Tibia

Capitulo 1 de 15

La Génesis del Mundo

Antes de que existiera el mundo, antes de que el concepto mismo de existencia tuviera significado, antes de que la primera partícula de materia encontrara a la segunda y comenzara el proceso infinito de la creación, existía solo el vacío, una extensión sin dimensiones ni tiempo ni propósito cuya naturaleza era tan absoluta que la palabra nada resulta insuficiente para describirla porque nada implica la ausencia de algo y en el vacío primordial no había algo cuya ausencia pudiera ser señalada. El vacío era anterior a la dicotomía entre presencia y ausencia, anterior a la distinción entre ser y no ser, un estado tan fundamental que los teólogos más ambiciosos de las eras posteriores admitirían que sus mentes, formadas por y para un universo de cosas, eran incapaces de comprender verdaderamente un estado en el que las cosas no existían ni siquiera como posibilidad.

Del vacío surgió Tibiasula, el dios creador cuya existencia fue el primer acto de una narrativa que se extendería a lo largo de eones y que seguiría desarrollándose mucho después de que su creador hubiera dejado de intervenir directamente en ella. Tibiasula no fue creado por nada ni por nadie; simplemente fue, de la misma manera en que una verdad matemática simplemente es, sin necesitar una causa que la anteceda ni una justificación que la valide. Su conciencia emergió del vacío como una isla emerge del océano, no porque el océano la creara sino porque las fuerzas que operaban bajo la superficie encontraron un punto donde la elevación era posible, y la primera cosa que Tibiasula comprendió fue que estaba solo, y la segunda fue que la soledad era una condición que podía ser remediada, y la tercera fue que la remediación de la soledad era, de hecho, su propósito, el motivo por el cual su existencia había sido posible cuando la existencia de todo lo demás aún no lo era.

Tibiasula creó a los primeros dioses con la deliberación de un artista que sabe que su primera obra definirá el estilo de todo lo que vendrá después. Uman fue el primero, el dios cuya esencia era la armonía, el equilibrio y la sabiduría que permite comprender que la creación es más que la suma de sus partes. Uman no era simplemente sabio; era la sabiduría misma encarnada en forma divina, una entidad cuya comprensión de las leyes que gobernarían el universo era tan profunda que podía prever las consecuencias de cada acto de creación con una claridad que los mortales posteriores atribuirían a la omnisciencia pero que era, más precisamente, la consecuencia de ser la primera mente que existió después de la del creador y de haber sido formada con una capacidad de comprensión que ningún ser posterior igualaría completamente.

Fardos fue creado como el contrapeso de Uman, no en el sentido de que se le opusiera sino en el sentido de que completaba lo que Uman dejaba incompleto. Si Uman era la comprensión pasiva, Fardos era la acción creativa, el impulso de transformar la comprensión en realidad tangible, de convertir la teoría en práctica con la urgencia de quien sabe que una idea que permanece como idea es una semilla que nunca germina. Fardos era el dios del sol, de la luz y de la energía vital que animaría todo lo que la creación produjera, y su naturaleza era tan expansiva y generosa como la del sol que eventualmente crearía: un ser cuya tendencia era dar, iluminar, calentar, hacer crecer, con una generosidad que no discriminaba entre los merecedores y los indignos porque la luz no pregunta a quién ilumina si merece ser iluminado.

Pero la creación no puede ser solo armonía y luz; necesita también la tensión que da forma, la oscuridad que define los bordes, la fuerza que prueba la resistencia de lo creado para asegurar que lo que sobrevive es lo suficientemente fuerte como para merecer la existencia. Para ese propósito, Tibiasula creó a Zathroth, y en esa creación sembró la semilla de todo el conflicto que la historia del mundo registraría, porque Zathroth era la negación, la destrucción, la curiosidad amoral que desmonta lo creado para entender cómo funciona sin preocuparse por si puede ser reconstruido después del análisis. Zathroth no era maligno en el sentido en que los mortales utilizarían esa palabra; era necesario, una fuerza cuya existencia garantizaba que la creación no se estancara en la complacencia sino que fuera constantemente puesta a prueba por una fuerza que cuestionaba su derecho a existir con la misma persistencia con que Fardos afirmaba ese derecho.

Los dioses menores surgieron de las interacciones entre estos primeros seres divinos, cada uno encarnando un aspecto de la realidad que los dioses mayores no podían abarcar con la especificidad que la creación requería. Crunor, el dios de los árboles y de la naturaleza, cuya conexión con el mundo vegetal era tan profunda que los bosques que crecerían en la superficie del mundo serían extensiones de su conciencia tanto como ecosistemas independientes. Bastesh, la diosa de los gatos cuya elegancia y cuyo misterio reflejaban la naturaleza de las criaturas que la representaban en el mundo mortal. Kirok, cuya relación con la muerte y con los ciclos de terminación y renovación lo convertían en el dios más temido y más necesario, porque sin la muerte, la vida perdería el significado que la finitud le confiere. Cada uno de estos dioses menores añadía una capa de complejidad a una creación que crecía en riqueza con cada adición, como una sinfonía gana profundidad con cada instrumento que se une a la orquesta.

La creación del mundo físico fue el acto que transformó las posibilidades divinas en realidades tangibles, el momento en que la materia respondió a la voluntad de los dioses y se organizó en las formas que los mortales reconocerían como tierra, agua, aire y fuego. El mundo que los dioses crearon era un lienzo cuya vastedad era proporcional a la ambición de sus creadores, un continente rodeado de océanos cuya profundidad guardaba secretos que ni los propios dioses habían colocado deliberadamente, porque la creación, una vez iniciada, generaba complejidades que excedían la intención original de los creadores con la misma naturalidad con que un jardín produce plantas que el jardinero no plantó. Las montañas se alzaron como los huesos del mundo, los ríos fluyeron como sus venas, los bosques crecieron como su piel, y bajo la superficie, en las cavernas y los túneles que se extendían hacia profundidades que la luz del sol nunca alcanzaría, se formaron ecosistemas cuya existencia era tan secreta como era vital para el equilibrio del mundo que se desarrollaba sobre ellos.

Los primeros seres vivos que poblaron el mundo fueron creaciones directas de los dioses, entidades cuya existencia reflejaba la naturaleza del dios que las había creado con la fidelidad de un retrato que captura no solo la apariencia sino la esencia del retratado. Los elementales, seres de fuego y de agua, de tierra y de aire, fueron las primeras expresiones de la vida en el mundo, entidades cuya conciencia era rudimentaria pero cuya conexión con las fuerzas fundamentales del cosmos era directa y sin mediación, como la conexión de un hijo con su padre en los primeros momentos de vida, antes de que la individualidad se desarrolle y la separación comience. Los dragones, criaturas cuyo poder y cuya majestuosidad las colocaban en la cúspide de la jerarquía de la creación no divina, fueron las obras maestras de los dioses, seres cuya longevidad y cuya inteligencia los convertían en los custodios naturales del mundo que los había engendrado.

Pero fue la creación de los mortales, esos seres cuya fragilidad era inversamente proporcional a su potencial y cuya breve existencia contenía más posibilidades de las que la eternidad de los dioses podía abarcar, lo que transformó el mundo de un escenario para las obras divinas en un lugar con una historia propia. Los humanos, los enanos, los elfos y las demás razas mortales que los dioses crearon para poblar la superficie del mundo eran experimentos cuyo resultado nadie, ni siquiera los propios dioses, podía predecir con certeza, porque los mortales habían sido dotados de algo que los dioses no habían dado a ninguna otra creación: la capacidad de elegir, de decidir su propio destino con una libertad que los dioses podían influenciar pero no controlar, y esa libertad, ese don peligroso y magnífico, era la variable que convertiría la historia del mundo en algo impredecible, fascinante y, en más de una ocasión, aterrador.

La génesis del mundo fue, en todos los sentidos, el primer capítulo de una historia cuya longitud nadie podía estimar y cuyo contenido nadie podía predecir. Los dioses habían creado un escenario, habían poblado ese escenario con actores y les habían dado la libertad de improvisar, y el resultado sería una narrativa tan rica y tan compleja que los propios dioses, desde sus tronos divinos, la observarían con una mezcla de orgullo y de horror, de satisfacción y de arrepentimiento, comprendiendo que la creación, una vez iniciada, adquiere una vida propia que el creador puede contemplar pero no controlar, y que esa falta de control no es un defecto de la creación sino su característica más esencial, la que la hace viva en lugar de simplemente existente.

El mundo estaba hecho, los dioses habían terminado su obra inicial, y la historia que seguiría, contada en sangre y en oro, en fe y en traición, en heroísmo y en cobardía, sería escrita no por las manos divinas que habían moldeado la materia sino por las manos mortales que habían sido creadas para habitarla, manos que empuñarían espadas y bastones, manos que construirían ciudades y las destruirían, manos que escribirían las crónicas de un mundo cuya existencia era un regalo de los dioses y cuya historia era el regalo de los mortales para sí mismos.