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Capitulo 7 de 12

Las Bestias Ancestrales

Las Bestias Ancestrales Monstruosas, conocidas por los soldados de la Federación con la reverencia temerosa que se reserva para aquello cuya magnitud excede la capacidad descriptiva del lenguaje ordinario, eran criaturas cuya existencia precedía a la de las civilizaciones mortales y cuyo poder individual excedía el de los guerreros más formidables con una proporción que hacía que el combate contra ellas fuera no una batalla sino una hazaña, no un enfrentamiento sino una prueba cuyo resultado determinaba no solo la supervivencia del guerrero sino su posición en la jerarquía de los héroes que la Federación reconocía como dignos de las misiones más peligrosas y más necesarias.

Las Bestias Ancestrales no eran monstruos en el sentido vulgar de la palabra; eran manifestaciones de las fuerzas primordiales que los sueños de los titanes habían tejido en la estructura del mundo, entidades cuya presencia en una región alteraba el ecosistema con la misma profundidad con que un volcán altera el paisaje que rodea su base. Un basilisco cuyo tamaño igualaba el de los edificios más grandes de Velika no era simplemente un lagarto sobredimensionado sino una fuerza de la naturaleza cuya existencia era necesaria para el equilibrio del bioma que habitaba, un depredador cuya función ecológica era tan esencial como era aterradora para los mortales que se aventuraban en su territorio. Las Bestias Ancestrales representaban el recordatorio más tangible de que el mundo no había sido creado para los mortales sino por los titanes, y de que los sueños de los titanes contenían criaturas cuya escala reflejaba la escala de los soñadores.

Los Nagas, serpientes de dimensiones colosales cuyo dominio se extendía sobre las regiones acuáticas y pantanosas del mundo, eran Bestias Ancestrales cuya ferocidad era proporcional a la amplitud de los territorios que reclamaban como propios. Un Naga adulto podía alcanzar longitudes que convertían a los barcos de pesca en juguetes y a los pescadores en presas, y su capacidad de moverse con una velocidad que desmentía su tamaño hacía que la huida fuera una opción cuya viabilidad dependía más de la suerte que de la velocidad del que huía. Los guerreros que se enfrentaban a los Nagas aprendían que el combate contra una criatura cuyo cuerpo era todo músculo y cuya boca estaba armada con colmillos capaces de perforar la armadura más resistente requería una estrategia que privilegiara la evasión sobre el bloqueo, porque bloquear el ataque de un Naga era como intentar bloquear la caída de un árbol: la fuerza del impacto excedía cualquier resistencia que un cuerpo mortal pudiera oponer.

Los Basiliscos que habitaban las regiones rocosas del continente de Arun eran criaturas cuya coraza natural hacía que las espadas rebotaran con la impotencia de gotas de lluvia contra la superficie de una roca, seres cuya defensa era tan formidable como su agresividad era implacable. Los Basiliscos atacaban con embestidas cuyo impacto podía derribar a un Lancer con escudo como si fuera un muñeco de trapo, y su cola, un apéndice cuya masa era comparable a la de un tronco de roble, barría el área circundante con una fuerza que enviaba a los guerreros incautos por los aires con la facilidad con que el viento dispersa las hojas secas. Los veteranos que habían sobrevivido al combate contra los Basiliscos enseñaban a los novatos que la clave de la victoria era la paciencia, la capacidad de esperar los momentos en que la bestia se detenía entre ataques para golpear los puntos vulnerables que su coraza no cubría completamente: las articulaciones, el vientre, los ojos, los espacios entre las placas donde la carne era accesible al acero.

Los Dracoloths, los primos menores de los dragones cuya extinción había dejado un vacío en la jerarquía de los depredadores aéreos que los Dracoloths habían llenado con una agresividad que compensaba su menor tamaño con una ferocidad que no conocía la prudencia, eran Bestias Ancestrales cuyo combate requería habilidades que el entrenamiento estándar no proporcionaba. Un Dracoloth en vuelo era un objetivo cuya velocidad y cuya maniobrabilidad hacían que las flechas y los hechizos fueran tan eficaces como piedras lanzadas contra el viento, y solo cuando la bestia descendía para atacar, cuando la necesidad de matar superaba la ventaja de la altitud, se presentaba la oportunidad de infligir el daño que su destrucción requería. Los equipos que se especializaban en la caza de Dracoloths desarrollaron técnicas que involucraban señuelos cuyo propósito era provocar los descensos de la bestia con una frecuencia que maximizara las ventanas de oportunidad, una manipulación del comportamiento predatorio que convertía el instinto de la bestia en su mayor debilidad.

Los Kumas, criaturas cuya apariencia engañosamente torpe ocultaba una potencia que los guerreros inexpertos descubrían demasiado tarde, eran bestias cuya masa corporal era su arma más letal. Un Kuma cargando era un evento sísmico cuyo impacto no solo dañaba al guerrero que recibía la embestida sino que desestabilizaba a todos los combatientes en el área circundante, creando un caos táctico que la bestia explotaba con una astucia que desmentía su apariencia de criatura primitiva. Los Kumas poseían además la capacidad de generar ondas de choque golpeando el suelo con sus extremidades, ataques de área cuya evasión requería una anticipación que solo la experiencia podía proporcionar, porque las señales que precedían a estos ataques eran sutiles y el tiempo disponible para reaccionar era medido en fracciones de segundo que separaban la evasión exitosa de la destrucción total.

Las regiones del mundo que las Bestias Ancestrales reclamaban como territorios propios eran zonas cuya cartografía incluía advertencias que los cartógrafos redactaban con la sobriedad de quienes comprendían que la exageración era innecesaria cuando la realidad era suficientemente aterradora. La Isla del Amanecer, el lugar donde los recién llegados a la Federación recibían su bautismo de fuego contra las Bestias Ancestrales menores, era un laboratorio natural donde los guerreros aprendían las lecciones que el combate contra monstruos ordinarios no podía enseñar: que la observación era más importante que la agresión, que los patrones de ataque de las bestias eran legibles para quienes tenían la paciencia de estudiarlos, y que la victoria contra un enemigo superior requería una coordinación con los compañeros que transformaba a individuos en una unidad cuya eficacia excedía la suma de sus partes.

Las cacerías de Bestias Ancestrales eran eventos que congregaban a los guerreros más experimentados de la Federación en expediciones cuya planificación era tan meticulosa como la de las operaciones militares porque, en esencia, eso era lo que eran: operaciones militares contra enemigos individuales cuyo poder hacía que la comparación con un ejército no fuera una hipérbole sino una descripción precisa. Los grupos de caza se componían de combinaciones de clases cuya selección no era arbitraria sino el resultado de un conocimiento acumulado sobre qué combinaciones producían las sinergias necesarias para sobrevivir contra enemigos específicos: los Lancers que mantenían la atención de la bestia mientras los Slayers y Berserkers atacaban los flancos, los Priests que mantenían la línea de batalla reparando el daño que las bestias infligían con cada golpe, y los Sorcerers cuya magia elemental explotaba las vulnerabilidades que las defensas físicas de las bestias no cubrían.

Los trofeos que las Bestias Ancestrales proporcionaban a quienes lograban derrotarlas eran materiales cuyas propiedades excedían las de cualquier recurso que la minería o la agricultura pudieran producir: escamas cuya dureza superaba la del acero más refinado, colmillos cuya densidad mágica los convertía en componentes ideales para la fabricación de armas encantadas, y corazones cuya energía contenida podía alimentar hechizos cuya potencia excedía los límites ordinarios de la magia mortal. La economía de las Bestias Ancestrales, el comercio de sus restos y de los conocimientos necesarios para obtenerlos, era un motor que impulsaba la evolución del equipamiento de la Federación con una eficacia que ningún programa de desarrollo tecnológico podía igualar, porque los materiales que las bestias proporcionaban contenían las propiedades de criaturas cuya conexión con las fuerzas primordiales del mundo les confería características que la manufactura artificial no podía replicar.

Las leyendas que rodeaban a las Bestias Ancestrales más poderosas, las que habitaban las regiones más remotas del mundo y cuyo combate requería no un grupo sino un ejército de los guerreros más experimentados, eran narrativas cuya veracidad era difícil de confirmar porque los pocos que habían enfrentado a estas criaturas y habían sobrevivido para contarlo eran testigos cuya credibilidad era cuestionada por quienes no habían presenciado las hazañas que describían. Se hablaba de bestias cuyo rugido alteraba las condiciones climáticas de regiones enteras, de criaturas cuyo aliento podía vitrificar la tierra en extensiones que se medían en kilómetros, de seres cuya antigüedad los hacía contemporáneos de los dioses y cuyo poder, refinado por eras de existencia, los colocaba en una categoría que la palabra monstruo no podía contener adecuadamente.

La relación de los mortales con las Bestias Ancestrales era más compleja de lo que el simple paradigma de cazador y presa sugería. Los Baraka, cuya perspectiva temporal les permitía comprender ciclos que las razas más efímeras no podían percibir, argumentaban que las Bestias Ancestrales eran elementos necesarios del equilibrio del mundo, que su eliminación completa tendría consecuencias ecológicas cuya gravedad excedería los daños que las propias bestias causaban, y que la cacería debía ser regulada con la misma sabiduría con que un pastor regula la caza de los depredadores que amenazan a su rebaño: lo suficiente para proteger al rebaño pero no tanto como para destruir el ecosistema que lo sustenta. Los Elin y los Popori compartían esta perspectiva con una intensidad que derivaba de su conexión con el mundo natural, y sus protestas contra las cacerías indiscriminadas eran un recordatorio de que la destrucción sin discernimiento era tan peligrosa como la amenaza que pretendía eliminar.

La existencia de las Bestias Ancestrales era, en última instancia, la prueba más palpable de que el mundo de los titanes era un lugar donde la grandeza no era exclusiva de los seres inteligentes sino una propiedad que permeaba todas las formas de vida con una generosidad que era tan aterradora como era majestuosa. Las bestias eran los guardianes involuntarios de un mundo cuya escala excedía la de los mortales que lo habitaban, recordatorios vivientes de que la arrogancia de los seres pensantes tenía un límite que estaba marcado por las garras, los colmillos y la furia primordial de criaturas cuyo derecho a existir era tan antiguo como el sueño que había creado el mundo que ambos, mortales y bestias, compartían.