Ascalon era, antes de que las llamas del cielo lo consumieran todo, un reino de una belleza tan serena y tan profunda que los viajeros que cruzaban sus fronteras por primera vez sentian como si hubieran traspasado el umbral de un sueno hecho realidad. Se extendia al este del continente de Tyria como un tapiz viviente de praderas ondulantes salpicadas de flores silvestres cuyos colores rivalizaban con los del arcoiris, de bosques de robles centenarios cuyas copas formaban catedrales de verdor donde la luz del sol se filtraba en rayos dorados que acariciaban el suelo musgoso, de rios cristalinos que serpenteaban perezosamente entre colinas cubiertas de hierba suave como terciopelo. Las aldeas ascalonias eran joyas de arquitectura rustica pero elegante, con casas de piedra arenisca y techos de paja color miel agrupadas alrededor de plazas centrales donde los mercaderes vendian frutas maduras y los ninos jugaban bajo la mirada benevolente de sus mayores. La academia de Nolani se erguia como un faro de aprendizaje y cultura, sus aulas resonando con los debates de eruditos y las practicas de jovenes magos que aprendian a dominar las artes arcanas bajo la tutela de maestros venerables. El Muro del Norte, una muralla colosal de piedra reforzada que se extendia de horizonte a horizonte como la columna vertebral de la defensa del reino, mantenia a raya a las hordas de Charr que acechaban en las tierras salvajes mas alla de la frontera, y durante generaciones, esa barrera habia sido suficiente para preservar la paz y la prosperidad que los ascalonios consideraban su derecho natural. Era un tiempo de inocencia, un tiempo en que los jovenes aventureros recorrian los campos haciendo encargos menores para granjeros y aldeanos, sin sospechar que el paraiso que conocian estaba a punto de ser borrado de la faz del mundo.
En el trono de este reino bendecido se sentaba el Rey Adelbern, un hombre cuya historia personal era tan turbulenta como las aguas de un rio en crecida. Adelbern no habia nacido en la purpura real; su ascenso al trono habia sido producto de la Guerra de los Gremios, un conflicto devastador entre las naciones humanas que habia desangrado Tyria durante anos. Fue durante esa guerra cuando la gente de Rin, la capital de Ascalon, miro hacia Adelbern como su campeon, un soldado comun cuyo valor y carisma en el campo de batalla eclipsaban a cualquier noble de sangre azul. Lo coronaron por aclamacion popular, un rey del pueblo forjado en el fuego del combate, y Adelbern goberno con la misma ferocidad con la que habia luchado, con una determinacion de granito que no admitia concesiones ni compromisos. En su mano portaba a Magdaer, una de las dos espadas legendarias de Ascalon, gemela de Sohothin, armas que segun la leyenda habian sido forjadas en la llama del Templo de Balthazar y cuyo destino estaba entrelazado con el del reino mismo. A medida que los anos pasaban y la amenaza Charr crecia en el horizonte, la determinacion de Adelbern se fue endureciendo hasta convertirse en obstinacion, y su orgullo, que en tiempos mejores habia sido la fuente de su fuerza, se fue transformando lentamente en la cadena que lo ataria a la ruina. Porque Adelbern habia jurado que Ascalon jamas caeria mientras el respirara, y esa promesa, nacida del amor mas genuino por su tierra, se convertiria en la maldicion que impediria a su pueblo escapar de la destruccion.
El Principe Rurik, hijo de Adelbern, era en muchos sentidos el reflejo invertido de su padre: donde el rey era rigido, el principe era flexible; donde el padre se aferraba al pasado, el hijo miraba hacia el futuro; donde Adelbern veia en la retirada una deshonra peor que la muerte, Rurik comprendia que la supervivencia de un pueblo a veces requeria la dolorosa sabiduria de saber cuando soltar lo que se ama para poder vivir y luchar otro dia. Rurik era un guerrero de habilidad excepcional, heredero de la ferocidad marcial de su padre pero temperado por una compasion y una vision estrategica que el viejo rey habia perdido hacia tiempo bajo el peso de su obstinacion. El principe veia con claridad desesperante lo que su padre se negaba a aceptar: que Ascalon, debilitada por anos de guerra de gremios y ahora asediada por una horda Charr cuyo poder crecia con cada estacion, no podia resistir indefinidamente detras de sus murallas, que tarde o temprano el Muro del Norte cederia y que cuando ese dia llegara, el pueblo necesitaria un plan de escape, no un juramento de muerte. Las discusiones entre padre e hijo se hicieron cada vez mas frecuentes y mas amargadas, cada confrontacion dejando cicatrices mas profundas en la relacion entre ambos, cada desacuerdo ensanchando el abismo que separaba sus visiones del futuro de Ascalon. Los cortesanos susurraban en los pasillos del palacio de Rin, divididos entre la lealtad al trono y la simpatia hacia el principe, mientras la sombra de la catastrofe se cernía sobre todos ellos como una nube de tormenta que nadie podia disipar.
Mas alla del Muro del Norte, en las tierras salvajes y volcanicas que los humanos habian aprendido a temer, los Charr estaban preparando algo que trascendia cualquier invasion convencional. Los Charr eran una raza de criaturas felinas de enorme estatura y ferocidad innata, guerreros natos cuya sociedad estaba organizada en legiones militares y cuya cultura giraba en torno al combate y la conquista. Durante generaciones habian lanzado asaltos contra el Muro del Norte sin exito, sus oleadas de guerreros estrellándose contra la piedra ascalonia como olas furiosas contra un acantilado. Pero ahora tenian algo nuevo, algo que cambiaria las reglas del juego para siempre. Bonfaaz Burntfur, un chaman Charr de poder formidable y ambicion desmedida, habia obtenido el Caldero del Cataclismo, un artefacto de poder devastador otorgado por los Titanes, las deidades falsas que los Charr adoraban sin saber que eran sirvientes del dios encarcelado Abaddon. El Caldero era una abominacion de hierro negro y runas ardientes, un recipiente de energia destructiva que podia canalizar fuerzas mas alla de la comprension mortal, y Bonfaaz, con la fervor de un fanatico religioso y la crueldad de un conquistador sin piedad, estaba decidido a usarlo para barrer Ascalon del mapa y reclamar las tierras que los Charr consideraban suyas por derecho ancestral. Los preparativos para el ritual fueron meticulosos y siniestros: miles de chamanes Charr se reunieron alrededor del Caldero en una ceremonia que duro dias, sus canticos guturales elevandose hacia el cielo como el rugido de una bestia a punto de despertar, mientras las energias del artefacto se acumulaban como una presion insoportable a punto de encontrar su liberacion catastrofica.
Y entonces llego el Abrasamiento. No hubo advertencia previa, no hubo presagio que los ascalonios pudieran interpretar a tiempo, no hubo nada que los preparara para lo que el cielo les arrojo aquel dia maldito. De pronto, sin ninguna senal mas alla de un oscurecimiento subito del firmamento, cristales ardientes comenzaron a llover desde las alturas como las lagrimas incandescentes de un dios furioso. Eran enormes, del tamano de casas, del tamano de torres, fragmentos de roca cristalizada envuelta en llamas que atravesaban la atmosfera dejando estelas de fuego y humo antes de impactar contra la tierra con una fuerza que hacia temblar el mundo hasta sus cimientos. El primer cristal golpeo cerca de Ashford, y la explosion que produjo convirtio una aldea entera en un crater humeante en un instante, vaporizando arboles, edificios y seres vivos con igual indiferencia. El segundo cayo sobre los campos de cultivo al sur del muro, y la onda expansiva arrastro el suelo fertil dejando roca calcinada y ceniza donde antes habia habido trigo dorado meciéndose al viento. Y despues ya no hubo forma de contar los impactos porque el cielo entero se convirtio en una cascada ininterrumpida de fuego y cristal, una tormenta apocaliptica que no distinguia entre soldados y civiles, entre muros y chozas, entre ancianos y ninos. El Muro del Norte, esa muralla colosal que habia resistido siglos de asedios Charr, se agrieto y se desmorono bajo la lluvia de cristales ardientes como si estuviera hecho de arena. Las praderas verdes se ennegrecieron. Los bosques se convirtieron en esqueletos carbonizados. Los rios se evaporaron o se llenaron de ceniza hasta convertirse en arroyos de lodo gris. Y cuando finalmente la tormenta ceso, cuando el ultimo cristal encontro su lugar en la tierra devastada, lo que quedo de Ascalon era irreconocible: un paisaje lunar de crateres, cristales clavados en el suelo como dientes de un monstruo enterrado, ruinas humeantes y un silencio roto unicamente por los gemidos de los sobrevivientes y el crepitar de los incendios que se negaban a apagarse.
Los supervivientes emergieron de refugios improvisados, de sotanos y cuevas, de cualquier hendidura que hubiera ofrecido una sombra de proteccion contra la furia celestial, y lo que vieron les arranco el alma del pecho. El Ascalon que conocian habia dejado de existir. Los jardines donde habian jugado de ninos eran ahora campos de ceniza. Las casas donde habian nacido sus hijos eran pilas de escombros ennegrecidos. Los rostros familiares de vecinos y amigos estaban ausentes, reemplazados por el vacio de la muerte o la mueca del horror inconsolable. Y a traves de las brechas del Muro del Norte destrozado, las hordas Charr comenzaron su avance, aprovechando la devastacion para inundar las tierras ascalonias con legiones de guerreros ávidos de sangre y conquista. Bonfaaz Burntfur lidero la carga personalmente, su rostro iluminado por una sonrisa triunfal mientras sus tropas arrasaban lo poco que el Abrasamiento habia dejado en pie. La capital, Rin, fue sitiada. Las academias fueron saqueadas. Los templos fueron profanados. Y en medio de este infierno, la fractura entre el Rey Adelbern y el Principe Rurik se convirtio en un abismo insalvable que determinaria el destino de todo un pueblo. Los refugiados ascalonios, atrapados entre la ferocidad Charr que avanzaba desde el norte y la obstinacion de un rey que se negaba a ceder un solo palmo de tierra, miraban desesperados hacia Rurik como su unica esperanza de salvacion.
Rurik logro organizar un contraataque desesperado, utilizando el Stormcaller, un antiguo artefacto ascalonio capaz de invocar tormentas de relampagos, para liberar la ciudad de Rin del asedio de Bonfaaz Burntfur. Fue una victoria costosa pero decisiva que demostro tanto el valor del principe como la desesperacion de la situacion: aunque los Charr habian sido rechazados temporalmente, todos sabian que volverían con fuerzas renovadas, y que Ascalon, en su estado actual de devastacion, no podria resistir otro asalto de semejante magnitud. Fue entonces cuando Rurik se presento ante su padre con una propuesta que consideraba la unica via de supervivencia para su pueblo: abandonar Ascalon, cruzar las Montanas Shiverpeaks y buscar refugio en Kryta, el reino humano al oeste que habia escapado relativamente ileso de los conflictos recientes. Adelbern escucho la propuesta de su hijo con una furia que hacia palidecer las llamas del Abrasamiento. Para el viejo rey, abandonar Ascalon era equivalente a traicionar a cada soldado que habia muerto defendiendola, a escupir sobre las tumbas de generaciones de ascalonios que habian vertido su sangre para proteger esa tierra. La discusion que siguio fue la mas violenta y la mas desgarradora que los muros del palacio de Rin hubieran presenciado jamas, padre e hijo gritandose verdades que ambos habian reprimido durante anos, acusaciones que cortaban mas profundo que cualquier espada, y cuando el eco del ultimo grito se extinguio, Adelbern pronuncio las palabras que partieron la historia de Ascalon en dos: desheredo y destierro a su propio hijo, arrancandolo del linaje real y expulsandolo del reino que algun dia deberia haber heredado.
Rurik acepto el destierro con la dignidad silenciosa de un hombre cuyo corazon se ha roto pero cuyo proposito permanece intacto. No suplico, no lloro, no discutio mas. Simplemente se dio la vuelta, recogio la espada Sohothin, la gemela de Magdaer que su padre conservaba, y anuncio a los refugiados de Ascalon que cualquiera que quisiera seguirlo seria bienvenido en la marcha hacia Kryta. Miles respondieron a su llamada, familias enteras que preferian enfrentar lo desconocido de las montanas antes que la muerte cierta de permanecer en un reino en ruinas bajo un rey que habia perdido la razon. Y asi comenzo el exodo ascalonio, una procesion de hombres, mujeres y ninos cargados con lo poco que habian podido salvar de la destruccion, marchando hacia las Shiverpeaks con Rurik al frente como un faro de esperanza en un mundo que se habia sumido en la oscuridad. Dejaron atras a Adelbern sentado en su trono en las ruinas de Rin, aferrado a Magdaer como un naufrago se aferra a un tablon en medio del oceano, jurando que mientras quedara un solo ascalonio con vida en las murallas, Ascalon no seria entregada. El viejo rey vio partir a su hijo y a su pueblo con ojos secos y mandibula apretada, y en ese momento, algo dentro de Adelbern se quebro de una manera que ningun sanador divino podria reparar.
Las Montanas Shiverpeaks eran un mundo de hielo y peligro donde cada paso podia ser el ultimo. Los picos se alzaban como colmillos de piedra que mordian el cielo, cubiertos de nieves eternas que el viento arrojaba en rafagas cortantes contra los rostros exhaustos de los refugiados. Las temperaturas descendian hasta niveles que convertian la sangre en escarcha en las venas, y muchos de los mas debiles, los ancianos y los ninos mas pequenos, sucumbieron al frio antes de que la columna hubiera completado siquiera la primera jornada de ascenso. Pero no era solo el clima lo que amenazaba a los exiliados: las Shiverpeaks eran el hogar de los Enanos, una raza antigua y tenaz dividida en una guerra civil que complicaba enormemente el paso de los humanos por sus dominios. Los Enanos Deldrimor, liderados por el Rey Jalis Hierroforja, eran relativamente amistosos hacia los humanos y estaban dispuestos a permitir el paso de los refugiados a cambio de ayuda contra sus enemigos. Pero la Cumbre de Piedra, una faccion de enanos xenofobos y brutales liderados por Dagnar Piedrapate, veia en los humanos invasores indeseados que debian ser exterminados con la misma eficiencia con la que se extermina a las alimanas. La marcha a traves de las montanas se convirtio en una pesadilla de emboscadas, avalanchas provocadas y batallas desesperadas en desfiladeros estrechos donde un punado de enanos de la Cumbre de Piedra podia diezmar a columnas enteras de refugiados desarmados.
Fue en la Puerta de Escarcha, un paso estrecho entre dos gargantas de hielo que representaba la ultima barrera antes de las tierras bajas que conducian a Kryta, donde el destino de Rurik alcanzo su culmen tragico y heroico. Los refugiados estaban cruzando el desfiladero cuando Dagnar Piedrapate y sus guerreros de la Cumbre de Piedra lanzaron un ataque masivo desde las alturas, desencadenando avalanchas calculadas para sepultar a toda la columna bajo toneladas de nieve y roca. Rurik comprendio en un instante que si alguien no detenia a los atacantes, miles de inocentes moririan aplastados antes de poder completar el cruce. Sin dudarlo, sin mirar atras, el principe de Ascalon desenvainó a Sohothin y se lanzo solo contra las fuerzas de Dagnar, gritando a sus seguidores que continuaran avanzando sin detenerse, que cruzaran la Puerta y no miraran atras por nada del mundo. Fue una carga suicida ejecutada con la gracia y la ferocidad de un hombre que habia aceptado su muerte como el precio necesario para la vida de su pueblo. Rurik lucho como un leon acorralado, su espada trazando arcos de fuego que derretian la nieve y partian armaduras enanas como si fueran de papel, y cada segundo que ganaba era un segundo mas para que otro grupo de refugiados completara el cruce. Pero eran demasiados, y Rurik estaba solo, y cuando la avalancha finalmente cayo, desencadenada por Dagnar Piedrapate con una sonrisa de triunfo malicioso, el principe de Ascalon desaparecio bajo una montana de hielo y roca, su cuerpo sepultado para siempre en las entranas de las Shiverpeaks.
La muerte de Rurik fue el sacrificio que salvo a miles, pero tambien fue la herida que nunca sanaria en el corazon de los ascalonios exiliados. Los refugiados que lograron cruzar la Puerta de Escarcha llegaron a Kryta como fantasmas, despojados de su hogar, de su principe y de toda esperanza excepto la mas primaria: la de seguir respirando un dia mas. Llevaban en sus ojos el reflejo de las llamas del Abrasamiento y en sus corazones el peso del sacrificio de Rurik, y ese dolor doble, la perdida de la patria y la perdida del lider que los habia guiado a la salvacion a costa de su propia vida, los definiria como pueblo durante generaciones. Mientras tanto, en las ruinas de Ascalon, Adelbern permanecia en su trono, rodeado de los pocos soldados leales que habian elegido quedarse, empunando a Magdaer con dedos que se negaban a soltar la espada ni siquiera durante el sueno. El viejo rey no sabia, y quiza nunca supo, que su hijo habia muerto como un heroe en la Puerta de Escarcha, y esa ignorancia era quiza la ultima misericordia que el destino le concedio, porque el conocimiento de esa muerte podria haber quebrado incluso la voluntad de hierro de Adelbern. El rey continuaria defendiendo las ruinas de su reino con una determinacion que bordeaba la locura, rechazando toda oferta de ayuda y toda sugerencia de retirada, esperando un amanecer que para Ascalon nunca llegaria.
La tragedia de Ascalon reverbero a traves de toda Tyria como una piedra arrojada en un estanque tranquilo, enviando ondas de consecuencias que afectarian al mundo entero durante los anos venideros. El Abrasamiento demostro que los Charr poseian un poder capaz de destruir reinos enteros, un hecho que puso en alerta a todas las naciones humanas. Los refugiados ascalonios que llegaron a Kryta trajeron consigo no solo sus heridas sino tambien sus habilidades, su determinacion y su hambre de venganza, convirtiendose en una fuerza politica y militar que alteraria el equilibrio de poder en su nueva patria. Y la historia de Rurik, el principe que dio su vida por su pueblo, se convirtio en una leyenda que seria contada en tabernas y salones de trono por igual, un recordatorio eterno de que el verdadero heroismo no consiste en ganar batallas sino en estar dispuesto a perderlo todo para que otros puedan vivir. Ascalon, la tierra de praderas verdes y cielos azules, habia muerto bajo una lluvia de fuego y cristal, pero su espiritu, forjado en el sacrificio de un principe y la obstinacion de un rey, sobreviviria en las historias, en las canciones y en los corazones de todos aquellos que recordaban lo que habia sido y lloraban lo que jamas volvería a ser.
Porque el destino de Ascalon no habia terminado de escribirse con el Abrasamiento, ni con el exodo, ni siquiera con la muerte de Rurik. Adelbern permaneceria en sus ruinas como un centinela fantasmal, y el odio que ardia en su pecho creceria con cada dia que pasaba, alimentado por la perdida, el orgullo herido y una desesperacion que lentamente se transmutaba en algo mas oscuro, mas peligroso, mas sobrenatural. La espada Magdaer en su mano parecia vibrar con una energia propia, como si el arma percibiera la transformacion que se estaba gestando en el corazon de su portador y se preparara para canalizar un poder que trascendia lo mortal. El final de la historia de Adelbern y de Ascalon estaba aun por llegar, y cuando llegara, seria tan devastador y tan definitivo como el propio Abrasamiento, un ultimo acto de desafio que convertiria al rey loco en una leyenda tan tragica como la de su hijo sacrificado. Pero eso pertenece a otro capitulo de la historia, a un futuro que en ese momento aun no se habia manifestado. Por ahora, lo unico cierto era que Ascalon habia caido, que los Charr rugian victoriosos sobre sus ruinas, que un principe yacia muerto bajo las nieves de las Shiverpeaks, y que un rey enloquecido se negaba a soltar una espada que ardia con un fuego que no era enteramente de este mundo.