Durante generaciones incontables, la ciudad de Morroc se alzó en el Desierto de Sograt como un oasis de civilización en medio de un páramo de arena y calor, una ciudad cuya existencia era tan improbable como tenaz, construida sobre un suelo que la naturaleza no había diseñado para albergar vida humana pero que la obstinación humana había convertido en el hogar de una comunidad próspera cuyo carácter era tan áspero y tan resistente como el desierto que la rodeaba. Los habitantes de Morroc eran gente curtida por el sol y el viento, mercaderes que comerciaban con las caravanas que cruzaban el desierto conectando las ciudades del sur con las del norte, artesanos que trabajaban el cuero y el metal con una maestría que el clima extremo de su entorno había refinado hasta la perfección, y ladrones, porque Morroc era también la capital no oficial de los gremios de ladrones del continente, una ciudad donde la línea entre el comercio legítimo y el contrabando era tan borrosa como el horizonte cuando el calor del mediodía distorsiona el aire hasta convertir la arena en un espejo que refleja espejismos de ciudades que no existen.
Nadie en Morroc sabía lo que dormía bajo sus pies. Las leyendas locales hablaban de un demonio sellado en las profundidades del desierto, pero las leyendas eran tan comunes en Midgard como la arena en Sograt, y los habitantes de Morroc las trataban con la misma indiferencia con que trataban las tormentas de arena: un hecho de la vida con el que se aprendía a convivir sin permitir que interfiriera con el negocio del día a día. Los sacerdotes del pequeño templo de Morroc mantenían rituales que, según afirmaban, reforzaban el sello que contenía al demonio, pero la congregación que asistía a esos rituales era más pequeña cada generación, erosionada por el escepticismo de una sociedad que valoraba el pragmatismo por encima de la superstición y que encontraba difícil creer que un demonio de poder cósmico pudiera ser contenido por las oraciones de un puñado de sacerdotes en un templo cuyo techo se caía a pedazos por falta de fondos para repararlo.
Los primeros signos de que algo estaba cambiando bajo la superficie llegaron con la sutileza de un veneno que se filtra en un pozo: imperceptibles al principio, mortales cuando finalmente se hacen evidentes. Los terremotos comenzaron como temblores tan leves que solo los habitantes más sensibles los percibían, vibraciones que hacían tintinear los vasos sobre las mesas y que los ingenieros atribuían a la actividad geológica normal de una región volcánica. Pero los temblores se hicieron más frecuentes y más intensos con cada mes que pasaba, y las grietas que comenzaron a aparecer en los cimientos de los edificios más antiguos de la ciudad no seguían las líneas de fractura naturales de la piedra sino patrones que, vistos desde arriba, formaban formas que los geólogos no podían explicar pero que los sacerdotes del templo reconocieron con un horror que les heló la sangre en las venas: las grietas formaban sellos, los mismos sellos que los rituales de contención habían mantenido durante milenios, y el hecho de que esos sellos estuvieran haciéndose visibles en la superficie significaba que la presión que ejercían desde abajo estaba acercándose al punto de ruptura.
La Corporación Rekenber, la organización cuya influencia se extendía por Midgard como las raíces de un árbol cuya copa era visible pero cuyo sistema radicular era desconocido para quienes vivían a su sombra, tuvo un papel en los eventos que precedieron a la caída de Morroc que la investigación posterior revelaría como crucial. Rekenber había estado excavando en las profundidades del Desierto de Sograt durante años, oficialmente en busca de minerales raros que solo se encontraban en la región, pero extraoficialmente con un propósito que los niveles superiores de la corporación conocían y que haría que los experimentos del Biolaboratorio de Lighthalzen parecieran travesuras infantiles en comparación: el estudio y, en última instancia, la explotación de la energía contenida en el sello que aprisionaba a Satan Morroc. Los ingenieros de Rekenber habían descubierto que el sello divino que mantenía al señor demoníaco prisionero emitía una radiación mágica de una potencia que superaba todo lo que la ciencia de Midgard podía producir artificialmente, y la tentación de acceder a esa fuente de poder era tan irresistible para los científicos de Rekenber como un océano de agua fresca lo sería para un hombre perdido en el desierto.
El día en que el sello se rompió fue el día en que Morroc dejó de existir como ciudad y se convirtió en un nombre que los supervivientes pronunciarían con el tono que se reserva para las catástrofes que redefinen lo que una civilización considera posible. La ruptura no fue gradual ni contenida; fue instantánea y total, como si alguien hubiera abierto la puerta de un horno cuya temperatura superaba la de la superficie del sol. La energía demoníaca que se liberó cuando el sello cedió se expandió desde el punto de ruptura en todas direcciones con la velocidad de una explosión, pero no era una explosión convencional que destruyera mediante la fuerza del impacto sino una onda de corrupción que transformaba todo lo que tocaba: los edificios de piedra se derritieron como cera, la arena del desierto se fusionó en cristal negro, el aire se espesó con una toxicidad que mataba a los seres vivos no por asfixia sino por una corrupción celular tan rápida que las víctimas se descomponían mientras aún estaban de pie, sus cuerpos deshaciéndose como arcilla bajo la lluvia en un proceso que era tan rápido como horrible de presenciar.
Satan Morroc emergió de su prisión milenaria con una forma que los testigos supervivientes describieron con la incoherencia de quienes intentan articular lo inarticulable: una masa de oscuridad y fuego que no tenía forma definida pero que sugería formas, siluetas que evocaban garras y alas y colmillos y ojos, muchos ojos, demasiados ojos, cada uno mirando en una dirección diferente con una inteligencia que era antigua y hambrienta y absolutamente carente de cualquier cosa que los mortales pudieran reconocer como misericordia o piedad. El tamaño de la entidad era inconcebible, una montaña de caos que se alzaba sobre los restos de la ciudad que llevaba su nombre como un monumento a la destrucción que había soñado durante milenios y que ahora finalmente tenía la oportunidad de realizar. El rugido que emitió al completar su emergencia fue percibido en todo el continente, no como un sonido sino como una vibración que sacudió los cimientos de cada edificio de Midgard y que fue registrada por los instrumentos sísmicos de Geffen como un evento cuya magnitud superaba todo lo que la escala podía medir.
Los aventureros que se encontraban en Morroc en el momento de la catástrofe fueron los primeros en enfrentar a las hordas demoníacas que surgieron de la grieta dimensional como un vómito del inframundo, legiones de demonios cuya variedad era un catálogo de las pesadillas más oscuras que la imaginación mortal podía concebir. Demonios de fuego que dejaban un rastro de destrucción donde quiera que caminaran, demonios de sombra que se materializaban a espaldas de sus víctimas con la silenciosa eficiencia de asesinos profesionales, demonios acorazados cuya resistencia al daño convencional los convertía en fortalezas ambulantes que requerían el esfuerzo combinado de grupos enteros para ser derribados, y criaturas sin nombre cuya apariencia era tan fundamentalmente errónea que la mente de quienes las contemplaban se negaba a procesarlas, provocando una parálisis cognitiva que los demonios explotaban con la eficiencia de depredadores que han evolucionado para cazar precisamente ese tipo de presa.
La evacuación de Morroc fue un caos organizado que los historiadores posteriores describirían como un milagro logístico nacido de la desesperación. Los aventureros que tenían la capacidad de abrir portales de teletransportación trabajaron sin descanso para evacuar a los civiles que lograban alcanzar los puntos de reunión, mientras los guerreros y los magos formaron líneas de contención que retrocedían lentamente bajo la presión de las hordas demoníacas, comprando tiempo con sus vidas para que los no combatientes pudieran escapar. Los sacerdotes canalizaban la luz divina con una intensidad que dejaba sus cuerpos agotados hasta el borde del colapso, sanando heridas y creando barreras de fe que los demonios no podían cruzar pero que se debilitaban con cada impacto. Y los ladrones y asesinos de Morroc, aquellos profesionales del submundo cuya reputación era tan turbia como sus métodos, demostraron que el valor no tiene clase social cuando la supervivencia está en juego, utilizando sus habilidades de sigilo y su conocimiento de cada callejón y cada pasaje secreto de la ciudad para guiar a los supervivientes hacia las rutas de escape que solo ellos conocían.
Los restos de Morroc, lo que quedó después de que la energía demoníaca se asentara y las hordas se dispersaran por el desierto, eran un paisaje que parecía pertenecer a un mundo diferente, un mundo donde las leyes de la naturaleza habían sido reemplazadas por las leyes de la pesadilla. La arena del desierto se había fundido en una superficie de cristal negro que reflejaba un cielo que ya no era azul sino de un púrpura enfermizo, y las ruinas de los edificios que habían sobrevivido a la explosión inicial se alzaban como los dientes de una mandíbula gigantesca, retorcidas en ángulos que desafiaban la geometría y cubiertas de una sustancia orgánica que pulsaba con una vida que no era vida sino una parodia de ella. El portal dimensional que Satan Morroc había abierto al emerger permanecía activo, una herida en la realidad a través de la cual se podía percibir un mundo de fuego y oscuridad que era el plano demoníaco del que el señor de la destrucción había sido desterrado milenios atrás y al que ahora, libre de su prisión, podía regresar y del que podía convocar a sus legiones con la facilidad de un rey que llama a sus ejércitos.
La caída de Morroc fue el evento que transformó la amenaza demoníaca de una leyenda del pasado en una realidad del presente, el momento en que los habitantes de Midgard comprendieron que las historias de la Guerra de los Mil Años no eran fábulas de una era remota sino advertencias de un peligro que nunca había desaparecido sino que simplemente había sido contenido, y que la contención, como los ingenieros sabían y como los sacerdotes habían intentado advertir, no es lo mismo que la solución. La respuesta de Rune-Midgarts fue inmediata y masiva: los ejércitos del reino marcharon hacia el desierto con una determinación que era hija del terror tanto como del deber, los gremios de aventureros movilizaron a sus miembros más poderosos para establecer líneas de contención alrededor del portal dimensional, y los sabios de Geffen y los sacerdotes de Prontera trabajaron sin descanso para desarrollar los rituales y los hechizos que podrían, si no destruir a Satan Morroc, al menos volver a sellarlo en una prisión cuya fortaleza debería superar a la que había fallado. El mundo había cambiado, la amenaza era real y presente, y la pregunta que pendía sobre Midgard como la espada de una profecía era si los mortales, sin la intervención directa de los dioses que habían sellado a Morroc la primera vez, tenían la capacidad de enfrentar a un ser cuyo poder había requerido un milenio de guerra divina para ser contenido.