Guild Wars

Capitulo 15 de 15

El Legado de Tyria

Tyria gira en el vacío como un mundo que se niega a dejar de sorprender a quienes lo habitan, un planeta cuya capacidad de generar maravillas y horrores en proporciones iguales ha sido la constante que ha definido cada era de su existencia desde que los dioses pisaron por primera vez su superficie hasta el momento presente, cuando los dioses se han marchado y los mortales se encuentran, por primera vez en su historia, verdaderamente solos frente a un futuro que ya no está escrito en ninguna profecía ni garantizado por ninguna deidad. Es un mundo que ha sobrevivido a la guerra entre dioses, al Searing de un continente, al hundimiento de otro, al Viento de Jade que petrificó un océano, al despertar de los Dragones Ancestrales que amenazó con borrar toda civilización de su superficie, y a la traición de un dios que prefirió destruir antes que aceptar su propia irrelevancia. Y después de todo eso, Tyria sigue aquí, no porque sea un mundo invulnerable sino porque los seres que lo habitan son demasiado tercos, demasiado creativos y demasiado enamorados de la vida como para aceptar la destrucción como destino, incluso cuando la destrucción es lo más racional que pueden esperar.

La era que se abre después de la caída del último Dragón Ancestral y la ascensión de Aurene como guardiana del equilibrio mágico es una era sin precedentes en la historia de Tyria, una era para la cual no existen mapas ni profecías ni guías, una era donde los mortales deben inventar el camino mientras lo recorren con la consciencia de que cada paso que dan crea el terreno sobre el que los siguientes pasos se apoyarán. Los Dragones Ancestrales, que durante eones habían sido tanto la mayor amenaza como los reguladores esenciales del ecosistema mágico del planeta, ya no existen como entidades independientes; su función ha sido asumida por Aurene, una dragona cuya relación con los mortales es fundamentalmente diferente de la que sus predecesores mantuvieron. Donde los Dragones Ancestrales operaban con la indiferencia de fuerzas naturales que no distinguen entre una civilización y una montaña, Aurene opera con la consciencia de alguien que ha crecido entre mortales, que ha sido criada por ellos, que ha aprendido de ellos el valor de la vida individual y de la cooperación colectiva, y que elige, con cada decisión que toma, proteger el mundo no porque sea su función sino porque es su voluntad.

Los dioses, aquellos seres que durante milenios fueron los pilares de la fe humana y cuya presencia confería al mundo un sentido de orden y de propósito que los mortales encontraban tan reconfortante como necesario, se han marchado a destinos que ningún teólogo puede rastrear y ningún fiel puede seguir. Su partida dejó un vacío en el alma de la humanidad que no ha sido llenado y que quizás nunca lo sea, pero ese vacío, lejos de destruir la fe humana, la ha transformado en algo que los dioses mismos podrían admirar si pudieran verla: una fe que ya no depende de la respuesta divina para existir, una fe que se sostiene sobre la experiencia humana de que la bondad, la justicia y la compasión valen la pena por sí mismas, independientemente de que un dios las recompense o las observe. Los templos siguen abiertos, las oraciones siguen pronunciándose, pero la naturaleza de la relación entre los fieles y sus dioses ha cambiado de la dependencia a la autonomía, del ruego al homenaje, de la súplica a la memoria agradecida de unos seres que, con todas sus imperfecciones, crearon un mundo donde la posibilidad de la grandeza coexiste con la certeza del sufrimiento y donde esa coexistencia es, paradójicamente, lo que hace que la grandeza valga la pena.

Ascalon, la tierra que fue el crisol donde la historia moderna de Tyria se forjó en el fuego del Searing, ha encontrado una paz que habría parecido imposible a las generaciones que lucharon y murieron por su posesión. Los fantasmas de la Maldición del Fuego, aquella legión de espectros condenados por el último rey de Ascalon a defender unas ruinas que ya no tenían sentido defender, han sido finalmente liberados de su maldición, no por la fuerza de las armas ni por el poder de la magia sino por un acto de compasión que requirió que humanos y Charr trabajaran juntos para deshacer un hechizo nacido del odio más profundo. La liberación de los fantasmas de Ascalon fue un evento que los poetas de ambas razas cantan con la misma reverencia, un momento donde el pasado fue finalmente perdonado no porque sus crímenes fueran olvidados sino porque las generaciones presentes decidieron que heredar el odio de sus antepasados era una carga que ya no estaban dispuestas a cargar. Las ruinas de la vieja Ascalon, que durante generaciones habían sido un campo de batalla donde vivos y muertos se enfrentaban en una guerra sin final ni sentido, se han convertido en un lugar de peregrinación donde humanos y Charr acuden juntos para recordar que el odio es una elección y que esa elección puede ser revocada, aunque el precio de revocarla sea aceptar que todas las muertes que el odio causó fueron, en última instancia, innecesarias.

Elona respira de nuevo bajo un sol que ya no es eclipsado por la sombra de Palawa Joko ni por la amenaza de dioses caídos. Los Sunspear, reconstruidos y revitalizados por una generación de guerreros que llevan en sus venas tanto la tradición de la orden como la experiencia de haber luchado contra amenazas que sus predecesores no podían haber imaginado, patrullan las fronteras del continente con una vigilancia que ya no es paranoia sino prudencia informada. Los príncipes de Vabbi, cuya complacencia fue sacudida hasta los cimientos por los eventos que transformaron el continente, invierten sus fortunas en la reconstrucción de una sociedad que aspira a ser tan justa como próspera, comprendiendo finalmente que la belleza sin justicia es un lujo que solo pueden permitirse los que ignoran el sufrimiento de los demás. Y el Desierto de Cristal, aquel páramo creado por la guerra entre dioses que fue el escenario de tantas batallas decisivas, muestra los primeros signos de una recuperación que los geólogos consideran imposible pero que los viajeros que lo cruzan pueden percibir en la textura de la arena, que es un poco menos cristalina y un poco más terrosa que antes, como si la tierra misma estuviera curándose de las heridas que los dioses le infligieron hace milenios.

Cantha, liberada de su aislamiento autoimpuesto y del terror del Vacío, emerge al escenario mundial como un continente cuya sofisticación tecnológica y cuya riqueza cultural la convierten en un aliado tan valioso como fascinante para las naciones de Tyria. La tecnología de jade, refinada y depurada de los desequilibrios que la habían convertido en un vector del Vacío, se integra gradualmente en las infraestructuras de los otros continentes, transformando la vida cotidiana de maneras que los ciudadanos comunes apenas perciben pero que los ingenieros comprenden como una revolución tan profunda como la invención de las Puertas Asura. El Mar de Jade, aquel monumento a la tragedia de Shiro Tagachi, continúa su proceso de transformación lenta, y los científicos cantos que monitorean sus bordes reportan con una mezcla de asombro y cautela que la licuefacción avanza centímetro a centímetro, año tras año, como si el tiempo estuviera deshaciendo pacientemente lo que la furia de un traidor hizo en un instante. Los Luxon y los Kurzick, aquellas dos naciones cuyo conflicto perpetuo definió la política interna de Cantha durante doscientos años, han encontrado en los desafíos del mundo moderno razones para cooperar que la inercia del odio ya no puede contrarrestar, y aunque la paz entre ellos es todavía frágil y está llena de las reservas y los resentimientos que las guerras largas dejan como herencia, la dirección del cambio es innegable.

Los héroes que salvaron a Tyria no eran semidioses ni elegidos por la profecía ni portadores de poderes innatos que los distinguieran del resto de los mortales. Eran personas ordinarias que se encontraron en circunstancias extraordinarias y que eligieron, en cada encrucijada donde la cobardía habría sido la opción más sensata, avanzar hacia el peligro en lugar de huir de él. Eran guerreros que temblaban antes de cada batalla pero que luchaban de todas formas. Eran sanadores que sabían que no podían salvar a todos pero que se negaban a dejar de intentarlo. Eran exploradores que se adentraban en lo desconocido con la certeza de que lo desconocido podía matarlos y con la esperanza, a menudo confirmada y a menudo destruida, de que lo que encontrarían al otro lado valdría el riesgo. Su heroísmo no residía en su poder sino en su elección, y esa elección, repetida miles de veces por miles de individuos a lo largo de generaciones de conflicto, fue la fuerza que inclinó la balanza a favor de la supervivencia cuando todas las fuerzas cuantificables apuntaban hacia la extinción.

La Niebla, aquel espacio entre los mundos donde la realidad es tan flexible como la imaginación de los seres que la habitan, conserva los ecos de todas las historias que Tyria ha producido, cada batalla librada y cada canción cantada y cada promesa hecha y cada traición cometida almacenadas en los pliegues de una dimensión que no conoce el olvido. Los fragmentos de mundos que nunca fueron y los recuerdos de mundos que dejaron de ser flotan en la Niebla como hojas en la superficie de un río que no tiene orillas, y quienes tienen la capacidad de percibir esos fragmentos, los mesmeristas más poderosos y los ritualistas más sensibles, afirman que la Niebla canta, que produce una música que es la suma de todas las historias que Tyria ha generado, una sinfonía tan compleja que ningún oído mortal puede captarla en su totalidad pero cuyos fragmentos, cuando se escuchan en momentos de silencio y de introspección, transmiten una verdad que las palabras no pueden articular: que la existencia, con todo su sufrimiento y toda su belleza, con toda su crueldad y toda su compasión, es un milagro cuya improbabilidad es superada únicamente por su terquedad en seguir ocurriendo.

Aurene sobrevuela Tyria con alas que son ventanas a todos los colores del espectro, su presencia una garantía silenciosa de que el equilibrio mágico del mundo se mantiene y de que la era de los Dragones Ancestrales destructivos ha terminado, reemplazada por algo nuevo cuya naturaleza aún se está definiendo. Los mortales que la ven pasar sobre sus ciudades y sus campos experimentan una emoción que no tiene nombre preciso en ningún idioma de Tyria: una mezcla de gratitud, de asombro, de esperanza y de la consciencia humilde de que el mundo es más grande y más misterioso de lo que cualquier mente mortal puede abarcar. Aurene no es una diosa a la que adorar ni una reina a la que obedecer; es una guardiana cuya autoridad se basa no en el poder que posee sino en la manera en que elige ejercerlo, y su presencia en los cielos de Tyria es un recordatorio constante de que el poder, cuando se combina con la compasión, puede ser una fuerza de protección tan eficaz como cualquier muralla y tan duradera como cualquier montaña.

El legado de Tyria no es un monumento de piedra ni un libro de leyes ni un tratado de paz sellado con cera y firmado con tinta. El legado de Tyria es la historia misma, el relato interminable de seres que vivieron, amaron, lucharon, perdieron y se levantaron para luchar de nuevo en un mundo que nunca les prometió nada excepto la oportunidad de intentarlo. Es la historia de Devona y Mhenlo y Cynn, que marcharon desde las ruinas de Ascalon hasta los confines del mundo con una determinación que ninguna catástrofe pudo quebrar. Es la historia de Kormir, que perdió los ojos y ganó la divinidad porque se negó a aceptar que la ceguera era el final. Es la historia de los Enanos, que se convirtieron en piedra para darle al mundo el tiempo que necesitaba para prepararse. Es la historia de los Silvanos, que descubrieron que eran hijos de un dragón y eligieron ser hijos de la libertad. Es la historia de todas las razas de Tyria, que aprendieron, a un costo que se mide en sangre y en siglos, que la diversidad no es una debilidad sino la fuente de la fuerza que les permitió enfrentar y derrotar amenazas que ninguna de ellas podría haber enfrentado sola.

Y cuando las generaciones futuras miren hacia atrás desde una era que los héroes del presente no pueden imaginar, cuando estudien la historia de Tyria en las academias del futuro y se pregunten cómo fue posible que un mundo tan pequeño y tan frágil sobreviviera a amenazas tan vastas y tan poderosas, la respuesta que encontrarán no será un nombre ni una fecha ni un evento sino una cualidad, una disposición del espíritu que trasciende las razas y las eras y que constituye la esencia misma de lo que significa ser habitante de Tyria: la negativa a rendirse, la insistencia obstinada en seguir adelante cuando la razón dice que todo está perdido, la creencia irracional pero indestructible de que mañana puede ser mejor que hoy si alguien tiene el coraje de trabajar para que así sea. Esa es la herencia que Tyria le deja al futuro, no un mundo perfecto sino un mundo posible, un mundo donde la perfección es un ideal que ilumina el camino sin necesidad de ser alcanzado, un mundo donde la esperanza no es una fantasía sino una herramienta tan práctica como una espada y tan necesaria como el aire que se respira. El legado de Tyria es la promesa de que, mientras haya alguien dispuesto a levantarse, empuñar su arma y marchar hacia lo desconocido, el mundo seguirá existiendo, seguirá cambiando, seguirá siendo el lugar extraordinario, terrible, hermoso e impredecible que siempre ha sido.