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Capitulo 3 de 12

El Despertar de Kundun

Kundun. El nombre era antiguo, más antiguo que los reinos que se alzaban sobre la superficie del continente, más antiguo que las ciudades cuyas murallas protegían a los mortales de las amenazas del exterior, más antiguo incluso que las leyendas que los bardos cantaban en las tabernas sobre los orígenes del mundo. Kundun era el demonio cuya existencia había precedido a la de la civilización misma, un ser cuyo poder era de una magnitud que los teólogos clasificaban como cuasidivina y cuya maldad era de una pureza que los filósofos encontraban fascinante en abstracto y aterradora en concreto. Durante eras incontables, Kundun había permanecido sellado en las profundidades del continente, contenido por barreras cuya creación había requerido el sacrificio de héroes cuyas identidades se habían perdido en las brumas del tiempo pero cuyo legado perduraba en los sellos que su sacrificio había creado.

Los sellos que contenían a Kundun no eran simples barreras mágicas sino obras de ingeniería sobrenatural cuya complejidad rivalizaba con la de las fuerzas que contenían. Cada sello estaba compuesto por una combinación de energías que incluían la magia arcana de los hechiceros, la fe de los sacerdotes, la fuerza vital de los guerreros que habían ofrecido su vida como combustible y la esencia misma de la tierra del continente, que había sido incorporada a los sellos para anclarlos a la realidad física con una solidez que la magia sola no podía proporcionar. Los ocho sellos, distribuidos en ubicaciones estratégicas a lo largo del continente, formaban una red cuya integridad dependía de que cada uno de sus componentes se mantuviera intacto, una dependencia que era tanto su mayor fortaleza como su mayor vulnerabilidad: mientras todos los sellos estuvieran activos, la prisión de Kundun era inviolable, pero la ruptura de un solo sello debilitaba toda la red con una progresividad que era tan inexorable como era predecible.

El debilitamiento de los sellos comenzó como un proceso tan gradual que las primeras señales fueron interpretadas como anomalías naturales en lugar de como los presagios que realmente eran. Los hechiceros que monitorizaban las corrientes mágicas del continente detectaron fluctuaciones en los patrones que habían sido estables durante siglos, variaciones cuya frecuencia e intensidad aumentaban con cada década que pasaba como los temblores que preceden a un terremoto aumentan en frecuencia antes de que la catástrofe principal se manifieste. Los monstruos que habitaban las cercanías de los sellos se volvieron más agresivos, sus comportamientos alterados por la influencia de la energía demoníaca que se filtraba a través de las grietas que el tiempo había abierto en las barreras. Y los sueños de los mortales que vivían cerca de los puntos de sellado se volvieron oscuros, poblados por visiones de un ser cuya forma era tan monstruosa como era majestuosa, una presencia que los durmientes percibían como un peso que se depositaba sobre sus almas con la gravedad de una sentencia.

La ruptura del primer sello fue un evento que sacudió el continente con la violencia de un terremoto cuyo epicentro era tanto físico como metafísico. La tierra se abrió en la región donde el sello estaba ubicado, revelando una caverna cuya profundidad se perdía en una oscuridad que no era simplemente la ausencia de luz sino la presencia activa de algo que consumía la luz con la voracidad de un agujero que tragaba todo lo que se acercaba a su borde. De esa caverna emergieron criaturas que los bestiarios no podían catalogar porque no pertenecían al mundo de los mortales sino al plano de existencia que Kundun habitaba, seres cuya forma era una parodia de la vida que los dioses habían creado, aberraciones cuya existencia era una afrenta a las leyes naturales y cuya presencia corrompía el entorno que las rodeaba con la misma eficacia con que un veneno corrompe el organismo que lo ingiere.

Los reinos respondieron a la ruptura del primer sello con una combinación de alarma y de escepticismo que reflejaba la brecha entre los que comprendían la magnitud de la amenaza y los que preferían no comprenderla porque la comprensión habría exigido acciones cuya escala excedía su voluntad de emprenderlas. Los hechiceros que habían estudiado los sellos durante generaciones advirtieron que la ruptura de uno aceleraría la degradación de los demás, que el sistema estaba diseñado como un todo interconectado cuya pérdida de un componente aumentaba la presión sobre los restantes con una progresión que era tanto matemática como inevitable. Pero los reyes y los generales, acostumbrados a amenazas que podían ser enfrentadas con espadas y con ejércitos, encontraron difícil tomar en serio una amenaza que era descrita en términos de energías y de sellos y de dimensiones, conceptos que escapaban a su experiencia y que su pragmatismo descartaba como exageraciones de magos que buscaban aumentar su influencia política mediante la creación de alarmas que solo ellos podían confirmar o desmentir.

Los sellos cayeron uno tras otro con una aceleración que confirmó las peores predicciones de los hechiceros y que silenció a los escépticos con la elocuencia brutal de los hechos consumados. Cada sello que se rompía liberaba una oleada de energía demoníaca que se extendía por el continente como una onda expansiva cuyo paso transformaba el paisaje y a las criaturas que lo habitaban, corrompiéndolos con una eficacia que habría sido admirable si no hubiera sido aterradora. Los bosques cercanos a los sellos rotos se marchitaron como si la vida misma hubiera decidido abandonarlos, los ríos se volvieron oscuros y sus aguas adquirieron propiedades que los alquimistas identificaron como tóxicas para toda forma de vida que no estuviera ya corrompida, y los animales que habitaban las regiones afectadas se transformaron en versiones distorsionadas de sí mismos, criaturas cuya agresividad era proporcional al grado de corrupción que habían absorbido.

Cuando el último sello se rompió, el evento que se produjo fue percibido por todo ser sensible a la magia en el continente como un grito que resonó no en los oídos sino en el alma, un alarido de una entidad cuya liberación era tanto un nacimiento como una declaración de guerra. Kundun emergió de su prisión con un poder que los milenios de confinamiento no habían disminuido sino que habían concentrado, como la presión concentra el carbón en diamante, transformando la rabia en algo más duro y más peligroso que la rabia misma. Su forma, cuando los mortales pudieron contemplarla a través de los cristales protectores que los hechiceros habían preparado para ese momento, era la de un ser cuya monstruosidad trascendía lo físico para adentrarse en lo conceptual: Kundun no era simplemente un demonio grande y poderoso, era la encarnación de la destrucción como principio cósmico, la forma que el caos adoptaba cuando decidía manifestarse en el plano material con toda la fuerza que el caos podía reunir.

Los ejércitos de Kundun, las legiones de criaturas corrompidas que se habían multiplicado en las sombras durante los años en que los sellos se debilitaban, se desplegaron sobre el continente con la implacabilidad de una inundación cuya fuerza no podía ser contenida por diques que habían sido diseñados para contener ríos, no océanos. Las ciudades que se encontraban en el camino de las legiones de Kundun fueron arrasadas con una eficiencia que dejaba a los supervivientes preguntándose si la civilización que habían conocido había sido real o si había sido un sueño del que el despertar de Kundun los había arrancado con la brutalidad de quien arranca una venda de una herida abierta.

El despertar de Kundun marcó el fin de la Era de los Reinos y el comienzo de una era cuyo nombre los historiadores debatirían durante generaciones sin llegar a un consenso: algunos la llamaban la Era de la Oscuridad, otros la llamaban la Era de la Prueba, y otros, los más optimistas, la llamaban la Era del Heroísmo, porque fue la era en que los mortales de MU, enfrentados a una amenaza que excedía todo lo que su historia había registrado, descubrieron dentro de sí mismos una capacidad de resistencia y de coraje que la paz de la era anterior no les había dado la oportunidad de demostrar. Kundun había despertado, y el mundo que conocían había terminado, pero el mundo que construirían sobre las ruinas del anterior estaba a punto de nacer, y su nacimiento, como todos los nacimientos, sería doloroso pero lleno de una promesa cuyo cumplimiento dependía de la voluntad de quienes se negaban a aceptar que la oscuridad fuera el destino final de su continente.