MapleStory 2

Capitulo 10 de 12

El Despertar de Balrog

El sello que había contenido a Balrog durante milenios cedió en una noche cuya oscuridad fue literal y metafórica, un momento cuya llegada los Guardianes de Lapenta habían anticipado con la precisión de los profetas pero cuya inevitabilidad no había disminuido el horror que su materialización produjo en quienes presenciaron el evento que transformaría Maple World con una radicalidad que ninguna guerra anterior había logrado. La ruptura del sello no fue un acontecimiento cuya espectacularidad proporcionara la advertencia que los defensores necesitaban para prepararse sino un proceso cuya sutileza fue la última manifestación de la estrategia de paciencia que la Oscuridad había empleado durante los siglos de su infiltración, una liberación que comenzó no con una explosión sino con un suspiro, un aliento de oscuridad cuya expansión fue tan silenciosa como fue devastadora.

Las primeras señales del despertar fueron percibidas por los Centinelas que custodiaban los santuarios más cercanos al punto de sellado, Guardianes cuya conexión con la energía de Lapenta les permitió sentir la perturbación con una inmediatez que los instrumentos artificiales tardaron minutos en registrar, minutos cuya brevedad parecía insignificante pero cuya consecuencia fue la diferencia entre la evacuación ordenada de los santuarios interiores y la tragedia que la demora habría producido. Los Centinelas describieron la sensación del despertar de Balrog como la experiencia de sentir cómo el suelo bajo sus pies dejaba de ser sólido para convertirse en algo cuya naturaleza era la de un organismo que respiraba con la cadencia de un ser que despertaba de un sueño cuya duración se medía en eras, una vibración que ascendía desde las profundidades con la insistencia de un latido cuya fuerza aumentaba con cada pulsación.

La forma que Balrog adoptó al emerger de las profundidades donde el sello lo había contenido fue una visión cuya contemplación produjo en los testigos reacciones que variaban desde el terror paralizante hasta la negación que la mente empleaba como mecanismo de defensa contra la percepción de algo cuya existencia desafiaba los fundamentos de la realidad que los mortales daban por sentados. Balrog se alzó como una montaña de fuego negro, una entidad cuyas dimensiones excedían las de cualquier criatura que la naturaleza de Maple World hubiera producido, un ser cuya altura oscurecía el cielo con una sombra que se extendía kilómetros en todas las direcciones y cuya presencia generaba un campo de energía oscura tan intensa que la vegetación en un radio de leguas se marchitó con la instantaneidad de una muerte cuya causa no era la privación sino la imposibilidad de la vida en la proximidad de un ser cuya esencia era la negación de la vida.

Los cuernos que coronaban la cabeza de Balrog eran formaciones cuya geometría no seguía las leyes de la física que el mundo natural respetaba sino las leyes de una dimensión cuya lógica era la inversión de todo lo que los mortales comprendían, espirales cuya trayectoria se curvaba en direcciones que el espacio tridimensional no debería contener, superficies cuya textura alternaba entre la solidez del obsidiano y la fluidez de la lava con una transición que los observadores percibían como una oscilación entre estados de materia que no deberían ser simultáneos. Los ojos de Balrog eran abismos cuya profundidad era infinita no en el sentido metafórico que los poetas empleaban sino en el sentido literal que los teóricos de la magia describían como la conexión directa con el plano de la Oscuridad, ventanas a un vacío cuya contemplación prolongada producía la pérdida de la identidad que los sanadores llamaban la Mirada del Abismo.

La primera acción de Balrog al liberarse del sello fue la emisión de un rugido cuya frecuencia no era sonora sino mágica, una onda de energía oscura cuya propagación a través de la red de Lapenta produjo una perturbación cuya magnitud fue sentida en cada rincón de Maple World con la simultaneidad de un terremoto cuyo epicentro era todas partes y ninguna. Los cristales de Lapenta, los pilares que sostenían el equilibrio del mundo, vibraron con una resonancia que los Guardianes percibieron como el gemido de un sistema cuya estabilidad estaba siendo puesta a prueba con una fuerza que los milenios de preparación habían anticipado pero cuya experiencia directa era cualitativamente diferente de cualquier simulación o ejercicio que la formación hubiera incluido.

El Sacerdote Oscuro, que había preparado el camino para el despertar de Balrog con la meticulosidad del saboteador cuya obra maestra estaba a punto de ser revelada, emergió de las Tierras Sombrías para reunirse con su maestro con la devoción del devoto que finalmente contempla la manifestación de la divinidad que ha adorado en la oscuridad de la fe. La alianza entre el traidor y el demonio era la confluencia de las dos fuerzas que la Oscuridad había cultivado para su liberación: el conocimiento de los sellos que el Sacerdote proporcionaba y el poder bruto que Balrog encarnaba, una combinación cuya peligrosidad excedía la suma de sus partes porque el conocimiento del Sacerdote permitía a Balrog explotar las debilidades que el poder bruto solo no habría podido identificar.

Los ejércitos de la Oscuridad que Balrog convocó desde las profundidades del Mundo de las Sombras eran legiones cuya composición incluía criaturas que la superficie de Maple World no había visto desde la primera guerra contra la Oscuridad, entidades cuya resurrección era el producto de la energía que la ruptura del sello había liberado. Los demonios menores cuya función era la destrucción indiscriminada, los espectros cuya habilidad de infiltración los convertía en los saboteadores perfectos de las líneas de defensa, y los constructos de sombra cuya resistencia al daño físico hacía que su eliminación requiriera la combinación de armas materiales y de magia purificadora que no todos los defensores podían proporcionar, eran los soldados de un ejército cuya magnitud convertía la defensa del reino en un desafío cuya magnitud excedía la capacidad de las fuerzas convencionales.

La respuesta del Reino de Tria fue la movilización más completa que la historia del reino había conocido, una convocatoria que transformó a la sociedad entera en una máquina de guerra cuya función era la supervivencia de la civilización que la Oscuridad amenazaba con erradicar. Los guerreros que las academias habían formado durante años de paz se encontraron con la realidad de que el combate verdadero excedía en intensidad y en horror todo lo que el entrenamiento les había preparado para enfrentar, una diferencia cuya magnitud era el espacio entre la teoría y la experiencia que solo el combate real podía cerrar. Los magos de las universidades abandonaron sus laboratorios para unirse a las líneas de defensa con la determinación de quienes comprendían que el conocimiento cuya acumulación había sido el propósito de sus vidas encontraba ahora su justificación última en la aplicación práctica que la defensa del mundo requería.

Las Tierras Sombrías se expandieron con una velocidad que los cartógrafos registraban con la desesperación de quienes documentan la progresión de un desastre cuya contención parecía cada vez más improbable, una expansión cuya dirección no era aleatoria sino dirigida por la inteligencia de Balrog hacia los puntos donde los cristales de Lapenta eran más vulnerables y donde la caída de un cristal produciría la desestabilización más amplia de la red que sostenía el equilibrio del mundo. Las regiones que la Oscuridad conquistaba eran transformadas con una radicalidad que hacía que la recuperación fuera una cuestión que los optimistas planteaban como posible pero que los realistas reconocían como dependiente de una victoria cuya obtención era todavía incierta.

Balrog avanzaba a través de Maple World con la inevitabilidad de una fuerza natural cuya contención requería no la resistencia de un punto sino la defensa de un frente cuya extensión aumentaba con cada legua que la Oscuridad ganaba, una progresión cuya detención era el objetivo que los generales del reino perseguían con la comprensión de que el tiempo era el recurso más escaso y más valioso del que disponían. Cada día que los defensores lograban contener el avance era un día que los Guardianes utilizaban para fortalecer los sellos que protegían los cristales que todavía permanecían intactos, y cada batalla perdida era un golpe cuya absorción debilitaba las reservas de un ejército cuya capacidad de reposición no podía igualar la velocidad con que la Oscuridad producía nuevos soldados de las profundidades que su dominio del Mundo de las Sombras le proporcionaba.

La desesperación que el despertar de Balrog produjo en la población de Maple World era un sentimiento cuya universalidad unificaba a los habitantes del mundo con una fuerza que la paz nunca había logrado, una igualdad ante el peligro que disolvía las diferencias de clase, de raza y de región en la experiencia compartida de la amenaza existencial. Los refugiados que las zonas conquistadas producían con la regularidad de una tragedia cuya repetición no disminuía su horror encontraban acogida en las ciudades que todavía permanecían libres con una generosidad cuya fuente era la comprensión de que la línea entre el refugiado y el anfitrión era tan delgada como era delgada la línea de defensa que separaba las zonas seguras de la Oscuridad que avanzaba.

El despertar de Balrog no era simplemente una crisis militar cuya resolución dependiera de la superioridad de fuerzas sino una crisis existencial cuya resolución requería una transformación en la comprensión que los habitantes de Maple World tenían de sí mismos y de su mundo, la aceptación de que la realidad que habían dado por sentada era más frágil de lo que la prosperidad de los siglos de paz les había permitido creer, y de que la preservación de esa realidad requería un sacrificio cuya magnitud nadie había anticipado pero que la supervivencia exigía con la imperatividad de lo no negociable.