MU Online

Capitulo 1 de 12

El Continente de MU

En el principio, antes de que los reinos se alzaran y antes de que las guerras los destruyeran, antes de que los héroes empuñaran sus espadas y antes de que los demonios desataran su furia sobre un mundo que no estaba preparado para recibirla, existía el continente de MU, una tierra cuya belleza era tan vasta como las amenazas que se gestaban en sus entrañas, un mundo donde la magia era tan real como el acero y donde la frontera entre la vida y la muerte era una línea que los más poderosos podían cruzar en ambas direcciones con la naturalidad de quien cruza el umbral de su propia casa. MU no era simplemente un territorio geográfico; era una promesa y una maldición, un paraíso cuya perfección contenía dentro de sí las semillas de su propia destrucción, como una fruta cuya dulzura en la superficie oculta el gusano que la devora desde el centro.

El continente se extendía bajo un cielo cuya claridad era legendaria, una bóveda azul que los poetas de las eras más tempranas describían como el ojo de un dios que contemplaba su creación con la satisfacción del artista que sabe que su obra maestra ha sido completada. Las tierras de MU abarcaban una diversidad geográfica que iba desde las praderas interminables de Lorencia, donde la hierba crecía con una exuberancia que sugería una fertilidad sobrenatural, hasta las cumbres heladas de las montañas que marcaban los límites septentrionales del continente, pasando por los desiertos cuya aridez era tan implacable como la de un juez que no conoce la clemencia y los bosques cuya espesura era tan densa que los que se adentraban en ellos sin guía podían perder el camino y, con el camino, la vida. Cada región del continente poseía su propia personalidad, su propia fauna y su propia forma de matar a los incautos que la subestimaban.

Lorencia, la ciudad que se alzaría como la capital del continente y como el corazón de la civilización de MU, fue fundada en una llanura cuya ubicación estratégica combinaba la defensibilidad con la accesibilidad de una manera que los urbanistas posteriores reconocerían como ideal. Las murallas de Lorencia, construidas con piedras cuya solidez era reforzada por encantamientos que los hechiceros de la primera era habían tejido en su estructura molecular, se alzaban como los dientes de una mandíbula que se negaba a ser abierta por la fuerza, protegiendo a los habitantes que vivían dentro de ellas con la misma implacabilidad con que excluían a las criaturas que merodeaban fuera. Las calles de Lorencia estaban pavimentadas con piedras que los pies de generaciones habían pulido hasta darles un brillo que reflejaba la luz del sol con una calidez que convertía los paseos por la ciudad en una experiencia que los visitantes describían como caminar sobre oro líquido solidificado.

El mercado de Lorencia era el corazón comercial del continente, un espacio donde los comerciantes de todas las regiones convergían para intercambiar bienes cuya variedad reflejaba la diversidad del mundo que los producía. Las armas forjadas por los herreros de las montañas del norte, cuya maestría metalúrgica era el producto de siglos de perfeccionamiento, se vendían junto a las pociones preparadas por los alquimistas de los bosques del sur, cuyas fórmulas eran secretos familiares que se transmitían de generación en generación con la misma solemnidad con que se transmitían los apellidos. Los joyeros exhibían gemas cuyo brillo rivalizaba con el de las estrellas, y los encantadores ofrecían sus servicios para infundir en las armas y las armaduras propiedades mágicas cuya eficacia era la diferencia entre volver de una expedición con tesoros o no volver en absoluto.

Noria, la ciudad de los elfos cuya ubicación entre los bosques más antiguos del continente la hacía tan difícil de encontrar como fácil de defender, era el refugio de una raza cuya conexión con la naturaleza de MU era tan profunda que los límites entre los elfos y el bosque que habitaban eran más filosóficos que físicos. Los elfos de Noria habían desarrollado una civilización cuya sofisticación era tan sutil que los visitantes humanos la confundían frecuentemente con primitivismo, porque los elfos no construían monumentos de piedra que proclamaran su presencia sino que moldeaban el crecimiento de los árboles y el curso de los arroyos para crear un entorno que era simultáneamente natural y artificial, un paisaje que parecía virgen pero que era en realidad un jardín cuyo diseño era tan intencional como el de cualquier palacio humano.

Devias, la ciudad que se alzaba en las tierras de transición entre las llanuras de Lorencia y las montañas del norte, era un cruce de caminos donde las culturas del continente se encontraban y se mezclaban con la efervescencia de corrientes que confluyen en un mismo cauce. Devias era la ciudad donde los aventureros que habían superado los desafíos iniciales de su carrera se congregaban para prepararse para los desafíos que los esperaban en las regiones más peligrosas del continente, un punto de no retorno geográfico y existencial donde la decisión de continuar hacia el norte significaba adentrarse en territorios cuya peligrosidad aumentaba con cada kilómetro y donde la decisión de regresar al sur significaba aceptar que el propio potencial tenía límites que la prudencia aconsejaba respetar.

Las criaturas que habitaban las tierras de MU eran tan diversas como los paisajes que las albergaban, un bestiario cuya extensión habría llenado bibliotecas enteras si alguien hubiera tenido la paciencia y la longevidad necesarias para catalogar cada especie. Los monstruos más cercanos a las ciudades, los que los aventureros novatos enfrentaban como parte de su entrenamiento, eran criaturas cuya peligrosidad era manejable pero cuya persistencia hacía que la complacencia fuera tan letal como la incompetencia: las Budge Dragons que infestaban los campos alrededor de Lorencia eran bestias cuyo tamaño y cuya ferocidad bastaban para matar a un novato descuidado pero que podían ser derrotadas por uno preparado, estableciendo desde el primer encuentro el principio que gobernaría toda la carrera del aventurero: que la supervivencia en MU dependía no del poder absoluto sino de la preparación relativa.

Los recursos naturales del continente eran la base sobre la que toda la civilización se construía, una riqueza que incluía los minerales que los herreros forjaban en armas cuya calidad definía las jerarquías del poder, las hierbas que los alquimistas transformaban en pociones cuya eficacia era la línea entre la vida y la muerte, y las gemas cuyas propiedades mágicas los encantadores canalizaban para potenciar los equipos de los aventureros hasta niveles que excedían lo que los materiales por sí solos podían lograr. La economía de MU giraba alrededor de estos recursos con la regularidad de un sistema solar que gira alrededor de su estrella, y los que controlaban el acceso a los recursos más valiosos controlaban, de facto, el destino del continente.

El continente de MU era, en su era dorada, un lugar donde la civilización florecía con una vitalidad que los historiadores posteriores recordarían con la nostalgia de quienes comparan un presente difícil con un pasado idealizado. Pero bajo la superficie de esa prosperidad, en las profundidades que la luz del sol no podía alcanzar y en las dimensiones que la percepción humana no podía penetrar, las fuerzas que destruirían esa era dorada se acumulaban con la paciencia de quien sabe que la destrucción de algo bello requiere tiempo y que el tiempo, para la oscuridad, es un recurso que nunca se agota.

La historia del continente de MU es la historia de un paraíso que descubrió que contenía su propio infierno, un edén cuya serpiente no se ocultaba en un árbol sino en las profundidades de la tierra y cuya manzana no era el conocimiento sino el poder, ese fruto cuyo sabor es tan dulce en los labios como amargo en las consecuencias. Y los mortales que habitaban ese continente, tan orgullosos de la civilización que habían construido como inconscientes de las fuerzas que se preparaban para destruirla, vivirían la transición del paraíso al infierno con la sorpresa de quienes descubren que la seguridad que daban por garantizada era, en realidad, la calma que precede a la tormenta más devastadora que su mundo conocería.