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Capitulo 10 de 12

La Batalla Contra Kundun

La confrontación final contra Kundun no fue un evento que los aventureros de MU pudieron elegir cuándo enfrentar; fue un evento que se impuso sobre ellos con la inevitabilidad de una marea que no responde a las súplicas de quienes construyeron sus casas demasiado cerca de la costa. Kundun, liberado de los sellos que lo habían contenido durante milenios, extendió su influencia sobre el continente con una progresión que los estrategas más experimentados encontraban aterradora no por su velocidad sino por su metodicidad, porque un enemigo que avanza rápido puede ser derrotado por una defensa que se organiza más rápido, pero un enemigo que avanza con método, que consolida cada ganancia antes de buscar la siguiente, que convierte cada territorio conquistado en una base para la conquista del siguiente, es un enemigo cuya derrota requiere no solo fuerza sino paciencia, y la paciencia, en un continente cuya civilización se desmoronaba con cada día que pasaba, era un recurso más escaso que las gemas más raras.

La preparación para la batalla contra Kundun fue un esfuerzo cuya magnitud no tenía precedentes en la historia de MU. Los gremios que habían competido ferozmente por el control del Castillo del Valle pusieron sus rivalidades a un lado con una dificultad que era visible en las tensiones que las reuniones de coordinación producían, tensiones que los líderes más pragmáticos gestionaban con una diplomacia cuya urgencia era proporcional a la gravedad de la amenaza que enfrentaban. Los artesanos trabajaban sin descanso para producir las armas y las armaduras que los combatientes necesitarían, los alquimistas agotaban sus reservas de ingredientes para producir pociones cuya demanda excedía su capacidad de producción con una disparidad que obligaba a priorizar con la crueldad de quien decide quién recibirá el recurso que salvará su vida y quién no.

La marcha hacia el dominio de Kundun fue un viaje que los aventureros que lo emprendieron describirían más tarde como el descenso a un infierno cuya temperatura aumentaba con cada paso y cuyo paisaje se volvía más distorsionado a medida que la influencia del demonio se intensificaba. Las tierras que rodeaban el santuario de Kundun habían sido transformadas por su presencia en un paisaje que no pertenecía al mundo de los mortales sino al plano de existencia que el demonio habitaba, un entorno donde las leyes de la naturaleza habían sido reemplazadas por las leyes de la oscuridad: árboles cuya madera era negra como el carbón y cuyas ramas se retorcían en formas que evocaban los tentáculos de criaturas marinas, ríos cuyas aguas eran del color de la sangre coagulada y cuyo flujo iba en dirección contraria a la gravedad, y un cielo que era tan rojo como una herida abierta y cuya luz teñía todo lo que iluminaba con un tono que los combatientes encontraban simultáneamente desorientador y opresivo.

Las legiones de Kundun que custodiaban el camino hacia su santuario eran las más poderosas que las fuerzas de la oscuridad habían desplegado, criaturas cuyo poder individual excedía el de los jefes que los aventureros habían enfrentado en las mazmorras del continente y cuyo número hacía que la superioridad individual de los aventureros fuera insuficiente para compensar la inferioridad numérica. Las batallas que se libraron en el camino hacia Kundun fueron enfrentamientos cuya violencia dejaba los campos de batalla irreconocibles, la tierra calcinada por los hechizos de los Dark Wizards, agrietada por los golpes de los Dark Knights, y saturada de la energía residual de los combates que hacía que la propia tierra rechazara la vida que intentaba crecer en ella.

La primera visión de Kundun fue un momento que los supervivientes describirían más tarde con palabras que eran inevitablemente inadecuadas porque el lenguaje humano carecía de los términos necesarios para describir un ser cuya magnitud excedía todo lo que la experiencia mortal podía abarcar. Kundun se alzaba sobre el paisaje con la presencia de una montaña que hubiera cobrado vida, un ser cuya forma combinaba lo reptiliano con lo demoníaco en una síntesis que era tan aterradora como era majestuosa, con escamas cuyo color oscilaba entre el negro y el rojo con la regularidad de un pulso que era el latido de un corazón cuya antigüedad se medía en eones. Sus ojos, puntos de luz que brillaban con una intensidad que los observadores percibían como un peso que se depositaba sobre sus almas, recorrían el campo de batalla con la calma de un ser que había contemplado civilizaciones enteras nacer y morir y que consideraba a los mortales que lo desafiaban como poco más que inconvenientes temporales cuya eliminación era una cuestión de tiempo, no de duda.

La batalla contra Kundun fue un enfrentamiento cuya duración y cuya intensidad excedieron todo lo que los veteranos más experimentados del continente habían vivido. Los Dark Knights que formaban la vanguardia se estrellaban contra las defensas de Kundun con una fuerza que habría destruido murallas de piedra pero que el cuerpo del demonio absorbía con una indiferencia que era más desmoralizadora que cualquier contraataque. Los Dark Wizards lanzaban sus hechizos más poderosos, tormentas de energía que habrían aniquilado ejércitos enteros de criaturas menores pero que contra Kundun producían resultados que los magos encontraban frustrantes en su insuficiencia. Las Fairy Elves trabajaban al límite de su capacidad para mantener vivos a los combatientes cuyas heridas se acumulaban con una velocidad que amenazaba con superar la capacidad de curación. Y los Dark Lords coordinaban los ataques con la precisión de directores de orquesta cuya sinfonía era la destrucción y cuyo público era la muerte.

La clave de la victoria, cuando finalmente llegó, no fue un solo golpe devastador sino la acumulación de innumerables golpes, hechizos, flechas y tácticas que erosionaron las defensas de Kundun con la gradualidad de un río que erosiona la roca: imperceptiblemente en cada momento pero inevitablemente a lo largo del tiempo. La coordinación entre las clases, perfeccionada a lo largo de generaciones de combate conjunto, fue el factor que inclinó la balanza: los Dark Knights que fijaban la atención de Kundun mientras los Dark Wizards atacaban sus flancos, las Fairy Elves que mantenían operativos a los combatientes cuya caída habría abierto brechas en la línea de ataque, los Magic Gladiators que explotaban las debilidades momentáneas que los ataques coordinados creaban, y los Dark Lords cuyas invocaciones proporcionaban la profundidad numérica que la fuerza de combate necesitaba para mantener la presión sobre un enemigo cuya resistencia parecía inagotable.

La caída de Kundun fue un momento que resonó a través de todo el continente como una onda cuya propagación fue sentida por todo ser sensible a la magia, un estremecimiento en el tejido de la realidad que comunicó al mundo entero que algo fundamental había cambiado. El rugido final del demonio, una expresión de furia y de incredulidad que hizo temblar las montañas y que los aventureros más alejados del campo de batalla percibieron como un temblor que les recorrió la columna vertebral, fue el último acto de un ser cuya existencia había definido la amenaza más grande que MU había enfrentado. Kundun no murió en el sentido en que los mortales comprenden la muerte; fue devuelto a la dimensión de la que había emergido, contenido por un sello cuya creación fue el acto final de la batalla, un sello que los aventureros más sabios admitían que no era permanente sino temporal, una contención que duraría lo suficiente como para que el continente se recuperara pero no tanto como para que la complacencia reemplazara a la vigilancia.

El costo de la victoria fue medido no solo en las vidas perdidas, que fueron numerosas y cuya ausencia dejó vacíos que las generaciones posteriores sentirían durante décadas, sino en la transformación que la batalla había operado sobre los supervivientes. Los aventureros que habían enfrentado a Kundun y habían sobrevivido eran seres diferentes de los que habían partido hacia la batalla: más duros, más sabios, más conscientes de la fragilidad de la civilización que protegían y de la responsabilidad que la protección de esa civilización imponía sobre quienes tenían el poder de defenderla. La batalla contra Kundun no fue un final sino un hito, una marca en la cronología de MU que separaba la era de la amenaza de la era de la reconstrucción, y los que la habían vivido cargarían con la memoria de esa batalla como una marca que era tanto un honor como un peso.