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Capitulo 12 de 12

El Legado de MU

El continente de MU permanece. Después de los eones de paz que precedieron al despertar de Kundun, después de la caída de los sellos que liberaron la oscuridad sobre un mundo que había olvidado lo que la oscuridad significaba, después de las guerras que redibujaron la geografía y que reescribieron la historia y que transformaron a los mortales ordinarios en héroes cuyo coraje rivalizaba con el de los dioses que los habían creado, MU permanece, tan obstinado en su existencia como los aventureros que lo habitan, tan reluctante a desaparecer como las murallas de Lorencia que han sido derribadas y reconstruidas tantas veces que la piedra original se ha fundido con la piedra nueva hasta que la distinción entre ambas ha dejado de importar porque lo que importa no es la antigüedad de la piedra sino la voluntad de quienes la colocan.

Las ciudades del continente siguen en pie, sus calles recorridas por los mismos tipos de personas que las han recorrido desde su fundación: los comerciantes que transportan bienes cuyo valor se mide en la utilidad que proporcionan a los aventureros, los artesanos que forjan las armas y las armaduras cuya calidad es la diferencia entre la vida y la muerte, los novatos que dan sus primeros pasos fuera de las murallas con la incertidumbre de quien sabe que el mundo que le espera es más grande y más peligroso de lo que su imaginación puede abarcar, y los veteranos que regresan de las profundidades con tesoros cuyo valor material es eclipsado por el valor de la experiencia que su obtención ha proporcionado. Lorencia sigue siendo el corazón del continente, Noria sigue siendo el refugio de los elfos, Devias sigue siendo el cruce de caminos donde los destinos se bifurcan, y las tierras más allá siguen llamando a los que no se conforman con lo conocido con la misma voz que ha llamado a los aventureros desde que el primer mortal decidió que las murallas de su ciudad eran un límite que merecía ser traspasado.

Los gremios siguen compitiendo por el control del Castillo del Valle con la misma intensidad que ha caracterizado la Guerra del Castillo desde su primera edición, las rivalidades alimentadas por ambiciones que la amenaza de Kundun ha moderado pero no eliminado. Los líderes de los gremios más poderosos siguen negociando alianzas y planificando estrategias con la misma combinación de pragmatismo y de pasión que ha definido la política de MU desde que los mortales descubrieron que la competencia por el poder es una constante de la naturaleza humana que ni siquiera la amenaza de la extinción puede eliminar, solo redirigir.

Las mazmorras siguen abiertas, sus profundidades todavía generando las criaturas que los aventureros enfrentan como parte de una rutina que es tan peligrosa como es esencial para el mantenimiento del equilibrio de poder entre la civilización y la oscuridad que la amenaza. Los Blood Castles siguen apareciendo como fisuras en la realidad cuya clausura requiere la intervención de aventureros cuya valentía es tan renovable como las amenazas que enfrentan. Los Devil Square siguen desafiando a los combatientes con oleadas de enemigos cuya intensidad pone a prueba los límites de la resistencia humana. Y en las profundidades donde Kundun fue contenido, los sellos que lo retienen siguen resistiendo la presión de un ser cuya paciencia es tan infinita como su deseo de liberarse.

Las alas siguen desplegándose sobre los cielos de MU como las banderas de un poder que ha sido ganado mediante el esfuerzo y el sacrificio, símbolos visibles de una trascendencia que es tanto individual como colectiva. Los aventureros que las portan surcan los cielos con la libertad de seres que han superado las limitaciones que la gravedad y la naturaleza les imponían, y su presencia en el aire es un recordatorio para los que están abajo de que los límites son ilusiones que la voluntad puede superar cuando la determinación es mayor que la duda.

El sello de Kundun no es eterno. Los sabios que lo crearon lo sabían, los aventureros que lo vigilan lo saben, y el propio Kundun, en las profundidades de su prisión dimensional, lo sabe con la certeza de un prisionero que cuenta los días no porque espere ser liberado por la generosidad de sus carceleros sino porque sabe que la prisión misma tiene una fecha de caducidad que ningún poder mortal puede extender indefinidamente. La amenaza del regreso de Kundun pende sobre MU como una espada cuya caída es segura pero cuyo momento es incierto, y esa incertidumbre, lejos de paralizar a los habitantes del continente, los motiva con una urgencia que la certeza no podría proporcionar, porque la urgencia es la madre de la acción y la acción es la madre de la preparación y la preparación es la única defensa que los mortales tienen contra un futuro cuyas amenazas conocen pero cuyo momento no pueden predecir.

Los nuevos aventureros que empuñan sus primeras espadas en las plazas de Lorencia cada día que amanece son la prueba más elocuente de que el legado de MU es un legado vivo, una tradición que se renueva con cada generación que la hereda y que la transforma con las adaptaciones que su propia era requiere. Estos novatos no conocen las eras anteriores excepto como historias que los veteranos cuentan con la mezcla de nostalgia y de orgullo que las historias de guerra siempre producen en quienes las vivieron, pero llevan en sus venas la misma determinación que impulsó a los héroes del pasado, la misma negativa a aceptar la oscuridad como destino, y la misma fe en que el esfuerzo individual, multiplicado por la cooperación colectiva, puede enfrentar cualquier amenaza que el mundo produzca.

MU no es un mundo perfecto. Es un mundo donde los demonios acechan en las profundidades, donde los monstruos infestan las tierras salvajes, donde los gremios compiten por el poder con una ferocidad que a veces rivaliza con la de los propios enemigos que deberían estar combatiendo, y donde la muerte espera al final de cada expedición mal planificada y de cada combate mal ejecutado. Es un mundo donde la injusticia existe junto a la justicia, donde el poder puede ser utilizado tanto para proteger como para oprimir, y donde la diferencia entre un héroe y un villano no es siempre tan clara como las leyendas sugieren. Pero es un mundo que vive, que lucha, que se niega a rendirse ante la oscuridad con una obstinación que es tan admirable como es necesaria, y esa obstinación, compartida por cada aventurero que cada mañana elige empuñar su arma y dar un paso más hacia lo desconocido, es el legado más valioso que MU puede ofrecer.

El legado de MU es la demostración de que la existencia vale la pena de ser defendida no porque sea fácil de defender sino porque la alternativa a la defensa es la rendición, y la rendición, para los aventureros de MU, no es una palabra que su vocabulario reconozca. Las estrellas que brillan sobre el continente son las mismas que brillaron cuando los primeros mortales alzaron la mirada hacia el cielo y se preguntaron qué había más allá de lo que podían ver, y esa pregunta, renovada con cada generación que la hereda, es el motor que impulsa la historia de MU hacia un futuro que nadie puede predecir pero que todos están determinados a enfrentar con las armas en la mano, las alas desplegadas y la convicción inquebrantable de que mientras haya un solo aventurero dispuesto a luchar, la oscuridad no habrá ganado.