World of Warcraft

Capitulo 13 de 20

El Cataclismo

La tierra se quebró. No con el crujido sutil de una grieta en la piedra ni con el temblor pasajero de un terremoto común, sino con la violencia absoluta de un mundo que estallaba desde sus entrañas como si el propio planeta hubiera lanzado un grito de agonía que se manifestó en la destrucción de todo lo que los pueblos de Azeroth habían conocido y dado por inmutable. Desde las profundidades de Infralar, el plano elemental de la tierra que existía como una dimensión paralela superpuesta al mundo material, una criatura de pesadilla irrumpió hacia la superficie con la fuerza de un dios enloquecido, desgarrando las capas geológicas que separaban los planos dimensionales y provocando una catástrofe de escala planetaria que redibujó la geografía de continentes enteros en cuestión de horas. Neltharion, el que una vez fue conocido como el Guardián de la Tierra, el Aspecto Dragontino Negro a quien los propios Titanes habían encomendado la custodia de las profundidades subterráneas y la estabilidad tectónica de Azeroth, emergió de su prisión dimensional transformado en Alamuerte el Destructor, una monstruosidad de escamas fundidas, placas de elementium remachadas sobre su cuerpo destrozado y magma ardiente brotando de las fisuras de una anatomía que se desintegraba bajo la presión de su propia corrupción. Su ascenso desde Infralar fracturó el Pilar del Mundo que mantenía separados los planos dimensionales, provocando que los elementos se desbordaran sobre Azeroth en un caos sin precedentes: volcanes brotaron donde antes había llanuras, mares inundaron regiones enteras, terremotos partieron continentes y las tormentas elementales arrasaron ciudades que habían resistido milenios de guerras y plagas. El Cataclismo había comenzado, y el mundo tal como lo conocían los mortales dejó de existir en un solo instante de furia primordial.

La historia de la caída de Neltharion se remontaba a los tiempos más antiguos de Azeroth, cuando los Titanes del Panteón habían designado a cinco grandes dragones como Aspectos, guardianes de los principios fundamentales del mundo: Alexstrasza la Protectora de la Vida, Ysera la Soñadora que custodiaba el Sueño Esmeralda, Nozdormu el Eterno que vigilaba los flujos del tiempo, Malygos el Tejedor de Hechizos que protegía la magia arcana, y Neltharion el Guardián de la Tierra que mantenía la integridad del subsuelo y las placas tectónicas. Pero las profundidades que Neltharion custodiaba eran también el dominio de los Dioses Antiguos, entidades de locura cósmica que habían sido aprisionadas por los Titanes en las entrañas de Azeroth, y durante eones, los susurros incesantes de estos seres habían erosionado la cordura del Aspecto Negro como el agua erosiona la piedra, gota a gota, susurro a susurro, hasta que la locura lo consumió por completo. El primer acto de su traición había ocurrido durante la Guerra de los Ancestros, diez mil años atrás, cuando Neltharion creó el Alma de Dragón, un artefacto de poder inconmensurable que contenía una porción de la esencia de cada Aspecto Dragontino, y lo utilizó para traicionar a sus hermanos, devastando tanto a los dragones como a los ejércitos que luchaban contra la Legión Ardiente. Desde entonces, rebautizado como Alamuerte por los mortales que aprendieron a temerlo, el dragón corrompido había conspirado desde las sombras, manipulando eventos mundiales, criando descendencia para infiltrarse en las naciones mortales, y esperando el momento preciso para desatar la destrucción final que sus amos, los Dioses Antiguos, le habían ordenado provocar: la Hora del Crepúsculo, una profecía apocalíptica que predecía el fin de toda vida en Azeroth y la liberación de los Dioses Antiguos de sus prisiones titánicas.

El vuelo de Alamuerte sobre Azeroth tras su emergencia de Infralar fue una letanía de destrucción que dejó cicatrices permanentes en la faz del mundo. El Parque de Ventormenta fue incinerado por su aliento de lava fundida, la gran ciudad humana quedando parcialmente destruida mientras sus ciudadanos huían despavoridos ante una criatura que hacía parecer pequeños a los dragones ordinarios. Las Tierras Inhóspitas, que ya habían sufrido la corrupción de la Plaga, se fracturaron aún más profundamente, creando abismos que descendían hasta las capas más profundas de la corteza terrestre. Auberdine, el tranquilo puerto élfico en Costa Oscura, fue arrasada por un tsunami provocado por los movimientos tectónicos, y las costas de Kalimdor se redibujaron violentamente mientras nuevas masas de tierra emergían del océano y otras se hundían para siempre bajo las olas. El Thousand Needles, aquel paisaje icónico de agujas de piedra que se alzaban sobre un desierto rojizo, se inundó completamente cuando las aguas del mar irrumpieron a través de grietas en las montañas circundantes, convirtiendo un desierto en un mar interior en cuestión de horas. Cada rincón de Azeroth fue transformado por el Cataclismo, desde las selvas de Stranglethorn hasta las estepas de los Baldíos, desde las montañas de Dun Morogh hasta los pantanos de Dustwallow, y los pueblos del mundo se encontraron luchando no solo contra la destrucción física sino contra el colapso del orden mismo que habían construido sobre fundamentos que creían eternos.

En medio de este caos planetario, los cambios políticos dentro de la Horda alteraron el equilibrio de poder de maneras que tendrían consecuencias devastadoras en los años venideros. Thrall, el chamán orco que había liderado la Horda con sabiduría y moderación, comprendió que su conexión única con los elementos lo convertía en una de las pocas personas capaces de ayudar a sanar las heridas que el Cataclismo había infligido al mundo, y tomó la decisión trascendental de renunciar al título de Jefe de Guerra para dedicarse plenamente a la tarea de restaurar el equilibrio elemental de Azeroth como miembro del Círculo Cenarion y del Anillo de la Tierra. En su lugar, Thrall nombró a Garrosh Grito Infernal como nuevo Jefe de Guerra de la Horda, una decisión que muchos líderes de la facción consideraron precipitada e imprudente, pues Garrosh era un guerrero brillante pero un político desastroso, un líder cuya visión del mundo se reducía a la conquista y la dominación, incapaz de la diplomacia y la moderación que habían sido las mayores virtudes de Thrall. Bajo el liderazgo de Garrosh, la Horda se volvió más agresiva y expansionista, lanzando invasiones contra el Bosque de Azshara y las tierras de los elfos nocturnos, empleando la bomba de maná, un arma de destrucción masiva, contra Theramore, y alienando a las razas no orcas de la facción, particularmente a los trolls de Vol'jin y los tauren de Baine Pezuña de Sangre, que veían con horror cómo el orgullo orco de Garrosh transformaba la Horda de una coalición de pueblos diversos en un imperio orcentrista que marginaba y despreciaba a sus aliados.

La amenaza del Martillo Crepuscular, el culto fanático dedicado a servir a los Dioses Antiguos y a facilitar la llegada de la Hora del Crepúsculo, representaba la dimensión más insidiosa y peligrosa de la crisis provocada por el Cataclismo. Liderado por Cho'gall, un ogro bicéfalo de poder descomunal que había sido discípulo de Gul'dan antes de abrazar la locura de los Dioses Antiguos, el Martillo Crepuscular había infiltrado gobiernos, corrompido líderes militares, reclutado a elementales enloquecidos y establecido una red de operaciones clandestinas que se extendía por todo Azeroth. Su objetivo era simple y apocalíptico: facilitar la destrucción de Azeroth para que los Dioses Antiguos pudieran despertar de sus prisiones y reclamar el mundo que los Titanes les habían arrebatado eones atrás. El Bastión del Crepúsculo, la fortaleza principal del culto, se alzaba como un monumento a la demencia en las Tierras Altas del Crepúsculo, y fue allí donde los héroes de Azeroth enfrentaron a Cho'gall y a sus lugartenientes más poderosos, incluyendo elementales ascendidos y criaturas aberrantes nacidas de la locura de los Dioses Antiguos. La destrucción de Cho'gall fue un golpe significativo contra el culto, pero la amenaza real no era el culto en sí sino la profecía que servían, pues la Hora del Crepúsculo era más que una fantasía religiosa: era una posibilidad real que se haría inevitable si Alamuerte completaba la destrucción que había iniciado con el Cataclismo.

Los Aspectos Dragontinos supervivientes comprendieron que la única esperanza de detener a Alamuerte y evitar la Hora del Crepúsculo residía en reunirse una vez más y combinar sus poderes menguados contra su hermano caído, una tarea que parecía imposible dado que el Vuelo Negro de Alamuerte los superaba en ferocidad y que el propio Destructor era inmensurablemente más poderoso que cualquiera de ellos individualmente. Alexstrasza, la Aspecta de la Vida, cuyo dolor por la corrupción de Neltharion era profundamente personal pues una vez habían sido aliados y protectores del mundo, asumió el papel de líder de la resistencia dracontina con una determinación que ocultaba una tristeza oceánica. Ysera, la Soñadora que custodiaba el Sueño Esmeralda, emergió de su letargo eterno para enfrentar una amenaza que trascendía los límites del sueño y la vigilia, aportando una perspectiva y un poder que solo quien había contemplado la realidad desde el otro lado del velo de los sueños podía ofrecer. Nozdormu, el Aspecto del Tiempo, luchaba con sus propios demonios internos, pues había vislumbrado su propio futuro como Murozond, una versión corrompida de sí mismo que intentaría destruir los flujos temporales, y esa visión lo atormentaba incluso mientras luchaba por preservar el presente. Y en el lugar de Malygos, el Aspecto de la Magia que había enloquecido y sido derrotado durante la campaña de Rasganorte, se alzó Kalecgos, un dragón azul joven y sabio que fue elegido por su vuelo para asumir el manto de Aspecto de la Magia, un honor y una responsabilidad que aceptó con la humildad y la determinación de quien comprende que el destino del mundo descansa sobre sus alas.

Antes de poder enfrentar a Alamuerte directamente, los héroes de Azeroth tuvieron que confrontar a uno de sus aliados más antiguos y temibles: Ragnaros, el Señor del Fuego, el elemental supremo que había sido desterrado a su plano dimensional siglos atrás pero que ahora, aprovechando la ruptura del Pilar del Mundo provocada por el Cataclismo, había invadido las sagradas laderas del Monte Hyjal con la intención de reducir el Árbol del Mundo Nordrassil a cenizas. El asalto a las Tierras de Fuego, el dominio dimensional de Ragnaros, fue una campaña de pesadilla que llevó a los héroes a través de un paisaje de lava y obsidiana donde el calor era tan intenso que derretía la armadura y donde cada roca, cada corriente de magma y cada criatura que habitaba aquel infierno estaba imbuida de una furia elemental que buscaba incinerarlo todo. Los druidas del Círculo Cenarion, liderados por Malfurion Tempestira, lucharon junto a los héroes para proteger Hyjal, canalizando los poderes de la naturaleza contra la furia del fuego en un conflicto que era simultáneamente físico y espiritual, una batalla por el alma del mundo natural contra la fuerza más destructiva de los elementos. La caída de Ragnaros en las profundidades de su propio dominio fue un triunfo épico que demostró que incluso las fuerzas elementales más poderosas podían ser derrotadas cuando los mortales luchaban con suficiente determinación y unidad, pero también fue un recordatorio sombrío de que el enemigo principal, Alamuerte, era inmensurablemente más peligroso que cualquier señor elemental.

La clave para derrotar a Alamuerte residía en un artefacto de terrible ironía: el Alma de Dragón, el mismo dispositivo que Neltharion había creado diez mil años atrás para traicionar a sus hermanos, era ahora la única arma capaz de destruirlo. El problema era que el Alma de Dragón había sido destruida al final de la Segunda Guerra, y para recuperarla, los héroes necesitaban viajar a través del tiempo hasta la época de la Guerra de los Ancestros, cuando el artefacto aún existía intacto. Nozdormu, utilizando sus poderes como Aspecto del Tiempo, abrió un portal a través de las Cavernas del Tiempo que permitió a los héroes viajar diez mil años al pasado, hasta la noche en que la implosión del Pozo de la Eternidad amenazó con destruir el mundo. En aquel pasado remoto, los héroes tuvieron que enfrentar a la Legión Ardiente en su máximo poder, navegar las intrigas de la corte de la Reina Azshara y arrebatar el Alma de Dragón de las garras de la historia sin alterar el curso de los eventos que dieron forma al mundo que conocían. La misión fue desesperadamente peligrosa, pues cualquier alteración del pasado podría haber tenido consecuencias catastróficas para el presente, pero los héroes lograron obtener el Alma de Dragón y traerla de vuelta a su tiempo, donde los Aspectos Dragontinos la imbuirían con el poder necesario para enfrentar a Alamuerte en el campo de batalla final.

Los Aspectos comprendieron que para que el Alma de Dragón tuviera el poder suficiente para destruir a Alamuerte, necesitarían sacrificar la esencia misma de sus poderes titánicos, renunciando a los dones que el Panteón les había otorgado eones atrás y que los habían convertido en los guardianes supremos de Azeroth. Esta decisión no se tomó a la ligera, pues los poderes de los Aspectos no eran simplemente habilidades personales sino fuerzas cósmicas que mantenían el equilibrio del mundo: sin Alexstrasza, la vida perdería una de sus protectoras más antiguas; sin Ysera, el Sueño Esmeralda quedaría sin su guardiana; sin Nozdormu, los flujos del tiempo estarían más vulnerables que nunca; y sin Kalecgos, la magia arcana carecería de su regulador celestial. Pero los Aspectos comprendieron que la era de los mortales había llegado, que el tiempo de los guardianes titánicos estaba acabando, y que el mayor acto de protección que podían realizar era sacrificar su poder para dar a los mortales la oportunidad de forjar su propio destino, libre de las amenazas que habían acechado el mundo desde antes de que existieran las razas pensantes. Thrall, el chamán orco que se había convertido en el vínculo entre los elementos y los mortales, fue elegido como portador del Alma de Dragón, pues su conexión con la tierra y los elementos lo convertía en el conducto perfecto para canalizar el poder del artefacto contra la criatura que una vez había sido el guardián de esos mismos elementos.

La batalla final contra Alamuerte se libró en dos fases que representaron los momentos más desesperados y espectaculares de todo el Cataclismo. Primero, los héroes interceptaron a Alamuerte mientras sobrevolaba Azeroth, abordando literalmente el lomo del dragón gigantesco y luchando para arrancar las placas de elementium que mantenían su cuerpo desintegrado más o menos unido, un combate surrealista que se desarrolló a miles de metros de altura sobre un mundo que temblaba bajo ellos. Cada placa arrancada debilitaba la integridad física de Alamuerte, provocando explosiones de lava y energía corrompida que amenazaban con arrastrar a los héroes al vacío, pero la perseverancia y el coraje de aquellos combatientes era tan inquebrantable como la locura de la bestia que montaban. Alamuerte, herido y furioso, se desplomó finalmente sobre el Maelstrom, el vórtice oceánico gigantesco que marcaba el lugar donde una vez existió el Pozo de la Eternidad, y fue allí donde la batalla alcanzó su clímax definitivo. En el corazón del Maelstrom, con las energías caóticas del vórtice amplificando todo poder mágico al máximo, Alamuerte intentó provocar la Hora del Crepúsculo definitiva, canalizando su esencia corrompida para destabilizar la realidad misma y abrir las prisiones de los Dioses Antiguos.

Lo que siguió fue un espectáculo de destrucción y heroísmo que quedaría grabado en la memoria de Azeroth para siempre. Alamuerte, su cuerpo ya apenas reconocible como un dragón, se transformó en una amalgama grotesca de tentáculos, lava y carne corrompida que brotaba del Maelstrom como una erupción de pesadilla, sus múltiples cabezas y extremidades deformadas atacando desde todas las direcciones mientras la energía de los Dioses Antiguos pulsaba a través de su forma destrozada. Los héroes lucharon en plataformas de roca inestable que flotaban sobre el vórtice, esquivando tentáculos del tamaño de torres y ráfagas de corrupción que transformaban la materia misma en caos elemental. Thrall, de pie en el ojo de la tormenta con el Alma de Dragón pulsando entre sus manos, canalizó el poder combinado de los cuatro Aspectos Dragontinos a través del artefacto, y un rayo de energía dorada, tan brillante que parecía un segundo sol naciendo sobre el mar, impactó contra la forma grotesca de Alamuerte. El Destructor rugió con una voz que era simultáneamente la de un dragón moribundo y la de los Dioses Antiguos que lo controlaban, su cuerpo desintegrándose molécula a molécula bajo la fuerza combinada del poder de los Aspectos, hasta que finalmente la criatura que una vez fue Neltharion el Guardián de la Tierra dejó de existir, dispersándose en un millón de fragmentos que cayeron al Maelstrom como cenizas de un fuego que por fin se había extinguido.

En el silencio que siguió a la destrucción de Alamuerte, un silencio que parecía abarcar el mundo entero en un suspiro colectivo de alivio y agotamiento, los Aspectos Dragontinos sintieron cómo la última gota de su poder titánico se evaporaba de sus cuerpos, dejándolos como dragones ordinarios, poderosos aún por su naturaleza pero despojados de la esencia cósmica que los había convertido en guardianes del mundo. Alexstrasza pronunció las palabras que definirían la nueva era: los Aspectos habían cumplido el propósito para el que fueron creados, habían protegido a Azeroth de la amenaza suprema del Vuelo Negro corrompido, y ahora era el turno de los mortales de asumir la responsabilidad de proteger su propio mundo. Fue un momento de transición cósmica, el fin de una era que había durado desde la época de los Titanes y el comienzo de otra en la que los pueblos de Azeroth ya no podrían depender de guardianes celestiales para resolver sus crisis más graves. Thrall, que había desempeñado un papel crucial en la batalla como portador del Alma de Dragón, regresó a la Horda solo para encontrar que el mundo que había ayudado a salvar estaba siendo desgarrado desde dentro por la ambición de Garrosh Grito Infernal, cuya tiranía había alcanzado niveles que Thrall nunca habría creído posibles cuando lo nombró Jefe de Guerra.

El mundo que el Cataclismo dejó atrás era irreconocible en muchos sentidos: regiones enteras habían sido transformadas, ecosistemas destruidos, ciudades arrasadas y reconstruidas sobre ruinas que aún humeaban. Pero más allá de los cambios geográficos, el Cataclismo había alterado el equilibrio político y espiritual de Azeroth de maneras que tardarían años en manifestarse plenamente. La Horda bajo Garrosh se volvía cada vez más agresiva y aislada, alienando a sus propios aliados mientras perseguía una visión de supremacía orca que contradecía los principios sobre los que Thrall había fundado la nueva Horda. La Alianza bajo Varian se endurecía en respuesta, preparándose para un conflicto que parecía inevitable. Y en algún lugar del vasto océano que rodeaba los continentes conocidos, oculto detrás de nieblas mágicas que habían permanecido impenetrables durante diez mil años, un continente entero aguardaba ser descubierto, un lugar donde los ecos de un Dios Antiguo muerto aún resonaban en la tierra misma, donde las emociones negativas de los mortales se manifestaban como entidades de pura destrucción, y donde la guerra entre Alianza y Horda encontraría consecuencias que ninguna de las dos facciones podría haber anticipado. Las nieblas de Pandaria comenzaban a disiparse, y lo que se ocultaba detrás de ellas cambiaría el destino de Azeroth una vez más.