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Capitulo 3 de 12

Las Razas del Mundo

El mundo que los titanes habían soñado y que la Guerra Divina había sacudido albergaba una diversidad de razas cuya variedad era el reflejo de los múltiples sueños que habían contribuido a la creación, cada raza un verso diferente en el poema de la existencia que los titanes dormidos recitaban sin saberlo. Las siete grandes razas que habitaban los continentes de Arun y Shara no eran simplemente grupos étnicos con diferencias superficiales; eran expresiones radicalmente diferentes de lo que significaba ser mortal, cada una con su propia biología, su propia cultura, su propia historia y su propia forma de comprender un mundo que todas compartían pero que ninguna podía abarcar en su totalidad desde una sola perspectiva.

Los Humanos eran la raza que más se asemejaba a un punto medio en el espectro de la diversidad racial, un equilibrio de capacidades que no sobresalía en ninguna dirección particular pero que compensaba su falta de especialización con una adaptabilidad que las razas más especializadas encontraban envidiable en los momentos en que sus propias especializaciones se convertían en limitaciones. Los Humanos habían construido la civilización más extensa del mundo, no porque fueran los más fuertes ni los más inteligentes ni los más mágicos, sino porque eran los más versátiles, los más capaces de adaptarse a entornos diferentes y de aprender técnicas que las razas más orgullosas se negaban a adoptar por considerarlas ajenas a su identidad. La capital humana, Velika, era un testimonio de esa versatilidad: una ciudad cuya arquitectura combinaba elementos de todas las tradiciones del mundo en una síntesis que los puristas encontraban incoherente pero que funcionaba con una eficacia que los puristas no podían negar.

Los Castanics eran la raza cuya reputación precedía a sus miembros con una eficacia que era tanto una ventaja como una desventaja. Su apariencia, marcada por cuernos curvados y por una belleza que los demás mortales encontraban magnética de una manera que los perturbaba, era el reflejo exterior de una naturaleza interior que no conocía la moderación como virtud sino que la rechazaba como limitación. Los Castanics vivían con una intensidad que hacía que cada momento fuera una experiencia concentrada, cada emoción un absoluto, cada decisión un compromiso total cuyas consecuencias aceptaban con la misma pasión con que habían tomado la decisión que las había producido. Su cultura valoraba la libertad individual sobre la conformidad colectiva con una firmeza que otras razas interpretaban como egoísmo pero que los Castanics defendían como la expresión más pura de lo que significaba estar vivo.

Los Amani, la raza de gigantes cuya ascendencia dracónica se manifestaba en cuerpos cuyo tamaño y cuya fortaleza los colocaban en la cúspide de la jerarquía física del mundo, eran seres cuya historia era un testimonio de la capacidad de trascender un origen oscuro mediante la elección consciente del honor. Los Amani habían sido esclavos, sometidos por los dioses que los habían creado como instrumentos de guerra cuya voluntad propia era una inconveniencia que debía ser suprimida, y su liberación había sido un acto de rebelión cuya audacia habría sido imposible si el deseo de libertad no hubiera sido más fuerte que el miedo al castigo. Los Amani libres vivían con un sentido del honor que era la consecuencia directa de su experiencia como esclavos: habían aprendido, del modo más doloroso posible, qué significaba no tener dignidad, y esa lección había producido una devoción por la dignidad que era tan feroz como había sido terrible su ausencia.

Los Baraka, los sabios cuya calma era un fenómeno que las razas más emocionales encontraban desconcertante y cuyo conocimiento abarcaba disciplinas que otras razas ni siquiera sabían que existían, eran la memoria viviente del mundo. Los Baraka no morían de vejez; envejecían hasta un punto en que su conciencia se fusionaba con la tierra que los titanes habían formado con sus cuerpos, una transición que no era muerte sino transformación, un retorno al origen que los Baraka contemplaban con la serenidad de quienes comprendían que la individualidad era una fase temporal en un ciclo cuya continuidad era más importante que cualquiera de sus iteraciones. Su perspectiva temporal, que abarcaba siglos de experiencia acumulada, les confería una sabiduría cuya profundidad era tan vasta como era difícil de comunicar a razas cuya existencia se medía en décadas.

Los High Elves, la raza cuyo dominio de la magia era tan legendario como su arrogancia era proverbial, habitaban ciudades cuya belleza era el reflejo de un refinamiento cultural que milenios de civilización habían pulido hasta un brillo que era tanto deslumbrante como cegador. Los High Elves consideraban que su dominio de la magia arcana los colocaba en una posición de superioridad natural que las demás razas debían reconocer, una actitud que generaba el resentimiento que toda pretensión de superioridad genera pero que era difícil de refutar cuando los hechiceros High Elves demostraban capacidades que los magos de las otras razas no podían replicar.

Los Popori y los Elin eran las razas de la naturaleza cuya conexión con el mundo animal y vegetal era tan profunda que la frontera entre ellos y el mundo natural era más filosófica que biológica. Los Popori, seres cuya apariencia combinaba rasgos humanos con características de los animales del bosque, aportaban una perspectiva que las razas más urbanas encontraban refrescante en su simplicidad aparente y desconcertante en su profundidad real. Los Elin, seres de apariencia infantil pero de una antigüedad que excedía la de muchas otras razas, eran los guardianes de los bosques y de los espacios naturales cuya preservación consideraban no solo un deber sino una extensión de su propia identidad.

La diversidad de razas era la mayor fortaleza y la mayor vulnerabilidad del mundo. Era su mayor fortaleza porque cada raza aportaba capacidades que las demás no poseían, y la combinación de esas capacidades producía una versatilidad colectiva que excedía la de cualquier raza individual. Pero era también su mayor vulnerabilidad porque las diferencias que enriquecían al mundo también lo dividían, creando líneas de falla culturales a lo largo de las cuales los conflictos se propagaban con la facilidad de los terremotos a lo largo de las fallas geológicas.

La necesidad de superar esas divisiones, de forjar una unidad que trascendiera las diferencias raciales sin eliminarlas, sería el desafío más grande que el mundo enfrentaría cuando la amenaza que se gestaba en las profundidades finalmente se manifestara. Las razas del mundo tendrían que elegir entre la unidad y la extinción, entre la cooperación y la aniquilación, y la elección que hicieran determinaría no solo su propio futuro sino el futuro de un mundo cuya existencia dependía de que sus habitantes encontraran la manera de defender juntos lo que ninguno de ellos podía defender por separado.