Desde las profundidades del Tempest, aquel abismo submarino donde la luz del sol jamas habia tocado las arenas del lecho marino, una vision imposible se alzaba ante los ojos del Guerrero de la Luz como un espejismo nacido de doce mil anos de dolor acumulado. La ciudad de Amaurot, reconstruida con una fidelidad que rayaba en la obsesion enfermiza de un alma que se negaba a olvidar, se extendia en toda su magnificencia ancestral: torres que perforaban las aguas oscuras como agujas de cristal y piedra blanca, puentes suspendidos entre edificios cuya arquitectura desafiaba toda logica mortal, plazas donde fantasmas de una era perdida caminaban con la serenidad de quienes no sabian que eran meros recuerdos atrapados en la magia de creacion de un ser que habia vivido mas vidas que estrellas habia en el firmamento. Emet-Selch los habia guiado hasta alli, hasta el corazon de su nostalgia hecha materia, hasta la recreacion perfecta de todo lo que habia perdido en aquel cataclismo primordial que destrozo la realidad misma. Cada columna, cada ventana, cada baldosa del pavimento habia sido conjurada desde los recovecos mas profundos de una memoria que se negaba a desvanecerse, y el Guerrero de la Luz comprendio entonces que no se enfrentaba a un villano comun, sino a un hombre roto cuya unica arma era el recuerdo de un mundo que ya no existia. Las sombras de los Antiguos, aquellos seres de estatura descomunal envueltos en tunicas oscuras con capuchas que ocultaban rostros de una belleza que trascendia la comprension humana, deambulaban por las calles con la gracia eterea de fantasmas que repetian eternamente los ultimos momentos antes del fin. Y en el centro de todo, Emet-Selch observaba su obra maestra con una expresion que oscilaba entre el orgullo devastado y la tristeza infinita de quien sabe que ninguna replica, por perfecta que sea, podra jamas devolver la vida a los muertos.
La verdad comenzo a desplegarse como un pergamino antiguo cuyas palabras habian sido selladas durante milenios, y cada revelacion golpeaba con la fuerza de un terremoto existencial que sacudia los cimientos de todo lo que el Guerrero de la Luz habia creido conocer sobre el mundo. Emet-Selch, aquel que habia caminado junto a ellos durante su travesia por el Primer Reflejo con una actitud de desden aristocratico y sarcasmo mordaz, revelo su verdadera naturaleza: no era simplemente un Ascian mas, no era un mero agente del caos que sembraba destruccion por mandato de algun dios oscuro. Era uno de los tres Ascian Originales, los Unsundered, aquellos cuyas almas habian permanecido intactas e indivisas desde antes de la Fractura, desde antes de que el mundo fuera despedazado en catorce fragmentos dispersos por el vacio entre dimensiones. Su nombre verdadero era Hades, y en la era de Amaurot, cuando los Antiguos caminaban sobre Etheirys como custodios de la creacion misma, el habia ocupado el asiento de Emet-Selch en la Convocacion de los Catorce, aquel consejo supremo que gobernaba no mediante la tirania sino mediante la sabiduria colectiva de las mentes mas brillantes que jamas habian existido. La Convocacion habia sido el pilar sobre el cual se sostenia toda la civilizacion de los Antiguos: catorce almas elegidas por su poder, su conocimiento y su dedicacion al bienestar de su mundo, cada una portando un titulo que representaba un aspecto fundamental de la existencia. Y Hades, con su don unico de la Vista del Alma, aquella capacidad innata de percibir la esencia verdadera de cada ser viviente como si leyera las paginas de un libro abierto, habia servido a su pueblo con una devocion que ahora, doce milenios despues, se habia transmutado en una obsesion implacable por restaurar lo que se habia perdido.
La historia que Emet-Selch narro mientras guiaba al Guerrero de la Luz a traves de las calles fantasmagoricas de Amaurot era la genesis misma de toda la tragedia que habia definido la existencia de Etheirys. Los Antiguos, explico con una voz que vibraba entre la reverencia y el dolor, habian sido una raza de creadores supremos cuyo dominio sobre la magia de creacion les permitia dar forma a la vida misma con el poder de su voluntad e imaginacion. Cada criatura, cada planta, cada fenomeno natural que poblaba el mundo habia nacido de los talleres de creacion de los Antiguos, concebido en las instalaciones de Elpis donde las nuevas formas de vida eran probadas y perfeccionadas antes de ser liberadas al mundo. Vivian vidas que se extendian durante eones, sus cuerpos imbuidos de un eter tan denso y poderoso que un solo Antiguo poseia mas energia vital que naciones enteras de los mortales fragmentados que poblaban el mundo actual. No conocian la enfermedad, rara vez experimentaban la muerte, y su sociedad habia alcanzado un nivel de armonia y proposito que las civilizaciones posteriores jamas podrian siquiera imaginar. Pero aquella perfeccion, aquella era dorada que parecia destinada a perdurar por toda la eternidad, fue consumida por una catastrofe que emergio no del exterior sino de las profundidades mismas de la creacion: los Dias Finales, un fenomeno de horror cosmico en el cual la creatividad descontrolada comenzo a manifestar pesadillas vivientes, donde los pensamientos y emociones de los Antiguos se materializaban en formas monstruosas que devoraban la realidad como un cancer existencial que consumia todo lo que tocaba.
Ante la amenaza de la extincion total, la Convocacion de los Catorce se reunio en sesion de emergencia para debatir la salvacion de su mundo, y la decision que tomaron marcaria el destino de toda la existencia por los proximos doce milenios. Emet-Selch describio aquel momento con una precision que solo podia provenir de alguien que habia estado presente, que habia sentido el peso de aquella decision aplastando su alma como una montana de piedra: la Convocacion propuso la invocacion de Zodiark, una entidad de oscuridad primordial cuyo poder seria suficiente para detener los Dias Finales y salvar lo que quedaba de su civilizacion moribunda. Pero el precio era inimaginable incluso para seres de su poder: la mitad de la poblacion de los Antiguos deberia sacrificarse, ofrecer sus almas como combustible para dar vida a Zodiark, para que su poder pudiera sellar la catastrofe y restaurar el equilibrio del mundo. Y asi fue: la mitad de los Antiguos, con una dignidad y abnegacion que desafiaban toda comprension, caminaron voluntariamente hacia su propia aniquilacion, ofreciendo su existencia misma para que sus hermanos pudieran vivir. Zodiark fue invocado, y su poder detuvo los Dias Finales, envolviendo al mundo en un escudo de oscuridad protectora. Pero el mundo habia quedado devastado, esteril, incapaz de sustentar vida, y la Convocacion exigio un segundo sacrificio: otra mitad de los supervivientes entrego sus almas para que Zodiark pudiera restaurar la fertilidad de la tierra y traer nueva vida al mundo herido. Y cuando esa nueva vida comenzo a brotar, la Convocacion concibio un plan final: recolectar el eter de esas nuevas formas de vida para ofrecerlo a Zodiark como tercer sacrificio, uno que permitiria resucitar a todos los Antiguos que se habian inmolado, devolviendo sus almas al mundo de los vivos.
Fue entonces cuando la fractura irreconciliable desgarro el corazon de la civilizacion de los Antiguos, pues no todos estaban dispuestos a sacrificar la nueva vida que habia nacido en el mundo restaurado. Venat, quien habia ocupado anteriormente el asiento de Azem en la Convocacion antes de cederlo a su sucesor, se alzo como la voz de la disidencia, argumentando que la vida nueva que Zodiark habia traido al mundo tenia su propio derecho a existir, que sacrificarla para resucitar a los muertos era una abominacion que traicionaba los principios mismos sobre los cuales los Antiguos habian construido su civilizacion. Un grupo de Antiguos que compartia su vision se unio a ella, y juntos invocaron a Hydaelyn, una entidad de luz pura cuyo proposito era oponerse a Zodiark y proteger la nueva vida. El enfrentamiento entre ambas fuerzas primordiales sacudio la realidad hasta sus cimientos, y en el golpe final, Hydaelyn desato un poder tan devastador que Fracturo la existencia misma: el mundo de Etheirys fue dividido en catorce fragmentos, la Fuente y sus trece Reflejos, cada uno una version incompleta y disminuida del mundo original. Las almas de los Antiguos fueron igualmente fragmentadas, divididas en catorce pedazos que se reencarnarian una y otra vez en formas mortales debilitadas, sombras palidas de la gloria que habian sido. Solo tres escaparon a la Fractura: Emet-Selch, Lahabrea y Elidibus, los Unsundered, cuyas almas permanecieron intactas y cuyas memorias de Amaurot sobrevivieron intactas a traves de los milenios como una herida que jamas cicatrizaria.
Durante doce mil anos, Emet-Selch camino por un mundo que le resultaba ajeno y doloroso en cada fibra de su ser inmortal, habitando cuerpo tras cuerpo mortal como un parasito existencial que consumia vidas para perpetuar su mision imposible. Con su Vista del Alma, podia percibir en cada ser humano, en cada elezen, en cada miqo'te y roegadyn, los fragmentos rotos de las almas de sus antiguos companeros, de sus amigos, de aquellos que habian sacrificado todo para salvar el mundo. Pero esos fragmentos eran palidos, debiles, incompletos, como astillas de un espejo magnifico que habia sido destruido y cuyos pedazos apenas reflejaban destellos borrosos de la imagen original. Para Emet-Selch, mirar a los mortales fragmentados era contemplar un cementerio viviente, un mundo poblado por los restos destrozados de su pueblo que caminaban sin saber lo que habian sido, que vivian y morian en ciclos breves y futiles sin jamas comprender la grandeza que alguna vez habia residido en sus almas. Y cada vez que un mortal moria, cada vez que una nacion se derrumbaba, cada vez que una guerra consumia miles de vidas, Emet-Selch sentia no solo la perdida de esas vidas individuales sino la destruccion repetida de los fragmentos de sus seres queridos, como si los Antiguos murieran una y otra y otra vez en un ciclo interminable de sufrimiento que el era el unico en comprender.
La estrategia que Emet-Selch y los Ascian habian concebido para revertir la Fractura era tan audaz como monstruosa en su escala: las Reuniones, cataclismos deliberadamente orquestados que fusionaban los Reflejos con la Fuente, reconstituyendo gradualmente las almas fragmentadas y acercando al mundo un paso mas hacia su forma original. Cada Reunion requeria una calamidad de proporciones apocalipticas que destruyera un Reflejo entero, sacrificando todas las vidas que lo habitaban para que su eter se fusionara con la Fuente. Siete Reuniones habian sido completadas a lo largo de los milenios, cada una correspondiente a una de las Eras Umbrales que habian devastado la historia conocida de Eorzea: la inundacion, la glaciacion, el terremoto, la tormenta de viento, la peste, la sequia y la caida de Dalamud. Y detras de cada una de esas catastrofes, moviendo los hilos con la paciencia infinita de un inmortal cuyo horizonte temporal abarcaba milenios, estaba Emet-Selch, manipulando naciones, corrompiendo lideres, sembrando las semillas de la destruccion con la precision de un cirujano que operaba sobre el cuerpo del mundo. Garlemald, el poderoso imperio que habia dominado gran parte de Hydaelyn con su magitek y su ideologia de conquista, habia sido su obra maestra mas reciente: Emet-Selch habia fundado la nacion bajo la identidad de Solus zos Galvus, forjando un imperio desde la nada con el proposito expreso de generar el conflicto y la destruccion necesarios para provocar la Octava Reunion. Cada guerra que Garlemald habia librado, cada nacion que habia conquistado, cada vida que habia sido segada bajo sus banderas rojas, habia sido un movimiento en el tablero cosmico de un ser que jugaba partidas que duraban siglos.
Pero habia algo mas en la confesion de Emet-Selch, algo que trascendia la estrategia fria y el calculo despiadado, algo que revelaba la humanidad devastada que palpitaba bajo la mascara del manipulador inmortal. Doce mil anos de soledad, de caminar entre seres que no podian comprenderlo, de fingir ser mortal mientras cargaba con el peso de una civilizacion extinta sobre sus hombros, habian erosionado su alma hasta dejarla en carne viva. Hablo de los imperios que habia construido y abandonado, de las familias que habia tenido en cuerpos prestados, de los hijos que habia engendrado y visto envejecer y morir mientras el permanecia inmutable, atrapado en un ciclo de creacion y perdida que habria enloquecido a cualquier ser con menos determinacion. Hablo de Hythlodaeus, su mejor amigo en la era de Amaurot, aquel que compartia su don de la Vista del Alma y cuya risa resonaba aun en sus recuerdos como un eco de una epoca en la que la alegria era posible. Hablo de Azem, el viajero de la Convocacion, aquel espiritu libre que recorria el mundo ayudando a quienes lo necesitaban y cuya alma, ahora fragmentada, se habia reencarnado en el propio Guerrero de la Luz, un hecho que Emet-Selch habia reconocido desde el primer momento pero que se habia negado a aceptar porque aceptarlo significaba admitir que su viejo amigo habia sido reducido a una fraccion de lo que fue. Cada palabra de Emet-Selch destilaba una melancolia tan profunda que incluso el aire de la Amaurot recreada parecia cargarse de tristeza, como si las paredes fantasmagoricas de la ciudad absorbieran el dolor de su creador y lo irradiaran como un pulso de pesar que lo impregnaba todo.
El desafio que Emet-Selch lanzo al Guerrero de la Luz no fue una declaracion de guerra sino una suplica disfrazada de ultimatum, el grito desesperado de un hombre que, despues de doce mil anos de lucha, anhelaba secretamente que alguien le demostrara que estaba equivocado. Demostradme, dijo con una voz que temblaba bajo capas de cinismo cuidadosamente construido, que las razas mortales fragmentadas merecen existir. Demostradme que estos seres incompletos, estas sombras palidas de lo que fueron mis hermanos, tienen el derecho de reclamar un mundo que fue construido con el sacrificio de almas infinitamente superiores. Demostradme que la vida, en su forma disminuida e imperfecta, tiene valor suficiente para justificar la extincion de la perfeccion que la precedio. Y si no podeis demostrarmelo, entonces apartaos y dejadme completar mi obra, dejadme restaurar a los Antiguos aunque signifique borrar todo lo que ha surgido despues, porque para mi, para alguien que recuerda lo que se perdio, la existencia de este mundo roto no es vida sino una tortura prolongada que clama por su fin. El Guerrero de la Luz comprendio en ese instante que la batalla que se avecinaba no seria simplemente un enfrentamiento de poder sino un juicio existencial, un tribunal donde se decidiria si la vida imperfecta merecia continuar o si debia ser sacrificada en el altar de una perfeccion perdida que quiza jamas podria ser restaurada.
La batalla en la Amaurot recreada fue un cataclismo de proporciones mitologicas que destruyo la ilusion de la ciudad antigua con la misma brutalidad con la que la catastrofe original habia destruido la real. Emet-Selch se transformo, abandonando su forma mortal para revelar su verdadera naturaleza como Hades, una entidad de oscuridad abisal cuyo poder hacia temblar los cimientos del Tempest mientras la ciudad fantasma se desmoronaba a su alrededor en una lluvia de fragmentos de magia y memoria. Las torres de Amaurot se derrumbaban como si repitieran su destruccion original, los fantasmas de los Antiguos se desvanecian en gritos silenciosos, y el cielo submarino se encendia con las llamas de una apocalipsis recreada con una fidelidad que solo un testigo presencial podria haber logrado. Hades desato todo el poder de un alma Unsundered, doce mil anos de rabia y dolor cristalizados en ataques que desgarraban la realidad, invocando la oscuridad primordial de Zodiark como si el propio dios dormido prestara su fuerza a traves de las cadenas de devocion que ligaban al Ascian con su creacion. Cada golpe que Hades asestaba llevaba consigo el peso de una civilizacion muerta, cada hechizo que conjuraba era un lamento convertido en destruccion, y el Guerrero de la Luz sentia como la Luz acumulada de los cinco Lightwardens que habia absorbido amenazaba con consumirlo desde dentro, transformandolo en el mismo monstruo que habia jurado destruir.
Fue en el momento mas oscuro de la batalla, cuando la Luz amenazaba con engullir al Guerrero de la Luz y convertirlo en un Sin Eater, cuando Ardbert aparecio como un espectro nacido de la esperanza misma. Ardbert, el Guerrero de la Luz del Primer Reflejo, aquel heroe que habia luchado por salvar su mundo solo para descubrir que sus acciones habian provocado la Inundacion de Luz que casi lo destruyo, se habia mantenido como un fantasma atado a un mundo que ya no lo necesitaba, invisible para todos excepto para el Guerrero de la Oscuridad que habia venido de la Fuente. Pero lo que nadie habia comprendido hasta ese momento era la verdad fundamental que conectaba sus destinos: Ardbert era un fragmento del alma del Guerrero de la Luz, una pieza separada de la misma alma que habia pertenecido a Azem, el decimocuarto miembro de la Convocacion. Cuando Ardbert extendio su mano y sus dedos espectrales tocaron la mano del Guerrero, algo cosmico se alinea: dos fragmentos de una misma alma se fusionaron en un destello de luz y oscuridad entrelazadas, y el poder combinado estabilizo la Luz que habia amenazado con destruir al Guerrero, transformandola de una maldicion en un arma. El Guerrero de la Luz empuno aquella Luz purificada como un hacha resplandeciente que cortaba la oscuridad misma, y por un instante fugaz, Emet-Selch vio algo que hizo que su corazon milenario se detuviera: detras de la figura del Guerrero, superpuesta como un recuerdo que se negaba a morir, la silueta de un Antiguo envuelto en tunicas oscuras, un rostro familiar que no habia visto en doce mil anos. Azem. Su viejo amigo, fragmentado e incompleto pero inconfundiblemente presente, alzandose una vez mas para desafiar lo imposible.
El golpe final atraveso la oscuridad de Hades como un rayo de sol perforando una tormenta eterna, y la entidad que habia sido el arquitecto de imperios y calamidades durante doce milenios se desmorono como las ruinas de la ciudad que habia recreado con tanto amor. Emet-Selch retorno a su forma humanoide, su cuerpo desintegrandose en particulas de eter oscuro que se dispersaban como cenizas en el viento submarino, y en sus ojos ya no habia rabia ni desden sino algo que se parecia desesperadamente a la paz. El Guerrero de la Luz le habia demostrado lo que habia pedido: que la vida imperfecta, fragmentada, efimera, poseia una fuerza que la perfeccion eterna jamas habia conocido, una capacidad de superar sus propias limitaciones que ni siquiera los Antiguos con todo su poder habian logrado manifestar. Hades, el inmortal, el fundador de imperios, el titiritero que habia movido los hilos del destino durante cien siglos, habia sido derrotado no por un poder superior sino por la terquedad imposible de un alma rota que se negaba a rendirse. Y en la derrota encontro algo que habia buscado sin saberlo durante doce mil anos: la certeza de que todo lo que habia hecho, todo el dolor que habia causado, toda la sangre que habia derramado, habia sido en vano porque el mundo que buscaba restaurar ya vivia, de una forma diferente e imperfecta pero innegablemente viva, en cada uno de los seres fragmentados que poblaban la Fuente y sus Reflejos.
Las ultimas palabras de Emet-Selch resonaron en las profundidades del Tempest con la gravedad de un epitafio escrito para una civilizacion entera, y cada silaba cargaba el peso de doce milenios de soledad, amor y perdida inconmensurable. Su voz, despojada por fin de todo sarcasmo y toda pretension, se elevo con la claridad fragil de un cristal a punto de romperse mientras su forma se desvanecia en la oscuridad que lo habia definido durante tanto tiempo. Recordadnos, susurro, y en esas dos palabras se condensaba todo lo que habia sido, todo lo que habia querido, todo lo que habia sacrificado en su cruzada imposible contra el olvido. Recordad que una vez vivimos. No fue una exigencia ni una orden sino una suplica, el ultimo deseo de un hombre que habia dedicado su inmortalidad a luchar contra la muerte y el olvido solo para descubrir que ambos eran invencibles, y que lo unico que podia sobrevivir a la destruccion de un mundo era el recuerdo de quienes lo habian habitado. El Guerrero de la Luz asintio, un gesto simple que sellaba un pacto mas profundo que cualquier juramento: la promesa de que Amaurot, los Antiguos, la Convocacion de los Catorce y todas las almas que se habian sacrificado para crear y destruir mundos no serian olvidados mientras existiera una sola memoria que los albergara. Y Emet-Selch, Hades, el ultimo emperador de un reino que ya no existia, sonrio por primera vez en doce mil anos con una sonrisa genuina que no ocultaba dolor ni cinismo, solo la paz infinita de quien finalmente podia descansar.
El cielo nocturno de Norvrandt, aquel firmamento que habia permanecido ahogado en una luz eterna e implacable durante un siglo de desesperacion, se abrio por primera vez en la memoria de cualquier ser viviente del Primer Reflejo para revelar un manto de estrellas tan hermoso que hizo llorar a quienes lo contemplaron. La Luz que habia amenazado con consumir el mundo, aquella fuerza devoradora que habia transformado a incontables seres en Sin Eaters y que habia reducido la mayor parte del continente a un paramo blanco y esteril, fue purgada con la derrota de Hades y la fusion de Ardbert con el Guerrero de la Luz. La noche regreso a Norvrandt como un regalo largo tiempo negado, y con ella regreso la esperanza a un pueblo que habia olvidado lo que significaba mirar hacia arriba y ver oscuridad en lugar de aquella luz cegadora que era sinonimo de muerte. En el Crystarium, la ciudadela que el Exarca de Cristal habia construido como ultimo bastion contra la Inundacion, los habitantes salieron a las calles para contemplar las estrellas con ojos llenos de lagrimas, y los ninos que jamas habian conocido la noche preguntaban a sus padres que eran aquellos puntos brillantes en la boveda oscura del cielo. La victoria habia sido completa pero amarga, porque el precio habia sido la destruccion de un ser cuyo unico crimen verdadero habia sido amar demasiado profundamente a un mundo que ya no existia.
Pero la verdad revelada por Emet-Selch no moriria con el, porque habia plantado semillas en el corazon del Guerrero de la Luz que germinarian en los dias venideros y cambiarian para siempre la forma en que comprendian su propia existencia y el conflicto cosmico que habian heredado. La revelacion de que el Guerrero era un fragmento de Azem, el viajero de la Convocacion cuya compasion y curiosidad lo habian llevado a recorrer el mundo ayudando a toda criatura viviente, otorgaba un nuevo significado a cada batalla librada, a cada enemigo derrotado, a cada vida salvada desde el comienzo de su aventura. No era casualidad que el Guerrero poseyera la capacidad de absorber la Luz de los Lightwardens, no era coincidencia que su alma resonara con el poder de los cristales, no era azar que se alzara una y otra vez cuando otros caian: era el eco de una naturaleza antigua que se manifestaba a traves de las grietas de un alma fragmentada, la chispa inextinguible de un ser que habia sido creado para caminar entre mundos y proteger la vida en todas sus formas. Y mientras el Guerrero de la Luz contemplaba las estrellas recien nacidas de Norvrandt, con el recuerdo de Amaurot ardiendo en su memoria como una llama que jamas se apagaria, comprendio que la lucha contra los Ascian no era una guerra entre el bien y el mal sino una tragedia entre dos visiones del mundo igualmente validas, y que su victoria no significaba que Emet-Selch estuviera equivocado, sino que la vida, incluso en su forma mas rota e imperfecta, poseia un valor que merecia ser defendido hasta el ultimo aliento. Recordadnos. La promesa resonaba en su alma como un juramento sagrado, y el Guerrero de la Luz supo que cumpliria esa promesa aunque le costara la vida, porque algunas verdades son demasiado importantes para dejarlas morir, y algunas memorias son demasiado preciosas para permitir que el tiempo las borre.
En las profundidades del Tempest, donde los restos de la Amaurot recreada se desmoronaban lentamente en el abrazo del oceano como un castillo de arena devorado por la marea, el legado de Emet-Selch perduraba no en piedra ni en magia sino en la transformacion irrevocable que su verdad habia obrado en el alma del Guerrero de la Luz. La Convocacion de los Catorce, los Dias Finales, Zodiark y Hydaelyn, la Fractura y las Reuniones: todo el tapiz de la historia cosmica que habia permanecido oculto durante milenios habia sido revelado, y con esa revelacion venia la responsabilidad aplastante de decidir que hacer con ese conocimiento. Los Ascian no eran simplemente villanos que buscaban la destruccion por placer o por maldad; eran los ultimos supervivientes de una civilizacion que habia dado todo por salvar su mundo y que habia pagado el precio mas alto imaginable por esa salvacion. Su lucha por restaurar a los Antiguos, por revertir la Fractura y devolver al mundo su forma original, era un acto de amor desesperado llevado al extremo de la monstruosidad por la escala de tiempo incomprensible en la que operaban. Y ahora, con Emet-Selch destruido y Lahabrea eliminado tiempo atras, solo quedaba un Unsundered en todo el cosmos: Elidibus, el Emisario, cuya sombra se cernia sobre el horizonte como la promesa de un ultimo enfrentamiento que determinaria el destino final de la herencia de Amaurot. El Guerrero de la Luz avanzo hacia ese futuro incierto con el peso de dos mundos sobre sus hombros, portando en su alma la fusion con Ardbert y en su memoria la imagen de una ciudad imposible que habia existido antes de que el tiempo tuviera nombre, prometiendo en silencio que, pasara lo que pasara, la verdad de los Ascian no seria olvidada jamas.