Tibia

Capitulo 15 de 15

El Legado del Continente

El continente permanece. Después de la génesis que le dio forma desde el vacío primordial, después de la guerra de los dioses que casi lo destruyó como daño colateral de un conflicto cuya escala excedía su capacidad de comprensión, después de las invasiones demoníacas y las guerras de los no-muertos y los ataques de Ferumbras y las guerras entre naciones y las mil otras catástrofes que han marcado su superficie con cicatrices que los cartógrafos mapean y que los poetas lamentan, el continente de Tibia permanece, tan obstinado en su existencia como los mortales que lo habitan, tan reluctante a desaparecer como las piedras de Thais que han sido destruidas y reconstruidas tantas veces que los albañiles ya no saben cuáles son originales y cuáles son reemplazos, y quizás esa distinción haya dejado de importar porque lo que importa no es la piedra sino la voluntad de colocarla.

Las ciudades siguen en pie, sus murallas reparadas después de cada asalto con la meticulosidad de quienes comprenden que un muro que se reconstruye es más fuerte que un muro que nunca ha sido probado, porque la reconstrucción incorpora las lecciones que la destrucción enseñó. Thais sigue gobernada por un rey cuyo trono es tan antiguo como la idea de que alguien debe sentarse en él para que el orden tenga un centro alrededor del cual organizarse. Carlin sigue gobernada por una reina cuya existencia es la demostración de que las alternativas al orden establecido pueden ser tan viables como el propio orden. Ab'Dendriel sigue oculta entre los árboles con la serenidad de una raza que mide el tiempo en siglos y que encuentra en esa medida una perspectiva que los humanos, con sus décadas apresuradas, no pueden alcanzar pero sí admirar. Kazordoon sigue resonando con los golpes de los martillos sobre los yunques con la regularidad de un corazón que late bajo la montaña, bombeando la vida de una industria que es arte y que es identidad y que es la razón de ser de un pueblo que ha hecho de la perfección una búsqueda y de la búsqueda una forma de vida.

Los aventureros siguen partiendo cada amanecer hacia las tierras salvajes con la misma mezcla de determinación y de incertidumbre que ha caracterizado a los aventureros desde que el primero de ellos recogió una espada del suelo y decidió que era mejor morir enfrentando lo que acechaba fuera de las murallas que vivir escondido detrás de ellas. Nuevos caballeros se ponen armaduras que todavía les quedan grandes con la confianza de que crecerán hasta llenarlas, literalmente y metafóricamente. Nuevos magos pronuncian sus primeros hechizos con una concentración tan intensa que el sudor les perla la frente mientras una chispa vacilante parpadea entre sus dedos, sin imaginar que esos mismos dedos dirigirán algún día tormentas de fuego que harán retroceder a legiones de demonios. Nuevos paladines cargan sus primeras ballestas con la torpeza de la inexperiencia y disparan virotes que se clavan en todo excepto en el blanco, sin saber que la puntería que les falta ahora vendrá con la práctica y que la práctica vendrá con cada día que sobrevivan. Y nuevos druidas invocan sus primeras curaciones, débiles y temblorosas como la llama de una vela en un vendaval, sin sospechar que esas manos inseguras sostendrán algún día la vida de compañeros cuya muerte habrían impedido si no hubieran estado ahí para impedirla.

Las mazmorras siguen abiertas, sus profundidades todavía inexploradas en su totalidad, sus secretos todavía sin revelar, sus monstruos todavía tan peligrosos como el día en que los primeros aventureros se atrevieron a descender más allá de donde la luz del sol podía seguirlos. Las Catacumbas de Thais siguen resonando con los pasos de los que descienden y con los silencios de los que no regresan. Las Llanuras de Fuego siguen ardiendo con un calor que no disminuye porque su fuente es tan inagotable como la maldad que la alimenta. Las tumbas de Ankrahmun siguen guardando los secretos de faraones cuya obsesión con la eternidad ha resultado ser, irónicamente, más duradera que las propias civilizaciones que les dieron forma. Y bajo todo, en las profundidades que nadie ha explorado y que quizás nadie pueda explorar, los sellos que contienen a las fuerzas de Zathroth siguen resistiendo la presión de seres cuya paciencia es tan infinita como su malicia, una resistencia cuya duración nadie puede garantizar pero cuyo mantenimiento es la responsabilidad más sagrada que los mortales de Tibia han asumido.

Los dioses siguen observando, desde las alturas que ocupan por derecho de creación, la obra que sus manos divinas iniciaron y que las manos mortales han continuado con una creatividad y una obstinación que quizás los sorprenda y quizás los enorgullezca y quizás los aterrorice, porque los mortales han demostrado ser tanto más destructivos como más resilientes de lo que sus creadores habían previsto, capaces de una maldad que rivaliza con la de los demonios y de un heroísmo que rivaliza con el de los propios dioses. Fardos sigue irradiando su luz sobre un mundo que la necesita tanto como necesita el aire, y Zathroth sigue presionando contra los límites que sus hermanos le han impuesto con la determinación de quien sabe que la presión constante eventualmente rompe cualquier barrera. Y Uman sigue observando con la sabiduría de quien comprende que el equilibrio no es un estado que se alcanza sino un proceso que se mantiene, y que el mantenimiento requiere vigilancia perpetua porque las fuerzas que amenazan el equilibrio nunca descansan.

El mundo que Tibiasula creó del vacío y que los dioses moldearon con sus voluntades y que los mortales han habitado con sus vidas es un lugar que no puede ser descrito con una sola palabra porque una sola palabra es tan insuficiente para capturar la totalidad de Tibia como una sola nota es insuficiente para capturar la totalidad de una sinfonía. Es un mundo hermoso y terrible, generoso y cruel, antiguo y eternamente joven, un mundo donde los dragones vuelan sobre montañas que guardan los huesos de civilizaciones olvidadas, donde los demonios acechan en profundidades que la luz nunca ha tocado, donde los no-muertos caminan por los cementerios que los vivos construyeron para darles descanso, donde Ferumbras trama su regreso en las dimensiones que lo albergan, y donde cada amanecer un novato empuña su primera arma y da su primer paso fuera de las murallas de la única seguridad que ha conocido hacia un mundo que no le promete nada excepto que será interesante.

El legado de Tibia no es un monumento sino un movimiento, no una conclusión sino una continuación, la demostración perpetua de que la existencia vale la pena de ser defendida no porque sea perfecta sino porque es la única que tenemos y porque la alternativa, el vacío del que el mundo surgió y al que el mundo regresaría si los que lo habitan dejaran de defenderlo, es una nada tan absoluta que cualquier cosa, incluso un mundo de demonios y de mazmorras y de guerras y de muerte, es preferible a ella. Los mortales de Tibia defienden su mundo no porque sea fácil sino porque es necesario, no porque sean fuertes sino porque la alternativa a la fuerza es la extinción, y porque cada generación que sobrevive es la prueba de que la generación anterior no luchó en vano y la promesa de que la generación siguiente tendrá algo por lo que luchar.

Las estrellas que brillan sobre Tibia son las mismas que brillaron la primera noche del mundo, cuando los dioses contemplaron su creación con la satisfacción de artistas que han terminado una obra que saben que es buena y con la inquietud de padres que saben que su hijo enfrentará peligros que ellos no pueden prevenir. Esas estrellas siguen brillando, indiferentes a las guerras y a las paces que se suceden bajo su luz, testigos mudos de un drama cuya duración excede la de cualquier actuación individual pero cuya intensidad no disminuye con la repetición porque cada generación vive su capítulo como si fuera el primero y como si fuera el último, con la urgencia de quienes saben que la vida es breve y con la ambición de quienes creen que la brevedad de la vida no limita la grandeza de lo que la vida puede lograr.

El continente permanece, y mientras permanezca, mientras haya aventureros que empuñen espadas y bastones y ballestas y varas contra las fuerzas que amenazan con devolverlo al vacío del que surgió, mientras haya ciudades cuyas murallas se reconstruyan después de cada destrucción con la obstinación de quienes se niegan a aceptar que la destrucción tenga la última palabra, mientras haya fe que ilumine las tinieblas y coraje que enfrente los demonios y sabiduría que busque las respuestas que los misterios ocultan, el legado de Tibia seguirá creciendo, página a página, batalla a batalla, héroe a héroe, en una crónica que no tiene final porque la historia de un mundo vivo no puede terminar mientras haya alguien dispuesto a vivirla, a contarla y a asegurarse de que el próximo capítulo sea escrito no por la oscuridad que busca el vacío sino por la luz que busca, siempre busca, siempre encuentra, una razón más para seguir brillando.