EverQuest

Capitulo 9 de 15

El Señor Vampiro

En las montañas brumosas de Faydwer, donde los bosques de Greater Faydark ceden ante pendientes rocosas cubiertas de una niebla perpetua que parece tener voluntad propia, se alza el Castillo Mistmoore, una fortaleza de piedra gris cuyas torres se pierden entre las nubes como los dedos de una mano que intenta aferrar el cielo. El castillo no aparece en los mapas oficiales de los cartógrafos élficos, no porque sea difícil de encontrar sino porque quienes lo han encontrado rara vez regresan para informar de su ubicación, y los que regresan lo hacen con la mirada perdida y el alma marcada por una experiencia que prefieren no describir con palabras, como si la mera articulación verbal de lo que vieron y sintieron dentro de aquellos muros pudiera convocar de vuelta el horror del que apenas escaparon. El dueño de este castillo, el señor que ha reinado sobre sus salones de penumbra y sus criptas de silencio durante un tiempo que se mide no en siglos sino en milenios, es Mayong Mistmoore, el Señor Vampiro, una criatura cuya existencia es una anomalía en la cosmología de Norrath tan profunda que ni los dioses mismos parecen saber exactamente qué hacer con él.

Mayong Mistmoore no es simplemente un vampiro en el sentido convencional del término, un mortal corrompido por la no muerte y condenado a alimentarse de la sangre de los vivos para mantener una existencia crepuscular entre la vida y la muerte. Mayong es algo anterior a esa categoría, algo que existía antes de que la palabra vampiro tuviera significado, un ser cuya antigüedad se extiende hacia atrás en el tiempo hasta alcanzar las eras más oscuras y menos documentadas de la historia de Norrath. Los eruditos de Erudin que han dedicado sus vidas a investigar la naturaleza de Mistmoore han llegado a la conclusión, nunca plenamente confirmada pero cada vez más difícil de descartar, de que Mayong podría ser una de las primeras creaciones conscientes de Norrath, un ser que predataba a las razas mortales creadas por los dioses durante los pactos de la creación, una entidad que había encontrado en el vampirismo no una maldición sino una evolución natural de una existencia que ya era, en sus orígenes, fundamentalmente diferente de la de cualquier otro ser en el mundo. Si esta hipótesis es correcta, entonces Mayong Mistmoore no se convirtió en vampiro; siempre fue lo que es, y las características que los mortales asocian con el vampirismo, la sed de sangre, la inmortalidad, el poder sobre los muertos y los vivos, son simplemente las manifestaciones más visibles de una naturaleza cuya profundidad real permanece oculta incluso para quienes creen comprenderla.

El poder de Mayong Mistmoore se extiende por Norrath como una red invisible cuyos hilos tocan los rincones más inesperados del mundo. Sus agentes operan en las cortes de las ciudades humanas y élficas, infiltrados entre los nobles y los mercaderes con la discreción de arañas que tejen sus telas en los rincones donde nadie mira. Sus servidores, vampiros menores y espectros y gárgolas y otras criaturas de la noche, patrullan las tierras que rodean el castillo con una vigilancia que no conoce el sueño ni la fatiga, interceptando a los viajeros imprudentes y conduciendo a los más interesantes a la presencia de su señor, donde les esperará un destino que depende exclusivamente del humor de Mistmoore en ese momento, un humor tan impredecible como el clima de las montañas que rodean su dominio. Pero lo que hace verdaderamente peligroso a Mayong no es su ejército de no muertos ni su red de espías ni siquiera su poder personal, que es formidable; es su inteligencia, una mente que ha tenido milenios para refinarse, para acumular conocimiento, para estudiar las debilidades de cada raza y de cada individuo con la paciencia metódica de un entomólogo que cataloga insectos. Mayong no actúa por impulso; cada movimiento que hace es el resultado de cálculos que abarcan décadas, cada aparente capricho es una pieza en un rompecabezas cuya imagen completa solo él puede ver.

El Castillo Mistmoore es un reflejo arquitectónico de la mente de su dueño: laberíntico, engañoso, hermoso de una manera que resulta perturbadora y letal para quienes confunden la belleza con la seguridad. Los salones del castillo están decorados con tapices que representan escenas de una historia que no aparece en ningún libro, obras de arte que mezclan la exquisitez estética con imágenes de una crueldad que se tarda un momento en percibir, como si el artista hubiera querido que el espectador admirara la técnica antes de comprender el contenido. Las bibliotecas de Mistmoore contienen volúmenes que los eruditos de Erudin matarían por consultar, tomos escritos en lenguas que predatan cualquier alfabeto conocido, registros de civilizaciones que florecieron y perecieron antes de que los dioses crearan las razas actuales, y tratados de magia que exploran disciplinas arcanas que no tienen nombre en los sistemas mágicos contemporáneos. Los calabozos del castillo, en contraste con la elegancia de los pisos superiores, son lugares de un horror desnudo donde los prisioneros de Mistmoore experimentan destinos que la muerte misericordiosa les habría ahorrado: transformaciones, experimentaciones, procesos de corrupción diseñados para producir servidores más leales, más poderosos o simplemente más entretenidos para un ser cuyo principal enemigo, después de milenios de existencia, es el aburrimiento.

La relación de Mayong Mistmoore con los dioses de Norrath es una de las grandes paradojas del panteón. Los dioses, que crearon las razas mortales y que ejercen su influencia sobre el mundo a través de sus sacerdotes y sus seguidores, parecen tratarlo con una mezcla de cautela y perplejidad que sugiere que Mistmoore ocupa un lugar en el orden cósmico que no fue previsto ni por los dioses del bien ni por los del mal. Innoruuk, el Príncipe del Odio, que debería ser el aliado natural de un vampiro ancestral, mantiene con Mayong una relación de rivalidad apenas disimulada, porque el Señor Vampiro no sirve al Odio sino a sí mismo, y su poder es lo suficientemente grande como para que incluso un dios piense dos veces antes de confrontarlo directamente. Cazic-Thule ha intentado en más de una ocasión reclamar a Mistmoore como subordinado, argumentando que el miedo que el vampiro inspira es una extensión natural de su dominio, pero Mayong ha rechazado estas pretensiones con la cortesía helada de quien sabe que tiene las cartas para permitirse el lujo de decir que no. Incluso Tunare, la Gran Madre cuya compasión se extiende a todas las criaturas vivientes, mira a Mistmoore con una inquietud que no dedica a ningún otro ser de Norrath, como si percibiera en el Señor Vampiro algo que trasciende las categorías de bien y mal y se adentra en un territorio donde su autoridad divina no alcanza a imponer orden.

Los aventureros que se atrevieron a asaltar el Castillo Mistmoore a lo largo de los años constituyen un catálogo de valentía y temeridad que podría llenar varios volúmenes de la literatura heroica de Norrath. Cada expedición al castillo era una apuesta contra probabilidades que cualquier persona racional habría considerado suicidas, una travesía a través de niveles de peligro que se intensificaban con cada piso ascendido y cada pasillo recorrido. Los guardias del castillo, vampiros menores y gárgolas de piedra animada que custodiaban los accesos exteriores, eran apenas el aperitivo de un menú de amenazas que incluía hechiceros no muertos capaces de drenar la energía vital de un guerrero con armadura completa en cuestión de segundos, trampas mágicas que alteraban la percepción del espacio convirtiendo pasillos rectos en laberintos circulares, y sirvientes de Mistmoore cuya lealtad fanática los hacía luchar hasta la destrucción total sin la menor vacilación. Los que lograban abrirse paso hasta los salones interiores del castillo se enfrentaban a un enemigo aún más insidioso que la fuerza bruta: la seducción. Las ilusiones de Mistmoore eran tan perfectas que los aventureros más experimentados podían pasar horas caminando por jardines que no existían, conversando con anfitriones que eran proyecciones de la voluntad del vampiro, bebiendo vinos que contenían sustancias diseñadas para debilitar la voluntad y abrir la mente a la sugestión, antes de darse cuenta de que habían estado bailando al son que Mistmoore les tocaba desde el momento en que cruzaron el umbral del castillo.

La ambición de Mayong Mistmoore alcanzó su expresión más audaz cuando el Señor Vampiro emprendió lo que sus sirvientes describían en susurros reverenciales como la Ascensión: un intento de trascender su naturaleza vampírica y alcanzar la divinidad. La Ascensión no era una fantasía mesiánica de un megalómano; era un proyecto calculado basado en milenios de estudio de las leyes que gobernaban la relación entre los mortales, los inmortales y los dioses, un plan que explotaba las mismas vulnerabilidades en la estructura cósmica de Norrath que los dioses habían intentado sellar cuando erigieron la barrera entre los planos mortales y los Planos de Poder. Mayong había descubierto, o creía haber descubierto, un camino alternativo hacia la divinidad que no requería la aprobación ni la cooperación de los dioses existentes, un atajo a través de los intersticios de la realidad que conectaba el plano mortal con los estratos superiores de la existencia sin pasar por los controles que los dioses habían establecido. Si tenía razón, Mistmoore se convertiría en el primer ser mortal en alcanzar la divinidad por sus propios medios, un precedente que amenazaba con desestabilizar todo el orden cósmico de Norrath y que obligó a los propios dioses a prestar atención a un ser que hasta entonces habían preferido ignorar.

El resultado de la Ascensión de Mistmoore permanece envuelto en una ambigüedad que ni los sabios más perspicaces de Norrath han logrado disipar completamente. Algunos afirman que Mayong alcanzó un estado de semi-divinidad que le confiere poderes que trascienden los de cualquier ser mortal pero que no alcanzan la plenitud de los dioses verdaderos, un limbo de poder que lo convierte en algo más que un vampiro pero menos que un dios, una categoría sin precedentes en la taxonomía cósmica de Norrath. Otros sostienen que la Ascensión fracasó y que Mistmoore simplemente regresó a su castillo con la amargura de un plan milenario frustrado, más peligroso que nunca porque la frustración en un ser de su poder se traduce en una crueldad multiplicada. Y hay quienes creen que la Ascensión tuvo éxito pero que Mayong eligió no manifestar su divinidad abiertamente, prefiriendo operar desde las sombras como siempre ha hecho, utilizando su nuevo poder no para gobernar el mundo sino para manipularlo con una sutileza que ningún dios manifiesto podría igualar.

Lo que es indiscutible es que Mayong Mistmoore sigue existiendo, sigue habitando su castillo entre las nieblas de Faydwer, sigue tejiendo sus redes de influencia a través de Norrath con la paciencia de quien tiene toda la eternidad para completar sus proyectos. Los aventureros que han asaltado su castillo y han sobrevivido saben que no lo han derrotado, que lo que enfrentaron en los salones de Mistmoore no fue el Señor Vampiro en la plenitud de su poder sino apenas la fracción que eligió mostrarles, como un jugador de cartas que enseña solo las cartas que quiere que su oponente vea. Mistmoore no es un enemigo que pueda ser derrotado con espadas más afiladas o hechizos más poderosos; es un elemento permanente del paisaje de Norrath, tan inalterable como las montañas y tan peligroso como los océanos, una presencia que recordará a todas las generaciones futuras de aventureros que en el mundo existen fuerzas cuya naturaleza no se ajusta a las categorías simples de bien y mal, de vida y muerte, de mortal y divino, y que la verdadera sabiduría no consiste en destruir estas fuerzas sino en aprender a navegar un mundo que las contiene.

Cuando la niebla se levanta sobre las montañas de Faydwer en las noches sin luna y el Castillo Mistmoore se recorta contra un cielo de estrellas con la silueta de una pesadilla petrificada, los elfos de Kelethin que miran hacia el norte desde sus plataformas arboladas sienten un escalofrío que no se debe al frío del aire sino a algo más profundo, más antiguo, más resistente al fuego y a la luz. Es el escalofrío del reconocimiento, la consciencia instintiva de que en algún lugar de aquellas montañas brumosas, detrás de murallas de piedra gris y ventanas que no reflejan la luz de las estrellas, algo los observa con ojos que han visto nacer y morir civilizaciones, con una paciencia que es más aterradora que cualquier amenaza directa, con una sonrisa que promete que, pase lo que pase en el mundo de los vivos, el Señor Vampiro estará ahí, esperando, siempre esperando, porque la eternidad es larga y Mayong Mistmoore tiene planes para cada segundo de ella.