteriores habían experimentado. Y las fuerzas del caos primordial que habitaban los bordes de la creación, aquellas energías que Ymir había encarnado y que la imposición del orden cósmico había relegado a los márgenes de la existencia, se agitaban con una intensidad que los sabios interpretaban como la señal de que el ciclo cósmico estaba acercándose a su punto de inflexión.

Los dioses se preparaban para la batalla con la solemnidad de seres que sabían que el enfrentamiento que se avecinaba no era simplemente otra guerra sino el conflicto definitivo, el enfrentamiento cuyo resultado determinaría si el orden que habían impuesto al caos sobreviviría o si sería barrido como una construcción de arena ante la marea. Odín, desde su trono en el Valhalla, observaba los hilos del destino con su único ojo que veía más allá del tiempo y del espacio, calculando las posibilidades con la sabiduría de quien ha sacrificado la mitad de su visión para ver la totalidad del cuadro. Thor afilaba a Mjolnir con una concentración que los otros dioses no le habían visto desde la era de la Guerra de los Mil Años. Y las almas de los guerreros más valientes de la historia de Midgard, reunidas en el Valhalla durante generaciones de recolección por parte de las Valquirias, se preparaban para la batalla final con la alegría fiera de quienes han esperado toda la eternidad para el momento que define su existencia.

El despertar de los dioses no era una garantía de salvación sino una señal de que la amenaza era tan grave que incluso los inmortales consideraban necesario abandonar su política de no intervención y tomar las armas junto a los mortales que habían creado. Era un honor terrible, un reconocimiento de la humanidad cuyo precio era la confirmación de que la humanidad estaba en peligro mortal, y los habitantes de Midgard lo recibieron con la mezcla de gratitud y pavor que corresponde a quienes descubren que los dioses los consideran dignos de luchar a su lado, una dignidad cuya contrapartida es la certeza de que la lucha será tan terrible como para requerir la participación de los inmortales. El mundo de Midgard estaba al borde de su prueba más grande, una prueba que determinaría si la creación de los dioses era lo suficientemente fuerte como para sobrevivir a las fuerzas que intentaban destruirla, y los dioses y los mortales marchaban juntos hacia ese destino con la determinación de quienes saben que el resultado es incierto pero que la alternativa a luchar, la rendición ante el caos, es peor que cualquier derrota.