Los marineros que zarpaban del puerto de Alberta con las velas henchidas por los vientos del sur y la mirada fija en un horizonte que prometía tanto riquezas como peligros no podían saber que cada ola que los alejaba de las costas conocidas los acercaba a civilizaciones cuya existencia demostraba que los humanos de Midgard no eran la única cultura que los dioses habían sembrado sobre la faz del mundo, ni siquiera la más antigua ni la más sofisticada. Las tierras lejanas, como los cartógrafos de Rune-Midgarts las llamaban con una vaguedad que revelaba más su ignorancia que su conocimiento, eran un archipiélago de civilizaciones que se extendía a través de los océanos que rodeaban el continente principal, cada una con su propia historia, su propia cultura, sus propios dioses y sus propios demonios, y cuyo descubrimiento por parte de los aventureros de Midgard fue un evento que transformó la comprensión del mundo de maneras que los libros de geografía tardarían generaciones en asimilar.
Amatsu, la tierra del sol naciente, fue la primera de las civilizaciones lejanas con la que Rune-Midgarts estableció contacto, y el impacto de ese contacto fue tan profundo que transformó la cultura del reino de maneras que sus propios habitantes apenas percibían. Amatsu era una isla-nación de una belleza que los visitantes describían con la reverencia que se reserva para las obras de arte: montañas coronadas de nieve que se reflejaban en lagos de una quietud tan perfecta que parecían espejos líquidos donde el cielo se contemplaba a sí mismo, bosques de cerezos cuyas flores rosadas caían sobre caminos de piedra con la delicadeza de una bendición vegetal, y templos cuyas pagodas se alzaban entre los árboles con una elegancia arquitectónica que combinaba la solidez de la piedra con la ligereza del papel. La sociedad de Amatsu estaba gobernada por un señor feudal cuya autoridad se basaba en una tradición tan antigua que cuestionarla habría sido como cuestionar la gravedad: tan impensable que la pregunta misma no se formulaba. Los guerreros de Amatsu, que los aventureros de Midgard conocerían como ninjas, practicaban un arte del combate que era tan diferente de las disciplinas marciales del continente como la poesía es diferente de la prosa: donde los caballeros de Prontera confiaban en la fuerza bruta y la armadura pesada, los ninjas de Amatsu confiaban en la velocidad, el sigilo y una comprensión de la anatomía humana tan detallada que sabían exactamente dónde golpear para causar el máximo daño con el mínimo esfuerzo.
Pero Amatsu no era simplemente una tierra de belleza y artes marciales; era un mundo donde lo sobrenatural se entrelazaba con lo cotidiano con una naturalidad que los habitantes de Rune-Midgarts encontraban desconcertante. Los Tatami Maze, los laberintos subterráneos que se extendían bajo los templos de Amatsu, estaban habitados por criaturas del folclore local que los occidentales no tenían nombre para describir: los Tengu, seres alados de rostro rojo cuya ferocidad territorial los convertía en guardianes letales de los bosques sagrados; los Shinobi, espectros de guerreros caídos cuyas técnicas de combate seguían siendo perfectas incluso después de la muerte; y las entidades que los nativos llamaban simplemente los Ancestros, espíritus de los muertos que no habían encontrado el descanso y que habitaban los rincones oscuros de los templos con una presencia que era más perceptible por la ausencia de calor que por cualquier manifestación visible.
Louyang, la ciudad del dragón dorado, se alzaba al otro lado de un estrecho que los marineros cruzaban con una mezcla de anticipación y nerviosismo, porque las aguas que separaban Louyang del océano abierto estaban infestadas de serpientes marinas cuya agresividad territorial las convertía en guardianes involuntarios de una civilización que, durante siglos, había tenido relativamente poco contacto con el mundo exterior. Louyang era una ciudad amurallada de una grandeza que hacía que Prontera pareciera un pueblo de provincias: sus murallas se extendían por kilómetros de circunferencia, sus palacios estaban decorados con oro y jade con una opulencia que los mercaderes de Aldebaran encontraban tanto inspiradora como intimidante, y sus calles bullían con una actividad comercial y cultural que reflejaba una civilización que había tenido milenios para desarrollarse en un relativo aislamiento. Los monjes de Louyang practicaban un arte marcial basado en la canalización de la energía interna del cuerpo, una disciplina que combinaba la meditación con el combate en una síntesis que los sacerdotes de Prontera encontraban fascinante y los guerreros encontraban desconcertante, porque los monjes de Louyang podían derrotar a guerreros armados hasta los dientes usando nada más que sus manos desnudas y una concentración que parecía alterar las leyes de la física en su favor.
La mazmorra que se extendía bajo el palacio del señor de Louyang albergaba una amenaza que los nativos llevaban generaciones conteniendo con una combinación de vigilancia militar y ritual religioso: un dragón cuyo poder era tal que su simple presencia distorsionaba la realidad a su alrededor, creando un espacio donde las direcciones se confundían, donde el tiempo fluía a velocidades diferentes según la habitación en que uno se encontrara, y donde las criaturas que habían caído bajo la influencia del dragón patrullaban los pasillos con la obediencia vacía de los seres cuya voluntad ha sido sustituida por una compulsión que no comprenden pero que no pueden resistir. Los aventureros de Rune-Midgarts que se aventuraron en la mazmorra de Louyang descubrieron que las criaturas que la habitaban no se parecían a nada que hubieran enfrentado en las mazmorras del continente, criaturas cuyas formas estaban inspiradas en una mitología diferente y cuyas habilidades de combate obedecían a reglas que los manuales de estrategia de las academias de Prontera no contemplaban.
Ayothaya, la ciudad de los templos dorados que se alzaba en una jungla tropical al sur de las rutas marítimas principales, era un mundo donde la espiritualidad no era un aspecto de la vida sino la vida misma, donde cada acto cotidiano, desde la preparación de los alimentos hasta la construcción de una casa, estaba imbuido de un significado ritual que convertía la existencia en una ceremonia permanente de conexión con fuerzas que los habitantes de Ayothaya percibían con una claridad que los visitantes extranjeros no podían igualar. Los templos de Ayothaya, edificaciones de piedra dorada cuyas superficies estaban talladas con relieves que contaban la historia del mundo según la cosmogonía local, albergaban a sacerdotes cuyo dominio de las artes espirituales les permitía realizar proezas que los clérigos de Prontera habrían calificado de milagrosas: levitación, proyección astral, comunicación directa con los espíritus de los muertos y con las entidades divinas que los habitantes de Ayothaya veneraban con una devoción que era simultáneamente feroz y serena.
Kunlun, la isla flotante cuya existencia desafiaba las leyes de la gravedad con la misma despreocupación con que sus habitantes desafiaban las convenciones del mundo mortal, era quizás la más enigmática de todas las tierras lejanas. Suspendida en el aire sobre un océano cuyas olas nunca la alcanzaban, Kunlun era un paraíso de montañas verdes y cascadas cristalinas donde los inmortales, seres que habían alcanzado un estado de existencia que trascendía la mortalidad mediante disciplinas espirituales que los monjes de las demás tradiciones solo podían soñar con dominar, vivían una existencia de contemplación y perfeccionamiento que podría durar literalmente para siempre. Los Taoístas de Kunlun, maestros de un arte que ellos llamaban simplemente el Camino, habían aprendido a manipular las energías fundamentales del cosmos con una sutileza que los magos de Geffen encontraban humillante, porque donde los magos necesitaban gestos elaborados y fórmulas arcanas para producir efectos mágicos, los Taoístas de Kunlun lograban los mismos resultados y más mediante la simple alineación de su voluntad con las corrientes naturales de la energía cósmica, como un marinero que aprovecha las corrientes del océano en lugar de luchar contra ellas.
El descubrimiento de las tierras lejanas transformó a Rune-Midgarts de maneras que iban más allá de lo geográfico para adentrarse en lo filosófico. Los aventureros que regresaban de Amatsu, de Louyang, de Ayothaya y de las demás tierras lejanas traían consigo no solo armas exóticas y materiales desconocidos sino ideas, técnicas y perspectivas que desafiaban las certezas que los habitantes del continente habían mantenido durante generaciones. La noción de que los dioses del norte eran los únicos dioses, de que las artes marciales de las academias de Prontera eran la cumbre del combate humano, de que la magia de Geffen representaba el pináculo del conocimiento arcano, todas estas certezas se desmoronaron ante la evidencia de que el mundo era más grande, más diverso y más misterioso de lo que las fronteras de Rune-Midgarts habían permitido imaginar. Las técnicas de los ninjas de Amatsu fueron estudiadas por los ladrones del continente, que encontraron en ellas inspiración para desarrollar habilidades que no existían en su repertorio tradicional. Los métodos de meditación de los monjes de Louyang fueron adoptados por los sacerdotes de Prontera, que descubrieron que la canalización de la energía divina podía ser amplificada mediante prácticas espirituales que su propia tradición no contemplaba.
Las rutas comerciales que conectaban Rune-Midgarts con las tierras lejanas se convirtieron en las arterias de un sistema de intercambio que enriquecía a todas las partes involucradas. Los productos de Amatsu, desde las katanas de un acero tan puro que los herreros enanos las examinaban con una mezcla de admiración y celos hasta las telas de seda cuya suavidad era tan perfecta que parecían hechas de luz solidificada, se vendían en los mercados de Prontera a precios que reflejaban tanto su calidad como su exotismo. Los especias de Ayothaya, cuyas propiedades medicinales complementaban las pociones de los alquimistas del continente con una eficacia que la farmacología tradicional no podía explicar, se convirtieron en uno de los productos de importación más demandados del reino. Y el jade de Louyang, tallado con una maestría que convertía cada pieza en una obra de arte cuyo valor estético superaba su valor material, se convirtió en el símbolo de estatus más codiciado entre la nobleza de Rune-Midgarts.
Las tierras lejanas demostraron que Midgard no era el centro del universo sino uno de los muchos mundos dentro del mundo, una verdad que era tan humillante como liberadora. Humillante porque obligaba a los habitantes de Rune-Midgarts a reconocer que su civilización, por avanzada que fuera, no era ni la única ni la mejor sino simplemente una entre muchas, cada una con sus propias fortalezas y debilidades, sus propias sabidurías y sus propias cegueras. Liberadora porque abría la posibilidad de aprender, de crecer, de incorporar lo mejor de cada cultura en una síntesis que sería más rica que cualquiera de sus componentes individuales. Los aventureros que viajaban entre el continente y las tierras lejanas eran los embajadores de esa síntesis, los portadores de un conocimiento que cruzaba océanos con la misma facilidad con que cruzaba las fronteras entre las disciplinas, y su contribución a la cultura de Midgard fue tan valiosa como sus contribuciones al campo de batalla, porque demostraron que el mundo no se conquista con espadas sino que se comprende con mentes abiertas, y que la comprensión, a largo plazo, es un arma más poderosa que cualquier espada jamás forjada.