Midgard permanece. Después de la creación que lo arrancó del vacío del Ginnungagap, después de la Guerra de los Mil Años que sacudió sus cimientos con una violencia que habría destruido cualquier mundo menos obstinado, después de la caída de Morroc que demostró que los sellos divinos no son eternos, después de los terremotos y las invasiones y las corrupciones que han marcado su superficie con cicatrices que los cartógrafos mapean pero que los poetas lamentan, Midgard permanece, tan tenaz como los mortales que lo habitan, tan empeñado en seguir existiendo como un anciano que se niega a aceptar que sus mejores días quedaron atrás porque sabe, con la sabiduría que solo los años pueden conferir, que cada día que se vive plenamente es, por definición, uno de los mejores días.
El mundo que los dioses crearon del cuerpo de Ymir y que los mortales transformaron en un hogar que, si no es perfecto, es al menos suyo, se extiende bajo un cielo que es el cráneo del primer gigante, iluminado por estrellas que son chispas de Muspelheim y recorrido por un sol y una luna que son perseguidos por lobos que nunca se rinden en la cacería. Es un mundo donde la magia fluye por las corrientes subterráneas con la misma naturalidad con que el agua fluye por los ríos, donde los monstruos acechan en los bosques y las montañas como recordatorios perpetuos de que la civilización es una conquista que debe ser defendida cada día, donde las mazmorras se abren como bocas de oscuridad que invitan a los valientes y devoran a los imprudentes. Es un mundo donde los dioses observan desde Asgard con una mezcla de orgullo y preocupación a los seres que crearon del fresno y del olmo, seres que han demostrado ser tanto más frágiles como más resilientes de lo que sus creadores habían anticipado, capaces de una destrucción que rivalizaba con la de los demonios y de una creación que rivalizaba con la de los propios dioses.
Las ciudades de Rune-Midgarts siguen en pie, aunque algunas llevan las marcas de los eventos que las han sacudido como las cicatrices de un guerrero veterano. Prontera sigue siendo el corazón del reino, sus murallas blancas reconstruidas después de cada amenaza con una determinación que es la expresión arquitectónica de la voluntad humana de persistir. La Catedral sigue elevando sus torres gemelas hacia el cielo con la misma plegaria silenciosa que ha pronunciado desde su fundación, y los sacerdotes que sirven en ella siguen canalizando la luz divina con una fe que ha sido probada y fortalecida por cada crisis que la ha puesto a prueba. Geffen sigue brillando como el faro del conocimiento arcano que siempre ha sido, su torre de magia irradiando una energía que los sensibles al éter perciben como un canto perpetuo a la curiosidad humana. Payon sigue protegida por sus montañas y sus bosques, sus arqueros vigilando los senderos con la misma paciencia con que las montañas vigilan el horizonte. Y en el lugar donde Morroc se alzaba antes de la catástrofe, una nueva comunidad se está formando sobre las ruinas de la antigua, construyendo sobre los escombros con la determinación de quienes se niegan a permitir que la destrucción tenga la última palabra.
Las tierras lejanas siguen siendo puentes entre civilizaciones cuyas diferencias son su mayor riqueza. Amatsu sigue oculta entre brumas y flores de cerezo, sus templos resonando con cánticos que mezclan la serenidad con la ferocidad de una cultura que ha aprendido a encontrar la paz en el corazón del conflicto. Louyang sigue protegida por sus murallas ancestrales, su dragón dormido en las profundidades como un guardián cuyo sueño es más protector que la vigilia de un ejército. Ayothaya sigue brillando con el oro de sus templos bajo un sol tropical que calienta la piel con la misma calidez con que la fe de sus habitantes calienta el espíritu. Y los océanos que conectan estas tierras con el continente principal siguen siendo surcados por barcos cuyos marineros llevan consigo no solo mercancías sino ideas, técnicas y perspectivas que enriquecen cada cultura que tocan con la fertilidad de un río que deposita sedimentos en cada orilla que acaricia.
Las mazmorras de Midgard siguen abiertas, sus profundidades todavía inexploradas en su totalidad, sus secretos todavía sin revelar, sus monstruos todavía tan peligrosos como el día en que los primeros aventureros se atrevieron a descender a sus tinieblas. Las Catacumbas de Prontera siguen resonando con los pasos de los muertos que no descansan. Glast Heim sigue envuelta en la maldición que convierte sus ruinas en un laberinto de terror y maravilla. La Torre Sin Fin sigue generando niveles que nadie ha explorado, desafiando a los aventureros más poderosos del mundo con la promesa de que, por alto que asciendan, siempre habrá algo más arriba. Y bajo la superficie, en las cavernas y los túneles que conectan las mazmorras entre sí como las venas conectan los órganos de un cuerpo, las energías residuales de la Guerra de los Mil Años siguen atrayendo a criaturas cuya existencia es el precio que Midgard paga por la magia que hace posible todo lo demás.
Los aventureros siguen saliendo cada mañana por las puertas de las ciudades, sus pasos dirigidos hacia destinos que van desde las praderas más cercanas hasta las mazmorras más remotas, sus mochilas cargadas con las esperanzas y las provisiones necesarias para sobrevivir un día más en un mundo que no hace promesas excepto la de que será interesante. Nuevos aprendices empuñan sus primeras espadas con la torpeza que solo la inexperiencia puede producir y que la experiencia transformará gradualmente en la elegancia del dominio. Nuevos sacerdotes pronuncian sus primeras oraciones con una voz temblorosa que la fe convertirá en el instrumento de una luz capaz de arrancar almas de las garras de la muerte. Nuevos magos conjuran sus primeros hechizos con una concentración tan intensa que el sudor les corre por la frente mientras una pequeña bola de fuego chisporrotea entre sus dedos, sin sospechar que esos dedos llegarán a canalizar tormentas de destrucción que harán temblar la tierra. El ciclo continúa, cada generación de aventureros aprendiendo de la anterior y enseñando a la siguiente, cada generación añadiendo su propio capítulo a una historia que no tiene final porque la historia de un mundo vivo no puede tener final mientras haya alguien dispuesto a vivirla.
La profecía del Ragnarök pende sobre Midgard como ha pendido desde el principio de los tiempos, una sombra cuya presencia es tan constante que los mortales han aprendido a vivir bajo ella con la naturalidad con que se vive bajo un cielo cuya posibilidad de tormenta es permanente pero cuya realización es impredecible. Quizás el Ragnarök sea inevitable, quizás el ciclo de creación y destrucción sea una ley cósmica que ninguna voluntad mortal ni divina puede alterar. Pero la profecía también habla de lo que viene después de la destrucción, del mundo nuevo que surge de las cenizas del antiguo, más verde y más justo y más sabio por las lecciones que la destrucción ha enseñado. Y esa promesa, la promesa de que la destrucción no es el final sino una transición, es la fuente de una esperanza que trasciende el miedo y que permite a los mortales de Midgard vivir cada día no como un plazo que se agota sino como una oportunidad que se renueva, no como el preludio de una catástrofe sino como la demostración de que la vida, por frágil que sea, es más fuerte que cualquier fuerza que intente destruirla.
Midgard no es un mundo perfecto. Es un mundo de dioses caprichosos y demonios hambrientos, de mazmorras mortales y campos de batalla ensangrentados, de injusticias que los poderosos cometen contra los débiles y de heroísmos que los débiles realizan contra toda probabilidad. Es un mundo donde la Corporación Rekenber experimenta con seres humanos en sótanos secretos mientras los sacerdotes de Prontera rezan por la salvación de todos los seres vivos, donde los demonios acechan en las sombras mientras los aventureros los persiguen con antorchas y espadas, donde la muerte espera al final de cada camino pero donde la vida florece en cada rincón donde la muerte aún no ha llegado. Es un mundo contradictorio, caótico, peligroso, hermoso y absolutamente irreductible a cualquier descripción simple, y quizás sea exactamente esa irreductibilidad lo que lo hace digno de existir y de ser defendido: un mundo que puede ser descrito con una sola palabra no vale la pena de ser vivido, pero un mundo que requiere toda una vida para ser comprendido y que al final de esa vida sigue guardando secretos que el siguiente aventurero descubrirá, ese es un mundo que merece cada gota de sangre que se ha derramado en su defensa.
Las estrellas que brillan sobre Midgard son las mismas chispas de Muspelheim que Odín colocó en el cráneo de Ymir cuando creó el mundo, y su luz, que ha viajado desde el principio de los tiempos para llegar hasta los ojos de quien las contempla esta noche, es la misma luz que iluminó la primera noche del mundo, la noche en que los primeros humanos alzaron la mirada hacia un cielo que no conocían y sintieron, por primera vez en la historia de la creación, el asombro que es la raíz de toda aventura, de toda pregunta, de todo viaje que comienza con un paso fuera de las murallas de lo conocido hacia la inmensidad de lo desconocido. Esa luz sigue brillando, y mientras brille, mientras haya ojos que la contemplen y corazones que latan bajo ella y manos que empuñen espadas a su amparo, Midgard seguirá existiendo, seguirá luchando, seguirá siendo el hogar imposible y maravilloso de una raza que los dioses crearon del fresno y del olmo y que ha demostrado, una y otra vez, que la madera de la que está hecha es más fuerte que el acero de los dioses y más resistente que la piedra de las montañas. El legado de Midgard es la prueba de que la creación vale la pena, y esa prueba se renueva con cada amanecer que el sol, perseguido por el lobo pero nunca devorado, regala al mundo con la generosidad de quien sabe que su luz es la diferencia entre la vida y la nada.