Las selvas que cubrían la superficie de Ragol en las proximidades de la zona donde el Domo Central de la Pioneer 1 había sido construido eran la primera región que los Cazadores de la Pioneer 2 debían atravesar en su búsqueda de respuestas, un territorio cuya belleza natural era tan seductora como eran peligrosas las criaturas que lo habitaban. Los bosques de Ragol no se parecían a ningún ecosistema que los registros de Coral contuvieran: los árboles alcanzaban alturas que convertían las copas en un dosel cuya densidad filtraba la luz solar hasta producir una penumbra permanente en el nivel del suelo, y la vegetación del sotobosque era una maraña de helechos, lianas y plantas cuya diversidad los botánicos de la Pioneer 2 catalogaban con una excitación que la peligrosidad del entorno hacía difícil de mantener.
Los primeros Cazadores que exploraron las selvas de Ragol documentaron la fauna del planeta con la meticulosidad que la ciencia requería y con la urgencia que la supervivencia imponía. Los Boomas, criaturas cuya apariencia recordaba a los simios de Coral pero cuya biología era radicalmente diferente, eran los habitantes más comunes de los bosques, seres cuya agresividad hacia los humanos era un fenómeno cuya explicación los naturalistas debatían: algunos argumentaban que la agresividad era una respuesta territorial natural, mientras que otros sostenían que la explosión que había eliminado a la Pioneer 1 había alterado el comportamiento de la fauna con efectos que la biología convencional no podía explicar. Los Boomas atacaban en grupos cuya coordinación sugería una inteligencia social que excedía la de los animales gregarios ordinarios, flanqueando a los Cazadores con movimientos cuya táctica era tan rudimentaria como era efectiva.
Los Rappies, las aves del bosque cuya apariencia rechoncha y cuyos colores brillantes les conferían una imagen de inofensividad que su comportamiento desmentía con una consistencia que los Cazadores aprendieron a no subestimar, eran criaturas cuya agresividad era proporcional al tamaño de la bandada en la que se encontraban. Un Rappy solitario era un animal cuya peligrosidad era manejable para cualquier Cazador, pero una bandada de Rappies cuyos miembros atacaban simultáneamente desde múltiples direcciones era un desafío que los Cazadores novatos encontraban desconcertante hasta que la experiencia les enseñaba la importancia de eliminar a los miembros de la bandada con una rapidez que impidiera la acumulación de ataques cuyo efecto individual era menor pero cuyo efecto combinado podía ser letal.
Los Savage Wolves, depredadores cuya velocidad y cuya ferocidad los colocaban en la cúspide de la cadena alimentaria de los bosques de Ragol, eran las criaturas cuyo enfrentamiento separaba a los Cazadores experimentados de los novatos con una claridad que ningún examen podía igualar. Los Savage Wolves atacaban con una velocidad que convertía la reacción en un ejercicio de reflejos cuya fracción de segundo determinaba si el Cazador esquivaba las mandíbulas o era atrapado por ellas, y su capacidad de moverse en manada producía emboscadas cuya ejecución era tan instintiva como era letal. Los Hunters que enfrentaban a los Savage Wolves aprendían que el combate contra depredadores rápidos requería una anticipación que solo la experiencia podía proporcionar.
La flora de Ragol no era menos peligrosa que su fauna. Las Mothmants, criaturas cuya naturaleza combinaba rasgos vegetales con rasgos animales en una síntesis que los biólogos encontraban fascinante y que los Cazadores encontraban amenazante, eran seres cuya capacidad de lanzar proyectiles orgánicos desde la distancia los convertía en amenazas que debían ser neutralizadas antes de que su acumulación de ataques produjera el daño que los proyectiles individuales no podían causar. Los Monests, colonias de insectos cuya agresividad colectiva producía enjambres cuya densidad oscurecía la luz y cuyas picaduras producían efectos que variaban desde la irritación hasta la parálisis, eran los enemigos cuya destrucción requería la eliminación de la colonia madre antes de que los enjambres que producía consumieran los recursos del grupo.
Los Cazadores que se adentraban más allá de los bosques inmediatos descubrían que la selva de Ragol se transformaba con la profundidad, un gradiente de peligrosidad cuya progresión era tan consistente como era implacable. Las criaturas que habitaban las regiones más profundas de la selva eran versiones más grandes, más agresivas y más resistentes de las que habitaban las regiones periféricas, una escalada cuya explicación residía en la menor presencia humana que había permitido a estas criaturas evolucionar sin la presión selectiva que el contacto con los colonos de la Pioneer 1 habría impuesto. Los Hildebears, criaturas cuyo tamaño y cuya potencia de ataque los colocaban en la categoría de las amenazas que un Cazador solitario no podía enfrentar sin un riesgo significativo, eran los señores de los bosques profundos, depredadores cuya presencia era anunciada por el temblor del suelo que sus pasos producían.
Los mensajes que los Cazadores encontraron esparcidos por los bosques, cápsulas de datos cuya presencia en ubicaciones que sugerían una dispersión intencional indicaba que alguien los había dejado como un rastro que posteriores visitantes pudieran seguir, fueron los primeros indicios de que al menos un miembro de la Pioneer 1 había sobrevivido a la explosión el tiempo suficiente como para documentar lo que estaba sucediendo. Los mensajes contenían observaciones científicas, advertencias sobre las criaturas más peligrosas, y reflexiones personales cuyo tono variaba desde la curiosidad profesional hasta la angustia existencial, un registro cuya lectura proporcionaba a los Cazadores no solo información práctica sino una conexión emocional con la persona que los había dejado.
El Domo Central de la Pioneer 1, o lo que quedaba de él, fue la primera estructura significativa que los Cazadores encontraron al completar la travesía de los bosques, una ruina cuya devastación era el testimonio más elocuente de la magnitud de la fuerza que había golpeado la colonia. Las paredes del domo, diseñadas para resistir las condiciones más adversas que un planeta desconocido pudiera presentar, estaban agrietadas y deformadas con una violencia que excedía la capacidad de cualquier fenómeno natural que los ingenieros pudieran concebir. El interior del domo, que debería haber contenido los laboratorios, las viviendas y los centros de comando de la Pioneer 1, estaba vacío con una absolutidad que producía en los Cazadores una inquietud cuya fuente no era la destrucción sino la ausencia: no había cadáveres, no había restos de equipamiento personal, no había signos de lucha, solo una vacuidad cuya limpieza era más aterradora que la devastación más brutal porque sugería no la destrucción de los colonos sino su desaparición.
Los bosques de Ragol enseñaron a los Cazadores de la Pioneer 2 que el planeta que la humanidad había elegido como su nuevo hogar era un mundo cuya superficie era solo la primera capa de un misterio cuya profundidad se extendía mucho más allá de lo que la vegetación y la fauna podían sugerir. Debajo de los bosques, debajo del suelo que los árboles cubrían con sus raíces, existían niveles de Ragol cuya exploración revelaría verdades cuya magnitud convertiría la peligrosidad de los bosques en un preludio cuya modestia solo sería apreciada en retrospectiva.
Las selvas de Ragol eran la puerta de entrada a un mundo cuya complejidad excedía las expectativas más cautelosas, un territorio cuya belleza era la invitación y cuyo peligro era el precio de la aceptación, un ecosistema cuya exploración proporcionaría a los Cazadores las habilidades que necesitarían para enfrentar los desafíos más profundos que el planeta contenía en sus niveles inferiores, desafíos cuya naturaleza convertiría la lucha contra los Boomas y los Savage Wolves en el recuerdo nostálgico de una inocencia cuya pérdida era el primer paso en el camino hacia la verdad que Ragol ocultaba en sus entrañas.