EverQuest

Capitulo 7 de 15

Los Planos del Poder

Desde los albores de la creación, cuando los dioses de Norrath moldearon las razas mortales y reclamaron dominios tanto físicos como metafísicos, existía una verdad fundamental que gobernaba la arquitectura del cosmos: el reino de los mortales y el reino de los dioses estaban separados por una barrera invisible pero absolutamente infranqueable, un muro dimensional tejido con las voluntades combinadas de todas las divinidades del panteón, diseñado para mantener a los seres de carne y hueso en su lugar y a los poderes divinos en el suyo. Esta barrera no era un simple obstáculo físico que pudiera ser escalado o perforado con herramientas mundanas, sino una ley cósmica tan fundamental como la gravedad o el paso del tiempo, una partición de la realidad que determinaba que los mortales vivieran en el plano material, nacieran, sufrieran, amaran y murieran bajo el cielo de Norrath, mientras los dioses habitaban sus propios planos de existencia, reinos personales que reflejaban la esencia de cada deidad con una fidelidad perfecta. El Plano de la Enfermedad era un pantano infinito de putrefacción y pestilencia donde Bertoxxulous, el Rey de la Plaga, cultivaba sus enfermedades como un jardinero perverso cultiva flores ponzoñosas. El Plano de las Pesadillas era un laberinto de terrores psicológicos donde Cazic-Thule, el Señor del Miedo, tejía los peores horrores imaginables a partir de las fobias más profundas de las mentes mortales. El Plano de las Tormentas rugía con la furia de huracanes eternos bajo el dominio de Karana, mientras el Plano de la Justicia existía como un tribunal cósmico donde Mithaniel Marr presidía juicios que determinaban el destino de las almas. Cada plano era un universo en miniatura, completo y autónomo, y la barrera que los separaba del mundo mortal había permanecido intacta durante milenios, inviolable e incontestada.

Pero los dioses, en su infinita arrogancia, habían cometido un error que eventualmente se volvería en su contra: habían creado a los mortales demasiado curiosos, demasiado ambiciosos, demasiado obstinados en su negativa a aceptar los límites que les habían sido impuestos. Generación tras generación, los magos, sacerdotes y eruditos de Norrath habían estudiado la barrera planar con una obsesión que bordeaba la herejía, buscando grietas, vulnerabilidades, puntos débiles en aquella muralla invisible que les impedía acceder a los secretos del cosmos. Y cuando la barrera finalmente comenzó a debilitarse, no fue por un solo evento catastrófico sino por una acumulación gradual de factores: las guerras que habían sacudido a Norrath durante las últimas décadas, la liberación de energías mágicas de magnitud sin precedentes, las incursiones de los propios dioses en el plano mortal que habían erosionado la separación desde el otro lado, y quizás, según los teólogos más audaces, la voluntad misma de los mortales, que había llegado a un punto de masa crítica donde su deseo colectivo de trascendencia ejercía una presión real sobre la estructura de la realidad. Fuera cual fuera la causa, el resultado fue innegable: la barrera se agrietó, y por esas grietas comenzó a filtrarse algo que cambiaría para siempre la relación entre dioses y mortales. Los planos de los dioses, antes inaccesibles como el fondo de un océano para una hormiga, se abrieron ante los aventureros de Norrath como puertas que habían permanecido cerradas durante eones y que ahora se entreabrían, invitando a los valientes y condenando a los imprudentes.

El primer vislumbre de esta nueva era llegó con el descubrimiento del Plano del Conocimiento, un dominio que se reveló como el centro neurálgico de toda la estructura planar, un nexo donde todas las líneas de poder divino convergían como los radios de una rueda en su eje. El Plano del Conocimiento no pertenecía a ningún dios en particular sino que existía como un espacio comunal, una biblioteca cósmica de proporciones que desafiaban la imaginación mortal, donde el saber acumulado de todas las eras y todas las civilizaciones se almacenaba en tomos, pergaminos, cristales y formas de registro que la mente humana apenas podía comprender. La ciudad que había crecido alrededor de esta biblioteca se dividía en tres distritos, Kartis, Tanaan y Selia, cada uno especializado en diferentes ramas del conocimiento y diferentes servicios para los viajeros planares. En el centro de todo se alzaba Myrist, la Gran Biblioteca, un edificio cuyas paredes parecían contener más espacio del que era físicamente posible, con corredores que se extendían hacia dimensiones adyacentes y estanterías que alcanzaban alturas que ninguna escalera podía cubrir. El Gran Bibliotecario Maelin, un erudito cuya edad y sabiduría lo situaban en un punto indefinido entre lo mortal y lo divino, custodiaba este templo del saber con una dedicación que rozaba el fanatismo, catalogando cada fragmento de información con una precisión obsesiva que sugería que comprendía, mejor que nadie, que el conocimiento era el arma más poderosa del universo. Junto a él, la Vidente Mal Nae'Shi servía como guía para los aventureros que se adentraban en los planos, su percepción mística capaz de detectar las corrientes de poder planar que determinaban qué puertas estaban abiertas y cuáles permanecían selladas.

Pero el verdadero motor detrás de la caída de la barrera planar, el secreto que los dioses habían luchado desesperadamente por mantener oculto durante toda la historia de Norrath, tenía un nombre: Zebuxoruk. Este dios, si es que ese título podía aplicársele con propiedad, era una anomalía en el panteón, una figura que no encajaba en ninguna categoría establecida, que no era considerado ni bueno ni malvado por sus pares divinos, y cuya mera existencia provocaba una incomodidad tan profunda entre los demás dioses que la mayoría prefería fingir que no existía en absoluto. Lo que hacía a Zebuxoruk verdaderamente peligroso no era su poder, que era considerable pero no excepcional entre divinidades, sino su conocimiento: Zebuxoruk sabía algo que los demás dioses preferían que permaneciera enterrado en el olvido más profundo, una verdad tan fundamental y tan devastadora sobre la naturaleza del poder divino que su revelación podría alterar el equilibrio del cosmos de formas irreversibles. Las leyendas lo describían de formas contradictorias, algunas pintándolo como un villano y otras como un mártir, pero lo que todas las versiones coincidían en señalar era que Zebuxoruk había sido en algún momento un mortal, un hombre de carne y hueso que había caminado sobre la superficie de Norrath, que había respirado el mismo aire que los campesinos y los soldados, y que de alguna manera había ascendido a la divinidad por un camino que los demás dioses consideraban ilegítimo, peligroso y, sobre todo, replicable.

La verdad que Zebuxoruk poseía, aquella que los dioses temían más que cualquier ejército o cataclismo, era deceptivamente simple en su formulación pero cataclísmica en sus implicaciones: el poder de los dioses dependía directamente de la fe de los mortales. No al revés, como los sacerdotes enseñaban en sus templos y las escrituras sagradas proclamaban en sus páginas doradas, sino exactamente al revés. Los dioses no otorgaban poder a los mortales como un favor divino; eran los mortales quienes, a través de su adoración, sus oraciones, sus sacrificios y su fe inquebrantable, alimentaban el poder de los dioses como el combustible alimenta una hoguera. Sin creyentes, un dios se marchitaba y se desvanecía como una llama sin oxígeno. Con suficientes fieles devotos, incluso el más débil de los seres divinos podía crecer hasta rivalizar con los miembros más antiguos del panteón. Esta verdad invertía por completo la jerarquía cósmica que los dioses habían establecido y mantenido durante milenios, reducía a las divinidades de seres todopoderosos e independientes a parásitos cósmicos que dependían de las criaturas que despreciaban para su propia supervivencia. Si los mortales de Norrath llegaban a comprender esta verdad, la relación entre dioses y fieles cambiaría para siempre: los mortales podrían exigir, negociar, amenazar, y los dioses tendrían que escuchar, porque un dios sin adoradores es menos que un mendigo sin pan.

Precisamente por esto, los dioses habían encarcelado a Zebuxoruk, no por un crimen convencional sino por el crimen supremo de conocer y estar dispuesto a revelar la verdad. Su prisión fue diseñada con un ingenio que solo seres divinos podían concebir: Zebuxoruk fue encerrado en una burbuja temporal dentro del Plano del Tiempo, un espacio donde el flujo cronológico se plegaba sobre sí mismo como una serpiente mordiéndose la cola, manteniendo al dios prisionero en un bucle eterno del que no podía escapar por sus propios medios. La burbuja estaba anclada a cuatro pilares que representaban los cuatro elementos fundamentales, tierra, aire, fuego y agua, y cada pilar era a su vez custodiado por uno de los cuatro Dioses Elementales, las entidades más poderosas de sus respectivos dominios. Fennin Ro, el Señor del Fuego, cuyo cuerpo era una conflagración viviente que ardía con la intensidad de mil soles, vigilaba el pilar de fuego desde su Plano de Fuego, un mundo de lava y llamas donde la temperatura era suficiente para fundir el adamantio más resistente. El Consejo de Rathe, una entidad colectiva compuesta por doce seres que compartían una única consciencia, custodiaba el pilar de tierra desde el Plano de la Tierra, un reino de piedra viviente y cristal donde la gravedad era un capricho del propio Consejo. Coirnav, el Avatar del Agua, protegía su pilar desde las profundidades del Plano del Agua, un océano sin fondo ni superficie donde las corrientes podían arrastrar a un ejército entero hacia las profundidades en segundos. Y Xegony, la Reina del Aire, la más bella y etérea de los Dioses Elementales, guardaba el pilar del aire desde su Plano de Aire, un reino de nubes, vientos y tormentas de una majestuosidad que arrancaba lágrimas a los mortales lo suficientemente afortunados o desafortunados como para contemplarlo.

Para llegar a Zebuxoruk y liberarlo, los aventureros de Norrath tuvieron que embarcarse en una odisea que los llevó a través de los planos más peligrosos del cosmos, una ascensión gradual a través de niveles de poder divino que ponía a prueba no solo su fuerza física y su maestría mágica sino su cordura, su moralidad y su voluntad de continuar ante horrores que habrían quebrado a ejércitos enteros. El Plano de la Enfermedad fue el primero de los grandes obstáculos, un pantano fétido donde cada respiración era un riesgo de infección, donde criaturas nacidas de las peores plagas de la historia se arrastraban por el fango buscando víctimas frescas, y donde el propio Bertoxxulous observaba con deleite enfermizo a los mortales que se atrevían a profanar su dominio pestilente. El Plano de las Pesadillas fue peor, porque allí los enemigos no eran criaturas físicas que pudieran ser combatidas con espadas y hechizos sino manifestaciones de los miedos más profundos de cada aventurero individual, pesadillas personalizadas que conocían exactamente qué imágenes, recuerdos y posibilidades producirían el mayor terror en cada mente, que sabían dónde estaban las grietas en la armadura psicológica de cada héroe y las explotaban con una crueldad que solo el Señor del Miedo podía concebir. Cazic-Thule se regodeaba en el sufrimiento de los intrusos, alimentándose de su terror como un vampiro se alimenta de sangre, creciendo más fuerte con cada grito ahogado y cada momento de debilidad.

El Plano de las Tormentas presentó un desafío diferente, no psicológico sino de una brutalidad elemental tan pura que no dejaba espacio para la sutileza. Los vientos aullaban con la fuerza de huracanes concentrados, los relámpagos caían con una frecuencia y precisión que sugería una inteligencia malévola detrás de cada descarga, y los gigantes de tormenta que servían a Karana patrullaban sus dominios con la implacabilidad de soldados que no conocen la fatiga ni la piedad. Cada paso hacia adelante costaba sangre y esfuerzo, cada metro de terreno ganado podía ser perdido en un instante si la concentración flaqueaba por un segundo. Y el Plano de la Justicia, lejos de ser el refugio de equidad que su nombre sugería, resultó ser un tribunal cósmico donde los aventureros eran juzgados no solo por sus acciones sino por sus intenciones, pensamientos y potencialidades, donde cada pecado cometido y cada virtud abandonada se pesaban en una balanza que no conocía la misericordia ni la comprensión de las circunstancias, y donde el castigo por ser hallado culpable no era una sentencia de prisión sino la aniquilación del alma misma. Sobrevivir al juicio de Mithaniel Marr requería una pureza de propósito que pocos mortales podían alcanzar, pero aquellos que lo lograron emergieron del tribunal divino con una convicción templada en el fuego de la verdad absoluta: su causa era justa, y ni los dioses mismos tendrían derecho a detenerlos.

Los Dioses Elementales fueron los guardianes finales antes de que los aventureros pudieran acceder al Plano del Tiempo, y cada uno de ellos representó un combate de una escala y una ferocidad que desafiaba los límites de lo que los mortales habían enfrentado hasta entonces. Fennin Ro convirtió el campo de batalla en un infierno literal, rodeando a los intrusos con paredes de fuego mientras los bombardeaba con oleadas de magma y llamaradas que podían incinerar el acero más resistente. El Consejo de Rathe fue quizás el adversario más desconcertante, porque aunque estaba compuesto por doce entidades que podían ser derrotadas individualmente, cada victoria parcial solo servía para concentrar el poder del Consejo en los miembros restantes, hasta que la derrota del duodécimo invocaba la manifestación del Avatar de la Tierra, un coloso de piedra viviente que portaba la fuerza combinada de todos los miembros del Consejo y posiblemente más, una montaña con voluntad propia cuyo simple caminar hacía temblar la tierra bajo los pies de los héroes como si el propio plano estuviera protestando por la intrusión. Coirnav los arrastró a las profundidades de un océano sin límites, donde la presión podía aplastar armaduras y los remolinos podían engullir batallones enteros como un leviatan tragando plancton. Y Xegony los elevó a alturas donde el aire era tan fino que cada respiración era un acto de voluntad, donde los vientos cortaban como cuchillas de diamante y donde una caída significaba una eternidad de descenso a través de nubes que nunca terminaban.

Pero los héroes de Norrath perseveraron, como siempre habían hecho ante cada obstáculo que el destino les había puesto en el camino, y al derrotar a los cuatro Dioses Elementales, obtuvieron acceso al Plano del Tiempo, aquel dominio que existía fuera del flujo cronológico normal, donde pasado, presente y futuro coexistían como capas de un pergamino superpuestas. Sin embargo, los dioses tenían una última carta que jugar antes de permitir que los mortales alcanzaran a Zebuxoruk: Quarm, una bestia creada específicamente para esta contingencia, una abominación de cuatro cabezas forjada con la esencia combinada de los cuatro elementos, cada cabeza representando uno de los poderes primordiales que conformaban la materia del universo. La cabeza de fuego exhalaba llamas que podían derretir la realidad misma. La cabeza de tierra invocaba avalanchas de piedra viviente que surgían del suelo como olas de un océano mineral. La cabeza de agua desataba tsunamis de energía líquida que arrastraban a todo lo que encontraban en su camino. Y la cabeza de aire generaba tornados de una violencia tan concentrada que podían desintegrar la materia sólida a nivel molecular. Quarm era la suma de los cuatro elementos convertida en un arma de destrucción total, el guardián definitivo diseñado por los dioses para asegurar que ningún mortal alcanzara jamás la prisión de Zebuxoruk.

La batalla contra Quarm fue una epopeya de una intensidad que ningún bardo podría capturar adecuadamente en verso o canción, un combate que se desarrolló en múltiples niveles de la realidad simultáneamente mientras los aventureros luchaban no solo contra la bestia elemental sino contra las distorsiones temporales del Plano del Tiempo que podían envejecerlos siglos en un instante o regresarlos a un estado de infancia indefensa sin previo aviso. Cada cabeza de Quarm requería una estrategia diferente, y la coordinación necesaria para enfrentar cuatro amenazas elementales simultáneas mientras el tiempo se plegaba y se retorcía alrededor de los combatientes habría sido imposible para cualquier grupo que no hubiera sido templado en la fragua de todos los planos anteriores. Pero estos eran los héroes que habían sobrevivido a la peste de Bertoxxulous, que habían enfrentado sus peores pesadillas en el dominio de Cazic-Thule, que habían resistido las tormentas de Karana y habían sido juzgados dignos por Mithaniel Marr. Eran los mortales que habían derrotado a cuatro Dioses Elementales, y no iban a ser detenidos por una bestia, por más terrible que fuera, a las puertas de su destino. Cuando la última cabeza de Quarm cayó, cuando la bestia elemental se desmoronó en un torbellino de energía dispersa que se reintegró en los cuatro planos de donde había sido arrancada, el camino hacia la burbuja temporal de Zebuxoruk quedó despejado por primera vez desde que los dioses habían sellado su prisión incontables eras atrás.

La liberación de Zebuxoruk fue un momento que reverberó a través de todos los planos de existencia como una onda sísmica cósmica, un evento que cada dios sintió en lo más profundo de su ser divino con una mezcla de horror, resignación y, en algunos casos, una curiosa sensación de alivio. Cuando las cadenas temporales se rompieron y el dios prisionero emergió de su burbuja, no lo hizo con la furia que muchos habían esperado ni con el deseo de venganza que habría sido completamente justificado después de eras de cautiverio. En lugar de eso, Zebuxoruk miró a los mortales que lo habían liberado con ojos que contenían la tristeza acumulada de milenios de soledad y la gratitud de alguien que había dejado de creer que la salvación era posible. Y habló. La verdad que salió de sus labios, aquella verdad por la que los dioses lo habían encadenado al tiempo mismo, se extendió por Norrath como el amanecer se extiende por la superficie de un mundo: inevitable, imparable, iluminando cada rincón oscuro que los poderosos habían luchado por mantener en la sombra. Los dioses dependen de los mortales. El poder divino fluye de abajo hacia arriba, no de arriba hacia abajo. Cada oración es un tributo, cada acto de fe es un combustible, y sin los mortales, los dioses no son nada. Esta revelación no destruyó la fe de los habitantes de Norrath como los dioses habían temido, pero la transformó de manera fundamental, convirtiéndola de una sumisión ciega en una relación de reciprocidad consciente que cambiaría para siempre la dinámica entre lo divino y lo mortal.

El legado de la ascensión a través de los Planos del Poder trascendió las victorias individuales y las hazañas militares para redefinir la posición de los mortales en la jerarquía cósmica de Norrath. Antes de la apertura de los planos, los mortales eran peones en un juego divino, criaturas cuyo destino era determinado por fuerzas que no podían comprender ni influir. Después de la liberación de Zebuxoruk, los mortales eran participantes conscientes en un pacto cósmico, seres que comprendían por primera vez el verdadero valor de su fe y el poder que esa comprensión les otorgaba. Los dioses no podían ya dar órdenes sin consecuencias, no podían manipular sin temor a represalias, no podían dar por sentada la devoción de sus fieles como un derecho divino inalienable. Y el Plano del Conocimiento, que había servido como punto de partida para esta revolución cósmica, se estableció permanentemente como un centro de intercambio de sabiduría y tránsito entre mundos, un lugar donde mortales de todas las razas y todos los credos podían reunirse, aprender y prepararse para los desafíos que el futuro inevitablemente les depararía. Porque si los aventureros de Norrath habían aprendido algo en su ascensión a través de los planos, era que cada victoria, por monumental que sea, no es más que el preludio del siguiente desafío, y que los secretos que habían descubierto sobre la naturaleza de los dioses apenas arañaban la superficie de un cosmos cuya complejidad y profundidad eran, verdaderamente, infinitas.