MapleStory 2

Capitulo 11 de 12

La Guerra por Maple World

La guerra por Maple World fue el conflicto que definiría la era con una permanencia que los historiadores futuros reconocerían como la línea divisoria entre el mundo que había existido antes y el mundo que emergería después, una conflagración cuya escala abarcaba la totalidad del territorio conocido y cuya intensidad era la expresión de la verdad fundamental que los combatientes de ambos bandos comprendían con la claridad que solo los momentos definitivos proporcionan: que lo que estaba en juego no era el control del territorio ni la supremacía política sino la existencia misma de un mundo cuya supervivencia dependía de la capacidad de sus defensores para enfrentar una fuerza cuya antigüedad y cuyo poder excedían todo lo que la historia registrada contenía.

La alianza que los pueblos de Maple World forjaron para enfrentar la amenaza de Balrog fue una coalición cuya composición habría sido impensable en los tiempos de paz que la precedieron, una unión de razas, de reinos y de facciones cuyas diferencias la Oscuridad había disuelto con la eficacia involuntaria de un enemigo cuya universalidad de su amenaza era el catalizador más poderoso de la unidad que ningún diplomático habría logrado negociar. Los elfos de Ellinia abandonaron el aislamiento que había sido su política durante siglos para unirse a los ejércitos humanos con la gracia de guerreros cuya longevidad les había proporcionado una maestría de las artes de combate que los humanos no podían igualar en una sola vida. Los guerreros de Perion marcharon desde sus montañas con la ferocidad de combatientes cuya cultura les había preparado para este momento con la meticulosidad de generaciones que habían valorado la fortaleza como la virtud suprema. Los ladrones de Kerning City emergieron de sus sombras con la determinación de quienes comprendían que la supervivencia de su submundo dependía de la supervivencia del mundo que lo contenía.

La estrategia que los generales de la alianza desarrollaron para la defensa de Maple World fue un plan cuya ambición era proporcional a la magnitud de la amenaza, una campaña cuyas múltiples fases reflejaban la comprensión de que la victoria contra Balrog no sería el resultado de un único enfrentamiento decisivo sino de la acumulación de operaciones cuya coordinación requería una disciplina que las fuerzas aliadas desarrollarían en el calor del combate con la velocidad que la supervivencia imponía. La primera fase era la contención, la creación de líneas de defensa cuya función era frenar el avance de la Oscuridad con el tiempo necesario para que los Guardianes de Lapenta aseguraran los cristales que todavía permanecían intactos. La segunda fase era la contraofensiva, la recuperación del territorio perdido con ataques cuya coordinación requería la sincronización de las fuerzas de todas las regiones con una precisión que las líneas de comunicación proporcionaban con la fiabilidad que los magos de comunicación mantenían con un esfuerzo cuya constancia era el heroísmo invisible de la guerra.

Las batallas que se libraron en los diferentes frentes de Maple World eran enfrentamientos cuya intensidad producía en los combatientes experiencias que los veteranos de conflictos anteriores no podían comparar con nada que la guerra convencional hubiera producido. Los campos de batalla donde las fuerzas de la alianza enfrentaban a los ejércitos de la Oscuridad eran paisajes cuya transformación era el producto de la violencia de un combate que no se limitaba al plano físico sino que se extendía al plano mágico con una simultaneidad que convertía cada enfrentamiento en una experiencia que asaltaba todos los sentidos con una intensidad cuya sostenibilidad era la prueba de la resistencia de los combatientes. Los hechizos cuya potencia iluminaba el cielo con frecuencias que el ojo humano no estaba diseñado para procesar, los rugidos de las criaturas de la Oscuridad cuyas vibraciones resonaban en los huesos de los defensores con la profundidad de terremotos localizados, y el olor de la energía oscura cuya presencia los combatientes describían como la percepción olfativa de la desesperanza, eran los componentes de una experiencia cuya totalidad solo quienes la habían vivido podían comprender.

Los héroes que emergieron durante la guerra fueron los individuos cuyas acciones trascendieron la contribución ordinaria del soldado para alcanzar el territorio de lo legendario, guerreros cuyas hazañas proporcionarían a los bardos material para generaciones de canciones cuya función sería la preservación de la memoria de una guerra que la humanidad no podía permitirse olvidar. Los Caballeros cuya resistencia en los puestos de avanzada que la Oscuridad asediaba con una persistencia que debería haber sido insuperable pero que la determinación de los defensores negaba con una obstinación cuya fuente era la comprensión de que la retirada significaba la muerte de los civiles que protegían. Los Magos cuya creatividad en la aplicación de las artes arcanas producía soluciones que los libros de texto no contenían porque las circunstancias que las inspiraban eran circunstancias que ningún teórico había anticipado. Los Sacerdotes cuya dedicación a la curación de los heridos los mantenía en los campos de batalla con una persistencia que excedía los límites que el cuerpo humano debería poder sostener, una resistencia cuya fuente era la determinación de quienes comprenden que cada vida salvada es una victoria cuya magnitud ningún estratega puede cuantificar.

La batalla de Ellinia fue el enfrentamiento que los cronistas de la guerra describirían como el punto de inflexión cuya resolución determinó el curso de la guerra con una definitiividad que los combatientes no percibieron en el momento pero que la perspectiva histórica revelaría con la claridad que la distancia temporal proporcionaba. Los bosques de Ellinia, cuya antigüedad los convertía en los repositorios más concentrados de energía de Lapenta fuera de los santuarios, eran el objetivo cuya conquista habría proporcionado a Balrog el acceso a una fuente de energía cuya captura habría inclinado el equilibrio de poder con una definitiividad que la alianza no habría podido contrarrestar. La defensa de Ellinia unió a los elfos con los guerreros humanos en un combate cuya duración se extendió durante semanas que los combatientes recordarían como una experiencia cuya continuidad hacía que la distinción entre los días y las noches fuera irrelevante porque la Oscuridad no descansaba y los defensores no podían permitirse el lujo de descansar cuando la pausa significaba la pérdida de posiciones cuya recuperación costaría más vidas que su mantenimiento.

Los Guardianes de Lapenta lucharon en la guerra con una intensidad cuya fuente era la culpa que la traición del Sacerdote Oscuro había dejado como una herida cuya curación solo la redención podía proporcionar. Los Guardianes que enfrentaron al Sacerdote y a los cultistas que lo servían lo hicieron con la determinación de quienes combatían no solo un enemigo exterior sino una vergüenza interior cuya superación requería la demostración de que la Orden era más fuerte que la traición que la había herido. Los rituales de purificación que los Guardianes ejecutaban en los campos de batalla eran operaciones cuya importancia estratégica era tan grande como la de los combates convencionales porque la purificación del terreno contaminado por la energía oscura era la condición que impedía que la Oscuridad transformara las tierras conquistadas en extensiones permanentes de su dominio.

La confrontación final entre las fuerzas de la alianza y Balrog fue un enfrentamiento cuya magnitud excedía las categorías que el lenguaje militar empleaba para describir los combates, un choque entre fuerzas cuya naturaleza trascendía lo militar para adentrarse en lo cosmológico. Los héroes más poderosos de la alianza lideraron el asalto contra Balrog con la comprensión de que la derrota del demonio era la condición sine qua non de la victoria en la guerra, que la destrucción de los ejércitos de la Oscuridad sería un logro temporal cuya permanencia dependía de la eliminación de la fuente que los producía. El combate contra Balrog fue una experiencia que los supervivientes describirían con la dificultad de quienes intentan articular lo inarticulable, un enfrentamiento contra una fuerza cuya magnitud hacía que la resistencia humana pareciera insignificante y cuya superación fue el testimonio de que la voluntad era una fuerza cuya medida no podía ser calculada por los que la subestimaban.

Los cristales de Lapenta, activados por los Guardianes con los rituales que la Orden había preservado para este momento desde su fundación, proporcionaron la energía cuya canalización a través de los héroes que lideraban el asalto amplificó sus capacidades hasta niveles que la práctica ordinaria no podía alcanzar. La luz de Lapenta, que durante milenios había mantenido el equilibrio del mundo con una constancia que los habitantes daban por sentada, fue concentrada en un asalto cuya potencia era la antítesis de la Oscuridad que Balrog encarnaba, una confrontación entre las fuerzas primordiales cuya resolución determinaría no solo el destino de Maple World sino el equilibrio entre la luz y la oscuridad cuya permanencia era la condición de la existencia del universo.

La derrota de Balrog no fue una destrucción cuya completitud eliminara la amenaza permanentemente sino un nuevo sellado cuya potencia excedía la del sello original con una magnitud que los Guardianes que lo ejecutaron confiaban sería suficiente para contener la Oscuridad durante un período cuya duración proporcionaría al mundo el tiempo necesario para desarrollar las defensas que un sellado permanente requeriría. El demonio fue devuelto a las profundidades de las que había emergido con una fuerza cuya resistencia su cuerpo debilitado no podía contener, y el sello que los Guardianes erigieron sobre su prisión fue una construcción mágica cuya complejidad reflejaba las lecciones que los errores del pasado habían enseñado.

La victoria fue celebrada con una alegría cuya intensidad era proporcional a la desesperación que la había precedido, una catarsis colectiva que las plazas de las ciudades que habían sobrevivido proporcionaban como los escenarios donde la humanidad de Maple World se reunía para confirmar que la pesadilla había terminado y que el mundo que habían conocido, aunque dañado y transformado, seguía existiendo como el hogar cuya preservación había justificado cada sacrificio que la guerra había exigido.

Los caídos de la guerra fueron honrados con ceremonias cuya solemnidad era el reflejo de la gratitud que los supervivientes sentían hacia quienes habían dado todo para que los demás pudieran conservar algo, guerreros cuya memoria sería preservada no solo en los monumentos que las ciudades erigirían sino en las historias que los padres contarían a sus hijos con la reverencia que los actos de heroísmo verdadero inspiran, historias cuya función sería la transmisión de la lección más fundamental que la guerra había enseñado: que la oscuridad más profunda puede ser enfrentada cuando la luz que la combate es alimentada por la voluntad de quienes se niegan a aceptar la derrota como el destino inevitable de los mortales.