Antes de que existiera el mundo, antes de que las razas mortales dieran sus primeros pasos sobre una tierra que aún no había sido creada, antes de que el concepto mismo de existencia tuviera forma ni sustancia, dos titanes dormían en un vacío que no era espacio ni tiempo sino la posibilidad pura de ambos, un estado de potencialidad que aguardaba el catalizador que lo convertiría en realidad. Arun y Shara, los dos titanes cuya naturaleza excedía toda clasificación que los mortales posteriores intentarían imponer sobre ellos, flotaban en ese vacío con la serenidad de seres para los que la conciencia y el sueño eran estados tan intercambiables como las estaciones del año, y sus sueños, esos productos de una mente cuyo poder era tan vasto como la ausencia que la rodeaba, contenían dentro de sí las semillas de todo lo que llegaría a existir.
Los sueños de Arun y Shara no eran las fantasías efímeras que los mortales experimentan durante la noche y olvidan con la llegada del alba; eran actos de creación tan reales como cualquier acto deliberado, manifestaciones de una voluntad que operaba desde el inconsciente con la misma potencia con que operaría desde la conciencia si los titanes estuvieran despiertos. Cada sueño de Arun y Shara añadía una capa de realidad al vacío que los rodeaba, como las capas de sedimento que se depositan en el fondo de un lago durante milenios hasta que lo que era agua se convierte en tierra, y gradualmente, con la lentitud que solo la eternidad puede permitirse, los sueños de los dos titanes construyeron un mundo cuya solidez desmentía su origen onírico y cuya belleza superaba cualquier cosa que un arquitecto consciente podría haber diseñado.
El mundo que los sueños crearon tomó su forma de los cuerpos de los propios titanes, una geografía que era tanto literal como metafórica: los continentes que se alzaban sobre los océanos eran los cuerpos de Arun y Shara, enormidades de tierra cuya configuración reflejaba las formas de los titanes que dormían debajo de ellas con una fidelidad que los cartógrafos descubrirían siglos después cuando los mapas revelaran siluetas cuya semejanza con formas humanoides no podía ser accidental. Los dos continentes principales del mundo, uno formado por el cuerpo de Arun y el otro por el de Shara, se extendían sobre un océano cuya profundidad era la distancia que separaba a los titanes del vacío del que habían emergido, un espacio que era tanto acuático como dimensional, un abismo que contenía no solo agua sino posibilidades que la superficie apenas podía sospechar.
Las primeras criaturas que los sueños de los titanes produjeron fueron los dioses, seres cuya naturaleza era una destilación de los aspectos más concentrados de la voluntad onírica de Arun y Shara. Estos dioses no eran creaciones deliberadas sino emanaciones espontáneas, como las chispas que un fuego produce sin intención pero con inevitabilidad, y su diversidad reflejaba la diversidad de los sueños que los habían engendrado: dioses de la guerra y dioses de la paz, dioses de la creación y dioses de la destrucción, dioses cuya bondad era tan genuina como la maldad de otros era inexorable, un panteón cuya variedad era la expresión de una psique creadora que contenía todos los extremos del espectro moral sin privilegiar ninguno. Los dioses, al despertar a la conciencia en un mundo que ya existía pero que todavía carecía de habitantes mortales, comprendieron que su función era la administración de una creación cuyo origen los precedía y cuyo destino los trascendería.
La creación de las razas mortales fue el acto que transformó el mundo de un escenario vacío en un teatro cuyas obras se escribirían con la sangre y la tinta de seres cuya breve existencia contenía más intensidad que la eternidad de los dioses que los habían creado. Cada dios creó una raza a su imagen, un pueblo cuyas características reflejaban la naturaleza del dios que lo había concebido con una fidelidad que hacía que cada raza fuera, en cierto sentido, un retrato de su creador pintado con la materia de la mortalidad. Los Humanos, la raza más numerosa y más adaptable, fueron la creación de un dios cuya naturaleza era la versatilidad, y su capacidad de prosperar en cualquier entorno y de dominar cualquier disciplina con una competencia que, si bien nunca alcanzaba la maestría de las razas especializadas, compensaba con su amplitud lo que le faltaba en profundidad.
Los Castanics, creación de un dios cuya naturaleza era la pasión en todas sus formas, eran seres cuya apariencia, marcada por cuernos y por una belleza que los demás mortales encontraban simultáneamente atractiva y perturbadora, reflejaba una naturaleza que no reconocía la moderación como una virtud sino como una limitación. Los Amani, la raza de gigantes cuya conexión con los dragones les confería una majestad que era proporcional a su tamaño, eran los guardianes naturales del mundo, seres cuya fuerza era solo superada por su sentido del honor. Los Baraka, los sabios cuya calma era tan vasta como sus conocimientos, ofrecían a las demás razas una perspectiva de serenidad que era tan valiosa en la guerra como en la paz. Los High Elves, cuya arrogancia era proporcional a su poder mágico y cuyo refinamiento cultural era el producto de milenios de civilización. Los Popori y los Elin, las razas de la naturaleza cuya conexión con el mundo animal y vegetal les confería poderes que las razas más urbanas no podían replicar. Y los Aman, cuya ferocidad era la expresión de una raza que había sobrevivido las condiciones más hostiles mediante la adaptación más extrema.
El mundo que los titanes habían soñado y que los dioses habían poblado era un lugar de una belleza que los mortales que lo habitaban a menudo daban por sentada con la negligencia de quienes viven en el interior de una obra de arte sin detenerse a contemplarla. Las montañas que se alzaban en los continentes con la majestuosidad de las formaciones geológicas más imponentes no eran simplemente accidentes topográficos sino expresiones del cuerpo de los titanes que dormían debajo, sus picos las articulaciones, sus valles los pliegues, y su interior un laberinto de cavernas que eran los espacios vacíos dentro de una anatomía cuya escala era planetaria. Los bosques que cubrían las tierras con una vegetación cuya exuberancia sugería una fertilidad sobrenatural eran el pelo de los titanes dormidos, extensiones de vida cuya raíz llegaba hasta la piel de los seres cuyo sueño las había producido.
El equilibrio del mundo dependía del sueño continuado de los titanes, una verdad que los dioses comprendían y que los mortales aprenderían de la manera más dolorosa posible: que despertar a un titán no significaba liberarlo sino destruir el sueño que era el mundo, que la conciencia de los creadores sería la aniquilación de la creación, y que la existencia de todo lo que vivía, luchaba y amaba sobre la superficie del mundo dependía de que los titanes siguieran dormidos, siguieran soñando, siguieran produciendo la realidad que sus sueños tejían con la misma naturalidad con que el sol produce luz y el océano produce olas. La fragilidad de esta dependencia, la conciencia de que todo lo que existía era el producto de un sueño que podía terminar en cualquier momento si los soñadores despertaban, era la verdad más aterradora del mundo y la que los habitantes del mundo elegían ignorar con la misma determinación con que elegían vivir: porque la alternativa a vivir en un sueño que puede terminar es no vivir en absoluto, y esa alternativa era inaceptable para seres cuya breve existencia era lo único que poseían y que estaban determinados a hacer que esa posesión valiera cada momento que les fuera concedido.