La armonía que reinaba entre los dioses que administraban el mundo soñado por los titanes duró lo que duran las cosas perfectas en los mundos que contienen seres con voluntad propia: un instante que en la perspectiva divina se midió en eras pero que en la perspectiva de la eternidad fue tan breve como el parpadeo que precede a las lágrimas. Los dioses que Arun y Shara habían producido como emanaciones de sus sueños poseían voluntades cuya magnitud era proporcional a su poder, y esas voluntades, diversas como los sueños que las habían engendrado, no podían coexistir indefinidamente sin que las tensiones inherentes a sus diferencias encontraran una expresión que la armonía original no podía contener. La Guerra Divina fue esa expresión, un conflicto cuya violencia sacudiría los cimientos del mundo con una fuerza que haría temblar a los titanes en su sueño.
Las causas de la Guerra Divina eran tan múltiples como los dioses que la libraron, una red de rivalidades, ambiciones y desacuerdos cuya complejidad hacía imposible señalar a un solo instigador o a una sola causa. Algunos dioses creían que los mortales debían ser guiados con mano firme hacia un destino que los dioses habían diseñado para ellos, una tutela que otros dioses consideraban tiranía disfrazada de benevolencia. Otros dioses creían que el poder debía ser redistribuido entre el panteón de maneras que favorecieran a los que habían sido relegados a posiciones menores, una demanda de justicia que los dioses privilegiados interpretaban como una amenaza a un orden que les convenía mantener. Y otros, los más peligrosos, simplemente deseaban el poder por sí mismo, sin justificaciones ideológicas que disfrazaran la codicia como principio, y su honestidad brutal era, paradójicamente, más respetable que las racionalizaciones de los que envolvían sus ambiciones en el lenguaje de la virtud.
La guerra estalló con una violencia que transformó la geografía del mundo con cada batalla. Los dioses, seres cuyo poder podía remodelar la realidad con un pensamiento, lucharon con una intensidad que dejó cicatrices en el paisaje que los eones no pudieron borrar: montañas que se partieron por la mitad como si un hacha cósmica las hubiera dividido, océanos que hirvieron bajo el impacto de energías cuya temperatura excedía la de las estrellas, y regiones enteras que fueron reducidas a páramos cuya desolación era el testimonio mudo de la violencia que los había creado. Las razas mortales, atrapadas entre las fuerzas de dioses cuyo conflicto excedía su capacidad de comprensión, sufrieron las consecuencias de una guerra que no habían iniciado y que no podían terminar, sus ciudades destruidas como efecto colateral de batallas cuyo objetivo no era la conquista de territorio mortal sino el dominio del panteón.
Los mortales no fueron simplemente víctimas pasivas de la Guerra Divina; fueron también participantes cuya lealtad a los dioses que los habían creado los convertía en soldados en un conflicto cuyas dimensiones excedían su comprensión pero cuya urgencia no dejaba espacio para la neutralidad. Las razas se alinearon con los dioses que las habían creado o con los dioses cuyas promesas les resultaban más atractivas, y las alianzas entre razas que la paz anterior había mantenido en un equilibrio imperfecto se disolvieron bajo la presión de lealtades divinas que no admitían la ambigüedad. Hermanos lucharon contra hermanos, amigos contra amigos, y los campos de batalla del mundo se tiñeron con la sangre de mortales cuyo sacrificio era tan invisible para los dioses que lo habían causado como las hormigas son invisibles para los humanos que las pisan sin darse cuenta.
Los dioses caídos, aquellos cuya derrota en la guerra los privó de la posición que habían ostentado en el panteón, no desaparecieron sino que se transformaron en algo más peligroso que lo que habían sido: dioses resentidos cuya ambición de venganza se combinaba con un poder que, aunque disminuido, seguía siendo formidable. Estos dioses caídos se retiraron a los márgenes del mundo, a las dimensiones periféricas donde su influencia podía crecer sin ser detectada, y desde esos márgenes continuaron operando con la paciencia de seres para los que el tiempo no era una limitación sino un aliado. Los cultos que los adoraban, organizaciones de mortales cuya devoción era alimentada por promesas de poder y de venganza contra los dioses victoriosos, se convirtieron en amenazas cuya persistencia sobreviviría a la propia guerra y cuya influencia se extendería a lo largo de las eras posteriores como una enfermedad crónica que el cuerpo no puede eliminar completamente.
La guerra alcanzó su clímax cuando los combates entre los dioses se acercaron peligrosamente a los cuerpos de los titanes dormidos, una escalada que los dioses más sabios reconocieron como el umbral de una catástrofe que haría que la guerra misma pareciera un inconveniente menor. Si los titanes despertaban, si el sueño que era el mundo se interrumpía, todo lo que existía dejaría de existir con la instantaneidad de una burbuja que estalla, y la guerra que los dioses libraban por el control del mundo carecería de sentido porque no habría mundo que controlar. Esta comprensión, que llegó con la urgencia de una revelación cuyo mensaje era actúa ahora o pierde todo, fue el catalizador que puso fin a la guerra: no una victoria de un bando sobre otro sino una tregua impuesta por el terror compartido de una aniquilación que no distinguiría entre vencedores y vencidos.
La tregua que puso fin a la Guerra Divina no fue una paz verdadera sino una suspensión de hostilidades cuya duración dependía de la capacidad de los dioses de mantener un equilibrio que la guerra había demostrado era inherentemente inestable. Los dioses victoriosos asumieron posiciones de autoridad que los derrotados aceptaron con una resentimiento que no podían expresar abiertamente pero que era tan palpable como el calor de una llama oculta bajo cenizas, y la estructura de poder que emergió de la tregua era tan frágil como era necesaria, un compromiso que nadie amaba pero que todos preferían a la alternativa.
Los mortales que sobrevivieron a la Guerra Divina heredaron un mundo cuyas cicatrices eran tan visibles como las de un veterano de guerra cuyo cuerpo registra cada batalla que ha librado en forma de tejido cicatrizado que es más duro que la piel original pero también más rígido, más feo y menos sensible. Las regiones del mundo que habían sido escenario de las batallas más intensas entre los dioses permanecieron marcadas durante generaciones, zonas donde la magia se comportaba de maneras erráticas, donde los monstruos eran más poderosos y más agresivos que en otras regiones, y donde los mortales que se aventuraban encontraban peligros que excedían los parámetros normales del mundo con una consistencia que los cartógrafos aprendieron a mapear como zonas de exclusión.
La memoria de la Guerra Divina se conservó en las tradiciones de todas las razas del mundo como el recordatorio más poderoso de la fragilidad de la existencia y de la responsabilidad que los mortales tenían de mantener un equilibrio que los dioses mismos habían demostrado ser incapaces de preservar. La guerra enseñó a los mortales que los dioses no eran protectores benévolos cuya sabiduría garantizaba la seguridad del mundo sino seres cuyas pasiones podían ser tan destructivas como las de los propios mortales, y que la confianza ciega en la divinidad era un lujo que los supervivientes de la guerra no podían permitirse. Esta lección, absorbida por las civilizaciones que emergieron de las cenizas del conflicto, sería la base de una nueva era en la que los mortales asumirían una responsabilidad por su propio destino que los dioses, por su parte, estaban más que dispuestos a delegar.