Guild Wars

Capitulo 5 de 15

La Caída del Dios Oscuro

Al sur de Tyria y al oeste de Cantha, separado del continente principal por un estrecho que los marineros cruzaban con una mezcla de anticipación y aprensión, se extiende Elona, el continente del sol y la arena, la tierra donde la civilización humana floreció bajo un cielo que raramente conocía las nubes y donde los desiertos que cubrían la mayor parte de su superficie no eran páramos estériles sino ecosistemas vibrantes que albergaban culturas tan antiguas y tan sofisticadas como cualquiera que Tyria o Cantha pudieran ofrecer. Elona era un continente de contrastes extremos: la provincia de Istan, un archipiélago de islas fértiles donde los Sunspear, la orden militar más antigua del mundo conocido, mantenían su cuartel general en la fortaleza de Kamadan, coexistía con el Desierto de Cristal, una extensión de dunas y formaciones rocosas donde las temperaturas diurnas podían matar a un hombre desprevenido en cuestión de horas y donde las noches traían un frío tan intenso que el contraste con el calor del día parecía diseñado por un dios sádico que disfrutara viendo sufrir a los mortales que se aventuraban en su dominio. Vabbi, la provincia del norte, era una tierra de opulencia y cultura donde los príncipes mercaderes competían entre sí no mediante la guerra sino mediante el mecenazgo de las artes, financiando obras arquitectónicas de una grandeza que rivalizaba con las construcciones de los dioses y patrocinando festivales cuya extravagancia era legendaria incluso en un continente acostumbrado al exceso. Y Kourna, la provincia central, era una tierra de soldados y fortalezas gobernada por una línea de guerreros cuya disciplina militar había convertido a sus ejércitos en la fuerza de combate más temida de Elona, una tradición marcial que durante generaciones había servido como escudo del continente contra las amenazas externas pero que, en las manos equivocadas, podía convertirse en un arma dirigida contra el propio pueblo al que debía proteger.

Los Sunspear eran el corazón moral y militar de Elona, una orden de guerreros cuya historia se remontaba a los primeros años de la colonización humana del continente y cuya misión, transmitida de generación en generación con la solemnidad de un juramento sagrado, era proteger a los pueblos de Elona contra todas las amenazas, fueran naturales o sobrenaturales, políticas o militares, visibles o invisibles. A diferencia de los ejércitos nacionales que servían a gobiernos específicos, los Sunspear no debían lealtad a ningún príncipe ni a ninguna provincia sino a Elona en su totalidad, una independencia que los convertía tanto en los guardianes más confiables del continente como en una fuente de fricción con los líderes políticos que preferían que el poder militar estuviera bajo su control directo. El rango de Sunspear no se compraba ni se heredaba; se ganaba mediante una combinación de habilidad marcial, servicio a la comunidad y una demostración de los valores que la orden consideraba fundamentales: valentía, justicia, compasión y la voluntad de poner las necesidades de los muchos por encima de los intereses de los pocos. Los aspirantes a Sunspear pasaban por un proceso de formación que comenzaba en la isla de Istan y que los llevaba a través de las tres provincias de Elona, enfrentando desafíos que ponían a prueba tanto su destreza física como su carácter moral, y los que completaban el proceso emergían como guerreros cuya reputación era tan brillante como las lanzas solares que constituían el arma emblemática de la orden.

Kormir era la Spearmarshal, la líder suprema de los Sunspear en el momento en que la tormenta que se avecinaba comenzó a hacer sentir sus primeros vientos. Era una mujer cuya presencia comandaba respeto instantáneo, una guerrera de una habilidad marcial que pocas personas en Elona podían igualar y una líder cuya capacidad de inspirar lealtad en sus subordinados iba más allá del carisma para adentrarse en el territorio de lo espiritual: los Sunspear no simplemente obedecían a Kormir, creían en ella con una fe que no era religiosa en el sentido convencional pero que compartía con la fe religiosa esa cualidad de certeza absoluta que transforma a los soldados en cruzados. Kormir había percibido las señales de la amenaza antes que nadie, interpretando los rumores que llegaban desde Kourna, los movimientos inusuales de las tropas de la warmarshal Varesh Ossa y las perturbaciones en el tejido mágico de Elona con la experiencia de una veterana que sabía distinguir las señales de una tormenta política ordinaria de los presagios de algo mucho más grave. Pero incluso Kormir, con toda su experiencia y toda su intuición, subestimó la magnitud de lo que se avecinaba, porque la amenaza que se cernía sobre Elona no era simplemente militar ni política sino cosmológica, una amenaza que hundía sus raíces en los orígenes mismos de la relación entre los dioses y los mortales y cuyas ramificaciones se extendían más allá del mundo material hacia los planos de existencia donde las deidades residían.

Varesh Ossa era la descendiente directa de Turai Ossa, el héroe legendario cuya victoria sobre el dios oscuro Palawa Joko en la Batalla de Jahai había convertido su linaje en la familia más reverenciada de Elona. El apellido Ossa era sinónimo de heroísmo, de sacrificio, de la promesa de que cuando la oscuridad amenazara Elona, un Ossa estaría allí para enfrentarla con la espada en alto y la fe en el corazón. Varesh había heredado ese legado con una consciencia de su peso que bordeaba la obsesión, creciendo bajo la sombra de un antepasado cuya leyenda era tan inmensa que cualquier logro personal parecía insignificante en comparación. Pero donde Turai Ossa había canalizado su ambición hacia la protección de su pueblo, Varesh la canalizó hacia una búsqueda de poder que la llevó por caminos que su antepasado habría contemplado con horror. La voz que escuchaba en sus meditaciones nocturnas, la presencia que sentía en los rincones más oscuros de su palacio en la fortaleza de Gandara, no era la de un espíritu guía benigno sino la de algo mucho más antiguo y mucho más peligroso: Abaddon, el dios caído, el señor del conocimiento prohibido cuya rebelión contra los otros cinco dioses en una era remota había resultado en su encarcelamiento en el Reino del Tormento, una dimensión de sufrimiento y oscuridad que servía tanto de prisión como de trono para una deidad cuya sed de libertad había tenido milenios para fermentar hasta convertirse en una obsesión capaz de distorsionar la realidad.

Abaddon había sido, en los albores de la civilización humana en Tyria, el dios del conocimiento y del agua, una deidad cuyo dominio abarcaba los secretos del universo y cuya generosidad al compartir esos secretos con los mortales había sido la causa de su caída. Los otros cinco dioses, Dwayna, Balthazar, Melandru, Grenth y Lyssa, habían considerado que Abaddon otorgaba a los mortales un poder que no estaban preparados para manejar, que el conocimiento que compartía no era un regalo sino un veneno que corrompía las sociedades humanas con la misma eficacia que un tóxico contamina un pozo. La guerra que siguió, la guerra entre dioses que los mortales recuerdan como la Marga, devastó Elona con una violencia que hace que las guerras humanas parezcan juegos de niños: el impacto de los golpes divinos creó el Desierto de Cristal, transformando una región fértil en un páramo donde la arena misma estaba compuesta de cristales formados por la fusión de la tierra bajo temperaturas que ningún volcán podía producir. Abaddon fue derrotado y encadenado en el Reino del Tormento, un plano de existencia creado específicamente para contenerlo, y su nombre fue borrado de los registros religiosos con tal eficacia que, generaciones después, la mayoría de los elonios apenas recordaba que alguna vez había existido un sexto dios. Pero Abaddon no estaba muerto, y su prisión, por más poderosa que fuera, no podía contener completamente una voluntad divina que había tenido milenios para estudiar cada fisura, cada debilidad, cada posibilidad de escape.

Varesh Ossa se convirtió en la sacerdotisa y la guerrera de Abaddon, la puerta a través de la cual el dios caído canalizaba su influencia en el mundo material con una intensidad que no había logrado desde su encarcelamiento. Bajo la guía de Abaddon, Varesh transformó el ejército de Kourna en una máquina de guerra cuyo propósito ya no era defender Elona sino conquistarla, no para establecer un imperio temporal sino para crear las condiciones necesarias para el ritual supremo que liberaría a Abaddon de su prisión y lo devolvería al mundo material con un poder magnificado por milenios de ira concentrada. Los soldados de Kourna, muchos de ellos devotos de Varesh que la seguían con la lealtad ciega que se profesa a una heroína nacional, se encontraron sirviendo a una causa cuya verdadera naturaleza les habría provocado horror si la hubieran comprendido: no eran simplemente conquistadores sino sacrificios ambulantes, peones en un juego cósmico donde la victoria significaba no la gloria de Kourna sino la destrucción de todo lo que conocían. Los Margonitas, los demonios que servían a Abaddon desde el Reino del Tormento, comenzaron a manifestarse en el mundo material con una frecuencia creciente, criaturas retorcidas cuya apariencia era una blasfemia contra la forma humana y cuya presencia corrompía el tejido de la realidad a su alrededor como la gangrena corrompe la carne sana.

Los Sunspear, bajo el liderazgo de Kormir, fueron los primeros en enfrentar abiertamente la amenaza de Varesh, y el precio que pagaron por esa valentía fue devastador. La Batalla de Gandara, donde los Sunspear intentaron detener el avance de los ejércitos de Kourna antes de que pudieran completar los rituales de invocación que Varesh estaba preparando, se convirtió en un desastre militar de proporciones que la orden no había experimentado en generaciones. Superados en número y enfrentando tanto a soldados humanos como a demonios Margonitas, los Sunspear fueron aplastados, su línea de batalla rota por cargas de caballería kournana apoyadas por magia oscura que ningún escudo podía bloquear. Kormir, liderando una carga desesperada contra la posición de Varesh, fue capturada y arrojada al Reino del Tormento, donde el dios caído la reclamó como prisionera personal, arrancándole los ojos con una crueldad que iba más allá del castigo físico para adentrarse en lo simbólico: al cegarla, Abaddon pretendía demostrar que la visión de los mortales era una ilusión, que solo el dios del conocimiento poseía la verdadera capacidad de ver. Los Sunspear supervivientes se dispersaron, fugitivos en su propia tierra, perseguidos por los ejércitos de Kourna con la eficiencia de cazadores que conocen cada sendero y cada escondite de su presa.

La reconstrucción de la resistencia Sunspear fue un proceso que exigió tanto valor como diplomacia, una campaña que se libró tanto en los campos de batalla como en los salones de los príncipes de Vabbi y en las aldeas de Istan donde los supervivientes buscaban refugio. Los aventureros que habían llegado a Elona desde Tyria, atraídos por los rumores de la amenaza que se gestaba en el continente del sol, se convirtieron en el catalizador que transformó una derrota en el inicio de una contraofensiva. Sin la autoridad formal de los Sunspear pero con la libertad que otorga la falta de ataduras políticas, estos aventureros viajaron por Elona reuniendo aliados, desbaratando las operaciones de Varesh y demostrando a los pueblos del continente que la resistencia no solo era posible sino necesaria. Los príncipes de Vabbi, cuya complacencia había sido su principal defensa contra la realidad de la amenaza, fueron arrancados de su burbuja de lujo cuando los demonios de Abaddon atacaron sus palacios con una violencia que ninguna cantidad de oro podía comprar ni ningún muro de mármol podía contener. Las tribus del desierto, guerreros nómadas cuya independencia feroz los había mantenido al margen de los conflictos entre las provincias, se unieron a la causa cuando comprendieron que la amenaza de Abaddon no respetaba fronteras ni lealtades tribales, que el dios caído no distinguía entre príncipe y nómada, entre soldado y civil, entre rico y pobre: todos eran igualmente prescindibles en su plan de destrucción y renacimiento.

La Boca del Tormento, el punto donde el Reino del Tormento se encontraba con el plano material en las profundidades del Desierto de Cristal, fue el escenario del momento decisivo de la campaña contra Abaddon. Varesh, habiendo completado los rituales que debilitaban la barrera entre los planos, invocó un portal de dimensiones colosales que conectaba Elona directamente con la prisión del dios caído, y a través de ese portal comenzaron a fluir los ejércitos del Tormento como un río de pesadilla cuyos caudales no tenían fin. Los héroes que se adentraron en el portal para enfrentar a Abaddon en su propio dominio lo hicieron sabiendo que las probabilidades de regresar eran mínimas, que estaban cruzando un umbral del que la mayoría de los seres vivos no regresaban, pero la alternativa, permitir que Abaddon se liberara y destruyera Elona y después el mundo entero, era tan inaceptable que la muerte segura parecía un precio razonable por la oportunidad de impedirlo. El Reino del Tormento era un lugar que desafiaba la descripción, una dimensión donde las leyes de la física habían sido reemplazadas por las leyes de la pesadilla, donde el cielo era un abismo y el suelo era carne viva que pulsaba con el odio de un dios encadenado, donde las distancias se contraían y se expandían según el capricho de una voluntad divina cuya locura era tan vasta como su poder.

Varesh Ossa encontró su fin en el Reino del Tormento, derrotada por los mismos héroes a quienes había perseguido a través de Elona con la implacabilidad de un huracán. Su muerte no fue la de una villana sino la de una tragedia: una mujer cuyo deseo de estar a la altura de su legado la había llevado a traicionar todo lo que ese legado representaba, una heredera cuya búsqueda de grandeza la había convertido en el instrumento de una destrucción que su antepasado habría dado su vida por prevenir. Pero la muerte de Varesh no detuvo a Abaddon, cuyo poder había crecido a través de los rituales completados hasta el punto de que la barrera que lo contenía ya no podía sostenerse. El dios caído se manifestó con toda su fuerza, una presencia divina cuya magnitud eclipsaba todo lo que los mortales habían enfrentado, una entidad de pura destrucción cuya simple existencia distorsionaba la realidad a su alrededor como un agujero negro distorsiona el espacio. Enfrentar a un dios no es como enfrentar a un ejército ni como enfrentar a un demonio; es enfrentar una ley de la naturaleza, una fuerza fundamental cuya derrota requiere no simplemente fuerza sino un cambio en las reglas mismas del juego, un acto de creación tan poderoso como el acto de destrucción que se intenta detener.

Kormir, ciega y debilitada por su cautiverio en el Reino del Tormento pero fortalecida por una determinación que trascendía lo humano, fue quien proporcionó ese acto de creación. En el momento culminante de la batalla contra Abaddon, cuando el poder del dios caído amenazaba con aplastar a los héroes que lo enfrentaban como un maremoto aplasta un castillo de arena, Kormir avanzó hacia la esencia del dios con los brazos abiertos y absorbió el poder divino que fluía de la derrota de Abaddon, canalizándolo a través de su propio ser mortal para transformarse en algo nuevo: no una diosa del conocimiento prohibido como Abaddon había sido, sino una diosa de la verdad, una deidad cuyo dominio sería la luz que disipa las sombras, el conocimiento que libera en lugar de corromper, la honestidad que destruye las mentiras con más eficacia que cualquier espada. La ascensión de Kormir a la divinidad fue un evento sin precedentes en la historia de Tyria: una mortal que se convirtió en diosa no mediante la adoración de sus seguidores ni mediante un decreto divino sino mediante un acto de sacrificio tan puro y tan total que el universo mismo reconoció su derecho a ocupar el trono vacío del dios caído. El panteón de los seis dioses, que se había reducido a cinco con la caída de Abaddon en la era primordial, fue restaurado con la presencia de Kormir, y los fieles de toda Tyria añadieron un nuevo nombre a sus oraciones, el nombre de una mujer que había sido ciega y que ahora veía más lejos que cualquier otro ser en la creación.

Elona emergió de la crisis con cicatrices que tardarían generaciones en sanar, pero emergió intacta, un continente cuya supervivencia era un testimonio de la tenacidad de sus habitantes y de la voluntad de unos pocos de sacrificarlo todo para que los muchos pudieran seguir viviendo. Los Sunspear se reagruparon y reconstruyeron su orden con una determinación que honraba la memoria de los que habían caído, incorporando a sus filas a muchos de los soldados de Kourna que habían servido a Varesh sin comprender la verdadera naturaleza de su causa y que ahora buscaban redimirse sirviendo al pueblo al que habían oprimido. Los príncipes de Vabbi, sacudidos de su complacencia por una experiencia que ningún artista podría capturar en un lienzo ni ningún poeta en un verso, comenzaron a invertir sus vastas fortunas no solo en las artes del placer sino en las defensas del continente, comprendiendo por primera vez que la belleza que tanto valoraban solo podía existir si alguien estaba dispuesto a defenderla. Y en el Desierto de Cristal, donde la arena seguía compuesta de los cristales formados por la guerra entre dioses hacía milenios, los viajeros que miraban al cielo en las noches claras juraban que podían ver una nueva estrella brillando donde antes no había ninguna, una estrella cuya luz era más cálida y más constante que las demás, y los sacerdotes de Kormir sonreían cuando los viajeros les preguntaban por ella, porque sabían que esa estrella no era una estrella sino los ojos de una diosa que, habiendo conocido la ceguera, había elegido que su primera mirada como inmortal fuera dirigida hacia el mundo que había amado lo suficiente como para morir por él.