Tibia

Capitulo 2 de 15

La Guerra de los Dioses

La armonía que Tibiasula había previsto para su creación duró lo que duran las cosas perfectas: un instante que en la perspectiva divina se midió en eras pero que en la perspectiva de la eternidad fue tan breve como el parpadeo de una estrella. Porque la perfección es un estado inestable, una cumbre tan estrecha que cualquier movimiento la convierte en descenso, y los dioses que Tibiasula había creado, dotados de voluntades cuya magnitud era proporcional a su poder, no podían permanecer en equilibrio perpetuo sin que las tensiones inherentes a sus naturalezas encontraran una salida que la armonía original no podía contener. La guerra de los dioses no fue un evento que surgió de la nada sino la consecuencia inevitable de reunir voluntades cósmicas en un espacio que, por vasto que fuera, no era lo suficientemente grande como para que cada una de esas voluntades se expresara sin colisionar con las demás.

Zathroth fue el catalizador, como todos sabían que lo sería, porque su naturaleza era la de la fuerza que cuestiona y que destruye, y cuestionar y destruir es lo que Zathroth hacía no por maldad sino por constitución, de la misma manera en que el fuego quema no por crueldad sino porque quemar es lo que el fuego hace. Pero la magnitud de lo que Zathroth hizo excedió lo que incluso los dioses más pesimistas habían previsto, porque Zathroth no se conformó con cuestionar la creación de los otros dioses sino que buscó crear sus propias versiones, seres cuya existencia era una parodia deliberada de lo que Fardos y Uman habían producido, criaturas cuya naturaleza estaba diseñada no para existir en armonía con el mundo sino para devorarlo, consumirlo y reemplazarlo con algo que reflejara la visión de Zathroth de un cosmos donde la destrucción no era un proceso sino un estado permanente.

Los demonios fueron la creación más terrible de Zathroth, seres cuya existencia era una afrenta a los principios que los otros dioses habían establecido como los fundamentos de la realidad. Los demonios no eran simplemente criaturas poderosas y malévolas; eran la encarnación de una filosofía que sostenía que la destrucción era la forma más pura de la existencia, que la creación era una debilidad que merecía ser castigada, y que el sufrimiento de los seres creados por los otros dioses era no solo aceptable sino deseable, una ofrenda que Zathroth aceptaba con la misma naturalidad con que Fardos aceptaba las plegarias. Los señores demoníacos que lideraban las legiones de Zathroth eran entidades cuyo poder rivalizaba con el de los propios dioses menores, seres como Urgith, el demonio de los no-muertos cuyo dominio sobre la muerte convertía a los caídos en soldados para el ejército de la oscuridad, y Bazir, cuya brutalidad era tan legendaria que su nombre se utilizaba en las eras posteriores como sinónimo de destrucción sin propósito.

La guerra que estalló entre los dioses fue un conflicto cuyas dimensiones excedían la capacidad de comprensión de cualquier ser mortal y que los textos sagrados de las eras posteriores describían con metáforas que eran necesariamente inadecuadas porque el lenguaje humano carece de los términos necesarios para describir una confrontación entre entidades cuyo poder podía remodelar la realidad con un pensamiento. Fardos, el dios de la luz y de la creación, enfrentó a Zathroth con una determinación que era el reflejo de su naturaleza: donde Zathroth destruía, Fardos reconstruía; donde Zathroth corrompía, Fardos purificaba; donde Zathroth sembraba desesperación, Fardos cultivaba esperanza. Pero la lucha no era simplemente entre dos dioses sino entre los principios que representaban, y la victoria de uno significaba la eliminación del otro y, con él, la eliminación del principio que encarnaba, una perspectiva que incluso el vencedor encontraba inaceptable porque un universo sin destrucción sería un universo estancado, del mismo modo que un universo sin creación sería un universo vacío.

El mundo mortal fue el campo de batalla donde las fuerzas divinas chocaron con consecuencias que los mortales experimentaron como catástrofes cuya magnitud excedía todo lo que la naturaleza normal del mundo podía producir. Continentes se fracturaron bajo la presión de energías que los dioses desataron con la liberalidad de combatientes que no comprenden completamente, o que no se preocupan por comprender, el daño colateral que sus ataques producen en los seres que habitan el terreno donde luchan. Océanos hirvieron cuando el fuego divino tocaba el agua, montañas se derrumbaron cuando las ondas de choque de los golpes divinos alcanzaban sus bases, y las criaturas que los dioses habían creado con tanto cuidado morían por miles, atrapadas entre fuerzas que no podían comprender y contra las que no podían defenderse, víctimas inocentes de una guerra cuyas causas y cuyos objetivos trascendían su capacidad de comprensión con la misma vastedad con que el océano trasciende la capacidad de un pez para comprender el océano.

Los demonios de Zathroth invadieron el mundo mortal como una plaga cuya propagación era tan imparable como era devastadora, criaturas que emergían de las fisuras que la guerra había abierto en el tejido de la realidad como insectos que emergen de las grietas en una pared dañada. Los mortales, que hasta ese momento habían vivido en un mundo cuyas amenazas eran manejables y cuyo equilibrio era mantenido por la vigilancia de los dioses, se encontraron de pronto en un mundo donde la vigilancia divina estaba distraída por la guerra y donde las amenazas que emergían de la oscuridad eran de una magnitud que ninguna experiencia previa los había preparado para enfrentar. Los primeros héroes mortales surgieron de esa necesidad, hombres y mujeres cuya respuesta al horror no fue la parálisis sino la acción, individuos que empuñaron las armas que tenían a mano y enfrentaron a los demonios con una valentía que era tanto más admirable cuanto más desesperada era la situación que la motivaba.

La intervención de Uman fue el factor que cambió el equilibrio de la guerra, no porque el dios de la sabiduría fuera más poderoso que los combatientes sino porque su capacidad de comprender la totalidad del conflicto le permitió diseñar estrategias que explotaban las debilidades de las fuerzas de Zathroth con una eficacia que la fuerza bruta sola no podía lograr. Uman comprendió que la guerra no podía ser ganada mediante la destrucción del enemigo, porque la destrucción de Zathroth habría desestabilizado el equilibrio del cosmos de maneras que Uman podía prever y que los demás no podían, y que la solución no era la victoria absoluta sino el establecimiento de un nuevo equilibrio que contuviera las fuerzas de la destrucción sin eliminarlas completamente. Esta comprensión, que los dioses más guerreros encontraban frustrante porque preferían una solución definitiva a una solución provisional, fue sin embargo la que salvó al mundo de una destrucción que habría sido inevitable si la guerra hubiera continuado sin restricciones.

El sellado de las fuerzas demoníacas fue el acto que puso fin a la fase más destructiva de la guerra, un compromiso que no satisfizo a nadie completamente pero que preservó la existencia del mundo que era, después de todo, el objetivo que los dioses de la creación compartían. Los demonios fueron confinados a dimensiones cuyo acceso al mundo mortal fue restringido por sellos cuya fortaleza dependía tanto de la magia divina como de la vigilancia constante de los guardianes que los dioses designaron para mantenerlos. Pero los sellos no eran perfectos, porque nada creado en las condiciones de una guerra lo es, y las grietas que los demonios encontraban en su confinamiento permitían filtraciones que los mortales experimentaban como apariciones demoníacas cuya frecuencia y cuya peligrosidad variaban según la fortaleza del sello en cada región particular del mundo.

La guerra de los dioses dejó cicatrices en el mundo que los eones no pudieron borrar completamente. Las regiones donde las batallas más intensas se habían librado quedaron permanentemente marcadas por la energía residual de los combates, zonas donde la magia se comportaba de maneras erráticas, donde los monstruos eran más agresivos y más poderosos que en otras partes del mundo, y donde los mortales que se aventuraban encontraban peligros que excedían los de las regiones no afectadas con una consistencia que los cartógrafos aprendieron a mapear y que los aventureros aprendieron a respetar. Drefia, la tierra de la nigromancia cuya corrupción era tan profunda que la propia tierra rechazaba la vida con la hostilidad de un organismo que combate una infección, era una de esas cicatrices, un lugar donde la influencia de Zathroth había sido tan intensa que la recuperación completa requeriría más tiempo del que las civilizaciones mortales podían imaginar.

Los mortales que sobrevivieron a la guerra de los dioses emergieron del conflicto transformados de maneras que alterarían el curso de su historia para siempre. Habían visto el poder de los dioses manifestarse con una violencia que los convertía de objetos de adoración en objetos de terror, y la relación entre los mortales y sus creadores nunca volvería a ser la misma: la fe ciega fue reemplazada por una fe cautelosa, la adoración incondicional por un respeto que contenía tanto gratitud como resentimiento, y la confianza en la protección divina por una determinación de desarrollar sus propios medios de defensa porque la guerra les había enseñado que los dioses, por poderosos que fueran, no siempre podían o querían proteger a sus criaturas de los peligros que sus propias disputas generaban.

La génesis fue el acto de creación; la guerra de los dioses fue la primera destrucción, y entre ambos eventos se estableció el patrón que definiría la historia del mundo: un ciclo de creación y destrucción, de construcción y derrumbe, de esperanza y desastre, que se repetiría a lo largo de las eras con variaciones pero sin cambiar su estructura fundamental, como un tema musical que se repite en diferentes tonalidades pero que mantiene su melodía esencial reconocible a través de todas sus transformaciones.