Antes de que existiera el tiempo, antes de que la materia adquiriera forma y la luz se separara de la oscuridad, antes de que los planos de existencia se desplegaran como los pétalos de una flor cósmica abriéndose por primera vez a la eternidad, había solamente una presencia inconmensurable que los eruditos de las eras venideras habrían de llamar el Innombrable. El Innombrable no era un dios en el sentido en que las razas mortales comprenderían a los dioses, pues no poseía voluntad en el sentido convencional, ni forma, ni deseo, ni la necesidad de ser adorado o temido que caracterizaría a las deidades menores que surgirían después de su acto primordial de creación. El Innombrable simplemente era, y en ese ser absoluto, en esa existencia que precedía a toda existencia, contenía dentro de sí la totalidad de lo que algún día llegaría a manifestarse: cada estrella que habría de arder en el firmamento, cada grano de arena que habría de descansar en las playas de mundos aún no soñados, cada alma que habría de latir con la chispa de la consciencia en los rincones más remotos de la realidad. Los teólogos de Erudin debatirían durante milenios sobre la naturaleza del Innombrable, llenando bibliotecas enteras con tratados que intentaban comprender lo incomprensible, y los chamanes de las tribus bárbaras del norte murmurarían su no-nombre junto a fogatas crepitantes con una reverencia teñida de terror, pues intuían que hablar del Innombrable era como intentar contener el océano en el cuenco de una mano. Lo único que todas las tradiciones coincidían en afirmar era esto: que del Innombrable surgió todo, y que todo, en última instancia, regresaría a él.
Del Innombrable emanaron los Planos de Poder, dimensiones de existencia pura que se cristalizaron como facetas de un diamante infinito, cada una conteniendo una fuerza fundamental del cosmos. El Plano del Fuego ardió con llamas que no necesitaban combustible, alimentadas por la esencia misma de la combustión elevada a principio cósmico. El Plano del Agua se extendió como un océano sin orillas ni fondo, donde las corrientes cantaban con voces que solo los seres de pura energía podían percibir. El Plano de la Tierra se solidificó en montañas de roca primordial cuya densidad desafiaba toda comprensión mortal, y el Plano del Aire se expandió en cielos infinitos donde los vientos soplaban con la fuerza de huracanes eternos y la suavidad de suspiros divinos al mismo tiempo. De estos planos elementales surgieron los primeros seres de poder, entidades que no eran todavía dioses pero que contenían dentro de sí el potencial para serlo. Estos Dioses del Poder, como serían conocidos, extendieron sus manos hacia los planos elementales y arrancaron de ellos porciones de materia primordial que moldearon con su voluntad, creando seres de energía semejantes a ellos mismos, seres que servirían como ojos y manos tanto para el Innombrable como para ellos mismos en el acto de dar forma al vacío. Y así, de la nada surgió algo, y de ese algo surgió todo lo demás, en una cascada de creación que se desplegó a través de dimensiones innumerables hasta que, finalmente, en algún rincón de aquella vastedad recién nacida, comenzó a tomar forma un mundo que habría de llamarse Norrath.
Pero no fueron los Dioses del Poder quienes primero posaron sus ojos sobre Norrath. Fue Veeshan, la Dragona Cristalina, señora del Plano del Cielo, la más antigua y formidable de todas las deidades que habrían de reclamar aquel mundo como suyo. Veeshan era una entidad de una magnificencia que desafiaba toda descripción mortal: su cuerpo, si es que podía llamarse cuerpo a aquella manifestación de poder puro, se extendía a través del firmamento como una constelación viviente, compuesta de cristales que refractaban la luz de estrellas aún no nacidas en arcoíris de colores que los ojos mortales no podrían haber procesado. Sus alas abarcaban horizontes enteros cuando las desplegaba, membranas de hielo estelar y diamante cósmico que brillaban con una luminosidad fría y terrible, como la belleza de un glaciar visto desde las alturas, magnífico e indiferente al mismo tiempo. Veeshan había recorrido el vacío entre los planos durante eones incalculables, buscando un mundo digno de albergar a su progenie, y cuando sus ojos cristalinos se posaron sobre Norrath, supo con la certeza absoluta de los seres primordiales que había encontrado lo que buscaba. Este mundo joven, con sus continentes aún calientes tras la fragua de la creación, con sus océanos prístinos y sus cielos vacíos esperando ser reclamados, era el lienzo perfecto para la obra maestra que Veeshan llevaba contemplando desde antes del nacimiento de las estrellas.
Con un movimiento que sacudió los cimientos mismos de la realidad, Veeshan descendió sobre el continente más meridional de Norrath, una masa de tierra que los futuros habitantes del mundo habrían de conocer como Velious. La Dragona Cristalina extendió una de sus garras colosales, una extremidad de cristal y hielo estelar que podría haber desgarrado el tejido del espacio si lo hubiera deseado, y la hundió en la superficie del continente con una fuerza que hizo temblar al mundo entero. La tierra se abrió bajo el impacto como piel rasgada por una cuchilla divina, y de las heridas brotó no sangre sino hielo primordial, un frío tan intenso y tan puro que cristalizó el aire a kilómetros de distancia y cubrió el continente entero con un manto de escarcha eterna que jamás habría de derretirse. Las garras de Veeshan dejaron surcos enormes en la faz de Velious, cicatrices en la tierra que se extenderían de horizonte a horizonte, valles de hielo y roca destrozada que los futuros cartógrafos llamarían las Garras de Veeshan en honor a su creadora. Pero aquellas heridas no eran actos de destrucción sino de reclamación: Veeshan estaba marcando su territorio con la misma ferocidad con que un depredador marca los límites de su dominio, anunciando a cualquier otro ser de poder que se atreviera a acercarse que este mundo, esta esfera de roca y agua y potencial ilimitado, le pertenecía a ella y a su estirpe. Y una vez que la marca estuvo hecha, una vez que el continente de Velious quedó grabado con el sello indeleble de la Dragona Cristalina, Veeshan depositó sobre la tierra herida los primeros huevos de dragonkind, su progenie, los seres que habrían de convertirse en la raza más antigua y poderosa de todo Norrath.
De aquellos huevos primordiales nacieron los primeros dragones, criaturas de un poder y una majestad que habrían hecho palidecer a cualquier ser mortal que hubiera tenido el privilegio y la desgracia de contemplarlas. No eran las bestias aladas relativamente modestas que los aventureros de eras posteriores enfrentarían en cavernas y montañas, sino verdaderas encarnaciones de las fuerzas elementales, cada uno asociado a un elemento diferente que definía su naturaleza y su poder. Había dragones de fuego cuyas escamas ardían con llamas perpetuas y cuyo aliento podía fundir la roca misma; dragones de hielo cuyos cuerpos cristalinos refractaban la luz en prismas deslumbrantes y cuyo soplo congelaba el aire en esculturas de escarcha; dragones de veneno cuya sola presencia marchitaba la vegetación y cuyas fauces destilaban ponzoñas capaces de corroer el acero más resistente; dragones prismáticos cuyos cuerpos cambiaban de color según su estado emocional y cuyo dominio se extendía sobre múltiples elementos a la vez. Estos primeros dragones, la Primera Nidada de Veeshan, poseían una inteligencia que rivalizaba con la de los propios dioses, y una longevidad que los hacía prácticamente inmortales. Se establecieron en Velious y desde allí extendieron su dominio sobre el mundo, volando sobre continentes que aún no tenían nombre, anidando en montañas que aún no habían sido escaladas por pie mortal alguno, contemplando un mundo virgen con ojos antiguos que ardían con el fuego de la creación misma. Esta fue la Era de las Escamas, el primer período de la historia de Norrath, y durante incontables milenios, los dragones fueron los amos indiscutidos de todo cuanto existía bajo los cielos.
Pero el dominio de Veeshan sobre Norrath no habría de pasar inadvertido para los demás seres de poder que habitaban los planos. Brell Serilis, el Duque del Submundo, señor de las profundidades y de todo lo que se esconde bajo la superficie de la tierra, fue el primero en notar que Norrath existía y que Veeshan la había reclamado. Brell era una deidad de naturaleza astuta y pragmática, un ser que prefería la planificación cuidadosa a la acción impulsiva, y que comprendía mejor que la mayoría de sus pares que el poder verdadero no residía en la fuerza bruta sino en las alianzas y los pactos. Cuando contempló a los dragones de Veeshan extendiéndose por la superficie de Norrath como una plaga de escamas y fuego, Brell no sintió miedo ni ira, sino una determinación fría y calculadora: este mundo era demasiado valioso para dejarlo en manos de una sola facción, y los dragones, por poderosos que fueran, no podrían mantener su hegemonía si se enfrentaban a razas creadas específicamente para contrarrestar su dominio. Así pues, Brell comenzó a tejer los hilos de lo que habría de convertirse en el Primer Pacto, acercándose uno por uno a los dioses que consideraba más apropiados para su plan y presentándoles una propuesta que apelaba tanto a su ambición como a su prudencia.
La Gran Madre Tunare, señora de la naturaleza y de todo lo que crece bajo la luz del sol, fue la primera en escuchar la propuesta de Brell. Tunare era una diosa de belleza infinita y compasión profunda, una entidad cuya esencia estaba entretejida con la vida misma en todas sus manifestaciones, desde el musgo más humilde que crecía en las piedras de los arroyos hasta los árboles más colosales que se alzaban como pilares verdes hacia los cielos. Cuando Brell le habló de Norrath, de sus bosques vírgenes y sus praderas intocadas, de sus ríos cristalinos y sus valles fértiles esperando ser habitados por seres que pudieran apreciar y proteger su belleza, algo se encendió en el corazón de Tunare, una llama de deseo creador que no había experimentado desde los primeros días de la existencia. Prexus, el Señor del Océano, también acudió a la convocatoria de Brell, atraído por la promesa de mares profundos e inexplorados donde podría sembrar la semilla de una nueva vida acuática. Y Rallos Zek, el Señor de la Guerra, el más belicoso y temido de los dioses menores, asistió también, aunque mantuvo su distancia del grupo, contemplando a los demás con ojos entrecerrados de desconfianza y los brazos cruzados sobre un pecho que parecía forjado en el mismo acero de las armas que portaba. Rallos Zek no confiaba en nadie, pues la confianza era una debilidad que un dios de la guerra no podía permitirse, pero incluso él reconocía el valor de lo que Brell proponía: un mundo donde crear guerreros, un campo de batalla cósmico donde la fuerza pudiera probarse contra enemigos dignos.
Y así se selló el Primer Pacto, un acuerdo entre dioses que habría de moldear el destino de Norrath para toda la eternidad. La esencia del pacto era simple en su concepción pero monumental en sus consecuencias: cada uno de los dioses participantes crearía una raza de seres mortales y los depositaría en Norrath, en un dominio específico del mundo, con el propósito declarado de vigilar a los dragones de Veeshan y mantener el equilibrio de poder en el planeta. Brell Serilis, fiel a su naturaleza subterránea, reclamó las entrañas de Norrath, los vastos sistemas de cavernas y túneles que se extendían bajo las montañas como las venas de un cuerpo colosal. Allí, en la oscuridad cálida de las profundidades, Brell moldeó a los Enanos a su propia imagen: seres rechonchos y robustos, de piernas cortas y brazos poderosos, con barbas espesas como raíces de roble y ojos que brillaban en la penumbra con la determinación inquebrantable de la roca misma. Los dotó de una resistencia sobrenatural, de una habilidad innata para trabajar la piedra y el metal, y de un espíritu tenaz que no conocía la rendición. Los Enanos despertaron en las entrañas de la tierra y, sin necesidad de que nadie les enseñara, supieron que aquel era su hogar, que la roca era su madre y el mineral su sustento, y que su deber era proteger las profundidades de cualquier amenaza que osara descender a su dominio.
Tunare, la Gran Madre, eligió la superficie del mundo para depositar a su creación, pues era en los bosques y las praderas iluminadas por el sol donde la vida florecía con mayor esplendor. Con un cuidado y un amor que solo una diosa de la naturaleza podía sentir por sus criaturas, Tunare dio forma a los Elfos, seres de una gracia y una belleza que habrían hecho llorar a las estrellas mismas si las estrellas hubieran tenido la capacidad de percibir la perfección. Los Elfos eran altos y esbeltos, con cuerpos que se movían con la fluidez del agua y la elegancia del viento entre las hojas, con rostros de rasgos finos donde brillaban ojos almendrados de colores que iban desde el verde más profundo del bosque hasta el azul más claro del cielo de verano. Su piel era pálida como la luz de la luna filtrada entre las copas de los árboles, y sus oídos se afilaban en puntas delicadas que captaban los susurros más tenues de la naturaleza, desde el crujido de una hoja cayendo sobre el musgo hasta el latido del corazón de un ciervo dormido a cien pasos de distancia. Tunare los colocó en los grandes bosques de Norrath, en una tierra de una fertilidad casi mágica que los Elfos llamarían Takish-Hiz, y allí construyeron la primera civilización élfica, una cultura de sabiduría, arte y armonía con la naturaleza que perduraría durante milenios y que establecería el modelo de lo que significaba ser hijo de Tunare.
Rallos Zek, el Señor de la Guerra, no compartía la delicadeza ni la paciencia de sus aliados. Para Rallos, la creación no era un acto de amor sino de poder, y los seres que depositara en Norrath no serían custodios contemplativos sino guerreros capaces de enfrentar a los dragones en combate directo. Con manos que habían forjado armas desde antes del nacimiento de las estrellas, Rallos Zek moldeó a los Gigantes, seres de una estatura y una fuerza descomunales que se alzaban como torres vivientes sobre el paisaje de Norrath. Los colocó en las regiones montañosas del mundo, donde las cumbres se perdían entre las nubes y el aire era tan cortante como el filo de una espada, y los Gigantes se sintieron inmediatamente en su elemento, escalando picos que habrían sido inaccesibles para cualquier otra criatura y estableciendo fortalezas de roca en las alturas desde las cuales podían vigilar el mundo que se extendía a sus pies. Los Gigantes de aquella primera era no eran las criaturas embrutecidas y torpes que los aventureros de tiempos posteriores encontrarían vagando por las montañas: eran seres de una inteligencia aguda y una disciplina militar que habría puesto en vergüenza a los ejércitos más organizados del futuro, guerreros-pensadores que combinaban la fuerza bruta con la estrategia táctica, exactamente como Rallos Zek los había diseñado. Prexus, el Señor del Océano, completó el Primer Pacto creando a los Kedge, seres acuáticos de gran poder mental que depositó en las profundidades abisales de los mares de Norrath. Los Kedge eran criaturas de apariencia pisciforme pero de inteligencia formidable, dotados de capacidades telepáticas y telequinéticas que los convertían en los vigilantes perfectos de los dominios oceánicos, guardianes silenciosos de un reino que ni los dragones se atrevían a reclamar.
Pero el Primer Pacto, por ambicioso que fuera, no satisfizo la sed creadora de todos los dioses que observaban Norrath desde sus respectivos planos. Poco después de que las primeras razas comenzaran a extenderse por el mundo, una segunda oleada de deidades llegó a las costas metafísicas de Norrath, atraídas por la promesa de un mundo donde dejar su marca. Fizzlethorpe Bristlebane, el Rey de los Ladrones y señor de la travesura, fue el primero de estos recién llegados, un dios de naturaleza juguetona y astuta cuya sonrisa perpetua ocultaba una inteligencia tan afilada como la daga más fina. Bristlebane se presentó ante Brell Serilis con una propuesta que el Duque del Submundo no pudo resistir: un segundo pacto, una nueva alianza que permitiría la creación de más razas y, no tan incidentalmente, le daría a Brell la excusa perfecta para poblar Norrath con una segunda creación propia. A este Segundo Pacto se unió también Cazic-Thule, el Sin Rostro, el Señor del Miedo, una deidad cuya sola presencia hacía temblar a los demás dioses, una entidad envuelta en sombras y terror cuya verdadera forma, si es que poseía una, era tan espantosa que contemplarla significaba la locura instantánea para cualquier mente mortal. Los tres sellaron su acuerdo y procedieron a crear nuevas razas que habrían de alterar para siempre el equilibrio de Norrath.
Bristlebane, con la creatividad irreverente que lo caracterizaba, dio forma a los Halflings, seres pequeños de cuerpo pero enormes de corazón, criaturas de pies grandes y apetitos mayores cuya apariencia anodina ocultaba una astucia y una suerte que rayaban en lo sobrenatural. Los Halflings eran la antítesis de los guerreros y los conquistadores: preferían una buena comida a una buena batalla, una broma bien ejecutada a un hechizo bien lanzado, y la comodidad de un hogar cálido a la gloria de un campo de guerra. Bristlebane los colocó en un rincón apartado y fértil de Norrath, un valle verde y apacible que los pequeños seres bautizarían como Rivervale, y allí los Halflings construyeron una civilización basada en los placeres simples de la vida: la agricultura, la cerveza, las historias contadas junto al fuego y el arte refinado de no meterse en problemas ajenos, o al menos de salir de ellos con gracia cuando inevitablemente se metían. Brell Serilis, aprovechando la oportunidad que el Segundo Pacto le brindaba, creó a los Gnomos, seres diminutos de una curiosidad insaciable y una capacidad inventiva que bordeaba la genialidad y la locura en proporciones iguales. Los Gnomos heredaron de Brell su afinidad por las profundidades, pero donde los Enanos trabajaban la piedra y el metal con la paciencia del artesano, los Gnomos los transformaban en mecanismos de una complejidad asombrosa, artefactos de engranajes y vapor que desafiaban las leyes de la física y que, con alarmante frecuencia, explotaban de maneras espectaculares antes de funcionar correctamente. Cazic-Thule, fiel a su naturaleza de horror puro, engendró razas que reflejaban los aspectos más oscuros de la creación: los Trolls, seres de una fealdad grotesca y una capacidad regenerativa que los hacía casi imposibles de matar, criaturas de hambre insaciable y crueldad instintiva que Cazic-Thule depositó en los pantanos más pestilentes de Norrath; y los Hombres Lagarto, seres reptilianos de sangre fría tanto literal como figurativamente, que se arrastraron por las junglas y los humedales con la devoción ciega de esclavos hacia su amo, pues en cada escama de su cuerpo llevaban grabado el miedo que Cazic-Thule les había insuflado como soplo de vida.
Fue entonces cuando Innoruuk, el Príncipe del Odio, cometió el acto que habría de definir una de las tragedias más profundas en la historia de Norrath, un crimen contra la creación misma que resonaría a través de las eras como un grito de dolor que nunca termina de apagarse. Innoruuk no había sido invitado a participar en ninguno de los pactos, pues los demás dioses conocían su naturaleza: el Odio no pacta, no coopera, no comparte. Innoruuk existía para corromper, para destruir la belleza y reemplazarla con horror, para tomar lo que era puro y retorcerlo hasta que gritara. Y fue exactamente eso lo que hizo. Consumido por la envidia y el rencor hacia los dioses que habían creado razas sin consultarle, Innoruuk dirigió su mirada hacia la creación más hermosa de todas, la obra maestra de Tunare: los Elfos. Con una astucia que solo el Odio encarnado podía concebir, Innoruuk esperó el momento propicio y luego descendió sobre Norrath como una sombra que devora la luz, y del corazón mismo de la civilización élfica arrancó a sus dos seres más preciados: el primer Rey y la primera Reina de los Elfos, los gobernantes amados de Takish-Hiz, los padres simbólicos de toda una raza. Los arrancó de sus tronos como quien arranca flores de un jardín, con violencia y con deleite, y los arrastró a través del velo entre los planos hasta las profundidades de su dominio, el Plano del Odio, un lugar de tormento infinito donde el sufrimiento no era simplemente una experiencia sino la sustancia misma de la realidad.
Lo que Innoruuk hizo con el Rey y la Reina Elfos durante los tres siglos que los mantuvo cautivos en su plano es algo que los historiadores de Norrath apenas se atreven a describir, pues el horror de aquella tortura trasciende los límites de lo que la mente mortal puede concebir sin quebrarse. Durante trescientos años, el Príncipe del Odio desgarró sus cuerpos y sus almas, descomponiéndolos hasta sus elementos más básicos y reconstruyéndolos una y otra vez, cada vez más lejos de lo que habían sido, cada vez más cerca de lo que Innoruuk quería que fueran. Les arrancó la gracia que Tunare les había otorgado y la reemplazó con una elegancia cruel y afilada como una cuchilla. Les arrancó la compasión y la llenó con odio puro, destilado, absoluto. Les arrancó el amor por la naturaleza y lo sustituyó por un desprecio helado hacia todo lo que vivía bajo la luz del sol. Les oscureció la piel hasta que adquirió el tono de la ceniza y la noche, les afiló los rasgos hasta que sus rostros se convirtieron en máscaras de belleza terrible y crueldad refinada, y les implantó en el alma una devoción inquebrantable hacia su torturador, hacia Innoruuk mismo, una devoción que no era amor sino la forma más pura de esclavitud espiritual. Cuando finalmente los liberó, cuando al cabo de tres siglos de tormento Innoruuk consideró que su obra estaba completa, lo que emergió del Plano del Odio ya no eran Elfos. Eran los Teir'Dal, los Elfos del Abismo, los Elfos Oscuros, una raza nueva nacida del sufrimiento y el odio que llamaría padre a Innoruuk y que llevaría en su sangre la maldición de su creación como un veneno que nunca se diluye. Los Teir'Dal descendieron a las entrañas de Norrath y allí construyeron Neriak, una ciudad de oscuridad y malicia que sería el espejo invertido de todo lo que Takish-Hiz representaba, la antítesis perfecta de la luz élfica, un monumento al odio erigido en las profundidades del mundo como un puño cerrado contra los cielos.
Los últimos en dejar su marca sobre las razas de Norrath fueron los gemelos Marr, Mithaniel y Erollisi, el dios del Valor y la diosa del Amor, dos deidades cuya conexión era tan profunda que resultaba imposible hablar de uno sin mencionar al otro. Los gemelos contemplaron el mundo que sus pares habían poblado con tantas razas diferentes, con tantas ambiciones y temores, con tanta belleza y tanto horror, y sintieron que faltaba algo: una raza que encarnara no el extremo de ninguna cualidad sino el equilibrio entre todas, una raza que fuera capaz tanto de la guerra como de la paz, tanto de la crueldad como de la compasión, una raza cuyo destino no estuviera predeterminado por la naturaleza de su creador sino que fuera verdaderamente libre de elegir su propio camino. Y así, con el amor de Erollisi y el coraje de Mithaniel entretejidos como hilos de oro y plata en un mismo tapiz, los gemelos crearon a los Bárbaros, seres de una robustez formidable y un corazón noble, hombres y mujeres de cuerpos tallados por el frío y curtidos por el viento, con cabellos del color de la paja de invierno y ojos azules como los glaciares del norte. Los Bárbaros fueron depositados en las tierras heladas de Norrath, en una región de tundras y montañas nevadas donde el frío era tan intenso que habría matado a cualquier otra raza en cuestión de horas, pero que para los hijos de los Marr era simplemente el hogar. Allí construirían Halas, una ciudad de hielo y madera que desafiaba a los elementos con la misma tenacidad que sus habitantes desafiaban a cualquier enemigo que se atreviera a cruzar sus puertas. Y de los Bárbaros, con el paso de incontables generaciones, evolucionarían los Humanos, la raza más adaptable y numerosa de todo Norrath, destinada a extenderse por cada rincón del mundo y a desempeñar un papel central en cada capítulo de su historia.
Así fue como Norrath pasó de ser un mundo virgen, una esfera de roca y agua girando en el vacío con la indiferencia de lo inanimado, a convertirse en un tapiz viviente de razas, culturas y conflictos que habrían de tejerse y destejerse a lo largo de eras innumerables. Los dragones de Veeshan contemplaban desde sus cumbres heladas cómo los hijos de los dioses menores se multiplicaban y se extendían por la superficie de su mundo, y sentían algo que nunca antes habían experimentado: la inquietud de quien ve su dominio amenazado no por un enemigo singular y poderoso, sino por una multitud de seres pequeños cuya debilidad individual era compensada por una diversidad y una tenacidad colectiva que los hacía impredecibles. Los Enanos excavaban cada vez más profundo bajo las montañas, descubriendo vetas de metales que ni siquiera Brell había imaginado. Los Elfos extendían sus bosques y sus ciudades de mármol blanco con la paciencia infinita de los inmortales. Los Gigantes patrullaban las cumbres con la disciplina implacable de soldados nacidos para la guerra. Los Kedge exploraban abismos oceánicos donde la presión habría aplastado a cualquier otra criatura. Los Halflings reían y comían y prosperaban en su valle escondido. Los Gnomos inventaban y explotaban y volvían a inventar con una perseverancia que habría sido admirable si no hubiera sido tan peligrosa. Los Trolls acechaban en los pantanos. Los Hombres Lagarto se multiplicaban en las junglas. Los Teir'Dal conspiraban en las profundidades de Neriak. Y los Bárbaros resistían el frío del norte con una sonrisa en los labios y un hacha en la mano, sin saber que eran los ancestros de una raza que habría de dominar el mundo.
La creación de Norrath no fue un acto único sino un proceso, una sinfonía compuesta por múltiples manos divinas que no siempre tocaban en armonía. Los dioses habían sembrado las semillas de la vida en un mundo que ya estaba reclamado por la raza más antigua y poderosa de todas, y esa contradicción fundamental, esa tensión entre lo antiguo y lo nuevo, entre los dragones primordiales y las razas mortales, habría de definir la historia de Norrath durante las eras venideras. Cada raza creada era un desafío implícito a la supremacía de Veeshan, cada ciudad construida era un acto de rebeldía contra el orden establecido por las Garras que habían marcado Velious, y cada generación que nacía y moría y era sucedida por otra era un recordatorio de que el mundo había cambiado irrevocablemente, de que la Era de las Escamas había terminado y que algo nuevo, algo caótico, algo maravillosamente impredecible había comenzado. Los propios dioses, satisfechos por el momento con su obra, se retiraron a sus planos para observar cómo se desarrollaba el drama que habían puesto en marcha, interviniendo solo cuando sus intereses lo requerían, moviendo las piezas del tablero cósmico con la despreocupación de quienes saben que la partida es eterna. Y Norrath, el mundo herido por garras divinas y bendecido por manos creadoras, continuó girando en el vacío, cargando sobre su superficie el peso de tantas razas, tantos dioses, tantas historias que aún estaban por escribirse, como un libro cuyas primeras páginas habían sido redactadas en sangre y en luz, en amor y en odio, en el fuego de la creación y en el hielo de la eternidad.