Venat tomó su decisión en el silencio de una noche que ya no era noche, porque el cielo de Etheirys había perdido su ritmo natural bajo la sombra protectora de Zodiark, que pendía sobre el mundo como una luna de oscuridad consciente, alterando las mareas del éter y los ciclos de la luz con su presencia omnipotente. Estaba sola en una de las terrazas superiores de Amaurot, una de las pocas que aún se mantenían intactas tras los Días Finales, y desde allí podía contemplar la ciudad que una vez había sido el corazón palpitante de la civilización más gloriosa que el cosmos había conocido. Ahora Amaurot era una sombra de sí misma, literal y metafóricamente: la mitad de sus torres se habían derrumbado durante el caos, y las que permanecían en pie lo hacían con una rigidez que parecía más obstinación que fortaleza, como ancianos que se niegan a sentarse porque saben que si lo hacen no volverán a levantarse. Las calles estaban vacías. Los jardines que una vez cantaban con flores de éter habían enmudecido. Las fuentes de luz líquida se habían secado o fluían con un brillo apagado que evocaba la melancolía de un atardecer perpetuo. Venat contempló todo aquello con unos ojos que habían visto demasiado y que, sin embargo, se negaban a cerrarse ante lo que aún quedaba por ver, y en el fondo de su alma, en ese lugar donde la convicción se forja a partir del sufrimiento y la reflexión, supo que lo que estaba a punto de hacer destruiría todo lo que amaba para salvar algo que aún no existía pero que merecía existir.
La decisión de invocar a Hydaelyn no fue un capricho ni un arrebato, sino la conclusión lógica y agónica de un proceso de reflexión que había consumido a Venat durante cada instante transcurrido desde el primer sacrificio. Había sopesado cada argumento, cada contraargumento, cada posible consecuencia con la meticulosidad de una mente inmortal que disponía de eones de experiencia y una inteligencia que superaba la de casi cualquier otro ser en Etheirys. Había intentado encontrar otra solución, una que no requiriera la violencia que estaba contemplando, una que permitiera tanto la restauración de los sacrificados como la protección de las vidas futuras. Pero cada camino alternativo conducía al mismo callejón sin salida: mientras Zodiark existiera, la Convocatoria tendría el poder y la motivación para sacrificar nuevas formas de vida en un ciclo interminable de muerte y resurrección que convertiría a Etheirys en un matadero cósmico. Zodiark no era solo un escudo; era una promesa, la promesa de que los muertos podrían regresar si se pagaba el precio adecuado, y esa promesa era más peligrosa que cualquier amenaza externa, porque transformaba el amor y el duelo de los supervivientes en combustible para la perpetuación del sacrificio. Para romper ese ciclo, para liberar a Etheirys de la tiranía de un dios creado por la desesperación, Venat necesitaba una fuerza equivalente, un contrapeso divino que pudiera enfrentarse a Zodiark y, si era necesario, destruirlo. Necesitaba invocar su propia deidad. Necesitaba convertirse en ella.
Los seguidores de Venat eran menos numerosos que los partidarios de la Convocatoria, pero su convicción no era menos feroz. Se reunieron en secreto en los niveles inferiores de Amaurot, en cámaras que una vez habían servido como talleres de creación y que ahora acogían a los disidentes con la discreción de catacumbas. Eran Antiguos de todas las procedencias y todas las especialidades: creadores cuyas obras habían sido destruidas durante los Días Finales y que se negaban a ver nuevas creaciones sacrificadas; filósofos que habían dedicado sus existencias inmortales a reflexionar sobre la ética de la creación y que no podían aceptar que la creación se convirtiera en un instrumento de muerte; sanadores que habían presenciado el sufrimiento de las transformaciones y que sabían, con la certeza visceral de quienes han tocado el dolor, que ningún fin justificaba la perpetuación del sufrimiento. Venat les habló con la honestidad brutal de quien no tiene tiempo para los eufemismos ni la energía para las medias verdades. Les explicó lo que planeaba hacer: invocar una entidad de poder comparable a Zodiark, alimentada por el éter de quienes se ofrecieran voluntariamente, una entidad que ella misma encabezaría, cuya voluntad sería la suya, cuyo propósito sería contener a Zodiark y, si la Convocatoria insistía en su plan de sacrificar vidas inocentes, destruirlo. Les explicó también lo que eso significaba: el éter que ofrecieran sería consumido, sus cuerpos se disolverían, sus consciencias individuales se fundirían en la entidad que ella habría de encarnar. No habría regreso. No habría resurrección. Les estaba pidiendo la misma muerte que la Convocatoria había pedido a los suyos, con la diferencia de que el propósito era opuesto: no crear un dios hambriento, sino un guardián que protegiera el derecho a la vida de los que aún no habían nacido.
El ritual se llevó a cabo en las profundidades de Etheirys, lejos de los ojos de la Convocatoria, en una caverna natural que se abría en las entrañas del planeta como el útero de la tierra misma. El lugar no había sido elegido por casualidad: las corrientes de éter eran más puras allí que en cualquier otro punto de la superficie, corrientes primordiales que no habían sido tocadas por la corrupción de los Días Finales ni por la influencia de Zodiark, corrientes que fluían directamente desde el corazón del planeta y que contenían la esencia misma de lo que Etheirys había sido antes de que la desesperación lo envenenara todo. Los seguidores de Venat se dispusieron en un círculo amplio, sus túnicas rozando el suelo de roca oscura, sus máscaras reflejando la luz tenue del éter que pulsaba en las paredes como venas luminosas. Venat se colocó en el centro, y por primera vez en lo que sus compañeros podían recordar, se quitó la máscara. Su rostro, revelado al fin, era de una belleza serena y triste que hizo que varios de los presentes contuvieran un sollozo que no sabían que les nacía. Tenía los ojos claros, de un azul que evocaba el cielo de Etheirys antes de que Zodiark lo oscureciera, y en ellos había una determinación que no dejaba espacio para la duda pero que convivía con un dolor tan profundo que resultaba casi tangible, como si su alma estuviera sangrando a través de sus pupilas. Cuando habló, su voz resonó en la caverna con una claridad que superaba la acústica natural del lugar, como si el éter mismo amplificara sus palabras.
Lo que siguió fue un eco del ritual que había dado vida a Zodiark, pero imbuido de una intención fundamentalmente diferente. Donde los invocadores de Zodiark habían actuado desde la desesperación y el deseo de restaurar lo perdido, los seguidores de Venat actuaban desde la esperanza y el compromiso de proteger lo que aún no existía. El éter de los voluntarios comenzó a fluir hacia Venat, no arrancado a la fuerza sino entregado con una generosidad que desafiaba la comprensión, y ella lo recibió no como una conquista sino como un regalo, absorbiendo cada alma con una reverencia que honraba la individualidad de cada persona que se disolvía en su interior. La caverna se llenó de una luz que era lo opuesto a la oscuridad benigna de Zodiark: una luminosidad cálida y cristalina, de un blanco azulado que evocaba el amanecer y las aguas profundas y la primera estrella del crepúsculo. El cuerpo de Venat comenzó a cambiar, a expandirse más allá de los límites de la forma física, su consciencia extendiéndose como las raíces de un árbol cósmico hasta abarcar la caverna entera, luego la roca que la rodeaba, luego la tierra misma de Etheirys. Su nombre se transformó junto con ella: ya no era Venat la Antigua, la disidente, la exmiembro de la Convocatoria. Era Hydaelyn, la Madre Cristal, la guardiana de la vida, y su primer acto como divinidad fue alzar su voz contra la oscuridad que Zodiark había tendido sobre el mundo.
El enfrentamiento entre Hydaelyn y Zodiark fue un cataclismo que trascendió las categorías del poder tal como los Antiguos lo entendían. No fue una batalla de hechizos ni de espadas, no hubo movimientos tácticos ni estrategias militares: fue la colisión de dos voluntades divinas, dos fuerzas de magnitud cósmica que encarnaban visiones opuestas del destino de Etheirys. Zodiark, alimentado por el sacrificio de las tres cuartas partes de la raza de los Antiguos, era una presencia de oscuridad protectora, un escudo forjado con las almas de los que habían dado todo por salvar a su mundo. Hydaelyn, alimentada por la convicción de los disidentes y la voluntad indomable de Venat, era una fuerza de luz renovadora, un faro que se negaba a aceptar que la salvación tuviera que construirse sobre el sacrificio de los inocentes. Cuando chocaron, el éter de Etheirys se convulsionó como el mar en una tormenta, y las ondas de su conflicto reverberaron a través de dimensiones que los Antiguos ni siquiera sabían que existían. Las torres de Amaurot que aún se mantenían en pie se desmoronaron finalmente, y los pocos habitantes que quedaban en la ciudad corrieron hacia los espacios abiertos mientras el suelo se abría bajo sus pies y el cielo se fracturaba en líneas de luz y oscuridad que se entrecruzaban como las grietas en un espejo. La Convocatoria intentó intervenir, intentó canalizar el poder de Zodiark contra Hydaelyn, pero el conflicto había alcanzado una escala que excedía incluso la capacidad de los Catorce: estaban presenciando la muerte de su mundo, la agonía de todo lo que habían conocido, y no podían hacer nada para detenerla.
Hydaelyn golpeó. No con la intención de destruir a Zodiark, sino con la intención de hacer algo que ningún ser, mortal o inmortal, había imaginado jamás: dividir la realidad misma. El golpe de Hydaelyn no fue un acto de violencia sino de cirugía cósmica, una incisión en el tejido del ser que cortó no solo a Zodiark sino al mundo que lo contenía, no solo al mundo sino al concepto mismo de mundo, fracturando la unicidad de Etheirys en fragmentos múltiples que se separaron como los pedazos de un cristal roto que cae en cámara lenta a través de un vacío infinito. La Fractura, como sería recordada por quienes llegarían a comprender lo que había sucedido, fue el evento más catastrófico y más transformador de la historia de la existencia. El mundo único de Etheirys se dividió en catorce fragmentos: uno central, que conservaría el nombre de la Fuente y la mayor parte de la sustancia original, y trece reflejos, trece copias imperfectas que existirían en planos paralelos, cada una una versión ligeramente distorsionada de la realidad original, como los reflejos en un espejo roto que muestran partes del mismo rostro pero nunca el rostro completo. La Fuente y sus trece Reflejos se separaron por barreras dimensionales que los Antiguos nunca podrían cruzar, y en cada uno de ellos, los fragmentos de Zodiark quedaron atrapados, su poder dividido entre catorce realidades, demasiado disperso para amenazar a nadie pero también demasiado disperso para proteger a nadie.
Las consecuencias de la Fractura fueron tan vastas y tan profundas que resulta casi imposible describirlas con el lenguaje de una sola realidad. Los Antiguos, aquellos seres inmortales cuyas almas eran tan vastas que contenían mundos enteros de experiencia y poder, fueron fracturados junto con su mundo. Cada alma de Antiguo se dividió en catorce fragmentos, uno por cada reflejo y la Fuente, y cada fragmento se convirtió en un ser nuevo, un ser que contenía apenas una fracción del poder y la memoria del original. Estos seres fracturados nacieron en sus respectivos mundos sin recuerdo de lo que habían sido, sin conocimiento de la civilización perdida de Amaurot, sin la capacidad de creación que había definido a sus ancestros. Eran mortales, en el sentido más completo y más cruel de la palabra: nacían, envejecían, morían, y sus vidas, medidas contra la eternidad de los Antiguos, eran como el parpadeo de una vela en la oscuridad. La magia de la creación, esa capacidad de dar forma a la realidad con el poder de la voluntad, se diluyó hasta convertirse en las artes arcanas limitadas e imperfectas que las razas futuras practicarían con esfuerzo y talento pero sin la facilidad natural de los que las habían inventado. Los Hyur, los Elezen, los Lalafell, los Roegadyn, los Miqo'te, los Au Ra, los Viera, los Hrothgar: todas las razas que poblarían la Fuente y sus reflejos no eran sino fragmentos de los Antiguos, sombras de sombras, ecos de voces que una vez habían cantado sinfonías de creación y que ahora apenas podían susurrar melodías simples.
Pero no todos los Antiguos fueron fracturados. Tres miembros de la Convocatoria sobrevivieron a la Fractura con sus almas intactas, completas, no divididas: Emet-Selch, Lahabrea y Elidibus. Estos tres, que llegarían a ser conocidos como los Ascianos No Fracturados, conservaron todo lo que los demás habían perdido: sus memorias de Amaurot, su poder de creación, su inmortalidad, su capacidad de moverse entre la Fuente y los Reflejos cruzando las barreras dimensionales que aprisionaban a los seres menores. Y lo que es más importante, conservaron su dolor. Hades, Emet-Selch, despertó en un mundo fracturado y contempló con sus ojos de ámbar la devastación de todo lo que había amado. La ciudad de Amaurot ya no existía, no como la había conocido. El cielo ya no tenía el color correcto. Las criaturas que caminaban por la tierra eran pálidas imitaciones de los Antiguos, seres diminutos y frágiles cuyas almas eran tan tenues que apenas registraban en su percepción, como velas comparadas con el sol que sus predecesores habían sido. Hades los miró y no vio personas: vio fragmentos, pedazos rotos de almas que él reconocía, restos de compañeros y amigos y creadores cuyas obras aún recordaba con la precisión dolorosa de su memoria infalible. Y en su corazón de Antiguo no fracturado, en ese órgano emocional que había latido durante eones y que ahora latía en un mundo que no merecía contenerlo, nació una resolución tan dura como el cristal y tan fría como el espacio entre las estrellas: restauraría lo que se había perdido. Reuniría los fragmentos. Revertiría la Fractura. Devolvería a los Antiguos su mundo, costara lo que costara, llevara el tiempo que llevara.
Lahabrea compartía la resolución de Hades pero la expresaba con una intensidad que bordeaba la locura. El Orador, aquel cuya retórica había movido a naciones y cuya pasión había encendido los debates más memorables de la Convocatoria, se encontró en un mundo que no tenía oídos para sus palabras, un mundo de mortales que no podían comprender la magnitud de lo que habían perdido porque nunca lo habían poseído. Su frustración se convirtió en desprecio, su desprecio en fanatismo, y con el paso de los siglos, los milenios, las eras, la persona que Lahabrea había sido se erosionó bajo el peso de una misión que no admitía descanso ni compasión. Comenzó a manipular las civilizaciones mortales como un titiritero manipula marionetas, sembrando discordia, alimentando conflictos, buscando siempre la oportunidad de provocar catástrofes de escala suficiente como para debilitar las barreras entre la Fuente y los Reflejos. Porque esa era la clave, el mecanismo que los Ascianos descubrieron para revertir la Fractura: si un Reflejo era destruido, si la realidad de uno de los trece mundos paralelos se colapsaba sobre sí misma, el éter de ese mundo y de las almas que lo habitaban fluiría de regreso a la Fuente, reuniéndose con sus contrapartes y restaurando, fragmento a fragmento, la totalidad del mundo original. Cada destrucción de un Reflejo era una Reunión, un paso más hacia la restauración de Etheirys, y cada Reunión requería una Calamidad en la Fuente, un desastre de proporción apocalíptica que abriera la brecha dimensional necesaria para que el éter del Reflejo destruido pudiera fluir a través de ella.
Elidibus eligió un camino diferente, aunque convergente. El Mediador, que siempre había sido el más equilibrado de los tres, el más comprometido con la imparcialidad y la búsqueda del bien común, se impuso a sí mismo la misión de ser el guardián del propósito: asegurarse de que la causa de los Ascianos no se desviara, de que los medios no eclipsaran los fines, de que la desesperación y la amargura que consumían a Lahabrea y que amenazaban con consumir a Hades no corrompieran la nobleza original de su objetivo. Con el tiempo, Elidibus asumió el rol de emisario, moviéndose entre los mundos como un fantasma de túnica blanca, contactando a los mortales que podían servir a la causa, manipulando eventos con una sutileza que contrastaba con la brutalidad de Lahabrea. Pero el peso de los milenios también hizo mella en él, de una manera distinta pero igualmente trágica: a medida que las eras pasaban, Elidibus comenzó a olvidar. No los hechos ni los planes, sino las emociones que los motivaban. Recordaba que debía restaurar el mundo, pero cada vez le costaba más recordar por qué. Recordaba los nombres de los Antiguos que habían sido sacrificados, pero las caras detrás de las máscaras se difuminaban en su memoria como pintura bajo la lluvia. Se convirtió en una máquina de propósito, un ser que actuaba por inercia de una convicción que ya no sentía sino que meramente ejecutaba, y esa tragedia silenciosa, esa erosión del alma del Mediador, era quizá el síntoma más elocuente de lo que la Fractura le había hecho a los que habían sobrevivido a ella.
Los tres Ascianos No Fracturados comenzaron su labor con la paciencia que solo la inmortalidad puede conferir. Observaron cómo las razas mortales surgían en la Fuente y en los Reflejos, cómo construían sus primeras aldeas, cómo descubrían el fuego y la magia, cómo formaban sus primeras naciones y libraban sus primeras guerras. Hades, con su memoria perfecta, podía reconocer en cada mortal el fragmento del Antiguo del que descendía, podía ver en los ojos de un niño Hyur el eco de un creador cuyas obras habían adornado los salones de Amaurot, podía percibir en la risa de una niña Miqo'te la resonancia lejana de un alma que una vez había compuesto sinfonías de éter que hacían llorar a los dioses. Era un don terrible, porque lo obligaba a enfrentarse constantemente con la realidad de la pérdida, a ver en cada rostro mortal el fantasma de alguien que había conocido y amado en una vida anterior al desastre. Y sin embargo, ese dolor era también su combustible, la llama que alimentaba su determinación a través de las eras: cada fragmento de alma que reconocía era un recordatorio de lo que debía ser restaurado, una pieza del rompecabezas cósmico que él y sus compañeros estaban empeñados en recomponer, aunque el precio fuera medido en civilizaciones destruidas y millones de vidas mortales sacrificadas en las Calamidades que orquestarían a lo largo de los milenios.
La primera Reunión fue la del Decimotercer Reflejo, y sirvió como una lección brutal sobre los peligros de su propio plan. Los Ascianos manipularon las fuerzas de ese mundo para desequilibrar el balance entre la Luz y la Oscuridad, dos aspectos fundamentales del éter que mantenían la estabilidad de cada Reflejo. Pero el desequilibrio fue demasiado extremo, la Oscuridad demasiado total, y en lugar de simplemente colapsar y reunirse con la Fuente, el Decimotercer Reflejo se corrompió más allá de toda recuperación, convirtiéndose en un abismo de tinieblas que llegaría a ser conocido como el Mundo de la Oscuridad, un vacío hambriento donde criaturas de sombra vagaban eternamente, consumidas por una nada que no era ni vida ni muerte sino algo peor que ambas. La Reunión falló. El éter del Decimotercer no regresó a la Fuente. Y los Ascianos aprendieron, con la amargura de un fracaso que les costó uno de sus preciosos trece intentos, que el proceso requería un equilibrio delicado: suficiente desequilibrio para colapsar el Reflejo, pero no tanto como para corromperlo irreparablemente. Las Reuniones subsiguientes fueron más cuidadosas, más calculadas, cada una orquestada con una precisión que requería siglos de preparación: sembrar las semillas de la discordia, alimentar los conflictos, manipular a los líderes mortales para que tomaran las decisiones que conducirían a la Calamidad necesaria. Y así, una a una, siete Reuniones fueron completadas a lo largo de las eras, siete Reflejos fueron destruidos y reabsorbidos por la Fuente, siete Calamidades asolaron el mundo mortal y fueron recordadas como las Eras Umbrales que puntuaban la historia de Eorzea.
Mientras los Ascianos tejían su conspiración a través de los milenios, Hydaelyn permanecía como una presencia silenciosa, una guardiana que observaba desde la dimensión entre dimensiones, su consciencia extendida a través de los catorce fragmentos del mundo que ella misma había creado. Venat, la mujer que había sido, existía aún dentro de la divinidad, una voz y una voluntad que guiaban las acciones de la Madre Cristal con la misma ética que había motivado su decisión original. Hydaelyn no podía detener a los Ascianos directamente, no sin arriesgarse a un nuevo enfrentamiento con Zodiark que podría destruir lo que quedaba de la realidad, pero podía actuar a través de sus elegidos, mortales de almas excepcionalmente fuertes a quienes otorgaba la Bendición de la Luz, un fragmento de su poder que les confería la capacidad de enfrentarse a las fuerzas de la oscuridad que los Ascianos desataban en cada Calamidad. Estos elegidos, que las leyendas mortales conocerían como los Guerreros de la Luz, eran la última línea de defensa del mundo fracturado, la esperanza que Venat había sembrado en la tierra rota de Etheirys como un jardinero que planta semillas en un campo arrasado por el fuego, confiando en que la vida encontrará siempre la manera de abrirse paso. Y en esa confianza, en esa fe en la capacidad de los mortales para superar las pruebas que el destino les impondría, residía la herencia más valiosa de los Antiguos: no su poder de creación, no su magia inigualable, sino su convicción de que la existencia, con todo su sufrimiento y toda su imperfección, valía la pena ser vivida.
Así nació el mundo que las razas mortales conocerían como suyo, un mundo que no era sino un fragmento de algo mucho mayor, un cristal roto entre cristales rotos, una nota aislada de una sinfonía que se había interrumpido antes de llegar al clímax. Los mortales construirían sus civilizaciones sobre las ruinas invisibles de Amaurot, levantarían sus templos sobre los cimientos olvidados de una cultura que los superaba en todo salvo en una cosa: la capacidad de vivir con la conciencia de la mortalidad, de crear sabiendo que sus obras no durarían para siempre, de amar sabiendo que la pérdida era inevitable. Y en esa capacidad, en esa fragilidad que los Antiguos nunca habían conocido y que Venat había elegido proteger con su sacrificio divino, latía algo que ni Hades con toda su memoria ni Lahabrea con toda su pasión ni Elidibus con todo su propósito podían comprender desde sus pedestales de inmortalidad: la belleza efímera de una vida que sabe que tiene un final, y que por eso mismo busca llenar cada instante con todo el significado que puede sostener. La Fractura había roto el mundo, pero también había creado algo nuevo, algo que no habría podido existir en el paraíso perfecto de los Antiguos: la capacidad de crecer a través del sufrimiento, de encontrar propósito en la lucha, de forjar lazos que brillaban más intensamente precisamente porque eran temporales. Y esa chispa, esa pequeña llama de humanidad que ardía en el corazón de cada ser mortal, sería lo que eventualmente enfrentaría a la oscuridad de los Ascianos y definiría el destino final de todos los fragmentos de Etheirys.