Guild Wars

Capitulo 6 de 15

Los Héroes de Tyria

En los anales de la historia de Tyria, pocas leyendas resuenan con tanta fuerza como la de aquellos cinco aventureros que, forjados en el crisol del Searing y templados por las llamas de la adversidad, se convirtieron en los pilares sobre los cuales descansó la esperanza de tres continentes. No eran dioses ni semidioses, no portaban la sangre de los antiguos ni habían sido elegidos por profecía alguna antes de que el destino los arrojara al centro de la tormenta. Eran mortales, tan frágiles como cualquier otro habitante de las tierras arrasadas de Ascalon, pero poseían algo que ninguna magia ni armadura podía conferir: una voluntad inquebrantable nacida del sufrimiento compartido y una lealtad mutua que ni las fuerzas de Abaddon ni los ejércitos del Inframundo pudieron jamás quebrar. Devona, Mhenlo, Cynn, Aidan y Eve, los Héroes de Ascalon como los conocería el mundo entero, no se unieron por un decreto real ni por la llamada de un cuerno de guerra ancestral, sino por la simple y profunda necesidad humana de encontrar compañía en medio de la devastación, de hallar un propósito cuando todo lo que habían conocido se había convertido en cenizas bajo los meteoritos ardientes de los Charr. Su historia es la historia de Tyria misma, un relato que se extiende desde los campos verdes del pre-Searing hasta las costas distantes de Elona, desde los templos de jade de Cantha hasta las profundidades heladas del Ojo del Norte, y cada capítulo de su odisea está escrito con sangre, fuego, lágrimas y una determinación que desafía toda lógica mortal.

Devona era hija de Mordakai, uno de los miembros más distinguidos de los Elegidos de Ascalon, un guerrero cuyo nombre se pronunciaba con reverencia en los salones de la fortaleza de Kyhlo y en las tabernas de la Ciudad de Ascalon por igual. Pero Devona apenas tenía cinco años cuando la muerte le arrebató a su padre en el año 1052 de la Era Mouveliana, durante un asedio de dos días contra la fortaleza de Kyhlo por parte del gremio orriano conocido como los Zealots of Shiverpeak, uno de los conflictos más sangrientos de las Guerras de los Gremios que habían desangrado a las naciones humanas durante generaciones. Mordakai cayó defendiendo las murallas, su espada quebrada y su escudo hecho añicos, pero su sacrificio compró el tiempo suficiente para que los defensores reagruparan sus fuerzas y rechazaran finalmente el asalto. La pequeña Devona no comprendió en aquel momento el alcance de la pérdida, pero el recuerdo de su padre, de su armadura brillando bajo el sol de la mañana mientras marchaba hacia las puertas de Kyhlo por última vez, se grabó en su alma con la permanencia de un sello de hierro candente. Creció con ese recuerdo como su estrella guía, forjando su cuerpo y su espíritu en la disciplina de la espada y el escudo, entrenando con una ferocidad que intimidaba incluso a los veteranos de la academia de guerreros. No buscaba la gloria por vanidad ni el combate por placer; cada vez que levantaba su espada, veía el rostro de su padre reflejado en el acero, y esa imagen le recordaba que el verdadero valor no reside en la victoria, sino en la voluntad de interponerse entre los inocentes y el peligro, incluso cuando el precio sea la propia vida.

Cuando los cielos de Ascalon se tiñeron de rojo sangre y los meteoritos de fuego comenzaron a caer como una lluvia de destrucción divina durante el Searing, Devona ya era una guerrera consumada, una mujer de constitución atlética y mirada férrea que portaba la armadura de su padre con el orgullo silencioso de quien comprende el peso de la herencia. Los campos que había conocido desde la infancia, las praderas ondulantes donde los conejos correteaban entre las flores silvestres y los arroyos cristalinos serpenteaban entre colinas suaves, se transformaron en un paisaje de pesadilla en cuestión de horas. La tierra se agrietó, los árboles estallaron en llamas, y el cielo se cubrió de un velo perpetuo de ceniza que ocultó el sol durante semanas. Devona no se quebró. Mientras otros huían o se rendían a la desesperación, ella levantó su espada y marchó hacia el frente, rescatando a los heridos de entre los escombros humeantes, liderando contraataques contra las patrullas Charr que se adentraban en el territorio devastado como lobos olfateando la debilidad. Fue durante esas primeras semanas de caos y terror cuando su camino se cruzó con el de aquellos que se convertirían en sus compañeros de toda una vida, y lo que comenzó como una alianza de supervivencia pronto se transformó en algo mucho más profundo: una hermandad que trascendía la sangre y que ni el tiempo ni la distancia podrían erosionar.

Mhenlo era un monje cuya historia estaba tejida entre dos mundos, un puente humano entre las culturas de Tyria y Cantha que le confería una perspectiva única entre los héroes de su generación. Nacido en Ascalon pero enviado a estudiar al Monasterio de Shing Jea en el lejano continente de Cantha, Mhenlo fue el último estudiante tyriano en ser admitido en aquella institución sagrada antes de que sus puertas se cerraran a los extranjeros en el año 1067 de la Era Mouveliana. Bajo la tutela del Maestro Togo, medio hermano del emperador Kisu, Mhenlo aprendió los caminos de la sanación divina, las oraciones que canalizaban la luz de Dwayna para cerrar heridas y purificar venenos, las disciplinas monásticas que fortalecían el espíritu tanto como el cuerpo. Pero Mhenlo no era simplemente un sanador; era un hombre de fe profunda cuya compasión se extendía a todos los seres vivos, una cualidad que a menudo lo ponía en conflicto con la violencia que lo rodeaba y que lo obligaba a tomar decisiones imposibles entre su juramento de proteger la vida y la necesidad de defender a los inocentes contra fuerzas que no conocían la misericordia. Sus manos, capaces de cerrar las heridas más atroces con un toque de luz divina, temblaban cada vez que la batalla lo obligaba a empuñar su cetro como arma, pero nunca dudó cuando las vidas de sus compañeros estaban en juego. Regresó a Ascalon justo a tiempo para presenciar la devastación del Searing, y la visión de su patria convertida en cenizas cristalizó en él una determinación silenciosa pero inamovible: seguiría adelante, sanaría a los heridos, protegería a los débiles y, si el destino lo exigía, daría su última gota de energía divina para mantener con vida a aquellos que amaba.

Cynn era fuego hecho mujer, y esa descripción trasciende la metáfora cuando se habla de una elementalista cuyo dominio sobre las llamas nacía de un trauma tan profundo que había reconfigurado su alma de raíz. Nacida en una familia noble de Ascalon, Cynn disfrutó de una infancia de privilegios en una mansión palatina donde los sirvientes atendían cada capricho y los jardines se extendían hasta donde la vista alcanzaba. Pero el Searing borró toda aquella belleza con la crueldad impersonal de un cataclismo. Un proyectil mágico impactó directamente sobre su hogar, convirtiendo la mansión en un montón de escombros ardientes bajo los cuales quedaron sepultados sus padres, cuyos gritos de agonía se apagaron lentamente mientras Cynn, atrapada bajo una mesa rota, permanecía inmóvil durante días, rodeada de oscuridad, polvo y el olor a carne quemada de las personas que más amaba. Cuando finalmente logró liberarse, algo fundamental había cambiado en ella. El dolor se había transmutado en rabia, y la rabia se había canalizado hacia una afinidad innata con el fuego que siempre había sentido pero que ahora ardía en su interior con la intensidad de una fragua celestial. Una partida de Charr que merodeaba entre las ruinas cometió el error de confundir a la joven desaliñada y cubierta de ceniza con una presa fácil; en cuestión de minutos, Cynn había incinerado a toda la banda de guerra, transformando a los felinos invasores y lo que quedaba de su hogar en poco más que un montículo humeante de cenizas y recuerdos calcinados. Desde ese día, el fuego se convirtió en su lenguaje, su escudo y su espada, y el temperamento ardiente que la caracterizaba no era sino el reflejo exterior de una llama interior que nadie, ni siquiera ella misma, podía controlar del todo.

La relación entre Cynn y Mhenlo se convirtió en uno de los hilos narrativos más fascinantes de la saga de los Héroes de Ascalon, una danza constante entre la devoción y los celos, entre el fuego y la luz sanadora, que a menudo generaba tanta tensión dramática como las batallas que enfrentaban. Cynn amaba a Mhenlo con la misma intensidad con la que conjuraba sus llamas, pero esa intensidad también alimentaba unos celos feroces que se encendían cada vez que el monje interactuaba con sus amistades femeninas de Cantha, particularmente con aquellas jóvenes con las que había estudiado en el Monasterio de Shing Jea. Cada sonrisa que Mhenlo dedicaba a una vieja compañera de estudios era un insulto imperdonable para Cynn; cada conversación amistosa se convertía en evidencia irrefutable de una traición emocional que existía más en la imaginación de la elementalista que en la realidad del monje. Los demás miembros del grupo aprendieron rápidamente a no interferir en las tormentas domésticas que estallaban periódicamente entre la pareja, limitándose a buscar cobertura cuando las llamas literales de Cynn comenzaban a manifestarse como expresión de su indignación sentimental. Pero bajo toda esa turbulencia emocional latía un amor genuino y profundo que ambos reconocían incluso cuando sus palabras decían lo contrario, un vínculo forjado en el sufrimiento compartido del Searing y fortalecido por cada batalla que enfrentaron lado a lado. No fue hasta los eventos del Viento del Cambio, mucho después de que los grandes conflictos hubieran pasado, cuando Mhenlo finalmente reunió el coraje para proponer matrimonio a Cynn, y ella, la mujer que podía reducir ejércitos a cenizas con un gesto de su mano, aceptó con lágrimas en los ojos y una sonrisa que, por primera vez en años, no contenía ningún rastro de ira.

Aidan era un hombre de pocas palabras pero de una presencia tan serena y constante como los bosques que amaba con devoción silenciosa. Ranger por vocación y por naturaleza, Aidan había crecido en los bosques que rodeaban Ascalon, aprendiendo los secretos de la tierra, la comunicación con los animales y el arte del arco con una paciencia que hacía honor a la profesión que había elegido. Su conexión con el mundo natural era tan profunda que parecía percibir los cambios en el viento antes de que ocurrieran, rastrear a una presa a través de kilómetros de terreno sin dejar más huella que una hoja movida por la brisa, y comunicarse con su compañero animal con una mirada que transmitía más que mil palabras. El Searing fue para Aidan un dolor de una naturaleza diferente a la de sus compañeros: no fue la pérdida de una familia o un hogar de piedra lo que lo devastó, sino la destrucción sistemática y absoluta del mundo natural que constituía su verdadero hogar. Los bosques carbonizados, los ríos envenenados, los animales muertos o enloquecidos por el fuego de los Charr; cada árbol calcinado era para Aidan una herida personal, cada criatura que encontraba retorciéndose en agonía entre los escombros era un grito silencioso que solo él podía escuchar. Se unió a Devona y los demás no por deber patriótico ni por sed de venganza, sino porque comprendió que la única forma de sanar la tierra era primero derrotar a aquellos que la habían destruido, y esa comprensión, simple pero inapelable, guió sus flechas durante toda la campaña.

Eve era la sombra que completaba la luz del grupo, una nigromante cuya conexión con la muerte y los no-muertos habría aterrorizado a cualquier persona normal pero que, dentro del contexto de los Héroes de Ascalon, resultaba no solo aceptable sino indispensable. Desde la infancia, Eve había mostrado una afinidad extraordinaria con las energías oscuras que la mayoría de los seres humanos prefería ignorar o temer. A los quince años, una edad en la que la mayoría de los aprendices de magia apenas lograban encender una vela con un conjuro, Eve ya era capaz de invocar esbirros de hueso, animando esqueletos y cadáveres con una facilidad que perturbaba profundamente a sus instructores y compañeros. Su encuentro con los Héroes de Ascalon fue tan dramático como apropiado para alguien de su profesión: un grupo de Charr, perseguido por Devona y sus compañeros, se refugió en las Catacumbas de Ascalon, donde Eve se encontraba experimentando con un nuevo hechizo de animación. Los Charr, al ver a una joven sola en la oscuridad, la tomaron por una presa fácil. Para cuando Aidan rastreó a los Charr hasta las profundidades de las catacumbas, no quedaba nada de la partida de guerra excepto Eve, rodeada por un ejército de muertos vivientes que obedecían sus órdenes con la docilidad de mascotas bien entrenadas, los restos de los Charr sirviendo como material para sus últimas creaciones. Eve se unió oficialmente al grupo desde ese momento, aportando un conocimiento de las artes oscuras que complementaba perfectamente las habilidades de sanación de Mhenlo y el poder destructivo de Cynn, creando un equilibrio entre la vida, la muerte y el fuego que convertiría al grupo en una de las fuerzas más formidables que Tyria había visto jamás.

Juntos, estos cinco héroes atravesaron los tres continentes del mundo conocido, dejando una estela de hazañas que las generaciones futuras recordarían como la era dorada de la aventura humana. En Tyria, lucharon contra las hordas Charr y desenmascararon la traición del Manto Blanco y sus amos invisibles, los Mursaat. En Cantha, se adentraron en las calles abarrotadas de Kaineng y las tierras petrificadas por el Viento de Jade para enfrentar la amenaza del traidor Shiro Tagachi. En Elona, marcharon bajo el sol abrasador del desierto para desafiar al oscuro dios Abaddon en su propio reino de tormento. Y en cada campaña, en cada continente, los cinco héroes demostraron que su fuerza no residía en el poder individual de cada miembro, sino en la sinergia perfecta que habían desarrollado a través de años de combate compartido. Devona avanzaba como un muro de acero, absorbiendo el castigo enemigo con su escudo mientras su espada creaba espacio para que sus compañeros operaran. Mhenlo tejía una red constante de sanación que mantenía al grupo en pie incluso cuando las probabilidades estaban abrumadoramente en su contra. Cynn desataba tormentas de fuego que diezmaban a las formaciones enemigas antes de que pudieran organizarse. Aidan eliminaba amenazas a distancia con una precisión quirúrgica que neutralizaba a los enemigos más peligrosos antes de que pudieran actuar. Y Eve invocaba a los caídos del bando enemigo para que lucharan del lado de los héroes, convirtiendo cada victoria en un refuerzo y cada derrota enemiga en un soldado más para su ejército espectral.

Pero quizás la historia más conmovedora dentro de la saga de los héroes de Tyria no pertenece a ninguno de los cinco miembros originales, sino a una niña pequeña cuyo destino se entrelazó con el de los aventureros de una manera que nadie podría haber previsto. En los días luminosos del pre-Searing, cuando Ascalon era todavía un reino de praderas verdes y cielos despejados, existía una niña llamada Gwen que vagaba por los alrededores de la ciudad, ofreciendo flores a los aventureros que pasaban cerca de la aldea de Ashford. Su sonrisa era la encarnación de la inocencia que Ascalon aún poseía, un recordatorio viviente de todo aquello por lo que valía la pena luchar y que pronto sería arrancado de raíz por las garras de la guerra. Los aventureros que aceptaban sus flores y le daban pequeñas baratijas a cambio no podían imaginar el destino que aguardaba a aquella niña de ojos brillantes, un destino que la transformaría de una vendedora de flores inocente en una de las heroínas más formidables y trágicas que Tyria jamás conocería. Cuando el Searing cayó sobre Ascalon, la madre de Gwen, Sarah, fue asesinada en el caos de la destrucción, y la niña, sola y desprotegida en un mundo que de repente se había convertido en un infierno de fuego y ceniza, fue capturada por los Charr y llevada a sus tierras como esclava.

Durante siete años interminables, Gwen sufrió bajo el yugo de la cautividad Charr, una experiencia que la rompió y la reforjó como el acero sometido a las llamas de una fragua infernal. Los Charr no mataban a los niños humanos capturados; los esclavizaban, los obligaban a trabajar bajo el constante azote de sus capataces, los sometían a una existencia de privación, humillación y terror constante que habría quebrado a la mayoría de los adultos. Pero dentro de la frágil niña que vendía flores ardía una llama que ningún látigo podía extinguir, una determinación nacida de la pérdida absoluta que se fue fortaleciendo con cada día de cautiverio. Durante aquellos siete años, Gwen descubrió en su interior una afinidad con la magia de los mesmers, la magia de la ilusión, el engaño y la manipulación mental, un talento que cultivó en secreto mientras sus captores la creían completamente subyugada. Las habilidades que desarrolló no nacían de la academia ni de la instrucción formal, sino de la pura necesidad de sobrevivir, de la comprensión instintiva de que las cadenas más fuertes no son las de hierro sino las de la mente, y de que quien domina las ilusiones puede escapar de cualquier prisión. Cada noche, mientras los Charr dormían, Gwen practicaba sus conjuros en silencio, tejiendo ilusiones cada vez más complejas, aprendiendo a desviar la atención, a confundir los sentidos, a crear imágenes fantasmales que podían distraer a un guardia durante los segundos cruciales necesarios para la fuga.

La fuga de Gwen de la cautividad Charr fue un acto de valentía desesperada que se convirtió en leyenda entre los que luchaban contra la invasión felina. Sola, armada únicamente con sus habilidades mentales y una determinación forjada en siete años de sufrimiento, logró engañar a sus guardias, crear ilusiones que confundieron a las patrullas de rastreo y huir hacia el norte, adentrándose en territorios desconocidos donde la muerte acechaba en cada sombra y cada sendero. Huyó durante días, quizás semanas, alimentándose de lo que encontraba, durmiendo a sobresaltos entre las rocas y la maleza, siempre con un oído atento al rugido de los Charr que sabía que vendrían a buscarla. Su huida la llevó finalmente a las tierras del norte, donde el destino le concedió el primer golpe de fortuna en siete años: tropezó con un campamento de la Vanguardia del Ébano, una fuerza expedicionaria humana que operaba detrás de las líneas enemigas bajo el mando de la Capitana Langmar. Langmar vio en aquella joven demacrada y salvaje no a una refugiada quebrada sino a una guerrera en potencia, una superviviente cuya determinación y habilidades mágicas podían ser canalizadas hacia la causa de la resistencia humana. Bajo la tutela de Langmar, Gwen floreció como una flor de hierro en un campo de batalla, transformándose en menos de un año de una esclava fugitiva a la segunda al mando de la Vanguardia del Ébano, una posición que reflejaba tanto sus capacidades excepcionales como la ferocidad implacable con la que perseguía la destrucción de los Charr que la habían atormentado durante la mitad de su vida.

La metamorfosis de Gwen fue completa pero no sin cicatrices. La niña dulce que ofrecía flores a los desconocidos había desaparecido, reemplazada por una mujer de expresión dura y corazón aparentemente congelado cuyo odio hacia los Charr era tan intenso que a veces eclipsaba su juicio táctico. Su crueldad hacia los prisioneros Charr preocupaba incluso a sus aliados más endurecidos, y su negativa a mostrar cualquier tipo de vulnerabilidad emocional creaba una barrera invisible entre ella y todos los que intentaban acercarse. Fue en este contexto de aislamiento emocional donde apareció Keiran Thackeray, un teniente ranger de los Halcones del Ébano cuya persistencia romántica habría resultado cómica si no hubiera sido tan sinceramente conmovedora. Keiran veía más allá de la armadura emocional de Gwen; percibía a la niña herida que se escondía detrás de la guerrera implacable, y se propuso alcanzarla con una paciencia que desafiaba toda lógica. Los insultos de Gwen rebotaban en él como flechas contra una muralla; su indiferencia calculada no lograba desanimarlo; incluso sus explosiones de ira más violentas eran recibidas con una sonrisa tranquila y una taza de té que ofrecía sin palabras. Lentamente, con la inexorabilidad de un glaciar derritiendo una roca, la constancia de Keiran comenzó a erosionar las defensas de Gwen, y el corazón congelado de la mesmer empezó a latir con algo diferente al odio por primera vez en años.

Pero el destino, como siempre en Tyria, tenía planes crueles para poner a prueba incluso los vínculos más resistentes. Keiran partió hacia Kryta con su unidad durante la guerra civil que sacudió aquel reino, y cuando la Capitana Langmar cayó en combate durante los enfrentamientos, Gwen se encontró no solo al mando de la Vanguardia del Ébano sino también enfrentando la devastadora noticia de que Keiran había sido reportado como desaparecido en acción. El dolor que la golpeó fue una revelación brutal: hasta ese momento, Gwen no se había permitido reconocer la profundidad de sus sentimientos por el ranger tenaz que se había negado a rendirse ante su frialdad. La posibilidad de perder a Keiran, de que su última interacción hubiera sido otro de sus rechazos cortantes, la destruyó de una manera que ni siete años de cautividad Charr habían logrado. Abandonando toda pretensión de estoicismo, Gwen organizó personalmente una operación de búsqueda y rescate, rastreando los movimientos de Keiran a través de territorio hostil con la misma determinación que había empleado para escapar de los Charr años atrás. Cuando finalmente lo encontró en Roca de Yunque, vivo pero herido, las murallas que Gwen había construido alrededor de su corazón se derrumbaron por completo. Keiran, fiel a su naturaleza, aprovechó el momento para proponer matrimonio, y Gwen, la guerrera implacable que había hecho temblar a ejércitos de Charr, aceptó entre lágrimas. La boda se celebró en Olafstead, en las tierras Norn, y por un breve instante resplandeciente, la niña de las flores de Ascalon volvió a sonreír con la misma inocencia que el Searing le había arrebatado hacía tanto tiempo.

Junto a estos héroes individuales existía un sistema que definió la experiencia de aventurarse por Tyria de una manera que ningún otro mundo había concebido antes: el sistema de Acompañantes, aquellos guerreros, monjes, elementalistas y rangers que esperaban en cada puesto de avanzada y cada ciudad, dispuestos a unirse a cualquier aventurero que necesitara compañía para adentrarse en las tierras salvajes. Estos acompañantes no eran simples mercenarios sin rostro; cada uno tenía su propia personalidad, sus propias fortalezas y debilidades, sus propias preferencias en combate que el aventurero debía aprender a manejar. El sistema representaba la respuesta de Tyria a una verdad fundamental de la supervivencia en un mundo plagado de peligros sobrenaturales: nadie, por poderoso que fuera, podía enfrentar solo las amenazas que acechaban más allá de las murallas de las ciudades. Los acompañantes se convirtieron en la columna vertebral de innumerables expediciones, proporcionando la estructura de equipo que las misiones más peligrosas exigían. Un aventurero solitario podía reunir un grupo de hasta siete acompañantes, creando formaciones que combinaban guerreros de primera línea con sanadores de retaguardia, controladores de área con eliminadores de objetivos prioritarios, en una coreografía de combate que recompensaba la planificación estratégica tanto como la habilidad individual. Este sistema no solo facilitaba la exploración del mundo, sino que encarnaba filosóficamente la esencia misma de Guild Wars: que la verdadera fuerza no reside en el héroe solitario sino en la capacidad de formar vínculos, de confiar en otros y de trabajar juntos hacia un objetivo común. Los Héroes de Ascalon eran la encarnación viviente de este principio, cinco individuos cuyas debilidades individuales se compensaban mutuamente y cuyas fortalezas, combinadas, creaban algo infinitamente superior a la suma de sus partes, un legado que inspiraría a generaciones futuras de aventureros a buscar sus propios compañeros y forjar sus propias leyendas en las tierras inmortales de Tyria.

La historia de los Héroes de Ascalon no terminó con una sola batalla gloriosa ni con un acto definitivo de heroísmo que sellara sus nombres en la eternidad. Su legado se construyó a lo largo de años de servicio incansable, de sacrificios callados y victorias que a menudo pasaban desapercibidas por los cronistas oficiales pero que cambiaron el curso de la historia de maneras que solo el tiempo revelaría en su totalidad. Devona continuó liderando con el ejemplo, su espada siempre la primera en cruzar la línea hacia el peligro y su escudo siempre el último en retroceder. Mhenlo encontró en Cynn no solo una compañera sentimental sino una razón para seguir luchando incluso cuando la fe en los dioses flaqueaba ante el peso de tanta destrucción. Aidan regresó a los bosques que amaba, trabajando silenciosamente para restaurar los ecosistemas devastados por la guerra mientras sus flechas seguían protegiendo a los viajeros de las amenazas que acechaban en las sombras de los árboles renacidos. Eve continuó explorando los misterios de la muerte y la no-muerte, su conocimiento de las artes oscuras convirtiéndose en un recurso invaluable para quienes luchaban contra las fuerzas sobrenaturales que amenazaban el mundo de los vivos. Y Gwen, la niña de las flores convertida en guerrera de hierro y finalmente en esposa y comandante, llevó la Vanguardia del Ébano hacia el sur, donde fundaría la fortaleza de Ebonhawke, el último bastión humano en las tierras devastadas de Ascalon, un faro de resistencia que ardería durante siglos contra la oscuridad. Sus nombres se convirtieron en sinónimo de esperanza, de resistencia, de la capacidad humana para levantarse de las cenizas y construir algo nuevo sobre las ruinas de lo perdido, y en los años venideros, cuando las sombras de los Dragones Ancestrales comenzaran a extenderse sobre el mundo, serían estas leyendas las que darían a los pueblos de Tyria el coraje para enfrentar una vez más lo imposible.