Final Fantasy XIV

Capitulo 4 de 20

El Imperio Allagano

Miles de años después de la Fractura, cuando la memoria de los Antiguos se había disuelto en el olvido como la niebla matinal bajo el sol, cuando las razas mortales habían poblado la Fuente con sus ciudades imperfectas y sus sueños limitados, surgió en el continente de los Tres Grandes una civilización que, por un instante fugaz en la escala de la eternidad, logró aproximarse a la magnificencia perdida de Amaurot. El Imperio Allagano nació como nacen todos los imperios: de la ambición de un hombre, de la confluencia de una tecnología sin precedentes y de la convicción inquebrantable de que el poder confiere el derecho de moldear el mundo a imagen y semejanza de quien lo ostenta. Pero el Imperio Allagano fue mucho más que una potencia militar o una hegemonía política; fue el primer intento serio de las razas mortales por dominar las fuerzas fundamentales de la realidad, por doblegar el éter y la materia a la voluntad humana con herramientas que combinaban la magia y la ingeniería en una síntesis que las civilizaciones posteriores llamarían magitek, y que los Allaganos consideraban simplemente la expresión natural de su superioridad. En su apogeo, el Imperio abarcaba continentes enteros, sus fronteras se extendían desde los desiertos del sur hasta las tundras del norte, y su poder tecnológico les permitía hazañas que los pueblos vecinos solo podían atribuir a la intervención divina: máquinas que volaban por los cielos como aves de metal, armas que canalizaban el éter puro como un torrente de destrucción, estructuras que desafiaban las leyes de la física tal como las entendían los magos y los sabios de las naciones que caían una tras otra bajo la sombra del estandarte allagano.

En el centro de la gloria allagana se alzaba la Torre de Cristal, conocida también como la Torre de Syrcus, una estructura que incluso en un mundo donde la magia era una realidad cotidiana resultaba imposible de comprender para quien la contemplara por primera vez. Se elevaba desde la llanura como una aguja de cristal puro que perforaba las nubes y se perdía en las alturas donde el aire se volvía demasiado fino para respirar, un monolito de facetas relucientes que captaba la luz del sol y la refractaba en arcoíris que bailaban sobre el paisaje circundante como los dedos de un dios pintando sobre un lienzo infinito. Pero la Torre de Cristal no era un mero monumento a la vanidad imperial: era una máquina, un dispositivo de una complejidad y un poder que rivalizaban con las creaciones más ambiciosas de los Antiguos, diseñada para captar, almacenar y redistribuir cantidades masivas de energía etérica. En sus niveles inferiores, laboratorios del tamaño de ciudades albergaban a los mejores científicos y magos del imperio, quienes trabajaban sin descanso en proyectos que habrían helado la sangre de cualquier persona con un mínimo de prudencia: la manipulación directa de las corrientes de éter que recorrían el planeta, la creación de seres vivos a partir de la nada, la apertura de portales entre dimensiones que los Allaganos apenas comprendían pero que explotaban con la temeridad de quien no ha aprendido aún que hay puertas que no deberían abrirse. En sus niveles superiores, las cámaras del poder albergaban cristales de un tamaño y una pureza que no se habían visto en el mundo desde la época anterior a la Fractura, cristales que pulsaban con una energía que hacía vibrar los huesos de quienes se acercaban demasiado y que alimentaban las hazañas tecnológicas más impresionantes del imperio.

El artífice de la grandeza allagana, el hombre cuya visión y cuya ambición habían elevado a una nación de pastores y agricultores al estatus de superpotencia continental, era el Emperador Xande. Xande no era un hombre común, ni siquiera por los estándares ya excepcionales de la aristocracia allagana. Era un líder militar de un genio estratégico que bordeaba lo sobrenatural, un gobernante cuya voluntad era tan férrea que doblaba a sus subordinados no por miedo sino por la fuerza magnética de su convicción, y un visionario cuya mirada veía más allá de los horizontes que limitaban a sus contemporáneos. Bajo su mando, los ejércitos allaganos habían conquistado naciones que se creían invencibles, habían derrotado a enemigos que los superaban en número diez a uno, habían marchado a través de montañas y desiertos y selvas con una disciplina y una determinación que hacían parecer a los ejércitos rivales bandas de aficionados jugando a la guerra. Pero Xande quería más. Siempre quería más. La conquista del mundo conocido no le bastaba, porque el mundo conocido era finito, y la ambición de Xande era infinita, un hambre que se alimentaba de sus propias victorias y que cada triunfo, en lugar de saciar, exacerbaba. Fue esa ambición la que lo llevó a buscar poder más allá de los límites de la realidad mortal, y fue esa búsqueda la que, como un espejo trágico de la historia de los Antiguos que él desconocía, lo condujo a la alianza que sellaría la destrucción de todo lo que había construido.

La muerte visitó a Xande como visita a todos los mortales, sin pedir permiso y sin admitir negociación. El gran emperador, el conquistador de continentes, el visionario que había soñado con dominar las fuerzas fundamentales del universo, sucumbió al paso del tiempo con la misma indignidad que un campesino o un mendigo, y su imperio, privado de la voluntad de hierro que lo sostenía, comenzó a tambalearse como un coloso al que le han cortado los tendones. Las luchas de poder entre sus sucesores, las rebeliones de las naciones conquistadas que veían en la muerte del emperador la oportunidad de recuperar su libertad, la corrosión lenta pero inexorable de las instituciones que Xande había mantenido unidas por pura fuerza de voluntad: todo conspiraba para deshacer en décadas lo que había costado siglos construir. Pero la muerte de Xande no fue el final de su historia, porque en las sombras de la historia, agentes invisibles movían los hilos de los acontecimientos con una paciencia y una determinación que ningún mortal podía igualar. Los Ascianos, esos fantasmas de la era anterior a la Fractura que tejían sus conspiencias a través de los milenios, vieron en Xande un instrumento demasiado valioso como para dejarlo en la tumba. Fue Lahabrea, según se cree, el que susurró en los oídos de los hechiceros allaganos las palabras necesarias para lograr lo imposible: la resurrección del Emperador Xande, arrancado de las garras de la muerte por una magia que violaba las leyes más fundamentales del ciclo natural, devuelto a un mundo que había seguido girando sin él y que ahora tendría que enfrentarse a un hombre cuya ambición, lejos de haber sido moderada por la experiencia de la muerte, había sido amplificada por ella hasta alcanzar proporciones que solo podían calificarse de demenciales.

El Xande resucitado no era el mismo hombre que había muerto. La experiencia de la muerte, la inmersión en el vacío que espera a las almas mortales más allá del último aliento, lo había transformado de un conquistador ambicioso en un nihilista absoluto, un ser que había visto la verdad última de la existencia mortal, la verdad de que todo termina, de que toda gloria se marchita, de que toda conquista es temporal, y que había decidido que si la existencia era fútil, entonces la única respuesta coherente era la destrucción total. Si nada perduraba, si la muerte era el destino inevitable de todo y de todos, entonces ¿por qué no acelerar el proceso? ¿Por qué no abrir las puertas del abismo y dejar que la nada se derramara sobre un mundo que de todos modos estaba condenado? Esta filosofía de la aniquilación, esta desesperación convertida en dogma, encontró su expresión práctica en la alianza que Xande forjó con las fuerzas del Mundo de la Oscuridad, ese abismo que había sido el Decimotercer Reflejo antes de que la interferencia de los Ascianos lo corrompiera irreversiblemente. La Nube de la Oscuridad, la entidad que reinaba en ese vacío de sombras, respondió al llamado de Xande con una avidez que no era hambre sino algo más primordial: el impulso de expandirse, de consumir, de reducir toda la realidad a la misma nada que ella misma encarnaba. El pacto fue sellado: Xande utilizaría la tecnología allagana para abrir un portal permanente entre la Fuente y el Mundo de la Oscuridad, y a cambio, la Nube de la Oscuridad le concedería un poder que trascendía los límites de la mortalidad.

Los preparativos para el ritual de apertura fueron el proyecto más ambicioso y más terrible de la historia allagana. La Torre de Cristal, que hasta entonces había servido como motor de la prosperidad del imperio, fue reconfigurada como un dispositivo de transmisión interdimensional, sus cristales sintonizados con las frecuencias del vacío, sus laboratorios convertidos en cámaras de invocación donde los hechiceros más poderosos del imperio trabajaban día y noche bajo la supervisión directa de un emperador que ya no dormía, que ya no comía, que existía en un estado intermedio entre la vida y la muerte que le confería una energía sobrenatural y una indiferencia absoluta hacia el sufrimiento de quienes lo rodeaban. Los científicos que se atrevieron a cuestionar el proyecto desaparecieron. Los generales que sugirieron que abrir una puerta al abismo podría no ser la mejor estrategia militar fueron reemplazados por fanáticos que compartían la visión nihilista de su emperador o que al menos fingían compartirla por miedo a sufrir el destino de los disidentes. El imperio entero se transformó en una máquina de guerra apuntada no hacia otro país o continente, sino hacia la realidad misma, y los ciudadanos que una vez habían caminado por las calles de las ciudades allaganas con el orgullo de pertenecer a la civilización más avanzada del mundo ahora caminaban con la cabeza baja y la mirada esquiva, sintiendo en los huesos que algo terrible se gestaba en las entrañas de la torre que dominaba su horizonte.

Pero antes de abrir el portal al Mundo de la Oscuridad, antes de sellar su pacto final con la nada, Xande acometió otra empresa que habría de tener consecuencias que se extenderían a través de los milenios y que resonarían hasta la mismísima Séptima Era Umbral: la captura y el encarcelamiento de Bahamut, el Primal Elder del fuego y la destrucción. Bahamut era una entidad de un poder aterrador, invocado por las plegarias y los cristales de los Meracydianos, un pueblo del continente meridional que los Allaganos habían intentado conquistar y que se había resistido con una ferocidad que había sorprendido incluso a los veteranos curtidos de los ejércitos imperiales. Los Meracydianos habían canalizado su fe y su desesperación en la invocación de un dios guerrero, un dragón de escamas negras como la noche y ojos que ardían con el fuego de mil soles, cuyo aliento podía fundir el acero allagano y cuyas alas ensombrecían campos de batalla enteros cuando se desplegaban contra el cielo. Bahamut era la encarnación del fuego primordial, una fuerza de destrucción tan pura que incluso los generales allaganos, acostumbrados a la victoria, retrocedieron cuando la vieron descender sobre sus formaciones como un cometa de escamas y llamas. La guerra contra Meracydia se convirtió en una guerra contra un dios, y fue una guerra que los Allaganos, con toda su tecnología, no podían ganar por medios convencionales.

La solución que los ingenieros allaganos concibieron fue tan audaz como demencial: si no podían derrotar a Bahamut, lo atraparían. Utilizando la Torre de Cristal como fuente de energía y una red de dispositivos de contención diseñados específicamente para neutralizar la resonancia etérica de un Primal, lanzaron una ofensiva coordinada que no buscaba matar al dragón sino inmovilizarlo, drenando su poder mientras lo envolvían en campos de fuerza que se contraían como una jaula cerrándose alrededor de una bestia salvaje. La batalla fue titánica, un choque de tecnología y poder divino que dejó cicatrices en la tierra que serían visibles durante milenios. Bahamut rugió y luchó, sus llamas derritiendo capas enteras de la maquinaria allagana, sus garras despedazando los dispositivos de contención que se reponían tan rápido como eran destruidos. Pero la tecnología allagana era implacable, incansable, alimentada por los cristales de la Torre que no conocían el agotamiento, y lentamente, inexorablemente, la jaula se cerró. Bahamut fue sometido, su poder drenado hasta un nivel que permitía su contención, y los Allaganos lo encerraron dentro de una estructura que habrían de lanzar a la órbita de la estrella: Dalamud, una luna artificial que desde el exterior parecía un satélite natural más, una esfera rocosa e inerte que orbitaba Etheirys con la serenidad de quien no guarda secretos, pero que en su interior contenía al dragón dormido, atrapado en un sueño forzado del que solo una catástrofe de proporciones planetarias podría despertarlo.

La caída del Imperio Allagano fue tan espectacular como su ascenso, un cataclismo que borró una civilización entera del mapa con la misma indiferencia con que un niño borra un dibujo en la arena. Los detalles exactos de lo que sucedió se han perdido en la bruma del tiempo, erosionados por los milenios y por las Calamidades que siguieron, pero los fragmentos que los arqueólogos y los historiadores han logrado reconstruir pintan un cuadro de destrucción que helaba la sangre. El portal al Mundo de la Oscuridad, abierto por Xande en el clímax de su locura, desestabilizó las corrientes de éter de la región circundante con una violencia que desafía la descripción. La tierra tembló, los mares se alzaron, los cielos se oscurecieron con tormentas de éter corrupto que descargaban no relámpagos sino ráfagas de energía dimensional que disolvían la materia al contacto. La Nube de la Oscuridad se derramó a través del portal como un océano de tinta que se vierte por una grieta en el fondo de un vaso, y las criaturas que emergían del abismo eran pesadillas hechas carne, seres de sombra pura que no buscaban conquistar ni someter sino simplemente consumir, absorber, reducir todo a la nada de la que provenían. Las defensas allaganas, las mismas que habían conquistado continentes y capturado dioses, se desmoronaron en horas ante una amenaza que no podían comprender ni contener, y los soldados que habían marchado con el orgullo de la invencibilidad morían gritando mientras la oscuridad los devoraba.

Se dice que fueron los propios héroes del imperio, los guerreros y magos que aún conservaban la lucidez y el valor necesarios para actuar mientras el mundo se derrumbaba a su alrededor, quienes lograron cerrar el portal y sellar a la Nube de la Oscuridad de regreso en su abismo. El coste fue inconmensurable: la mayor parte de la infraestructura allagana fue destruida, la Torre de Cristal quedó sellada bajo capas de escombros y sellos mágicos que la enterraron en las profundidades de la tierra, y la civilización que había dominado el mundo se desvaneció como un sueño al despertar, dejando tras de sí solo ruinas, artefactos incomprensibles y la luna artificial Dalamud, que continuó orbitando Etheirys con su carga dormida, un recordatorio silencioso de que incluso los imperios más poderosos son mortales. Las naciones que habían vivido bajo el yugo allagano emergieron de las ruinas con la cautela de quien sale de un refugio después de una tormenta, mirando a su alrededor con incredulidad ante la ausencia de quienes los habían oprimido. Eran libres, pero la libertad tenía el sabor agridulce de quien hereda un mundo devastado por los excesos de sus amos, y los siglos que siguieron a la caída allagana fueron siglos de reconstrucción lenta, de descubrimiento cauteloso de las tecnologías abandonadas, de advertencias transmitidas de generación en generación sobre los peligros de la ambición desmedida.

El legado del Imperio Allagano se esparció por la faz de Eorzea como las semillas de un árbol caído que el viento dispersa en todas direcciones. En las profundidades de la tierra, en cuevas y ruinas que los exploradores descubrirían siglos después con una mezcla de asombro y terror, la tecnología allagana esperaba, paciente e inmutable, preservada por los mismos campos de éter que la habían alimentado en vida. Había laboratorios intactos donde las máquinas seguían funcionando, alimentadas por cristales que no se habían agotado en milenios, ejecutando protocolos que nadie supervisaba ya, produciendo resultados que nadie recogía. Había arsenales donde armas de un poder devastador descansaban en estantes cubiertos de polvo, listas para ser empuñadas por manos que comprendieran los mecanismos de activación que sus creadores habían diseñado con una elegancia que combinaba la eficiencia letal con la estética del arte. Había archivos donde cristales de datos contenían el conocimiento acumulado de una civilización entera, enciclopedias de sabiduría que abarcaban desde la física del éter hasta la biología de las criaturas que los Allaganos habían modificado genéticamente para servir como soldados, mascotas o experimentos. Cada descubrimiento era una puerta que se abría a un pasado de poder y de peligro, y las civilizaciones que heredaron la tierra de los Allaganos debieron aprender, a menudo por las malas, que no toda herencia es un regalo.

Pero de todo el legado allagano, ningún artefacto tendría consecuencias tan devastadoras y tan perdurables como Dalamud, la luna roja que colgaba en el cielo nocturno de Eorzea como un ojo cerrado que soñaba con fuego. Los pueblos de las eras posteriores la veían brillar con un fulgor carmesí que los astrólogos consideraban un mal presagio, y las leyendas la asociaban con la destrucción y el renacimiento, con ciclos de catástrofe y restauración que resonaban, sin que nadie lo supiera, con la historia de los Antiguos y su Fractura. Dentro de Dalamud, Bahamut dormía, pero no pacíficamente: su sueño era un hervidero de rabia, un caldero de furia que se alimentaba de los eones de encarcelamiento, que crecía con cada año que pasaba y que calentaba el interior de la luna artificial hasta temperaturas que habrían fundido cualquier material mortal. Los sellos que lo contenían se debilitaban imperceptiblemente, erosionados por el poder del Primal que no cesaba de presionar contra sus cadenas, y cada debilitamiento acercaba al mundo un poco más al momento en que la prisión se quebraría y el dragón despertaría con una sed de destrucción que habría de convertir la Séptima Era Umbral en la peor catástrofe que la Fuente hubiera conocido desde la Fractura misma. Era la bomba de relojería definitiva, el último regalo envenenado de una civilización que había alcanzado las estrellas y que, al caer, se había asegurado de que su caída resonara a través de los siglos como un trueno que no termina de apagarse.

La Torre de Cristal, enterrada y sellada, dormía bajo la tierra de Mor Dhona como un corazón enterrado que late lenta pero persistentemente, esperando el momento de volver a latir con fuerza. Los cristales que la conformaban continuaban resonando con frecuencias de éter que los habitantes de la superficie no podían percibir pero que sentían como una inquietud vaga, un cosquilleo en los bordes de la consciencia que los hacía evitar ciertos parajes sin saber exactamente por qué. En sus profundidades selladas, los guardianes autómatas que los Allaganos habían dejado como centinelas seguían patrullando pasillos vacíos, ejecutando órdenes que su creadores les habían dado milenios atrás, incapaces de comprender que el imperio al que servían se había extinguido y que las amenazas contra las que vigilaban ya no existían en la forma que sus protocolos anticipaban. La torre era un anacronismo, un fragmento de un pasado que se negaba a convertirse completamente en pasado, y su existencia planteaba a las civilizaciones futuras una pregunta incómoda: ¿qué hacer con el poder que los muertos han dejado atrás? ¿Estudiarlo, utilizarlo, temerlo, ignorarlo? La respuesta variaría según quién la formulara y en qué momento de la historia, pero la torre permanecería, paciente e inmutable, esperando a quienes tuvieran la sabiduría o la temeridad de descender a sus profundidades y despertar los secretos que guardaba.

Así terminó el capítulo allagano de la historia de Etheirys, no con una resolución limpia sino con una coda de misterios y amenazas latentes que se extendería a través de los milenios como las raíces de un árbol que, aun después de talado, siguen creciendo bajo tierra. El Imperio Allagano fue, en última instancia, una parábola sobre los límites de la ambición mortal, una demostración de que el poder sin sabiduría es como un fuego sin chimenea: ilumina y calienta por un momento, pero termina consumiendo la casa que pretendía calentar. Los Ascianos, que habían manipulado a Xande y a su civilización como piezas en un tablero de ajedrez cósmico, observaron la caída con la satisfacción fría de quien ve cumplirse un plan a largo plazo: la destrucción allagana había contribuido a sus objetivos, había debilitado las barreras entre los mundos y había preparado el terreno para futuras Reuniones. Hades, en particular, contempló las ruinas del imperio con una melancolía que iba más allá de la estrategia: veía en la grandeza allagana un eco distorsionado de la civilización que él había perdido, un intento torpe pero sincero de las razas mortales por alcanzar la magnificencia de los Antiguos, y su fracaso le confirmaba, una vez más, que los fragmentos de almas que habitaban la Fuente eran incapaces de igualar lo que sus antepasados no fracturados habían logrado. Era una confirmación amarga pero necesaria de su misión: el mundo de los mortales, con todos sus imperios y todas sus ambiciones, no era más que un borrador imperfecto del mundo verdadero que había existido antes de la Fractura, y solo la Reunión completa de todos los fragmentos podría restaurar la perfección perdida.