Final Fantasy XIV

Capitulo 9 de 20

Las Llamas de la Traición

Los meses que siguieron a la destrucción del Arma Última deberían haber sido un período de consolidación y esperanza, una oportunidad para que Eorzea sanara sus heridas más recientes y construyera sobre los cimientos de la victoria que el Guerrero de la Luz había forjado en las entrañas del Praetorium. Y en la superficie, así parecía: las rutas comerciales se reabrían, los refugiados encontraban trabajo en las obras de reconstrucción, y la Alianza Eorzea funcionaba con una eficiencia que habría sido impensable antes de que la amenaza garleana unificara a las tres naciones-estado bajo un propósito común. Pero bajo esa superficie reluciente, como corrientes traicioneras bajo aguas que parecen tranquilas, fuerzas mucho más insidiosas que cualquier legión imperial se movían con la paciencia de quienes saben que las conspiraciones más efectivas son las que maduran lentamente, alimentándose de la confianza de sus víctimas como parásitos que crecen dentro de un huésped que se siente perfectamente sano hasta el momento exacto en que todo se derrumba. Y en el centro de esta tormenta que aún no había mostrado sus nubes estaba un joven cuya inteligencia solo era superada por su ingenuidad, un muchacho brillante y bienintencionado cuya ambición de cambiar el mundo se convertiría en la herramienta perfecta para quienes querían destruirlo: Alphinaud Leveilleur, nieto de Louisoix, heredero de un legado heroico que pesaba sobre sus hombros como una armadura que no le quedaba pero que se negaba a quitarse.

Alphinaud había llegado a Eorzea desde Sharlayan junto con su hermana gemela Alisaie, ambos portando la carga de ser los descendientes del hombre que había salvado al mundo con su sacrificio en las Llanuras de Carteneau. Pero donde Alisaie había elegido un camino solitario de investigación personal, desapareciendo para seguir sus propias pistas sobre el legado de su abuelo, Alphinaud se había lanzado de cabeza a la política eorzea con la energía desbordante de un adolescente que ha leído todos los libros pero no ha vivido ninguna de las lecciones que los libros intentan enseñar. Su mente era extraordinaria, capaz de analizar situaciones geopolíticas con una sofisticación que ponía en evidencia a diplomáticos con décadas de experiencia, pero su corazón era el de un idealista que aún no había aprendido la diferencia entre cómo el mundo debería funcionar y cómo realmente funciona, y esa brecha entre lo ideal y lo real sería el terreno donde sus enemigos plantarían las semillas de la traición. Inspirado por el modelo de los Vástagos de la Séptima Aurora pero frustrado por sus limitaciones, Alphinaud concibió una idea que en teoría era brillante y en la práctica sería catastrófica: los Bravos de Cristal, una Gran Compañía independiente de las tres naciones-estado, financiada por la Alianza pero lealmente solo a la causa de Eorzea en su conjunto, una fuerza militar y diplomática que podría responder a amenazas sin verse paralizada por las rivalidades y los intereses particulares que entorpecían la cooperación entre Ul'dah, Gridania y Limsa Lominsa.

Mientras Alphinaud tejía su red de influencia política para hacer realidad los Bravos de Cristal, eventos en la frontera norte de Eorzea anunciaban la emergencia de una amenaza que ni siquiera los Vástagos habían anticipado. Desde las tierras heladas de Coerthas, donde el frío que la Calamidad había traído a una región antes templada aún mordía la carne con dientes de hielo, llegaron informes de una mujer que los ishgardianos llamaban Dama de Hielo y que los Vástagos identificarían como Ysayle Dangoulain, líder de un grupo herético que desafiaba la ortodoxia de la Iglesia de Ishgard con afirmaciones que la Santa Sede consideraba blasfemias punibles con la muerte. Ysayle no era una simple hereje ni una fanática delirante: era una mujer de inteligencia aguda y convicción profunda que había descubierto fragmentos de una verdad que Ishgard había enterrado bajo mil años de dogma y propaganda, la verdad sobre los orígenes de la Guerra del Canto del Dragón que había definido a la nación-estado más aislada y belicosa de Eorzea. Su descubrimiento más impactante era que los dragones no habían iniciado la guerra, que la agresión original había venido de los hombres, y esta revelación la había llevado a buscar la paz con los grandes wyrms a cualquier precio, incluso el precio de invocar a la Primal Shiva usando su propio cuerpo como recipiente, canalizando el legado de la legendaria santa que había amado al dragón Hraesvelgr para crear una entidad de hielo y dolor que era tanto una declaración política como un acto de desesperación.

El enfrentamiento con Shiva fue uno de los combates más perturbadores que el Guerrero de la Luz había experimentado, porque a diferencia de Ifrit o Titán o Garuda, cuyas motivaciones eran tan elementales como sus poderes, Shiva era una manifestación de algo profundamente humano: el deseo de paz, el anhelo de un mundo donde dragones y hombres no tuvieran que matarse mutuamente, la disposición a sacrificarlo todo por un ideal que quizás era imposible pero que era demasiado hermoso como para abandonar. Cuando las escamas de hielo se disiparon y Ysayle volvió a ser simplemente una mujer exhausta y sola arrodillada en la nieve, el Guerrero de la Luz se encontró incapaz de verla como una enemiga, porque el Eco le había mostrado fragmentos de su dolor, de sus razones, de la verdad que la impulsaba, y esa verdad era demasiado poderosa como para ser descartada simplemente porque la mensajera había elegido métodos extremos para transmitirla. Los Vástagos capturaron a Ysayle pero sus palabras quedaron grabadas en la mente del aventurero como semillas que germinarían más tarde, cuando la historia de Ishgard revelara sus secretos más oscuros y la línea entre héroe y hereje se difuminara hasta volverse invisible.

De vuelta en Ul'dah, los Bravos de Cristal habían sido oficialmente fundados y Alphinaud dirigía la nueva organización con un entusiasmo que conmovía a quienes lo conocían y preocupaba a quienes lo observaban desde la distancia con ojos más experimentados y más cínicos. El joven sharlayano había reclutado soldados de toda Eorzea, equipándolos con armaduras de cristal azul que brillaban bajo el sol del desierto como un ejército sacado de un cuento de hadas, y había establecido su cuartel general en las proximidades de Ul'dah con la bendición aparente del Sindicate, cuya contribución financiera había sido generosa hasta el punto de resultar sospechosa para cualquiera que conociera la avaricia congénita de sus miembros. Pero Alphinaud estaba demasiado ocupado dirigiendo operaciones, resolviendo disputas y sintiendo el embriagador poder de comandar una fuerza militar propia como para detenerse a preguntarse por qué hombres cuya motivación principal siempre había sido el beneficio económico estaban invirtiendo fortunas en una organización cuyo objetivo declarado era el bien común. La respuesta, que llegaría demasiado tarde y demasiado brutalmente, era que los Bravos de Cristal habían sido infiltrados desde su concepción, corrompidos no desde fuera sino desde dentro, como una manzana cuyo corazón se pudre mientras su piel mantiene una apariencia perfecta.

El arquitecto principal de esta corrupción era Ilberd Feare, un highlander de Ala Mhigo cuya historia personal era una herida abierta que nunca había dejado de sangrar. Ala Mhigo, la cuarta gran ciudad-estado de Eorzea, había sido conquistada por el Imperio Garleano veinte años atrás, y sus ciudadanos se habían convertido en refugiados dispersos por todo el continente, ciudadanos de segunda clase que soñaban con la liberación de su patria mientras las demás naciones-estado miraban hacia otro lado, demasiado ocupadas con sus propios problemas como para arriesgar sangre y tesoro en una guerra de liberación que no les beneficiaba directamente. Ilberd había canalizado su rabia en una misión personal de liberar Ala Mhigo a cualquier costo, y esa misión lo había convertido en un instrumento perfecto para quienes buscaban desestabilizar Eorzea: Teledji Adeledji, un lalafell cuya estatura era inversamente proporcional a su ambición y cuya sonrisa permanente ocultaba un cálculo tan frío que hacía parecer tibio al acero, y Lolorito Nanarito, otro magnate del Sindicate cuya red de espionaje y chantaje era tan extensa que algunos bromeaban diciendo que sabía lo que sus rivales desayunaban antes de que ellos mismos decidieran qué comer. Estos dos mercaderes, rivales entre sí pero aliados en la oportunidad, habían visto en los Bravos de Cristal una herramienta para sus propios fines, y en Ilberd habían encontrado al agente doble perfecto: un hombre lo suficientemente desesperado como para servir a cualquiera que le prometiera la liberación de su pueblo, y lo suficientemente hábil como para infiltrar una organización militar sin levantar sospechas.

El banquete celebrado en el Palacio Real de Ul'dah debería haber sido una noche de triunfo. La Alianza Eorzea, fortalecida por las victorias recientes, se reunía para celebrar la cooperación entre naciones y honrar a los héroes que habían hecho posible la paz. El Guerrero de la Luz asistió acompañado por los Vástagos, vistiendo ropas formales que se sentían tan incómodas como una armadura de gala, rodeado de diplomáticos, nobles y comerciantes cuyas sonrisas eran tan ensayadas como sus reverencias. La sultana Nanamo, aquella joven lalafell cuyo idealismo era tan grande como pequeño su cuerpo, se acercó al Guerrero de la Luz durante la velada con una expresión que ocultaba algo monumental detrás de una máscara de cortesía real: le confió, en susurros que apenas se distinguían del murmullo de la fiesta, su intención de abdicar al trono y transformar Ul'dah en una república, una decisión que nacía de su frustración con un sistema que la convertía en una marioneta coronada del Sindicate y de su convicción de que el pueblo merecía gobernar su propio destino. Fue un acto de confianza extraordinario, la gobernante más poderosa de Thanalan depositando sus esperanzas en un aventurero que apenas conocía, y el Guerrero de la Luz sintió el peso de esa confianza como una segunda armadura invisible sobre sus hombros, más pesada que cualquier acero.

Entonces el veneno hizo su trabajo. Nanamo Ul Namo llevó la copa a sus labios con la naturalidad de quien bebe en su propia mesa sin sospechar que la muerte puede servirte en tu propia vajilla, y el vino traicionado recorrió su garganta con la misma suavidad que cualquier otro sorbo antes de que sus efectos se manifestaran con una brutalidad que hizo que el tiempo mismo pareciera detenerse. La pequeña sultana abrió los ojos con una expresión de incomprensión absoluta, sus manos aferrándose a la túnica del Guerrero de la Luz con una fuerza que contrastaba grotescamente con su tamaño, y luego se desplomó como una muñeca a la que le hubieran cortado los hilos, su cuerpo cayendo al suelo con un golpe sordo que silenció instantáneamente el bullicio del salón. Durante un segundo que pareció durar una eternidad, nadie se movió. Luego el caos estalló como una ola que rompe contra un dique: gritos, acusaciones, guardias desenvainando espadas, y sobre todo ello la voz de Teledji Adeledji cortando el aire con la precisión de un verdugo que pronuncia sentencia, señalando al Guerrero de la Luz con un dedo acusador y gritando que el héroe de Eorzea había envenenado a la sultana, que el asesino estaba allí de pie con las manos manchadas de regicidio, que la justicia debía caer sobre él con toda la fuerza de la ley.

Lo que siguió fue una pesadilla de la que no se podía despertar. Raubahn Aldynn, el general que había dedicado su vida a proteger a Nanamo, que la amaba con una devoción que trascendía el deber y se adentraba en los territorios del afecto paternal más profundo, contempló el cuerpo aparentemente sin vida de la sultana y algo se rompió dentro de él con un crujido que fue casi audible. La razón, la disciplina, los años de control emocional que habían convertido al gladiador salvaje en un estadista respetado, todo se derrumbó en un instante, y lo que quedó fue rabia pura, un volcán de dolor y furia que encontró su objetivo inmediato en Teledji Adeledji, cuya sonrisa satisfecha fue lo último que su rostro mostraría jamás antes de que la espada de Raubahn lo partiera por la mitad con un solo golpe que silenció permanentemente al conspirador pero que selló también el destino del general. Ilberd, revelando finalmente su verdadera lealtad con la frialdad de quien se quita una máscara que ya no necesita, avanzó hacia Raubahn y le cercenó el brazo izquierdo con un corte limpio y brutal, la espada traidora separando la carne y el hueso con la eficiencia de un carnicero experimentado, y la sangre del general salpicó el suelo de mármol del palacio mientras los Bravos de Cristal, respondiendo a las órdenes de su verdadero amo, rodearon al Guerrero de la Luz y a los Vástagos con armas desenvainadas y rostros que no mostraban vergüenza, solo la determinación vacía de quienes obedecen sin cuestionar.

La huida del palacio fue un borrón de acero, magia y desesperación que el Guerrero de la Luz reviviría en pesadillas durante meses. Los Vástagos lucharon codo con codo para abrirse paso entre las filas de los Bravos de Cristal y los guardias de la ciudad que habían sido instruidos para tratarlos como criminales, cada uno de ellos sacrificando algo de sí mismo para que los demás pudieran seguir avanzando. Pero la trampa había sido diseñada con una meticulosidad que no dejaba escapatoria fácil, y los Vástagos cayeron uno por uno, no muertos pero perdidos de maneras que eran quizás peores que la muerte. Y'shtola, enfrentándose a perseguidores que la superaban en número, conjuró un hechizo prohibido de teletransportación que la arrojó al Corriente Vital, la corriente de éter que fluía bajo la superficie del mundo como el sistema circulatorio de la propia estrella, un acto de desesperación que la salvó de la captura pero que la sumergió en un flujo de energía tan potente que debería haber disuelto su cuerpo y su alma como sal en agua. Thancred, aún debilitado por la posesión de Lahabrea y privado temporalmente de su capacidad de usar magia, desapareció durante el caos en las tierras salvajes de Dravania, perdido en un territorio hostil sin sus poderes y sin contacto con sus compañeros. Yda y Papalymo se separaron del grupo para cubrir la retirada, enfrentando a oleadas de perseguidores con una determinación suicida que compró minutos preciosos pero que los dejó aislados y acorralados en algún lugar que nadie podría precisar.

Minfilia, la líder que había mantenido unidos a los Vástagos con su fe inquebrantable y su don del Eco, enfrentó un destino que ninguno de sus compañeros podría haber anticipado. Mientras el Guerrero de la Luz luchaba por escapar, la voz de Hydaelyn resonó en la mente de Minfilia con una urgencia que trascendía la comunicación normal entre la diosa y sus elegidos, una llamada que no era una petición sino una convocatoria, una exigencia de la Madre Cristal que requería la presencia física y espiritual de su portavoz más devota. Minfilia respondió a esa llamada con la misma calma que había mostrado ante cada crisis, la misma fe serena que la había sostenido cuando el mundo se desmoronaba a su alrededor, y desapareció en un destello de luz que los pocos testigos describirían más tarde como si el propio éter la hubiera reclamado, como si la corriente invisible de energía vital que conectaba a todos los seres vivos hubiera abierto una puerta solo para ella y la hubiera cerrado detrás con una finalidad que sugería que este viaje no tenía boleto de regreso. Los Vástagos que quedaban no tenían tiempo para llorar ni para procesar la pérdida de su líder; la supervivencia exigía toda su atención y todo su dolor tendría que esperar en una cola que ya era demasiado larga.

Alphinaud Leveilleur contempló la destrucción de todo lo que había construido con una expresión que ninguno de sus compañeros olvidaría jamás, la expresión de un joven cuyo mundo acababa de derrumbarse no por fuerzas externas ni por enemigos imbatibles sino por su propia arrogancia, su propia ceguera, su propia incapacidad de ver que las personas que había reclutado, financiado y comandado habían sido instrumentos de traición desde el principio. Los Bravos de Cristal, su orgullo, su creación, su respuesta a los fracasos de un sistema que consideraba insuficiente, se habían revelado como una farsa corrupta que había servido para entregar el poder a los conspiradores que ahora controlaban Ul'dah con puño de hierro. Cada soldado que le había jurado lealtad había sido comprado o coaccionado por Ilberd, cada misión que los Bravos habían completado con aparente eficacia había sido una fachada que ocultaba maniobras mucho más oscuras, y Alphinaud se dio cuenta, con una claridad que dolía más que cualquier espada, de que había sido el idiota útil perfecto: lo suficientemente inteligente como para crear algo que otros pudieran explotar, y lo suficientemente ingenuo como para no ver la explotación hasta que fue demasiado tarde. La culpa lo aplastó como una losa de piedra sobre el pecho, y durante los días siguientes habló poco, comió menos, y sus ojos, antes brillantes de ambición y certeza, adquirieron una opacidad que era el color exacto de la vergüenza.

La huida hacia Ishgard fue una travesía a través de paisajes que reflejaban el estado interno de los supervivientes con una crueldad que parecía intencional, como si Eorzea misma quisiera recordarles que la belleza del mundo es inseparable de su dureza. El Guerrero de la Luz, Alphinaud y Tataru Taru, la pequeña lalafell recepcionista de los Vástagos cuya apariencia inofensiva ocultaba una resiliencia que pondría en evidencia a guerreros el triple de su tamaño, cruzaron las fronteras de Coerthas bajo un cielo plomizo que derramaba nieve como lágrimas congeladas sobre un grupo de fugitivos que apenas unas semanas antes habían sido los héroes más celebrados del continente. La transformación era tan completa como vertiginosa: de la gloria a la desgracia, del reconocimiento público a la persecución, de los banquetes en palacios a las noches pasadas en cuevas donde el frío se colaba por cada costura de la ropa y el hambre se instalaba en el estómago como un inquilino permanente. Tataru mantenía el ánimo del grupo con una determinación que rayaba en lo heroico, parloteando sobre planes futuros, reparando ropas con manos que nunca se detenían, preparando comidas improvisadas con ingredientes que otros habrían descartado como incomibles, y su presencia era un recordatorio constante de que la esperanza no es un sentimiento que nace de las circunstancias sino una decisión que se toma a pesar de ellas.

Ishgard los esperaba al final del camino como un bastión de piedra y hielo que se alzaba contra el cielo gris con la severidad de una catedral diseñada no para adorar sino para resistir. La ciudad santa, cerrada a los extranjeros durante generaciones, abrió sus puertas a los fugitivos no por caridad sino por deuda: el Guerrero de la Luz había prestado ayuda a Ishgard durante los conflictos previos, y ciertos miembros de la nobleza ishgardiana consideraban que esa deuda merecía ser honrada incluso al costo de contravenir la política oficial de aislamiento. Fue así como los restos destrozados de los Vástagos de la Séptima Aurora, reducidos a un aventurero marcado por la injusticia, un joven aplastado por la culpa y una lalafell cuya sonrisa desafiaba la lógica de su situación, cruzaron las puertas de la ciudad más antigua y más orgullosa de Eorzea, buscando refugio en un lugar que tenía sus propios secretos, sus propias mentiras y sus propias guerras, sin saber aún que la historia que estaban a punto de descubrir entre las torres heladas de Ishgard haría que la traición de Ul'dah pareciera un juego de niños comparada con el engaño de mil años que la Iglesia había tejido sobre los huesos de dragones asesinados y la sangre de verdades silenciadas.

El mundo que el Guerrero de la Luz había conocido se había roto, y los pedazos no encajaban de vuelta en la forma que tenían antes. Los Vástagos estaban dispersos, quizás perdidos para siempre. La reputación que habían construido con sudor y sangre había sido manchada por acusaciones de regicidio que la mitad de Eorzea creía y la otra mitad fingía creer por conveniencia política. Nanamo yacía en un estado que podía ser muerte o algo peor que la muerte, y nadie podía ayudarla mientras los conspiradores controlaran el acceso a su persona. Raubahn languidecía en una celda, mutilado y traicionado por el hombre en quien había confiado para proteger a la mujer que amaba. Y en algún lugar, en los pliegues oscuros del mundo donde los Ascians tejían sus conspiraciones milenarias, alguien sonreía con la satisfacción de un maestro de ajedrez que ve cómo las piezas caen exactamente donde las necesita, porque el caos que había consumido a Eorzea no era un accidente sino un ingrediente más en una receta de destrucción cuyo plato final aún estaba por servirse, un plato que sabría a sangre, a fuego y a la desesperación de mortales que creían controlar su destino sin entender que eran piezas en un juego cuyas reglas habían sido escritas antes de que el tiempo mismo aprendiera a contar.