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Capitulo 5 de 12

La Invasión de los Argones

Los Argones emergieron de las profundidades del mundo como una enfermedad que emerge de las profundidades de un organismo que creía estar sano, una erupción de algo que había estado gestándose durante eras en los espacios entre la conciencia de los titanes dormidos y la realidad que sus sueños habían creado. Los Argones no eran criaturas del mundo en el sentido en que los monstruos que habitaban los bosques y las montañas eran criaturas del mundo; eran anomalías cuya existencia era la consecuencia de una interferencia en el proceso onírico de los titanes, parásitos del sueño cuya función era la corrupción y la asimilación de la realidad que los rodeaba, transformando todo lo que tocaban en algo que pertenecía a su propia naturaleza con la misma implacabilidad con que un cristal transforma el líquido que lo rodea en más cristal.

La primera oleada de la invasión tomó a la Federación por sorpresa no porque los signos de alarma no hubieran existido sino porque los signos habían sido interpretados como fenómenos menores cuya importancia no justificaba la movilización de recursos a gran escala. Los Argones emergieron del suelo como si la tierra misma los pariera, criaturas cuya forma combinaba elementos minerales con elementos orgánicos en una síntesis que los naturalistas encontraban fascinante y que los soldados encontraban aterradora, seres cuya resistencia al daño era proporcional a la dureza de los minerales que componían sus cuerpos y cuya agresividad era tan mecánica como era implacable. No atacaban con la furia de los depredadores ni con la estrategia de los generales; atacaban con la persistencia de un proceso natural, como la erosión ataca la roca o como la gravedad ataca todo lo que se eleva, una fuerza cuya eficacia derivaba no de su inteligencia sino de su inevitabilidad.

El Nexus, la dimensión de la que los Argones procedían y a la que intentaban convertir el mundo de los mortales, era un concepto tan ajeno a la experiencia mortal que los sabios que intentaban describirlo recurrían a metáforas que eran inevitablemente insuficientes. El Nexus no era un lugar en el sentido geográfico de la palabra sino un estado de la materia, una condición en la que la distinción entre lo vivo y lo inerte, entre lo orgánico y lo mineral, entre lo individual y lo colectivo, se disolvía en una uniformidad que era lo opuesto de la diversidad que el mundo de los titanes representaba. Los Argones no invadían para conquistar sino para asimilar, no para gobernar sino para transformar, y la diferencia entre sus objetivos y los de un ejército convencional hacía que las estrategias defensivas convencionales fueran insuficientes para contenerlos.

Las batallas contra los Argones eran experiencias que los veteranos describían como fundamentalmente diferentes de cualquier otro tipo de combate que hubieran experimentado. Los Argones no retrocedían cuando sufrían bajas, no se desmoralizaban cuando sus líderes caían, no reaccionaban ante la presencia de fuerzas superiores con la prudencia que los enemigos convencionales exhibían. Avanzaban con la constancia de una marea cuya fuerza no dependía de la voluntad de las olas individuales sino de la del océano que las producía, y cada Argon destruido era reemplazado por otro que emergía del suelo corrompido con la misma inevitabilidad con que la hierba vuelve a crecer después de ser cortada. Los soldados de la Federación que luchaban contra los Argones aprendieron que la moral no era un factor en el combate contra un enemigo que carecía de moral, y que la victoria no se medía en enemigos destruidos sino en territorio preservado de la asimilación.

La corrupción que los Argones sembraban en las tierras que invadían era un fenómeno cuya velocidad y cuya profundidad superaban las capacidades de los druidas y los hechiceros que intentaban revertirla. Las tierras tocadas por la influencia Argon se transformaban en paisajes que no pertenecían al mundo que los titanes habían soñado sino al Nexus que los Argones representaban: el suelo se endurecía hasta adquirir la consistencia del cristal, la vegetación se cristalizaba en formaciones cuya belleza era tan perturbadora como era ajena, y el aire se espesaba con partículas cuya inhalación producía en los mortales una desorientación que los hechiceros identificaron como los primeros pasos de un proceso de asimilación que, si no era detenido, convertiría al infectado en un Argon más.

Los héroes que la Federación produjo durante la guerra contra los Argones fueron individuos cuyo coraje era proporcional a la magnitud de la amenaza que enfrentaban, aventureros cuya capacidad de combate había sido refinada por la urgencia de una guerra que no permitía el lujo del aprendizaje gradual. Estos héroes, reclutados entre todas las razas de la Federación, formaban la punta de lanza de las operaciones más peligrosas: las incursiones en las zonas corrompidas donde la concentración de Argones era mayor, las misiones de sabotaje contra los nexos de cristal que los Argones utilizaban como puntos de anclaje para su invasión, y las batallas contra los Argones de élite cuyo poder individual excedía el de los Argones ordinarios con la misma magnitud con que un general excede a un soldado raso.

La guerra contra los Argones reveló la importancia de las clases de combate que la Federación había desarrollado con una claridad que ningún ejercicio de entrenamiento podía proporcionar. Los Lancers, los guerreros cuya combinación de lanza y escudo les permitía absorber el daño de los Argones mientras sus compañeros atacaban los flancos. Los Berserkers, cuya furia canalizada les confería una potencia ofensiva que podía penetrar las defensas cristalinas de los Argones más blindados. Los Sorcerers, cuya magia elemental era particularmente efectiva contra enemigos cuya naturaleza mineral los hacía vulnerables a las fuerzas que transformaban la materia. Los Priests, cuya capacidad de sanación era la diferencia entre una línea de combate que se mantenía y una que se desmoronaba. Los Mystics, cuya conexión con las fuerzas espirituales del mundo les permitía invocar seres cuya ayuda multiplicaba la eficacia del grupo. Los Archers, cuya precisión a distancia les permitía eliminar objetivos prioritarios antes de que estos pudieran cerrar la distancia con las fuerzas aliadas.

Cada clase aportaba una pieza del rompecabezas táctico que la derrota de los Argones requería, y la coordinación entre ellas, perfeccionada a lo largo de incontables batallas, se convirtió en el factor que inclinó la balanza a favor de la Federación en un conflicto donde la superioridad numérica y la perseverancia del enemigo hacían que la victoria pareciera improbable. La Federación no ganó la guerra contra los Argones porque fuera más fuerte sino porque fue más inteligente, más adaptable y más determinada, y porque la diversidad que los Argones buscaban eliminar era precisamente la cualidad que permitía a la Federación encontrar soluciones que un ejército homogéneo nunca habría concebido.

La invasión de los Argones fue la prueba de fuego que demostró que la Federación de Valkyon no era simplemente un tratado diplomático sino una entidad cuya solidez era real y cuya capacidad de respuesta a las amenazas más grandes era tan efectiva como había sido prometida. Los escépticos que habían cuestionado la viabilidad de una alianza entre razas tan diferentes fueron silenciados por los resultados de una guerra que la Federación ganó no a pesar de su diversidad sino gracias a ella, y la lección que la victoria proporcionó, que la unidad en la diversidad era la forma más elevada de fortaleza, se convirtió en el principio fundacional de una civilización que enfrentaría el futuro con la confianza de quien ha sido probado por el fuego y ha descubierto que puede soportar el calor.