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Capitulo 2 de 20

La Caída de Sargeras

Entre todos los Titanes que caminaron por el cosmos en los albores de la creación, ninguno brilló con tanta ferocidad ni inspiró tanta admiración como Sargeras, el Campeón del Panteón. Su forma era la de un guerrero de proporciones inimaginables, esculpido en bronce celestial y fuego estelar, con una armadura que relucía como mil soles y una espada tan vasta que podía partir mundos por la mitad con un solo golpe. Sargeras había nacido con un propósito que ardía en su pecho como una estrella que nunca se apagaba: proteger la creación del Panteón contra todas las fuerzas que amenazaran el orden cósmico. Era el más noble, el más dedicado, el más incansable de todos los Titanes, y durante eones incontables cumplió su misión con una devoción que rayaba en lo obsesivo. Mientras sus hermanos del Panteón se dedicaban a ordenar mundos y despertar almas-mundo dormidas, Sargeras vagaba por los rincones más oscuros del Gran Oscuro, cazando a las criaturas del caos que se alimentaban de la destrucción y el sufrimiento. Su espada segaba demonios como un granjero siega trigo, y su nombre se convirtió en sinónimo de terror entre las hordas del Vacío Distorsionado, ese plano de existencia retorcido donde los demonios nacían, morían y renacían en un ciclo interminable de violencia y regeneración.

Los demonios que Sargeras enfrentaba eran legión en el sentido más literal de la palabra: hordas incontables de seres nacidos del caos puro del Vacío Distorsionado, cada uno una aberración única de malicia y destrucción. Los Eredar nativos del Vacío Distorsionado, los Shivarra de múltiples brazos, los Nathrezim vampíricos conocidos como los Señores del Pavor, los Mo'arg obsesionados con la ingeniería del sufrimiento, los Sayaadi seductores que corrompían mediante el deseo, los Annihilan brutales cuya sed de sangre no conocía límites, y miles de especies más, cada una más terrible que la anterior. Sargeras los cazaba con eficiencia implacable, utilizando estrategias que combinaban la fuerza bruta con una inteligencia táctica que había sido refinada durante millones de años de guerra constante. Con cada victoria, con cada demonio destruido, Sargeras sentía una satisfacción que alimentaba su convicción de que el Orden prevalecería sobre el Caos. Pero los demonios tenían una propiedad que los hacía terriblemente difíciles de eliminar permanentemente: a menos que fueran destruidos dentro del propio Vacío Distorsionado, sus esencias se regeneraban eventualmente, reencarnándose en nuevas formas para continuar su campaña de destrucción. Esta inmortalidad efectiva significaba que la guerra de Sargeras era, en esencia, una batalla sin fin posible, una guerra de desgaste que se extendía hacia la eternidad.

Fue durante una de sus campañas más profundas en el Vacío Distorsionado cuando Sargeras hizo el descubrimiento que cambiaría para siempre el destino del universo. Había rastreado a una cabal particularmente poderosa de Nathrezim, los Señores del Pavor, hasta un mundo que habían corrompido más allá de todo reconocimiento. Lo que encontró allí lo dejó paralizado de un horror que ningún ejército demoníaco jamás había logrado provocar. El alma-mundo de aquel planeta, una Titán aún no nacida, había sido infectada por algo mucho peor que la simple corrupción demoníaca. Tentáculos de energía del Vacío, de un púrpura tan oscuro que absorbía la luz misma, se habían enterrado en el núcleo del planeta como parásitos cósmicos, y el alma-mundo estaba siendo lentamente transformada en algo abominable: un Titán Oscuro, una entidad que combinaría el poder inconmensurable de un Titán con la malicia absoluta del Vacío. Los Nathrezim, bajo la dirección de los Señores del Vacío, habían estado cultivando esta corrupción deliberadamente, usando el planeta como un laboratorio donde experimentaban con la posibilidad más aterradora imaginable. Sargeras destruyó el mundo sin dudarlo, partiendo el planeta por la mitad con su espada y extinguiendo el alma-mundo corrompida antes de que pudiera despertar, pero el daño ya estaba hecho, no al mundo, sino a la mente del Campeón.

Porque en ese momento de revelación apocalíptica, Sargeras comprendió con una claridad devastadora la verdadera naturaleza de la amenaza que enfrentaba el cosmos. Los Señores del Vacío no eran simplemente otra facción de enemigos en la guerra eterna entre el Orden y el Caos. Eran entidades de una oscuridad tan absoluta, tan antigua y tan paciente que hacían parecer a los demonios como meras molestias en comparación. Los Señores del Vacío existían más allá del alcance físico del universo material, en una dimensión de nada pura desde la cual extendían sus tentáculos de influencia a través de sus agentes, los Dioses Antiguos, sembrándolos en mundos que albergaban almas-mundo con la esperanza de que al menos uno de ellos lograra corromper completamente a un Titán antes de su despertar. Un Titán Oscuro, nacido del Vacío, sería un arma de destrucción tan absoluta que podría deshacer toda la creación en un instante de oscuridad total. Y Sargeras sabía, con la certeza de quien ha visto la verdad desnuda del abismo, que era solo cuestión de tiempo antes de que los Señores del Vacío tuvieran éxito. Había demasiados mundos, demasiadas almas-mundo, demasiados Dioses Antiguos sembrándose en planetas a lo largo y ancho del cosmos. El Panteón no podía estar en todos los lugares al mismo tiempo, y un solo fallo, un solo Titán corrupto que despertara, significaría el fin de todo.

La desesperación se apoderó de Sargeras como un veneno que se filtra lentamente en la sangre, corroyendo todo lo que toca desde dentro. Regresó ante el Panteón con su descubrimiento, presentando la amenaza de los Señores del Vacío con toda la urgencia y el terror que sentía arder en su interior. Pero sus hermanos y hermanas del Panteón, sabios y poderosos como eran, no compartieron su conclusión. Aman'Thul argumentó que la paciencia y la vigilancia eran la respuesta, que debían continuar su obra de Ordenación con mayor diligencia, protegiendo cada alma-mundo individualmente. Eonar insistió en que la vida siempre encontraba un camino, que la esperanza no debía abandonarse nunca. Norgannon propuso estudiar las energías del Vacío para encontrar una contramedida arcana. Pero para Sargeras, estas respuestas eran insuficientes, ingenuas, peligrosamente optimistas frente a una amenaza existencial que requería una solución radical. Cada día que pasaba sin actuar era un día en que otro alma-mundo podía ser corrompida, otro Titán Oscuro podía estar gestándose en algún rincón olvidado del cosmos. La frustración se convirtió en ira, la ira en desesperación, y la desesperación en una resolución terrible que haría temblar los cimientos mismos de la realidad.

En la soledad de su tormento, apartado del Panteón que consideraba demasiado ciego para ver la verdad, Sargeras llegó a una conclusión que era tan lógica como monstruosa, tan racional como demente: si la existencia misma era el campo de batalla donde los Señores del Vacío plantaban sus semillas de corrupción, entonces la existencia misma debía ser destruida. Si cada alma-mundo era una bomba potencial que los Señores del Vacío podían detonar, entonces todas las almas-mundo debían ser eliminadas antes de que eso ocurriera. Era mejor un universo vacío, purificado por el fuego, reducido a cenizas estériles donde nada pudiera crecer ni ser corrompido, que un cosmos donde un Titán Oscuro pudiera despertar y consumir toda la realidad en una eternidad de sufrimiento. La noble intención de proteger la creación se había transmutado en la convicción de que la creación misma era el problema, y que la única solución verdadera era la aniquilación total. En ese momento, el Sargeras que el Panteón había conocido y amado murió, reemplazado por algo nuevo y terrible: un ser que conservaba todo el poder de un Titán pero que había abandonado toda esperanza, todo amor, toda compasión, quedándose solo con el frío propósito de la destrucción absoluta. Su cuerpo mismo reflejó esta transformación, resquebrajándose como un planeta que se rompe desde dentro, con ríos de fuego infernal brotando de las grietas de su armadura y sus ojos brillando con un fuego que ya no era el de la justicia sino el de la condena.

El primer acto de Sargeras como el Titán Caído fue regresar a la prisión cósmica donde había encerrado a los innumerables demonios que había capturado durante eones de guerra. Esta prisión, conocida como Marduum, era una dimensión entera dedicada a contener a las criaturas más peligrosas del Vacío Distorsionado, un logro que había sido la corona de su carrera como Campeón del Panteón. Ahora, con manos que temblaban no de duda sino de determinación feroz, Sargeras destruyó los sellos de la prisión y liberó a cada demonio que había capturado. La horda de monstruosidades que se derramó desde Marduum hacia el cosmos fue de una magnitud que desafiaba toda descripción: millones, billones de demonios de todas las especies y todos los niveles de poder, una marea de caos y destrucción que eclipsaba cualquier ejército que el universo hubiera visto jamás. Pero Sargeras no los liberó simplemente para dejarlos correr libres. Con el poder y la autoridad de un Titán, sometió a cada demonio bajo su voluntad, unificándolos bajo un solo estandarte, un solo propósito, una sola visión de destrucción cósmica. Así nació la Legión Ardiente, el ejército más grande y más terrible que jamás marchó a través del Gran Oscuro, con Sargeras como su señor absoluto y la aniquilación de toda vida como su misión sagrada.

Para convertir a la Legión Ardiente de una horda caótica en una máquina de guerra eficiente, Sargeras necesitaba lugartenientes de inteligencia y poder excepcionales, seres que pudieran organizar y dirigir a los incontables demonios bajo su mando. Su atención se dirigió hacia un mundo lejano llamado Argus, hogar de una raza de extraordinario potencial: los Eredar. Los Eredar eran seres de piel violácea y gran estatura, dotados de una afinidad natural con la magia arcana que los colocaba entre las especies más talentosas del cosmos. Su civilización había alcanzado cumbres de conocimiento y poder que pocas razas podían igualar, gobernada por un triunvirato de líderes brillantes: Archimonde, cuyo poder mágico era tan vasto que podía reorganizar la materia a escala continental; Kil'jaeden, cuya inteligencia y astucia lo convertían en el estratega más formidable que Argus había producido jamás; y Velen, un profeta cuya conexión con las fuerzas de la Luz le otorgaba visiones del futuro de una claridad sobrenatural. Sargeras se aproximó a los tres con una oferta que parecía demasiado magnífica para ser rechazada: poder ilimitado, conocimiento infinito, un lugar a su lado como señores de un nuevo orden cósmico. Archimonde y Kil'jaeden, seducidos por la promesa de un poder que excedía sus sueños más ambiciosos, aceptaron sin comprender verdaderamente el precio que pagarían.

Pero Velen, bendecido con la visión profética que la Luz le había otorgado, vio más allá de las promesas doradas de Sargeras. En una visión de claridad aterradora, contempló el verdadero destino que aguardaba a su pueblo: no la gloria, sino la corrupción absoluta, no el poder, sino la esclavitud eterna al servicio de un Titán enloquecido. Vio a sus hermanos y hermanas Eredar transformados en demonios retorcidos, sus cuerpos deformados por la energía infernal hasta ser irreconocibles, sus almas encadenadas a la voluntad de Sargeras para toda la eternidad. Con el corazón destrozado por el dolor pero fortalecido por una convicción inquebrantable, Velen reunió a aquellos Eredar que estaban dispuestos a escuchar su advertencia, un número dolorosamente pequeño comparado con los millones que se dejaron seducir por las promesas de Sargeras. En la hora más oscura de Argus, cuando la transformación de los Eredar en Man'ari, los corrompidos, ya había comenzado, una flotilla de naves dimensionales descendió desde los cielos como estrellas de esperanza: los Naaru, seres de Luz pura de origen misterioso que habían sentido el grito de auxilio de Velen y acudieron en su ayuda. Con los Naaru como guías y protectores, Velen y sus seguidores huyeron de Argus a bordo de una nave dimensional llamada Genedar, abandonando su mundo natal y adoptando un nuevo nombre que reflejaba su naturaleza de exiliados eternos: Draenei, que en su lengua significaba simplemente "los exiliados".

La furia de Kil'jaeden ante la huida de Velen fue de una intensidad que estremeció las dimensiones. Había sido Velen su amigo más cercano, su hermano en todo menos en sangre, y la traición percibida, que en realidad era salvación, encendió en el corazón del nuevo señor demoníaco un odio tan profundo que se convertiría en una obsesión que duraría milenios. Kil'jaeden juró que encontraría a Velen y a sus Draenei, que los haría pagar por su desafío, que los arrastraría de vuelta al seno de la Legión o los destruiría hasta el último hombre, mujer y niño. Esta obsesión se convertiría en el motor de innumerables tragedias futuras, porque fue Kil'jaeden quien eventualmente descubriría el mundo de Draenor, donde los Draenei se habían refugiado, y fue él quien orquestaría la corrupción de los Orcos nativos de ese mundo como instrumento de su venganza. Pero eso estaba aún en un futuro lejano. Por ahora, los Draenei erraban por el cosmos como fantasmas entre las estrellas, saltando de mundo en mundo cada vez que la Legión encontraba su rastro, nunca quedándose el tiempo suficiente para echar raíces verdaderas, siempre huyendo, siempre buscando un refugio que parecía eternamente fuera de su alcance. Y Velen cargaba con el peso de cada vida perdida en cada huida, cada mundo abandonado, cada compañero que caía víctima de los cazadores de Kil'jaeden, manteniendo la esperanza viva como una llama frágil en la tormenta más oscura que el universo jamás había conocido.

Mientras tanto, Archimonde y Kil'jaeden se convirtieron en los generales supremos de la Legión Ardiente, cada uno liderando vastos ejércitos a través del cosmos en una cruzada de destrucción que no conocía piedad ni descanso. Archimonde era la fuerza bruta de la Legión, un destructor de mundos cuyo poder mágico podía arrasar civilizaciones enteras con un gesto de su mano. Su método era la aniquilación directa: llegaba a un mundo, destruía sus defensas, arrasaba sus ciudades, exterminaba a sus habitantes y dejaba atrás un cascarón muerto flotando en el vacío. Kil'jaeden, por contraste, era el engañador, el manipulador, el tejedor de tramas que podían tardar siglos en dar fruto. Prefería corromper desde dentro, infiltrar agentes, sembrar discordia, manipular a los líderes de las civilizaciones objetivo para que destruyeran sus propios mundos antes de que la Legión siquiera apareciera. Juntos formaban un dúo de destrucción perfectamente complementario, la espada y el veneno de Sargeras, ejecutando la voluntad de su amo con una eficiencia que dejaba un rastro de mundos muertos a través del cosmos como un camino de cenizas estelares. Bajo ellos servían otros lugartenientes poderosos: Tichondrius, el líder de los Nathrezim y maestro de la infiltración; Mannoroth, el señor de los Annihilan, un demonio de fuerza tan bruta que su rugido podía romper la barrera dimensional; Hakkar el Devorador de Almas, un perro de caza demoníaco que rastreaba a los enemigos de la Legión a través de las dimensiones con una tenacidad implacable.

La Legión Ardiente arrasó mundo tras mundo en su cruzada cósmica, dejando atrás una estela de destrucción que se extendía como una herida a través del tejido del universo. Civilizaciones que habían tardado millones de años en alcanzar su apogeo eran reducidas a cenizas en cuestión de días. Razas enteras que habían desarrollado artes, filosofías y ciencias de incomparable belleza eran borradas de la existencia como si nunca hubieran vivido. Los mundos que la Legión visitaba no solo eran destruidos, sino corrompidos hasta sus cimientos, sus tierras transformadas en páramos de fuego y ceniza impregnados de energía infernal que hacían imposible que la vida volviera a surgir jamás. Sargeras observaba todo esto con una satisfacción sombría que carecía por completo de alegría, porque no disfrutaba la destrucción en sí misma, solo la consideraba necesaria. Cada mundo destruido era un alma-mundo potencial que los Señores del Vacío nunca podrían corromper. Cada civilización exterminada era un grupo menos de seres que podrían caer bajo la influencia del Vacío. En la mente retorcida del Titán Caído, cada acto de genocidio cósmico era un acto de misericordia, un cauterio doloroso pero necesario aplicado a la herida infectada de la existencia.

Pero había un mundo que Sargeras no podía simplemente destruir y olvidar, un mundo que lo obsesionaba con la misma intensidad con que Kil'jaeden perseguía a Velen: Azeroth. Porque Sargeras sabía, gracias a sus eones de experiencia como Campeón del Panteón, que Azeroth albergaba el alma-mundo más poderosa del cosmos, esa Titán durmiente cuyo despertar podría cambiar el equilibrio de poder del universo para siempre. Si los Señores del Vacío lograban corromper a Azeroth, si el Titán Oscuro más poderoso imaginable despertaba de su sueño convertido en un instrumento del Vacío, entonces ni siquiera la destrucción de todos los demás mundos salvaría la creación. Azeroth era la pieza central del tablero cósmico, el premio supremo por el que todas las fuerzas del universo competían, y Sargeras estaba determinado a reclamarla o destruirla antes de que los Señores del Vacío pudieran completar su plan. Esta obsesión guiaría las acciones de la Legión Ardiente durante milenios, dirigiendo una y otra vez la mirada del Titán Caído hacia ese pequeño mundo azul y verde que giraba desafiante en su rincón del cosmos, protegido por guardianes que no sabían que el mayor peligro que enfrentarían no vendría del Vacío sino de la criatura que una vez había jurado protegerlos de él.

El Panteón, al enterarse de la traición de Sargeras, sintió un dolor que era más profundo que cualquier herida física podría infligir. Aggramar, quien había sido como un hermano para Sargeras, compartiendo innumerables batallas y una camaradería forjada en el fuego de la guerra contra los demonios, se negó inicialmente a creer que su compañero hubiera caído tan bajo. Cuando la verdad se hizo innegable, cuando los informes de mundos destruidos por la Legión comenzaron a llegar como una avalancha de horror, Aggramar intentó razonar con Sargeras, encontrándolo en los bordes del Vacío Distorsionado para suplicarle que abandonara su locura. El encuentro entre los dos Titanes guerreros fue una tragedia de proporciones cósmicas: Aggramar, con lágrimas de luz estelar corriendo por sus mejillas, extendiendo la mano hacia su antiguo hermano de armas; Sargeras, con el fuego de la condenación ardiendo en sus ojos, rechazando esa mano con la frialdad de quien ha cruzado un punto sin retorno. Las palabras entre ellos fueron como espadas que cortaban más profundamente que cualquier filo: acusaciones de cobardía y ceguera por un lado, súplicas de cordura y compasión por el otro. Cuando las palabras fallaron, las espadas hablaron, y la batalla entre Sargeras y Aggramar sacudió las dimensiones con la violencia de dos estrellas colisionando.

Sargeras partió a Aggramar con un golpe que resonó a través del cosmos como el grito de un dios moribundo, y aunque la esencia de un Titán no puede ser destruida tan fácilmente, la derrota de Aggramar marcó el punto definitivo de no retorno. El Panteón comprendió entonces que Sargeras no podía ser razonado, que el hermano que habían conocido estaba perdido para siempre dentro de la forja de locura y desesperación en que se había convertido su alma. Pero la historia del conflicto entre Sargeras y el Panteón estaba lejos de terminar, porque los Titanes no podían permitir que la Legión Ardiente continuara su cruzada de destrucción sin oposición. El destino final de este enfrentamiento cósmico se decidiría, como tantas cosas en la historia del universo, en ese pequeño mundo azul y verde llamado Azeroth, donde las fuerzas del Orden, el Caos, la Luz, el Vacío, la Vida y la Muerte convergerían en un conflicto que definiría el destino de toda la creación. Sargeras dirigía su mirada hambrienta hacia Azeroth con la paciencia de quien tiene toda la eternidad para esperar, sabiendo que tarde o temprano encontraría una grieta en las defensas del mundo, una debilidad que explotar, un instrumento mortal a través del cual canalizar su poder. Y cuando ese momento llegara, ni los Guardianes Titánicos, ni los Dragones Aspectos, ni los ejércitos de todas las razas mortales de Azeroth combinados podrían detener la mano del destructor. O al menos, eso era lo que Sargeras creía, porque si había algo que el Titán Caído había olvidado en su desesperación cósmica, era que la esperanza es la fuerza más resistente del universo, capaz de sobrevivir en los rincones más oscuros y florecer en los momentos más desesperados.