Diez mil años antes de que las guerras entre la Horda y la Alianza desgarraran el mundo, Azeroth conoció una era de esplendor que ninguna civilización posterior ha igualado jamás. Los Elfos de la Noche, nacidos de los trolls oscuros que habían evolucionado bajo la influencia mística del Pozo de la Eternidad a lo largo de incontables generaciones, habían construido un imperio que se extendía por todo el supercontinente de Kalimdor como un manto de gloria y magia. Su piel era del color de la lavanda y la medianoche, sus ojos brillaban con una luminiscencia plateada que reflejaba su conexión innata con las energías lunares de Elune, la diosa de la luna que veneraban con una devoción que trascendía la simple fe para convertirse en comunión espiritual directa. Su civilización era una sinfonía de magia y naturaleza entrelazadas en armonía perfecta, con ciudades de cristal y piedra lunar que se elevaban entre bosques milenarios, sus torres esbeltas tocando las nubes mientras cascadas de agua encantada fluían por sus calles como ríos de plata líquida. Los Elfos de la Noche vivían vidas de duración extraordinaria, sus cuerpos imbuidos por las energías arcanas del Pozo de la Eternidad que les otorgaban una juventud que se extendía durante milenios, convirtiendo cada vida individual en una epopeya de experiencias acumuladas que ninguna raza mortal podía soñar con igualar.
En el corazón de este imperio, sobre las orillas del propio Pozo de la Eternidad, se alzaba Zin-Azshari, la Gloria de Azshara, la ciudad más magnífica que Azeroth había conocido y la capital de una nación que se consideraba a sí misma la cúspide de la civilización. Sus palacios eran obras de arte vivientes, construidos con materiales encantados que cambiaban de color con la luz de las lunas, sus jardines albergaban plantas de belleza sobrenatural que solo podían existir bañadas en la radiación arcana del Pozo. Y en el centro de todo, en un palacio de tal magnificencia que hacía parecer modestas a las residencias de los dioses, reinaba la Reina Azshara, la soberana más poderosa y bella que la raza élfica había producido jamás. Azshara era una hechicera de un talento que rozaba lo divino, capaz de tejer encantamientos de una complejidad que dejaba sin aliento a los magos más experimentados de su corte. Su belleza era tan sobrecogedora que se decía que ningún ser vivo podía contemplarla sin sentir una mezcla de adoración y asombro que paralizaba la voluntad. Su pueblo la adoraba con un fervor que trascendía la lealtad política para convertirse en veneración casi religiosa, y ella aceptaba esa adoración como algo natural, como el tributo que el mundo le debía por la gracia de su existencia. Pero bajo esa fachada de perfección y gracia se ocultaba un narcisismo de proporciones cósmicas y un hambre de poder que ningún trono terrenal podía saciar.
Los Altonatos, la casta de hechiceros nobles que formaba el círculo interno de la Reina Azshara, compartían la obsesión de su soberana con el poder arcano en su forma más pura y concentrada. Eran la élite entre la élite, magos de un calibre que convertía a los practicantes comunes en meros aprendices por comparación, y dedicaban cada momento de sus vidas inmortales al estudio y la manipulación de las energías del Pozo de la Eternidad. Bajo la dirección de su consejero supremo, Xavius, un hechicero cuya ambición solo era igualada por su crueldad, los Altonatos habían comenzado a experimentar con niveles cada vez más profundos y peligrosos de la energía del Pozo, sumergiéndose en corrientes de poder arcano que deberían haber permanecido intocadas. Sus experimentos enviaban ondas de energía mágica a través de la Gran Oscuridad, perturbaciones en el tejido de la realidad que actuaban como faros en la noche cósmica, señales involuntarias que anunciaban a cualquier entidad suficientemente sensible que en algún lugar del universo existía una fuente de poder de magnitud extraordinaria. Y en las profundidades del Vacío Distorsionado, un ser cuya atención era lo último que cualquier mundo cuerdo desearía atraer sintió esas señales y volvió su mirada ardiente hacia su origen. Sargeras había encontrado Azeroth.
El Titán Caído no podía manifestarse físicamente en Azeroth sin un portal de proporciones y estabilidad suficientes para acomodar su forma colosal, pero su mente, su voluntad, su consciencia inmaterial era capaz de extenderse a través de las grietas que los experimentos de los Altonatos habían abierto en el tejido de la realidad. Sus susurros llegaron primero a Xavius, eligiéndolo como su instrumento principal, infiltrándose en los sueños del hechicero con promesas de un poder que eclipsaba todo lo que el Pozo de la Eternidad podía ofrecer. Xavius, cuya arrogancia le impedía concebir que pudiera ser manipulado, creyó que era él quien estaba accediendo a una fuente de conocimiento superior, cuando en realidad era una marioneta cuyos hilos estaban siendo tironeados por dedos de fuego infernal. A través de Xavius, Sargeras llegó hasta Azshara misma, y el encuentro entre la Reina de los Elfos de la Noche y la consciencia del Titán Caído fue un momento de seducción cósmica que definiría el destino de todo un mundo. Sargeras le mostró visiones de un poder más allá de toda imaginación, de un imperio que abarcaría no solo Azeroth sino todos los mundos del cosmos, de una gloria que convertiría su reinado actual en un mero preludio de su verdadera grandeza. Azshara, cuyo ego era lo suficientemente vasto como para creer que un Titán podía considerarla su igual, aceptó la propuesta de Sargeras con la misma naturalidad con que aceptaba la adoración de sus súbditos: como algo que se le debía por derecho divino.
El plan era devastadoramente simple en su concepción pero requería un poder mágico de proporciones sin precedentes en su ejecución: los Altonatos, bajo la dirección de Azshara y Xavius, utilizarían las energías del Pozo de la Eternidad para abrir un portal dimensional lo suficientemente grande y estable como para permitir que Sargeras y sus ejércitos de la Legión Ardiente cruzaran al mundo de Azeroth. Para lograrlo, necesitaban canalizar cantidades de energía arcana que habrían sido consideradas suicidas por cualquier practicante de la magia en su sano juicio, pero los Altonatos habían dejado atrás la cordura hacía mucho tiempo, embriagados por las promesas de Sargeras y la aprobación de su reina. Los rituales comenzaron en las cámaras más profundas del palacio de Zin-Azshari, cientos de hechiceros trabajando al unísono, tejiendo encantamientos de una complejidad que desafiaba toda descripción mientras las energías del Pozo de la Eternidad se arremolinaban sobre ellos como una tormenta de poder puro. El portal comenzó como una grieta diminuta en el aire, un desgarro en el tejido de la realidad apenas visible, pero con cada hora que pasaba crecía, alimentado por más y más energía canalizada desde el Pozo, hasta que se convirtió en un vórtice de energía demoníaca que podía verse desde kilómetros de distancia, un ojo de tormenta infernal que se abría sobre el corazón del imperio élfico.
Los primeros demonios que cruzaron el portal fueron exploradores y vanguardias, criaturas relativamente menores que probaban la estabilidad del pasaje y preparaban el terreno para las fuerzas principales. Pero incluso estos primeros invasores sembraron el terror entre la población élfica que no pertenecía a la casta de los Altonatos, porque los demonios eran criaturas de una fealdad y malicia que contrastaban de manera obscena con la belleza del mundo que habían invadido. Perros infernales aullaban a través de los bosques eternos, Guardias del Temor drenaban la esperanza de todo ser vivo en su cercanía, Infernales caían del cielo como meteoros de piedra ardiente que incendiaban selvas centenarias en cuestión de segundos. La población civil huía en pánico mientras los ejércitos de la Legión crecían con cada hora que pasaba, vertiendo más y más tropas a través del portal que los Altonatos mantenían abierto con un esfuerzo mágico que estaba literalmente consumiendo sus cuerpos. Azshara observaba todo esto desde su trono con una sonrisa serena, convencida de que la destrucción era temporal, un precio necesario por la gloria eterna que Sargeras le había prometido. En su mente retorcida por la vanidad y las mentiras del Titán Caído, los millones de sus súbditos que morían bajo las garras de los demonios eran sacrificios insignificantes en el altar de su ascensión.
Pero la resistencia surgió de donde menos se esperaba, no de los generales ni los nobles del imperio, sino de tres individuos cuyas acciones cambiarían para siempre el curso de la historia de Azeroth. El primero fue Malfurion Stormrage, un joven elfo de la noche que había elegido un camino completamente diferente al de los Altonatos y su obsesión arcana. Bajo la tutela del semidiós Cenarius, hijo de la diosa de la luna Elune y el dios ciervo Malorne, Malfurion había descubierto los secretos del druidismo, una forma de magia que no extraía su poder de fuentes arcanas sino de la conexión directa con el Sueño Esmeralda, la dimensión espiritual que existía como un reflejo verdoso y primal del mundo material. Malfurion era el primer druida mortal, un pionero en un arte que eventualmente se convertiría en una de las tradiciones mágicas más importantes de Azeroth, y su conexión con la naturaleza le otorgaba poderes que los Altonatos, en su arrogancia arcana, habían desconsiderado como primitivos e irrelevantes. Podía hablar con los árboles y los animales, podía transformar su cuerpo en las formas de las grandes bestias de Azeroth, podía canalizar las fuerzas de la tormenta, la raíz y la garra con una eficacia que rivalizaba con los hechiceros más poderosos de la corte. Y cuando la Legión comenzó su invasión, fue Malfurion quien primero comprendió la verdadera magnitud de la amenaza y quien se alzó para confrontarla.
Junto a Malfurion estaba Tyrande Whisperwind, alta sacerdotisa de Elune y guerrera de una determinación que hacía palidecer el acero. Tyrande era la encarnación de todo lo que era noble y fuerte en la raza de los Elfos de la Noche, una líder cuya fe en la diosa de la luna era tan profunda que podía canalizar la luz de Elune como un arma de poder devastador contra las fuerzas de la oscuridad. Su relación con Malfurion era un amor que había crecido lentamente a lo largo de siglos, un vínculo tan profundo y tan puro que se había convertido en una fuerza en sí mismo, un ancla de esperanza y propósito que los sostenía incluso en los momentos más desesperados. Tyrande lideró a las Hermanas de Elune, las sacerdotisas guerreras que servían a la diosa de la luna, en las primeras líneas de la resistencia, su arco de luz lunar segando demonios mientras sus oraciones invocaban barreras de energía plateada que protegían a los refugiados que huían de las ciudades en llamas. Su valentía inspiró a miles de elfos comunes a tomar las armas, transformando una población aterrorizada en un ejército de resistencia que, aunque superado en poder individual, compensaba con determinación y conocimiento del terreno.
Y luego estaba Illidan Stormrage, hermano gemelo de Malfurion, cuya historia es quizás la más trágica y compleja de toda la Guerra de los Ancestros. Illidan era brillante, ambicioso y dolorosamente consciente de que vivía a la sombra de su hermano. Donde Malfurion encontraba paz y propósito en la comunión con la naturaleza, Illidan sentía una inquietud constante, un hambre de poder que lo corroía desde dentro como un fuego que ningún logro podía saciar. Amaba a Tyrande con una pasión que quemaba como ácido, sabiendo que ella había elegido a Malfurion, y esa herida no cicatrizada envenenaba cada decisión que tomaba con una mezcla de resentimiento y desesperación. Illidan era también un hechicero de talento prodigioso, uno de los pocos no-Altonatos cuyo poder arcano rivalizaba con los mejores de la casta noble, y esta habilidad lo colocaba en una posición peligrosamente ambigua durante la invasión: aliado de la resistencia por lealtad a su hermano y su pueblo, pero fascinado por el poder que la Legión y sus energías infernales representaban. Esta dualidad lo llevaría a tomar decisiones que serían juzgadas durante milenios como actos de traición o de heroísmo, dependiendo de quién contara la historia, porque Illidan Stormrage era muchas cosas, pero simple no era una de ellas.
Los Aspectos Dragón, los cinco grandes dragones a quienes los Titanes habían encomendado la protección de Azeroth, respondieron también a la llamada de la guerra. Alexstrasza la Protectora de la Vida, su forma de dragona de escamas carmesí ardiendo como un amanecer eterno, lideró los Vuelos Dragón en combate aéreo contra los demonios voladores de la Legión, sus llamas purificadoras arrasando las filas enemigas con una furia que combinaba la compasión maternal con la violencia necesaria para proteger lo que amaba. Ysera la Soñadora, guardiana del Sueño Esmeralda, proporcionó a Malfurion acceso a poderes druídicos que normalmente habrían requerido siglos de estudio para dominar, acelerando su crecimiento como druida hasta niveles sin precedentes. Nozdormu, el Señor del Tiempo, cuyos ojos de reloj de arena contemplaban simultáneamente el pasado, el presente y el futuro, contribuyó con su conocimiento del flujo temporal para anticipar las estrategias de la Legión. Malygos, el Señor de la Magia, luchó para contrarrestar los hechizos que los Altonatos usaban para mantener abierto el portal, librando una guerra arcana invisible pero crucial en los planos etéricos. Incluso Neltharion, quien más tarde sería conocido como Deathwing el Destructor, participó inicialmente en la defensa, aunque los susurros de los Dioses Antiguos ya estaban erosionando su cordura, plantando las semillas de una traición que se manifestaría en el momento más crítico de la guerra.
La guerra se extendió a lo largo y ancho de Kalimdor en una serie de batallas que dejaron cicatrices permanentes en la faz del mundo. Los ejércitos de la Legión, liderados por generales demoníacos como Mannoroth el Destructor y Hakkar el Devorador de Almas, avanzaban como una marea de fuego y muerte, consumiendo todo a su paso. Las fuerzas de la resistencia, una alianza improbable de druidas, sacerdotisas, guerreros élficos, Aspectos Dragón, semidioses como Cenarius y las propias criaturas salvajes de Azeroth que respondían al llamado de Malfurion, luchaban con una desesperación nacida de la certeza de que la derrota significaba la extinción no solo de su raza sino de toda vida en el mundo. Fue durante esta guerra cuando Illidan tomó la decisión que definiría su destino: en un intento de combatir fuego con fuego, buscó activamente las energías demoníacas de la Legión para absorberlas y usarlas como arma contra los invasores. Sus ojos, quemados por la exposición a energías infernales, fueron reemplazados por llamas verdes de fuego demoníaco que le otorgaban una visión sobrenatural capaz de percibir la magia en todas sus formas. Esta transformación lo convirtió en el primer cazador de demonios de la historia, un guerrero que usaba las propias armas del enemigo contra él, pero también lo marcó para siempre como alguien que había cruzado una línea que otros consideraban sagrada, alguien cuyas intenciones, por nobles que fueran, serían eternamente cuestionadas por los métodos que empleaba para llevarlas a cabo.
El clímax de la Guerra de los Ancestros llegó cuando se hizo evidente que el portal sobre el Pozo de la Eternidad estaba a punto de estabilizarse lo suficiente como para permitir que Sargeras mismo lo cruzara. La imagen del Titán Caído ya era parcialmente visible a través del vórtice: una silueta colosal de fuego y oscuridad, ojos ardientes como soles muertos que contemplaban Azeroth con un hambre que trascendía la física, dedos de tamaño continental que se extendían hacia la abertura dimensional como un dios intentando nacer en un mundo demasiado pequeño para contenerlo. El mero roce de su presencia hacía que la realidad se resquebrajara, que el cielo se agrietara como cristal roto, que la tierra temblara con convulsiones que hundían ciudades enteras en abismos recién formados. La resistencia comprendió que no podían ganar la guerra derrotando a los ejércitos de la Legión uno por uno; su única esperanza era destruir el portal, y eso significaba destruir el Pozo de la Eternidad mismo, la fuente de poder que había sustentado su civilización durante milenios. Malfurion, con el corazón pesado como una montaña pero la voluntad firme como las raíces del mundo, diseñó un plan desesperado: usaría el poder combinado de los Aspectos Dragón y los druidas para crear una implosión mágica en el corazón del Pozo que colapsaría el portal y sellaría la grieta dimensional.
La batalla final fue un apocalipsis de proporciones que ninguna palabra puede describir adecuadamente. Mientras los ejércitos de la resistencia contenían las oleadas finales de demonios con un sacrificio que diezmaba sus filas, Malfurion y los Aspectos Dragón canalizaban su poder hacia el Pozo de la Eternidad en un ritual de destrucción controlada que requería una precisión sobrehumana. La energía acumulada era tan vasta que el tejido mismo de la realidad gemía bajo su peso, y Sargeras, sintiendo que su puerta de entrada se cerraba, empujó contra el portal con toda la fuerza de un Titán enloquecido, casi logrando cruzar en los últimos segundos. Pero el ritual se completó, y el Pozo de la Eternidad implosionó con una fuerza que superaba cualquier cataclismo natural que el mundo hubiera conocido. El Gran Hundimiento, como sería recordado por las generaciones futuras, partió el supercontinente de Kalimdor en varios fragmentos separados por un océano recién formado que se precipitó para llenar el vacío dejado por la destrucción del Pozo. Millones murieron en cuestión de segundos mientras la tierra se abría bajo sus pies, ciudades enteras se hundían en las profundidades, y tsunamis de proporciones continentales barrían las costas del nuevo mundo fragmentado. La civilización de los Elfos de la Noche, que había sido la más grande del planeta, fue reducida a ruinas humeantes y poblaciones de refugiados desesperados que se aferraban a los restos de un mundo que ya no reconocían.
Y en las profundidades del océano recién formado, la Reina Azshara y sus Altonatos más leales enfrentaron su propia transformación. Atrapados bajo miles de metros de agua, muriendo ahogados mientras las ruinas de Zin-Azshari se hundían hacia el lecho marino, Azshara escuchó una voz que no era la de Sargeras sino algo más antiguo, más frío, más paciente. N'Zoth, el Dios Antiguo del océano profundo, le ofreció la salvación a cambio de servicio eterno, y Azshara, cuyo orgullo no le permitía aceptar algo tan mundano como la muerte, aceptó. El pacto transformó a Azshara y a sus seguidores en los Naga, seres serpentinos de escamas brillantes y ojos brillantes de malicia antigua, mitad elfo mitad serpiente marina, adaptados para vivir eternamente en las profundidades donde gobernarían un imperio submarino que rivalizaría con cualquier reino de la superficie. Así, la reina más grande que los Elfos de la Noche habían conocido se convirtió en la servidora de un horror del Vacío, intercambiando una corona mortal por una eternidad de esclavitud disfrazada de poder.
En las secuelas del Gran Hundimiento, mientras el polvo literal y metafórico se asentaba sobre un mundo irrevocablemente transformado, Illidan cometió el acto que sellaría su destino durante diez mil años. En secreto, antes de la destrucción del Pozo de la Eternidad, había llenado varios viales con sus aguas, preservando la esencia de la fuente de poder más grande del mundo. Sobre la cima del Monte Hyjal, en el corazón del fragmento de Kalimdor donde los supervivientes élficos se habían refugiado, Illidan vertió esas aguas en un lago de montaña, creando un segundo Pozo de la Eternidad. Su intención, argumentó con la pasión de un visionario incomprendido, era preservar una fuente de poder que sería necesaria para defender el mundo contra futuros ataques de la Legión. Pero Malfurion y los líderes supervivientes vieron solo la repetición del mismo error que había causado la invasión: una fuente de energía arcana de poder inconmensurable que inevitablemente atraería la atención de Sargeras de nuevo. Illidan fue juzgado, condenado y encarcelado bajo la tierra en una celda que sería su hogar durante diez milenios, vigilado por un carcelero que su hermano designó personalmente: Maiev Shadowsong, una guerrera cuya dedicación a su deber se convertiría con el tiempo en una obsesión tan consumidora como la del prisionero que vigilaba. En cuanto al nuevo Pozo de la Eternidad, los Aspectos Dragón decidieron que no podía ser destruido sin causar otra catástrofe, así que optaron por protegerlo: plantaron en su centro un retoño de G'Hanir, el Árbol Madre, que creció alimentado por las energías del Pozo hasta convertirse en Nordrassil, el Árbol del Mundo, un coloso vegetal cuyas raíces bebían del Pozo y cuyas ramas tocaban los cielos, sirviendo como sello natural que contenía y regulaba el flujo de energía arcana. Alexstrasza bendijo el árbol con el don de la vida, Ysera lo conectó con el Sueño Esmeralda, y Nozdormu lo enlazó con el flujo del tiempo, otorgando a los Elfos de la Noche la inmortalidad que habían perdido con la destrucción del Pozo original, siempre que permanecieran conectados con Nordrassil. El mundo había sobrevivido, pero a un costo tan terrible que las cicatrices tardarían diez mil años en comenzar a sanar, y algunas nunca lo harían.