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Capitulo 9 de 15

El Laboratorio de Rekenber

En la ciudad de Lighthalzen, donde las chimeneas de las fábricas escupen humo hacia un cielo que no ha visto el azul puro en décadas y donde los barrios ricos se alzan sobre colinas artificiales mientras los barrios pobres se hunden en valles de hollín y desesperación, la Corporación Rekenber opera desde su sede central con la impunidad de un poder que ha dejado de fingir que necesita la aprobación del gobierno para hacer lo que quiere. Rekenber no es simplemente una empresa; es un estado dentro del estado, una entidad cuyo poder económico ha comprado la lealtad de los políticos, cuya capacidad tecnológica ha superado la de las academias oficiales, y cuya ambición no conoce límites morales porque los directivos que toman las decisiones en los pisos superiores de la torre corporativa han llegado a la conclusión, tras décadas de éxito ininterrumpido, de que la moralidad es un lujo que solo se pueden permitir quienes no tienen el poder de prescindir de ella.

La historia de Rekenber es la historia de la ambición humana destilada hasta su forma más pura y más peligrosa. Fundada generaciones atrás como una modesta empresa de ingeniería alquímica, Rekenber creció alimentada por la demanda insaciable de armas y equipo que la comunidad de aventureros generaba y por la capacidad de la corporación de producir productos cuya calidad superaba consistentemente la de sus competidores. Pero en algún momento del camino, en algún punto que los historiadores corporativos no registran pero que los críticos señalan como el momento en que la empresa dejó de ser una herramienta al servicio de la sociedad y se convirtió en un depredador que se alimentaba de ella, los objetivos de Rekenber cambiaron de la producción de bienes a la acumulación de poder por su propio sake, un cambio que fue tan gradual como irreversible y que condujo a la corporación por un camino cuyo destino era un laboratorio subterráneo donde los científicos jugaban con fuerzas que ni los dioses habían osado tocar.

El Biolaboratorio, la instalación secreta que Rekenber mantenía bajo los cimientos de su sede en Lighthalzen, era un lugar que los pocos que conocían su existencia describían con una reticencia que decía más que cualquier descripción detallada podría haber comunicado. Era un complejo de laboratorios interconectados que descendía múltiples niveles bajo la superficie de la ciudad, cada nivel más secreto y más perturbador que el anterior, como los círculos de un infierno diseñado no por un demonio sino por un comité de científicos cuya curiosidad había dejado atrás toda consideración ética hacía tanto tiempo que ya ni siquiera recordaban que esas consideraciones existían. El primer nivel albergaba los laboratorios de alquimia convencional, donde los investigadores desarrollaban pociones y compuestos que Rekenber vendía legalmente en los mercados del reino. El segundo nivel contenía los laboratorios de experimentación avanzada, donde las pociones se probaban en sujetos cuyo consentimiento no había sido solicitado ni obtenido. Y a partir del tercer nivel, lo que se encontraba ya no podía llamarse ciencia sino algo que necesitaba una palabra nueva, una palabra que combinara el horror con la fascinación y el rechazo con la admiración involuntaria por la audacia intelectual de quienes habían decidido explorar territorios que toda la tradición ética de la civilización humana había declarado prohibidos.

Los experimentos de modificación biológica que Rekenber llevaba a cabo en los niveles más profundos del Biolaboratorio eran el resultado de décadas de investigación en los límites de lo que el cuerpo humano podía soportar antes de dejar de ser humano. Los científicos de Rekenber habían descubierto que la energía mágica, cuando se aplicaba a organismos vivos en concentraciones y frecuencias específicas, podía alterar la estructura celular de maneras que la evolución natural nunca habría producido: aumentar la densidad muscular hasta niveles que convertían a un ser humano en una máquina de combate capaz de rivalizar con un caballero de élite sin necesidad de armadura, amplificar los reflejos nerviosos hasta velocidades que difuminaban la frontera entre lo humano y lo sobrenatural, e incluso, en los experimentos más avanzados y más controvertidos, implantar habilidades mágicas en sujetos que no poseían talento arcano natural, creando híbridos de guerrero y mago cuyas capacidades combinadas los convertían en armas vivientes de una eficacia que ningún entrenamiento convencional podía igualar.

Los sujetos de estos experimentos eran reclutados de los estratos más bajos de la sociedad de Lighthalzen, personas cuya desaparición no sería investigada y cuya existencia no sería extrañada: vagabundos, huérfanos, prisioneros que las autoridades entregaban a Rekenber a cambio de compensaciones económicas que los oficiales de la prisión dividían entre sí con la complicidad silenciosa de una burocracia que había aprendido a no hacer preguntas cuyas respuestas preferían no conocer. Los que sobrevivían al proceso de modificación, una minoría que representaba quizás una de cada diez sujetos, emergían de los laboratorios transformados en seres que recordaban vagamente a los humanos que habían sido pero que ya no podían clasificarse como tales: sus cuerpos eran más fuertes, más rápidos y más resistentes, pero sus mentes habían sido fragmentadas por el proceso de modificación y reconstruidas según especificaciones que priorizaban la obediencia y la eficacia de combate por encima de todo lo demás, incluyendo la capacidad de sentir dolor, miedo, compasión o cualquier otra emoción que los diseñadores del programa consideraban un obstáculo para el rendimiento óptimo.

Los que no sobrevivían al proceso, la mayoría abrumadora de los sujetos, se convertían en algo peor que muertos: se convertían en fracasos experimentales cuya existencia no era reconocida por ningún registro oficial y cuyos restos, cuando los había, eran eliminados con la eficiencia clínica de una operación de limpieza industrial. Los niveles más bajos del Biolaboratorio estaban llenos de los testimonios de estos fracasos: cámaras selladas donde los cuerpos de los sujetos que habían muerto durante los experimentos se descomponían en una oscuridad que nadie iluminaba y que nadie visitaba, pasillos donde las manchas en las paredes contaban historias que ningún informe oficial recogía, y un silencio que era más elocuente que cualquier grito porque era el silencio de quienes ya no pueden gritar.

La verdad sobre el Biolaboratorio llegó a la luz pública de la manera más dramática posible: no a través de un periodista valiente ni de un denunciante interno sino a través de una fuga, cuando los sujetos de los niveles más profundos del laboratorio, aquellos cuya modificación había sido más extrema y cuya obediencia programada había resultado ser menos perfecta de lo que los científicos habían calculado, rompieron sus contenciones y se abrieron paso a través de los niveles de seguridad con una violencia que demostró, con una ironía brutal, que los experimentos de Rekenber habían tenido éxito en crear guerreros de una eficacia sobrehumana: simplemente no habían logrado controlarlos. Los sujetos liberados, a quienes los aventureros que eventualmente los enfrentarían conocerían por los nombres clave que los laboratorios les habían asignado, eran combatientes cuyas habilidades superaban las de los aventureros más experimentados de Midgard, y su furia, alimentada por años de tortura disfrazada de experimentación, los convertía en enemigos tan peligrosos como cualquier demonio o monstruo que las mazmorras del mundo hubieran producido.

La investigación que siguió a la revelación del Biolaboratorio sacudió los cimientos políticos de Rune-Midgarts con una fuerza que ni los terremotos de Morroc habían logrado. Los vínculos entre Rekenber y los niveles más altos del gobierno del reino quedaron expuestos ante la opinión pública como las raíces de un árbol podrido que se arranca del suelo: extensos, profundos y repugnantes en su alcance. Funcionarios que habían autorizado el suministro de prisioneros al laboratorio, generales que habían sabido de los experimentos y los habían tolerado porque esperaban beneficiarse de sus resultados, nobles que habían invertido en Rekenber con pleno conocimiento de la naturaleza de sus actividades, todos ellos fueron arrastrados a la luz pública por una ola de indignación que los poderosos no pudieron contener porque la evidencia era demasiado abrumadora y la ira del pueblo demasiado intensa como para ser silenciada con los métodos habituales de soborno y amenaza.

Pero Rekenber no fue destruida, porque las organizaciones cuyo poder ha penetrado tan profundamente en el tejido de una sociedad no pueden ser extirpadas sin arrancar el tejido mismo. La corporación se reorganizó, cambió de directivos, emitió comunicados de arrepentimiento que los cínicos encontraron tan convincentes como un cocodrilo que llora mientras devora a su presa, y continuó operando bajo una supervisión gubernamental que sus propios lobistas ayudaron a diseñar con la generosidad de quien construye la jaula en la que será encerrado, asegurándose de que las barras estén lo suficientemente separadas como para pasar a través de ellas cuando sea necesario. El Biolaboratorio fue oficialmente clausurado, pero los rumores de que las investigaciones continuaban en instalaciones secretas ubicadas en regiones remotas del continente nunca dejaron de circular, y los aventureros que exploraban las mazmorras más profundas de Midgard reportaban ocasionalmente encuentros con criaturas cuyas características recordaban perturbadoramente a los sujetos experimentales de Rekenber, como si los fracasos del laboratorio hubieran encontrado el camino hacia las profundidades donde los demás fracasos de la civilización terminaban acumulándose.

El legado del Biolaboratorio de Rekenber fue una lección que Midgard absorbió con la reluctancia de un paciente que toma una medicina amarga: la lección de que el conocimiento sin ética no es sabiduría sino armamento, de que la capacidad de hacer algo no es lo mismo que el derecho de hacerlo, y de que la ciencia, como la magia, como la espada, es una herramienta cuyo valor moral depende enteramente de las manos que la empuñan y de las intenciones que guían esas manos. Los aventureros que descendieron a los niveles más profundos del Biolaboratorio después de la fuga y que enfrentaron a los sujetos experimentales que vagaban por los pasillos abandonados con la mirada vacía de los seres cuya humanidad ha sido robada y que no saben que les falta algo pero que sienten el vacío con cada fibra de su ser modificado, esos aventureros aprendieron la lección de la manera más dolorosa posible: mirando a los ojos de criaturas que habían sido personas y viendo en ellos el reflejo de lo que la civilización es capaz de producir cuando el poder se ejerce sin compasión y el conocimiento se persigue sin conciencia.