El silencio que siguió a la Segunda Guerra fue un silencio engañoso, una calma que se posó sobre los Reinos del Este como la nieve se posa sobre un volcán dormido, ocultando bajo su blancura aparentemente serena las fuerzas tectónicas que se agitaban en las profundidades. En Nethergarde, la fortaleza que la Alianza había erigido en las Tierras Devastadas para vigilar los restos del Portal Oscuro, los centinelas observaban día y noche las ruinas del arco de piedra oscura que había servido de puente entre los mundos, un monumento sombrío a la invasión que había estado a punto de destruir la civilización humana. Durante meses, aquellos restos habían permanecido inertes, meros escombros de una pesadilla que el mundo intentaba olvidar, pero los magos más perceptivos de la guarnición nunca abandonaron su vigilancia, pues sentían en el aire una vibración arcana, una frecuencia imposible de identificar pero inconfundible en su naturaleza, que les decía que el portal no estaba muerto sino dormido, que la conexión entre Azeroth y Draenor no había sido cortada sino debilitada, y que algo o alguien al otro lado estaba trabajando para reabrirla. Cuando las piedras del portal comenzaron a brillar de nuevo con una luz verdosa que evocaba los peores recuerdos de quienes habían sobrevivido a la guerra, las alarmas resonaron a lo largo y ancho de Lordaeron, y el miedo que los pueblos habían intentado enterrar bajo la rutina de la reconstrucción emergió como un cadáver que se niega a permanecer en su tumba. El Portal Oscuro se reactivó con una explosión de energía que pudo sentirse a kilómetros de distancia, y de sus fauces reabiertas brotaron guerreros orcos cuya ferocidad recordaba a los primeros días de la invasión, pero cuyo propósito era distinto del de la Horda original, pues no venían a conquistar sino a robar, a saquear artefactos específicos de poder arcano que su nuevo amo necesitaba para un plan cuya ambición eclipsaba todo lo que la Horda había intentado antes.
El nuevo amo de la Horda de Draenor era Ner'zhul, el anciano chamán del clan Sombraluna cuya historia estaba tejida con los mismos hilos de manipulación demoníaca que habían corrompido a toda su raza. Ner'zhul había sido una vez el líder espiritual más respetado de los orcos, un chamán cuya conexión con los espíritus de los ancestros y las fuerzas elementales de Draenor era tan profunda que los demás chamanes lo consideraban la voz misma de la tierra. Había sido él, engañado por una visión fabricada por el demonio Kil'jaeden que se hacía pasar por el espíritu de su difunta esposa Rulkan, quien había dado los primeros pasos hacia la corrupción de los orcos, predicando una guerra santa contra los draenei que en realidad servía a los propósitos de la Legión Ardiente. Cuando Ner'zhul descubrió el engaño, cuando comprendió que la voz que creía de su amada era en realidad la del señor demoníaco que lo había estado manipulando como un titiritero mueve a su marioneta, su espíritu se quebró, y en la grieta de esa rotura Gul'dan, su propio aprendiz, encontró el espacio para usurpar su posición y convertirse en el verdadero poder detrás de la Horda. Durante años, Ner'zhul había vivido como una sombra de sí mismo, un chamán sin poder, un líder sin seguidores, consumido por la culpa de saber que había sido el instrumento involuntario de la destrucción de su propio pueblo. Pero tras la derrota de la Horda en Azeroth y la muerte de Gul'dan, los clanes que habían permanecido en Draenor, aquellos que no habían cruzado el portal durante las guerras, buscaron un líder, y Ner'zhul, con su astucia renovada por la desesperación, se alzó de nuevo como jefe de guerra de una Horda fragmentada y debilitada que necesitaba un milagro para sobrevivir.
El plan de Ner'zhul no consistía en invadir Azeroth de nuevo, pues sabía que los clanes que le quedaban carecían de la fuerza necesaria para enfrentarse a la Alianza en su propio terreno. Su objetivo era infinitamente más audaz y más peligroso: abrir múltiples portales dimensionales a otros mundos, mundos vírgenes e indefensos que los orcos pudieran conquistar y habitar sin la resistencia que habían encontrado en Azeroth. Para lograrlo necesitaba artefactos de un poder arcano inmenso, reliquias que amplificaran su magia chamánica hasta niveles capaces de rasgar el tejido mismo de la realidad: el Libro de Medivh, que contenía los hechizos que habían abierto el Portal Oscuro original; el Cráneo de Gul'dan, saturado de energía fel; y el Ojo de Dalaran, un cristal de poder que los magos de la ciudad flotante custodiaban como su posesión más preciada. Las incursiones que brotaron del portal reabierto no eran el preludio de una segunda invasión sino misiones de robo coordinadas, golpes quirúrgicos ejecutados por guerreros orcos cuya desesperación los hacía más peligrosos que nunca, pues luchaban no por conquista sino por la supervivencia de su especie entera. Los clanes Bonestorm, Rompesangre y los restos del Sombraluna, junto a los ogros del clan Machacacresta, cruzaron el portal y sembraron el caos en las regiones cercanas, robando los artefactos que Ner'zhul había designado como objetivos y retirándose antes de que la Alianza pudiera organizar una respuesta efectiva.
La respuesta de la Alianza, cuando finalmente se materializó, tomó la forma de una expedición que habría de grabarse en la memoria de los pueblos libres como uno de los actos de valentía más extraordinarios jamás cometidos. Khadgar, cuyo conocimiento del Portal Oscuro y de la magia que lo alimentaba era superior al de cualquier otro mago vivo, fue quien propuso la misión con la claridad de un hombre que comprende que hay batallas que deben librarse no en la defensa sino en la ofensiva, que la única forma de impedir que la amenaza volviera una y otra vez era llevar la guerra al territorio enemigo y destruir la capacidad de Ner'zhul de abrir portales desde su origen. Turalyon, que había asumido el manto de liderazgo militar con una autoridad que la victoria en la Montaña Roca Negra le había conferido de forma irrevocable, fue designado comandante de la fuerza expedicionaria, y junto a él marcharon los mismos campeones que habían sido el corazón de la resistencia durante la Segunda Guerra: Alleria Brisaveloz, cuyos ojos verdes brillaban con la determinación de quien marcha hacia un destino del que quizás no hay retorno; Danath Trollbane, cuya lealtad a la causa de la Alianza era tan inquebrantable como el acero de su hacha; y Kurdran Martillosalvaje, cuya risa, más callada ahora que en los días de la guerra, no podía ocultar la gravedad que sentía ante la misión que tenían por delante. La expedición cruzó el Portal Oscuro con la certeza de que podía ser un viaje sin retorno, y los soldados que la componían escribieron cartas de despedida a sus familias antes de adentrarse en la luz verdosa del portal, sabiendo que cada paso que daban los alejaba de todo lo que conocían y amaban.
Draenor los recibió como un mundo agonizante, un planeta cuyas heridas eran tan visibles y tan profundas que incluso los veteranos más endurecidos sintieron cómo sus corazones se encogían ante el espectáculo de devastación que se extendía ante sus ojos. Lo que una vez había sido un mundo de llanuras verdes y montañas majestuosas, de bosques ancestrales donde los chamanes orcos habían comunido con los espíritus de la naturaleza en eras de inocencia perdida, ahora era un paisaje de roca fracturada y cielos envenenados donde la magia fel había corroído la tierra misma hasta convertirla en un páramo estéril de polvo rojo y piedra negra. La Península del Fuego Infernal, el primer territorio que los expedicionarios pisaron al cruzar el portal, era un desierto de roca volcánica donde el suelo estaba agrietado por fisuras que exhalaban vapores tóxicos, donde los pocos árboles que sobrevivían eran esqueletos retorcidos cuyos troncos parecían gritar en silencio, y donde los restos de fortalezas orcas y asentamientos draenei destruidos salpicaban el horizonte como los dientes rotos de una mandíbula gigantesca. Los soldados de la Alianza marcharon a través de aquel infierno con los estandartes de sus reinos ondeando sobre sus cabezas, azul y dorado contra un cielo de ceniza, y la determinación que los había impulsado a cruzar el portal fue puesta a prueba con cada legua que recorrían en aquel mundo moribundo. Turalyon mantenía la moral de sus tropas con una combinación de fe y ejemplo personal, caminando al frente de la columna con su martillo de guerra brillando con la luz de la Luz Sagrada que parecía arder con mayor intensidad cuanto más oscuro era el paisaje que los rodeaba, como si la propia divinidad respondiera al horror de Draenor con una luminosidad desafiante.
La persecución de Ner'zhul a través de las tierras destrozadas de Draenor se convirtió en una carrera contra el tiempo que puso a prueba cada recurso, cada habilidad y cada reserva de coraje de la expedición aliada. El anciano chamán, consciente de que la Alianza pisaba sus talones, aceleró sus rituales con una urgencia frenética, sacrificando la precisión en favor de la velocidad mientras las energías dimensionales que canalizaba desgarraban la realidad a su alrededor con una violencia creciente. Los portales que Ner'zhul abría no eran las estructuras controladas y estables del Portal Oscuro original sino desgarros salvajes en el tejido del espacio-tiempo, heridas en la carne de la realidad que sangraban energía caótica y que, lejos de limitarse a conectar dos puntos de forma ordenada, amenazaban con expandirse incontrolablemente como grietas en un cristal sometido a una presión insoportable. Cada portal que se abría agravaba la inestabilidad de Draenor, y el planeta respondía con terremotos cada vez más violentos, con erupciones volcánicas que iluminaban el cielo enfermo con lenguas de fuego anaranjado, con maremotos que devoraban costas enteras mientras la corteza terrestre se fracturaba como la cáscara de un huevo aplastado por una mano invisible. Las fuerzas de Khadgar y Turalyon se abrieron paso a través de los defensores orcos que Ner'zhul había dejado como retaguardia, combatiendo en ciudadelas en ruinas y sobre puentes de piedra que se desmoronaban bajo sus pies, mientras Kurdran y sus jinetes de grifos sobrevolaban el caos proporcionando información sobre los movimientos del enemigo y lanzando ataques desde el aire que diezmaban las formaciones orcas.
La expedición alcanzó el Templo Negro, la antigua fortaleza draenei de Karabor que Ner'zhul había convertido en su centro de operaciones, pero el chamán ya había completado sus rituales. Los portales se abrían en cascada por toda la superficie de Draenor, docenas de desgarros dimensionales que brillaban con colores imposibles contra el cielo oscurecido, cada uno un portal a un mundo desconocido, y a través de algunos de ellos se vislumbraban paisajes alienígenas de una belleza que contrastaba obscenamente con la devastación del mundo moribundo: planetas de cielos púrpuras y selvas cristalinas, mundos de océanos infinitos y lunas múltiples, realidades cuya existencia los expedicionarios apenas podían comprender mientras luchaban por sus vidas en el suelo tembloroso de Draenor. Ner'zhul, con el Libro de Medivh bajo el brazo y su séquito de chamanes y guerreros leales a su alrededor, cruzó uno de los portales con la satisfacción demente de quien cree haber logrado la salvación de su pueblo, sin comprender que su destino lo aguardaba al otro lado no en la forma de un mundo nuevo por conquistar sino en las garras de una entidad cuya crueldad superaba todo lo que Ner'zhul había experimentado en su larga y atormentada vida. Los portales siguieron abriéndose incluso después de su partida, multiplicándose como heridas que no pueden dejar de sangrar, y Draenor comenzó a morir no con un suspiro sino con un rugido, mientras continentes enteros se fracturaban y se separaban, mientras los océanos hervían y se evaporaban, mientras la gravedad misma parecía perder su dominio sobre un mundo que se desintegraba desde dentro.
Khadgar comprendió, con la claridad terrible que solo el conocimiento verdadero puede proporcionar, que la destrucción de Draenor no era un evento localizado sino una catástrofe que podría propagarse a través de los portales abiertos y alcanzar Azeroth si no se actuaba de inmediato. La energía dimensional que los portales canalizaban no era estable ni contenida; se comportaba como una reacción en cadena que amenazaba con devorar no solo a Draenor sino a todos los mundos conectados a él por las brechas dimensionales que Ner'zhul había desgarrado en la realidad. La decisión que el mago tomó en aquel momento fue la más difícil de su vida, una elección que habría destruido a espíritus menos resueltos: cerrar el Portal Oscuro desde el lado de Draenor, cortando la conexión con Azeroth para proteger su mundo natal, pero condenándose a sí mismo y a toda la expedición a quedar atrapados en un planeta que se moría a su alrededor. Khadgar reunió a Turalyon, Alleria, Danath y Kurdran, y les explicó lo que debía hacerse con una voz que temblaba no de miedo sino de la emoción de quien sabe que está pronunciando las últimas palabras que sus seres queridos al otro lado del portal podrán escuchar. No hubo debate ni vacilación entre los héroes; cada uno asintió con la gravedad de quien acepta un sacrificio que sabe necesario, y en sus ojos había no resignación sino una determinación feroz, la voluntad de hacer lo correcto aunque el precio fuera todo lo que tenían. Turalyon tomó la mano de Alleria, un gesto de una intimidad que trascendía la formalidad militar y que revelaba el vínculo que se había forjado entre el paladín humano y la exploradora élfica durante las largas noches de la guerra, un amor que había florecido entre las cenizas de la destrucción y que ahora enfrentaría su prueba más terrible.
Khadgar canalizó el poder del Libro de Medivh, irónicamente el mismo tomo que Ner'zhul había robado para abrir sus portales, y con un esfuerzo arcano que habría matado a cualquier mago menos poderoso, cerró el Portal Oscuro desde el lado de Draenor con una explosión de energía que cegó a todos los presentes y que fue percibida en Azeroth como un temblor que sacudió los cimientos de Nethergarde. El portal se cerró con un sonido que los supervivientes describirían después como el lamento de un mundo al que le cortaban su última conexión con la esperanza, y en el cielo de Draenor, los portales de Ner'zhul comenzaron a colapsar uno tras otro como estrellas que se apagan, arrastrando consigo fragmentos de continentes, océanos y cielos hacia dimensiones desconocidas. Lo que quedó de Draenor no fue un planeta sino un archipiélago de fragmentos de tierra flotando en el Vacío Abisal, islas de roca y vida residual suspendidas en una nada de colores imposibles que los futuros viajeros llamarían Terrallende, un nombre que era tanto una descripción como una sentencia: la tierra que fue y que nunca volvería a ser. En Azeroth, la destrucción del Portal Oscuro fue recibida con una mezcla de alivio y duelo, pues significaba que la amenaza de Draenor había sido neutralizada pero también que los héroes que habían cruzado el portal para salvar al mundo estaban perdidos, presumiblemente muertos en la agonía de un planeta que se había desintegrado. Las estatuas de los cinco héroes, Turalyon, Alleria, Khadgar, Danath y Kurdran, fueron erigidas ante el Portal Oscuro destruido, monumentos de piedra que miraban hacia el lugar donde el portal había estado con expresiones de determinación eterna, y los nombres de los Hijos de Lothar fueron inscritos en los anales de la historia como los más grandes héroes que la Alianza había conocido, aquellos que habían dado sus vidas para proteger un mundo que nunca sabría cuánto les debía.
Pero la historia de Ner'zhul no terminó en la fuga que él creía su salvación, sino que se transmutó en una pesadilla que superaría en horror todo lo que el anciano chamán había experimentado en su vida de traiciones y arrepentimientos. Al cruzar el portal, Ner'zhul y sus seguidores no encontraron el nuevo mundo prometido sino el Vacío Abisal, el espacio entre las dimensiones donde la realidad se disolvía en corrientes de energía caótica, y allí, esperándolos con una paciencia que solo un ser inmortal puede poseer, estaba Kil'jaeden el Engañador, el señor demoníaco de la Legión Ardiente cuya primera manipulación de Ner'zhul había iniciado la cascada de tragedias que había destruido a los orcos como pueblo. Kil'jaeden no había olvidado a Ner'zhul; al contrario, lo había estado observando, esperando el momento preciso en que el chamán fuera más vulnerable, más desesperado, y por tanto más susceptible a ser moldeado según la voluntad del demonio. Los seguidores de Ner'zhul fueron destruidos en un instante, atomizados por un gesto casual de un ser cuyo poder hacía que incluso los chamanes más poderosos de los orcos parecieran niños jugando con chispas. Pero a Ner'zhul, Kil'jaeden lo reservó para un destino peor que la muerte, un castigo que era también una inversión, un acto de crueldad refinada que solo una mente demoníaca inmortal podría haber concebido. El señor demonio entregó a Ner'zhul a sus señores del terror, los nathrezim, los vampiros alados cuya especialidad era la tortura no solo del cuerpo sino del alma, y bajo las garras de Tichondrius, Mal'Ganis, Balnazzar, Detheroc y Varimathras, el chamán fue desgarrado, reconstruido y desgarrado de nuevo en un ciclo de agonía que destruyó cada vestigio de lo que había sido Ner'zhul, el chamán, el líder, el esposo que había amado a Rulkan, el maestro que había enseñado a Gul'dan, el orco que había caminado bajo cielos que ya no existían.
Lo que emergió de aquella tortura no era ya un orco ni un chamán ni siquiera un ser vivo en ningún sentido reconocible de la palabra, sino una entidad de puro pensamiento y voluntad cuyo poder era tan vasto como el vacío que la rodeaba. Kil'jaeden tomó lo que quedaba del espíritu de Ner'zhul, un fragmento de consciencia tan destrozado que había perdido toda capacidad de resistencia, y lo fundió con un bloque de hielo extraído de los confines más remotos del Vacío Abisal, un hielo tan frío que ni siquiera la energía demoníaca podía derretirlo, tan duro como el diamante y tan antiguo como las estrellas que habían muerto antes de que los mundos fueran jóvenes. El espíritu de Ner'zhul fue encerrado dentro de aquella prisión gélida, y en el momento del encarcelamiento, su consciencia se expandió como una supernova mental, multiplicándose diez mil veces, absorbiendo el poder que Kil'jaeden canalizaba a través de la estructura cristalina del hielo hasta alcanzar un nivel de percepción y control psíquico que ningún ser mortal había poseído jamás. En aquel instante, el orco conocido como Ner'zhul dejó de existir para siempre, y nació el Rey Exánime, una entidad cuyo nombre habría de convertirse en sinónimo de terror para las generaciones venideras, cuya sombra se extendería sobre los mundos de los vivos como una noche eterna de la que no habría despertar. El Trono de Hielo, como fue llamada aquella prisión que era también un trono, fue lanzado desde el Vacío Abisal hacia Azeroth como un meteoro de hielo oscuro, y atravesó la atmósfera del mundo dejando una estela de frío antinatural que congeló las nubes a su paso antes de impactar en el continente helado de Rasganorte con una fuerza que creó un cráter que habría de convertirse en la Corona de Hielo, la fortaleza más temida de todo Azeroth.
Kil'jaeden había diseñado al Rey Exánime con un propósito específico y terrible: crear un ejército de muertos vivientes que debilitara las defensas de Azeroth desde dentro, preparando el mundo para una tercera invasión de la Legión Ardiente que no pudiera ser rechazada como las dos anteriores. La armadura del trono, los poderes del Rey Exánime, las cadenas invisibles de voluntad demoníaca que lo ataban al servicio de Kil'jaeden, todo había sido calibrado con la precisión de un artesano que construye una herramienta para un propósito muy concreto. Al Rey Exánime se le otorgó dominio sobre la muerte misma, la capacidad de arrancar el alma de los vivos y atar sus cuerpos a su voluntad, de corromper la vida en no-muerte con un pensamiento, de proyectar su consciencia a través de las mentes de los mortales como un susurro helado que erosionaba la voluntad y la cordura. Pero Kil'jaeden, en su arrogancia demoníaca, no anticipó que la mente encerrada dentro del Trono de Hielo, por destrozada y remoldeada que estuviera, conservaría una chispa de voluntad propia, un fragmento de la astucia de Ner'zhul que se resistía a ser un mero instrumento. El Rey Exánime aceptó su misión con aparente obediencia, pero en las profundidades de su consciencia expandida, en los rincones de su mente que el hielo hacía inaccesibles incluso para la percepción de los nathrezim, comenzó a urdir planes propios, planes que no incluían servir eternamente a Kil'jaeden sino liberarse de sus cadenas y convertirse en algo que ninguno de sus creadores había previsto. Desde su trono helado en las alturas de la Corona de Hielo, el Rey Exánime extendió su voluntad hacia el sur, hacia las tierras cálidas de Lordaeron donde los humanos vivían sus vidas mortales sin sospechar que una inteligencia alien los observaba con la paciencia de un depredador que sabe que su presa vendrá a él.
La Plaga de la No-Muerte fue la primera y más devastadora herramienta del Rey Exánime, una enfermedad sobrenatural que no se transmitía por aire ni por agua sino por la propia voluntad del ente que la había diseñado, un contagio que se propagaba a través de alimentos contaminados, de la mordedura de los ya infectados, y de la mera presencia de la muerte corrompida en la tierra. Los afectados no simplemente morían; sus cuerpos se levantaban de nuevo como cadáveres ambulantes cuya voluntad había sido reemplazada por la del Rey Exánime, soldados de un ejército que crecía con cada víctima que reclamaba, una fuerza militar que se alimentaba de sus propias conquistas en un ciclo de expansión que no tenía límite natural. El Rey Exánime creó a sus primeros agentes, los Caballeros de la Muerte, guerreros de un poder terrible que combinaban las habilidades marciales de paladines caídos con la magia necrótica del Flagelo, y entre ellos destacaban aquellos que habían sido héroes de los pueblos libres antes de que la oscuridad los reclamara: paladines cuya fe se había corrompido en odio, magos cuyo conocimiento arcano se había retorcido hacia la nigromancia, guerreros cuya fuerza ahora servía a la destrucción de todo lo que habían jurado proteger. Estos Caballeros de la Muerte eran diferentes de los que habían existido durante la Segunda Guerra, que habían sido almas de brujos orcos insertadas en cadáveres humanos por la magia de Gul'dan; los nuevos Caballeros de la Muerte eran los propios héroes corrompidos, sus identidades intactas pero sometidas a la voluntad del Rey Exánime, conservando sus recuerdos y sus habilidades pero vaciados de compasión, de amor, de todo lo que los había hecho humanos.
El destino de los Hijos de Lothar permaneció envuelto en misterio durante años que se convirtieron en décadas, durante las cuales sus nombres pasaron de la historia a la leyenda y de la leyenda al mito, de modo que las generaciones posteriores hablaban de ellos como los enanos hablan de los Titanes o los elfos de los semidioses del amanecer del mundo. Se sabía que Terrallende existía, pues las visiones de los magos más poderosos podían percibir los fragmentos de Draenor flotando en el Vacío, pero nadie había logrado restablecer la conexión, y la suposición generalizada era que los cinco héroes habían perecido en la destrucción del planeta, que sus cuerpos habían sido consumidos por las mismas fuerzas cataclísmicas que habían convertido un mundo en escombros. Pero la verdad, que solo el tiempo revelaría, era mucho más extraña y más asombrosa que cualquier suposición: Turalyon y Alleria habían encontrado un camino fuera de Terrallende, no de regreso a Azeroth sino hacia algo infinitamente más vasto, hacia la guerra cósmica contra la Legión Ardiente que se libraba en todos los rincones del universo, y habían unido sus fuerzas al Ejército de la Luz, una coalición de pueblos de mil mundos que resistía contra la oscuridad demoníaca con una determinación que era hermana de la que los había impulsado a cruzar el Portal Oscuro. Khadgar, Danath y Kurdran habían sobrevivido en Terrallende, manteniendo un bastión de resistencia en el Bastión del Honor que habría de servir como cabeza de puente cuando, años después, el portal fuera reabierto y nuevas fuerzas de la Alianza cruzaran para enfrentar las amenazas que habían proliferado en los fragmentos del mundo destruido. Sus estatuas ante el Portal Oscuro en Azeroth, erosionadas por el viento y la lluvia y cubiertas por el musgo del olvido, seguían mirando hacia el lugar donde habían desaparecido, monumentos a un sacrificio que había salvado al mundo y que el mundo, ocupado con sus propias guerras y sus propias tragedias, había comenzado a olvidar con la ingratitud que las naciones reservan para los héroes que ya no necesitan.
Las sombras que se extendían desde la Corona de Hielo, invisibles para la mayoría pero perceptibles para los más sensibles entre los vivos, se arrastraron lentamente hacia el sur durante los años que siguieron, infiltrándose en la tierra de Lordaeron como la humedad se infiltra en los cimientos de una casa vieja, debilitando las estructuras desde dentro sin que los habitantes notaran los daños hasta que fuera demasiado tarde. El Rey Exánime tejía sus redes con una paciencia que no era humana sino la de una inteligencia expandida para la cual el tiempo era una herramienta más en su arsenal infinito, y sus agentes se movían entre los vivos como lobos disfrazados de ovejas, sembrando la semilla de la plaga en los graneros y los pozos, corrompiendo los campos que alimentaban a los pueblos del norte, y susurrando promesas de poder a aquellos cuyas almas eran lo bastante débiles o ambiciosas como para escuchar voces que venían del frío. Entre estos agentes, el más importante habría de ser un humano que en vida había sido mago y que en muerte se convertiría en el segundo al mando del Flagelo, un nombre que sería maldecido durante generaciones: Kel'Thuzad, el archimago de Dalaran cuya obsesión con la nigromancia lo había llevado a escuchar la llamada del Rey Exánime y a abandonar todo lo que había sido, todo lo que había jurado, por la promesa de un conocimiento prohibido que trascendía los límites que los vivos habían impuesto sobre la magia de la muerte. Los hilos del destino se tejían en silencio, convergiendo hacia un momento que destruiría reinos y transformaría para siempre el rostro de Azeroth, un momento que tenía como centro no a un demonio ni a un muerto viviente sino a un joven príncipe de Lordaeron cuya caída habría de ser la tragedia más grande que el mundo hubiera conocido.