Tibia

Capitulo 12 de 15

Los Misterios de Tibia

Tibia era un mundo cuya superficie revelada ocultaba profundidades de misterio que los siglos de exploración no habían logrado agotar, un continente donde cada respuesta encontrada generaba tres preguntas nuevas y donde la certeza era un lujo que solo los ignorantes se podían permitir porque los sabios comprendían que cada certeza era, en el mejor de los casos, una aproximación cuya precisión dependía de la calidad de las preguntas que se habían formulado y de la honestidad con que se habían interpretado las respuestas. Los misterios de Tibia no eran simplemente enigmas intelectuales que los académicos debatían en las torres de Edron; eran fuerzas activas que influían en la vida cotidiana del continente con una persistencia que hacía imposible ignorarlos y una resistencia a la solución que hacía frustrante intentar resolverlos.

La Puerta Sellada de la cueva bajo las Ruinas del Antiguo Templo era quizás el misterio más obsesivamente estudiado y más obstinadamente insoluble de todo el continente. Generaciones de aventureros habían dedicado años de sus vidas a buscar la llave, la combinación, el ritual o la fuerza que pudiera abrir una puerta cuya existencia era evidente pero cuya función era completamente desconocida. Estaba ahí, visible, tangible, claramente obra de una inteligencia que la había diseñado con un propósito, pero ningún esfuerzo, por ingenioso o por violento que fuera, había logrado franquearla. Los magos más poderosos habían lanzado contra ella hechizos cuya potencia habría destruido las murallas de Thais sin producir ni una grieta. Los caballeros más fuertes habían golpeado su superficie con armas cuyo poder habría despedazado a un dragón sin dejar ni una marca. Y los ladrones más hábiles habían examinado sus cerraduras, si es que tenía cerraduras, sin encontrar un mecanismo que sus herramientas pudieran manipular.

Las Bibliotecas Prohibidas, los repositorios de conocimiento que los sabios de eras anteriores habían sellado por razones que los sabios de la era actual debatían sin llegar a un consenso, eran misterios cuya frustración residía en la certeza de que las respuestas a muchas preguntas existían pero estaban deliberadamente fuera del alcance de quienes las buscaban. Las bibliotecas selladas bajo Edron, bajo Ankrahmun y en otros lugares del continente cuya ubicación era en sí misma un misterio contenían textos cuyo acceso estaba restringido por protecciones mágicas que los sabios contemporáneos no podían desactivar sin comprender los sistemas de seguridad que las generaciones anteriores habían instalado, sistemas cuya complejidad sugería que los secretos que protegían eran lo suficientemente peligrosos como para justificar medidas cuya sofisticación excedía la capacidad de los intrusos más determinados.

El Demonio Esquivo de Thais, una leyenda que los habitantes de la capital contaban con la mezcla de humor y de nerviosismo que las leyendas urbanas siempre generaban, era la historia de una presencia demoníaca que supuestamente existía en los niveles más profundos de las catacumbas bajo la ciudad, un ser cuya naturaleza y cuyo propósito nadie podía confirmar porque nadie había logrado encontrarlo o, si lo había encontrado, no había logrado regresar para contarlo. Las expediciones organizadas para verificar o desmentir la leyenda producían resultados tan ambiguos como desconcertantes: señales de una presencia sobrenatural que desaparecía antes de poder ser confrontada, rastros de energía demoníaca cuya intensidad sugería un ser de poder considerable, y testimonios de aventureros que juraban haber percibido una conciencia que los observaba desde la oscuridad con una atención que era tan paciente como era calculadora.

Los Portales Dimensionales, las conexiones entre el mundo de Tibia y las dimensiones que existían más allá de sus fronteras, eran misterios cuya investigación era tan peligrosa como era irresistible. Los magos que estudiaban estos portales sabían que las dimensiones a las que conectaban eran tan variadas como las ecuaciones que las describían: algunas eran versiones distorsionadas del mundo conocido, como reflejos en espejos deformados cuyas distorsiones revelaban verdades que la versión original ocultaba; otras eran entornos completamente ajenos cuyas leyes físicas no tenían equivalente en el mundo de Tibia; y otras eran los dominios de seres cuyo poder y cuya naturaleza excedían la capacidad de comprensión de los mortales que se aventuraban en ellos. La exploración de estas dimensiones alternativas era una empresa cuyas recompensas potenciales, en forma de conocimiento, de artefactos y de poder, eran tan enormes como los riesgos que la empresa implicaba.

Las profecías de los sacerdotes de Ankrahmun, textos cuya antigüedad los colocaba entre los documentos más viejos del continente y cuya interpretación dividía a los académicos en facciones cuyas disputas eran tan apasionadas como las guerras que los profetas habían predicho, eran misterios cuya resolución dependía de eventos que aún no habían ocurrido. Las profecías hablaban de un conflicto final entre las fuerzas de la creación y las fuerzas de la destrucción, un Armagedón cuya escala haría que la guerra de los dioses pareciera un preludio, y cuyo resultado determinaría si el mundo continuaría existiendo o si sería devuelto al vacío del que había surgido. Los escépticos descartaban las profecías como los delirios de sacerdotes que habían pasado demasiado tiempo inhalando los vapores de los inciensos rituales, pero los que estudiaban la historia del continente con atención notaban que las profecías que habían sido descartadas en el pasado tenían una tendencia perturbadora a cumplirse, no siempre en la forma literal que sus textos describían pero sí en el espíritu de lo que anunciaban.

El misterio de los Rashid, los comerciantes errantes cuya aparición en las ciudades del continente seguía un patrón que nadie había logrado descifrar completamente, era un enigma cuya naturaleza era tan comercial como era mística. Rashid aparecía en diferentes ciudades en diferentes días, vendiendo artefactos cuyo origen era desconocido y cuyos precios eran tan variables como su ubicación, y los aventureros que habían intentado seguirlo para descubrir de dónde venía y a dónde iba descubrían que el comerciante parecía desvanecerse entre las multitudes con una habilidad que no podía ser explicada por la mera discreción sino que sugería capacidades que iban más allá de las de un comerciante ordinario.

Las ruinas que salpicaban el continente como los fragmentos de un espejo roto eran misterios arquitectónicos cuya resolución habría reescrito la historia de Tibia si alguien lograra descifrar los mensajes que sus constructores habían dejado grabados en piedras cuya durabilidad había superado la de las civilizaciones que las habían tallado. Las ruinas de culturas desconocidas que los exploradores encontraban en las junglas de Tiquanda, en las profundidades de las montañas de Kazordoon y en las islas remotas del océano, eran los restos de pueblos cuya existencia no estaba registrada en ningún libro de historia y cuya tecnología, a juzgar por los artefactos que dejaron atrás, era en algunos aspectos superior a la de las civilizaciones contemporáneas, una paradoja que los académicos encontraban desconcertante y que los teóricos de la conspiración encontraban irresistible.

El mayor misterio de Tibia era, sin embargo, el más simple y el más fundamental: el misterio de por qué Tibiasula había creado el mundo y luego se había retirado de él, dejando a sus criaturas a merced de los dioses que había creado para administrar una creación cuyo propósito original solo él conocía. Los teólogos debatían esta cuestión con una pasión que rivalizaba con la de los guerreros en el campo de batalla, proponiendo teorías que iban desde lo sublime hasta lo absurdo: que Tibiasula estaba observando, que Tibiasula había muerto, que Tibiasula era el propio mundo, que Tibiasula nunca había existido y que los dioses habían inventado su figura como una justificación para su propia autoridad. Ninguna de estas teorías podía ser probada ni refutada, y la incertidumbre resultante era, en sí misma, parte de la experiencia de vivir en Tibia: la experiencia de habitar un mundo cuyo origen último era un misterio y cuyo destino final era una incógnita.

Los misterios de Tibia no eran defectos del mundo sino características esenciales de su naturaleza, las preguntas sin respuesta que mantenían viva la curiosidad que impulsaba la exploración y la investigación que hacían posible el progreso. Un mundo sin misterios sería un mundo sin motivación para explorarlo, y sin la motivación de la exploración, los aventureros de Tibia habrían sido simplemente guerreros cuya violencia carecía de propósito más allá de la supervivencia. Los misterios proporcionaban el propósito, la dirección que guiaba los pasos de los que se aventuraban más allá de las murallas de las ciudades hacia lo desconocido, y la promesa de que, en algún lugar del continente, en alguna mazmorra no explorada, en algún texto no descifrado, en algún portal no abierto, existía la respuesta que convertiría la ignorancia en conocimiento y el misterio en comprensión.