World of Warcraft

Capitulo 8 de 20

La Plaga de los No-Muertos

El príncipe Arthas Menethil creció entre los muros dorados del palacio de Lordaeron como un hijo privilegiado del reino más poderoso de la humanidad, un joven cuyo destino parecía trazado con la certeza de las estrellas en un cielo sin nubes. Su padre, el rey Terenas Menethil II, lo había criado con la severidad justa y la ternura medida de un monarca que sabía que su heredero no solo debía ser un buen hombre sino un buen gobernante, que la corona que algún día descansaría sobre su cabeza pesaba más que cualquier armadura y exigía una fortaleza de espíritu que iba más allá del valor físico. Arthas era rubio, de constitución atlética, con unos ojos azules que reflejaban tanto la determinación de su linaje como una impulsividad que sus tutores intentaban templar con lecciones de historia, diplomacia y paciencia, lecciones que el joven príncipe absorbía con una mezcla de respeto y una impaciencia apenas disimulada que sugería que prefería la espada al cetro, el campo de batalla a la sala del trono. Desde su infancia, Arthas había demostrado una aptitud natural para el combate que deleitaba a sus instructores militares y preocupaba sutilmente a los cortesanos más astutos, pues veían en aquella ferocidad juvenil la semilla de una voluntad que, si no era guiada adecuadamente, podría convertirse en obstinación, y la obstinación en un rey era tan peligrosa como la cobardía. Cuando alcanzó la edad adecuada, fue encomendado a la tutela de Uther el Iluminado, el primer paladín de la Orden de la Mano de Plata, un hombre cuya fe en la Luz Sagrada era tan sólida como las montañas de Khaz Modan y cuya reputación de integridad era conocida en todo el continente. Bajo la guía de Uther, Arthas aprendió a canalizar la Luz Sagrada, a usarla tanto para sanar como para combatir, y se convirtió en paladín con una ceremonia que llenó de orgullo a su padre y de esperanza a un reino que veía en su joven príncipe la promesa de un futuro luminoso.

Los años de formación de Arthas coincidieron con una época de relativa paz que, en retrospectiva, sería recordada como la calma que precede a la tormenta más devastadora de la historia de Azeroth. Durante ese período, el joven paladín forjó dos relaciones que definirían su vida de formas que ninguno de los involucrados podría haber previsto. La primera fue su amistad, y eventual romance, con Jaina Valiente, hija del Lord Almirante Daelin Valiente de Kul Tiras, una joven maga de una inteligencia extraordinaria cuyo talento arcano ya la había distinguido entre los aprendices de Dalaran como una de las mentes más brillantes de su generación. Jaina era todo lo que Arthas no era: reflexiva donde él era impulsivo, cautelosa donde él era temerario, diplomática donde él era directo, y sin embargo, o quizás precisamente por eso, entre ambos nació una atracción que combinaba la admiración intelectual con una pasión juvenil que los cortesanos observaban con una mezcla de aprobación y cálculo político. Su relación fue intensa pero intermitente, marcada por las separaciones que imponían las responsabilidades de un príncipe heredero y las exigencias del estudio arcano, y aunque ambos sentían que algo profundo los unía, ninguno de los dos pudo comprometerse plenamente con el otro, como si un destino invisible los mantuviera a una distancia que ni el amor ni la voluntad podían cerrar. La segunda relación fundamental fue su vínculo con Uther, que trascendía lo meramente profesional para adquirir las dimensiones de una relación paternal, pues Uther veía en Arthas al hijo que nunca tuvo y Arthas encontraba en su mentor una guía moral más accesible que la distante majestad de su padre, un hombre que le hablaba de honor y compasión no como abstracciones filosóficas sino como principios vivos que debían informar cada decisión, cada golpe de espada, cada palabra pronunciada.

Los primeros indicios de que algo terrible se gestaba en las tierras del norte llegaron como rumores que los campesinos susurraban en las tabernas y que los mercaderes repetían en los mercados con la voz baja de quienes no quieren ser escuchados por oídos equivocados. Se hablaba de una enfermedad extraña que se extendía por las aldeas del norte de Lordaeron, una plaga que no respondía a las hierbas medicinales ni a los rezos de los sacerdotes, que transformaba a los enfermos en algo que no era ni vivo ni muerto, que les arrebataba la voluntad y los convertía en cáscaras vacías cuyos ojos muertos miraban sin ver y cuyas bocas se abrían en gemidos que helaban la sangre. Al principio, las autoridades trataron los informes como exageraciones de gente supersticiosa, como historias de brujas y fantasmas que proliferaban entre las poblaciones rurales cada vez que una sequía o una mala cosecha generaba ansiedad colectiva. Pero los informes se multiplicaron con una velocidad alarmante, y cada nuevo relato era más terrible que el anterior: aldeas enteras encontradas vacías, con las puertas de las casas abiertas de par en par como bocas que gritaban en silencio, con la comida aún sobre las mesas y la ropa aún tendida en los cordeles, pero sin un alma viva a la vista; patrullas de soldados que partían hacia el norte para investigar y que no regresaban, o que regresaban con menos hombres y con expresiones de horror en sus rostros que ningún interrogatorio podía descifrar por completo; y, lo más perturbador de todo, informes de cadáveres que se levantaban de sus tumbas, de muertos que caminaban con los ojos abiertos y las manos extendidas, arrancando la vida a los vivos con un contacto que era frío como el hielo y definitivo como una sentencia. Cuando el joven príncipe Arthas fue enviado a investigar la plaga, junto a su maestro Uther y un contingente de paladines, nadie imaginaba que aquella misión rutinaria sería el primer paso en un descenso hacia la oscuridad del que no habría retorno.

Lo que Arthas y sus compañeros descubrieron en las tierras plagadas del norte de Lordaeron superó las peores expectativas de quienes los habían enviado. La plaga no era una enfermedad natural sino un arma deliberada, una herramienta de guerra biológica y necrótica diseñada con una precisión que revelaba una inteligencia maligna detrás de su propagación. El vector principal de contagio eran los cargamentos de grano que se distribuían desde las grandes granjas del norte hacia las ciudades y aldeas del reino, grano que había sido contaminado con una sustancia sobrenatural que los magos identificaron como de origen necrótico, una corrupción que transformaba el alimento en veneno y el veneno en muerte, y la muerte en no-muerte. Cada persona que consumía el grano infectado moría en cuestión de horas, y su cadáver se alzaba como un no-muerto al servicio de una voluntad que los paladines reconocieron con un escalofrío como algo ajeno a todo lo que habían conocido, una inteligencia fría y calculadora que controlaba a los muertos vivientes como un titiritero controla a sus marionetas. Arthas rastreó la fuente de la contaminación hasta la ciudad de Andorhal, un importante centro de distribución de grano, donde descubrió que el responsable directo de la propagación de la plaga era un nigromante llamado Kel'Thuzad, el antiguo archimago de Dalaran que había sido exiliado por sus investigaciones prohibidas en las artes de la muerte y que ahora servía al Rey Exánime como su agente principal en los reinos de los vivos. El enfrentamiento con Kel'Thuzad fue breve pero decisivo: Arthas lo persiguió y lo mató, pero la victoria fue hueca, pues el daño ya estaba hecho, los cargamentos de grano infectado habían sido distribuidos a docenas de ciudades y aldeas, y la plaga se extendía como un incendio en un bosque seco, devorando comunidades enteras más rápido de lo que cualquier ejército podía responder.

Fue durante la persecución de la plaga cuando Arthas descubrió la presencia del verdadero orquestador detrás de la epidemia en las tierras de Lordaeron: el señor del terror Mal'Ganis, un nathrezim de un poder y una crueldad que hacían palidecer a los no-muertos que comandaba. Los señores del terror eran los agentes de Kil'jaeden, los vampiros demoníacos que habían torturado a Ner'zhul hasta convertirlo en el Rey Exánime, y Mal'Ganis había sido asignado para supervisar la propagación de la plaga en Lordaeron, asegurándose de que el ejército de muertos vivientes creciera según lo previsto y de que las defensas del reino cayeran en el momento oportuno para la invasión de la Legión Ardiente que Kil'jaeden planeaba como culminación de su gran estrategia. Mal'Ganis era una criatura de pesadilla, un demonio cuyas alas membranosas oscurecían la luna cuando sobrevolaba los campos de batalla, cuya voz resonaba en las mentes de los mortales como un susurro helado que prometía dolor y eternidad, y cuyo placer en el sufrimiento ajeno era tan genuino como el amor de un padre por su hijo. El señor del terror no se limitaba a dirigir la plaga desde las sombras; se aparecía ante Arthas con la insolencia de un depredador que sabe que su presa no puede dañarlo, provocando al joven príncipe con revelaciones calculadas sobre la extensión del horror que se avecinaba, sobre las ciudades que ya estaban condenadas, sobre los miles de inocentes que ya habían consumido el grano infectado y que pronto se transformarían en soldados del Flagelo. Cada aparición de Mal'Ganis dejaba a Arthas más frustrado, más furioso, y más determinado a destruir al demonio a cualquier precio, un precio que Mal'Ganis sabía exactamente cómo calcular, pues la furia ciega del príncipe era precisamente lo que necesitaba para ejecutar el plan del Rey Exánime.

La ciudad de Stratholme fue el escenario del momento que dividió la vida de Arthas en un antes y un después, el punto de no retorno donde el príncipe que había jurado proteger a su pueblo se convirtió en algo que habría horrorizado al joven que una vez fue. Cuando Arthas llegó a las puertas de Stratholme, la segunda ciudad más importante de Lordaeron, descubrió con un terror que le heló la sangre que los cargamentos de grano infectado ya habían sido distribuidos entre la población, que los ciudadanos ya habían consumido el pan envenenado, y que era cuestión de horas antes de que toda la ciudad se transformara en una horda de no-muertos que se sumarían al ejército del Flagelo. La conclusión a la que llegó Arthas fue tan lógica como monstruosa: si los ciudadanos de Stratholme estaban condenados a convertirse en no-muertos, la única forma de impedir que engrosaran las filas del enemigo era matarlos antes de que se transformaran, purgar la ciudad entera, hombre, mujer y niño, con espada y fuego, antes de que la plaga completara su obra. Cuando Arthas comunicó su intención a Uther, el viejo paladín lo miró con unos ojos en los que se mezclaban el horror, la incredulidad y una tristeza tan profunda que parecía envejecerlo diez años en un instante. No era posible, le dijo Uther con una voz que temblaba de una emoción contenida que amenazaba con desbordarse en cada palabra, que un paladín de la Luz, un príncipe de Lordaeron, un hombre que había jurado proteger a los inocentes, contemplara la masacre de sus propios ciudadanos como una opción aceptable. Había otras formas, insistió, alternativas que quizás no eran perfectas pero que al menos preservaban la humanidad de quienes las ejecutaban, cuarentenas, evacuaciones, la búsqueda de una cura, cualquier cosa excepto la carnicería que Arthas proponía con la frialdad de un cirujano que planea una amputación.

Pero Arthas no escuchó. La furia que había acumulado durante semanas de perseguir una plaga que siempre iba un paso por delante de él, la frustración de un joven cuyo sentido de justicia era tan fuerte como para resultar inflexible, la necesidad desesperada de hacer algo, cualquier cosa, ante un horror que amenazaba con devorarlo todo, cristalizaron en una determinación que ni las lágrimas de su mentor ni la mirada suplicante de Jaina pudieron quebrar. Arthas invocó su autoridad como príncipe heredero de Lordaeron para relevar a Uther de su mando, disolviendo de facto la Orden de la Mano de Plata de su servicio al reino, un acto de una arrogancia que habría sido impensable horas antes pero que la urgencia del momento convertía, en la mente de Arthas, en una necesidad. Uther se marchó con los paladines que se negaron a participar en la purga, y las últimas palabras que intercambiaron maestro y alumno resonarían en los pasillos vacíos de la historia como un epitafio para todo lo que podría haber sido: Uther advirtió a Arthas que llegaría un día en que respondería por lo que estaba a punto de hacer, y Arthas respondió que estaba dispuesto a cargar con ese peso si eso significaba salvar a su reino. Jaina también se marchó, incapaz de presenciar lo que estaba a punto de ocurrir, y en su partida había una despedida que ambos sabían definitiva, un adiós que no se pronunció con palabras sino con la mirada de una mujer que ve cómo el hombre al que amaba se transforma en alguien que no puede amar. Arthas entró en Stratholme al frente de los soldados que permanecieron leales a él, y lo que siguió fue la peor masacre que la humanidad había cometido contra sí misma desde la fundación de los reinos.

La Purga de Stratholme fue un acto de horror tan absoluto que las crónicas posteriores lucharon por encontrar palabras capaces de describir su magnitud sin trivializar el sufrimiento que infligió. Arthas y sus soldados avanzaron calle por calle, casa por casa, derribando puertas detrás de las cuales familias aterrorizadas se abrazaban sin comprender por qué los hombres que deberían protegerlas venían a matarlas. Las espadas de los soldados de Lordaeron se tiñeron con la sangre de sus propios compatriotas, y el sonido que llenó Stratholme aquella noche no fue el rugido del combate sino los gritos de los inocentes, los llantos de los niños, los gemidos de los moribundos y el silencio peor que cualquier grito que seguía a cada muerte. Arthas luchaba al frente, con Invencible, su martillo de luz, alzado sobre su cabeza como un instrumento de justicia que se había convertido en un instrumento de carnicería, y en su rostro no había placer ni sadismo sino algo infinitamente más perturbador: la certeza fría de un hombre que cree estar haciendo lo correcto, que ha silenciado la voz de su compasión con la lógica implacable de la necesidad militar, que ha elegido ser el verdugo de su propio pueblo para evitar lo que considera un mal mayor. Mal'Ganis apareció en las calles de Stratholme mientras la masacre estaba en curso, levantando a los muertos que Arthas acababa de crear para convertirlos en los no-muertos que el príncipe había intentado evitar, una ironía tan cruel que parecía diseñada por un dios sádico: cada ciudadano que Arthas mataba se levantaba como un no-muerto bajo el control de Mal'Ganis, de modo que la purga se convertía en una carrera macabra entre el príncipe y el demonio, ambos matando a los mismos ciudadanos, uno para salvarlos de un destino peor y el otro para asegurarse de que ese destino se cumpliera. Cuando la última llama se apagó y el último grito se silenció, Stratholme era un cadáver de ciudad, un esqueleto de piedra ennegrecida y calles empapadas de sangre, y Arthas estaba de pie en su centro con los ojos vacíos de un hombre cuya alma había sufrido una herida que no cicatrizaría jamás.

Tras la destrucción de Stratholme, Arthas persiguió a Mal'Ganis hasta Rasganorte con una obsesión que sus hombres confundían con determinación pero que era, en realidad, la fijación de una mente que había comenzado a fracturarse bajo el peso de lo que había hecho. El viaje hacia el norte fue una odisea de hielo y desesperación, una marcha a través de un paisaje que parecía diseñado para destruir el cuerpo y el espíritu de quien se atreviera a desafiarlo. Los fiordos de Rasganorte se alzaban como murallas de hielo azul que reflejaban un cielo de un gris tan uniforme que era imposible distinguir el día de la noche, y el viento aullaba entre los cañones con un sonido que los soldados juraban que contenía voces, susurros en lenguas que ningún humano conocía pero que hablaban directamente a las partes más oscuras de sus mentes, prometiendo alivio del frío, descanso del sufrimiento, paz a cambio de una rendición que cada día parecía más tentadora. Los hombres de Arthas morían de frío, de hambre, de ataques de las criaturas que habitaban aquellas tierras malditas, y la moral se desplomaba con cada amanecer gris que revelaba un paisaje más desolado que el anterior. Fue en Rasganorte donde Arthas encontró a Muradin Barbabronce, el hermano del rey Magni de Forjaz, un explorador enano cuya expedición a aquellas tierras heladas había tenido un propósito diferente pero cuyo destino estaba a punto de entrelazarse con el de Arthas de la forma más trágica posible. Muradin buscaba un arma legendaria de la que había oído hablar en antiguos textos enanos, una espada de poder inconcebible que se decía estaba oculta en algún lugar de los glaciares de Rasganorte. El nombre de aquella espada era Escarcha, Frostmourne en la lengua antigua, y la mera mención de su nombre hacía que el aire se enfriara y que las sombras parecieran acercarse un paso más.

La búsqueda de Frostmourne condujo a Arthas y Muradin a un altar de hielo en las profundidades de un glaciar cuyas paredes brillaban con una luminosidad antinatural, un azul tan intenso que parecía vivo, pulsante, como si el hielo mismo estuviera respirando. El altar estaba custodiado por guardianes no-muertos que cayeron ante las armas de los dos guerreros, pero fue lo que encontraron en su centro lo que selló el destino de Arthas para siempre. Frostmourne estaba enclavada en un bloque de hielo como una reliquia sagrada expuesta en un santuario, una hoja de acero más oscuro que la noche invernal cuyo filo emitía un brillo azul que no provenía de la luz reflejada sino de la energía que la espada contenía en su interior, una energía que Muradin reconoció de inmediato como profundamente maligna. El enano leyó las runas inscritas en la base del altar con una voz que comenzó firme pero terminó temblando: la inscripción advertía que quien empuñara la espada poseería poder más allá de la imaginación mortal, pero a cambio perdería su alma, que sería devorada por la hoja y encerrada en ella por toda la eternidad. Muradin retrocedió horrorizado, suplicando a Arthas que abandonara la búsqueda, que ningún poder valía semejante precio, que una espada maldita no podía ser la respuesta a los horrores que los habían perseguido desde Lordaeron. Pero Arthas, cuyos ojos estaban fijos en la hoja con la fascinación de quien contempla su propia destrucción y la confunde con su salvación, pronunció las palabras que habrían de resonar a través de las eras como un epitafio para todo lo que había sido: que dejara que la maldición lo consumiera, que aceptaba cualquier precio si eso le daba el poder para destruir a Mal'Ganis y proteger a su pueblo.

Cuando Arthas arrancó Frostmourne del altar de hielo, la explosión de energía que liberó fue tan violenta que fragmentos de hielo salieron despedidos en todas direcciones como metralla congelada, y uno de esos fragmentos golpeó a Muradin en la cabeza con una fuerza que lo derribó como un muñeco, dejándolo inmóvil en el suelo con una herida que sangraba sobre el hielo azul. Arthas ni siquiera miró hacia atrás. En el momento en que sus manos se cerraron alrededor de la empuñadura de Frostmourne, algo cambió dentro de él de forma irrevocable, como si una puerta que había estado cerrada toda su vida se abriera de golpe revelando un vacío infinito al otro lado. Su alma fue arrancada de su cuerpo y devorada por la espada con la eficiencia de un depredador que ha esperado pacientemente a que su presa viniera a él, y lo que quedó en su lugar no fue vacío sino algo peor: una versión de Arthas que conservaba todos sus recuerdos, todas sus habilidades, toda su inteligencia, pero que había sido vaciada de compasión, de remordimiento, de amor, de todo lo que hace que un ser humano sea humano. Frostmourne le otorgó un poder que superaba todo lo que había conocido como paladín, una fuerza sobrenatural que hacía que sus golpes partieran la roca y que su voluntad sometiera a los no-muertos como un rey somete a sus súbditos, y con ese poder marchó contra Mal'Ganis y lo destruyó con una facilidad que habría sido satisfactoria si el Arthas que había existido antes de tomar la espada hubiera seguido existiendo para sentir la satisfacción. Pero en la victoria sobre el señor del terror no hubo triunfo sino cumplimiento, pues Arthas no había derrotado a Mal'Ganis por voluntad propia sino porque la voz del Rey Exánime, que ahora resonaba en su mente con la claridad de una campana de cristal, le había ordenado hacerlo, y el príncipe que había jurado no servir a nadie más que a su pueblo descubrió, en el silencio helado que siguió a la muerte de Mal'Ganis, que se había convertido en el siervo más obediente de un amo cuyo rostro no podía ver pero cuya voluntad era ya indistinguible de la suya propia.

Los meses que siguieron fueron una pesadilla que se desenvolvía con la inevitabilidad de una avalancha, y cada paso que Arthas daba en su nuevo camino lo alejaba más de quien había sido y lo acercaba más a lo que estaba destinado a convertirse. El Rey Exánime guió a su nuevo campeón de regreso a Lordaeron, y el viaje fue una peregrinación inversa, no hacia la luz sino hacia la oscuridad, no hacia la salvación sino hacia la condenación. La gente de Lordaeron, que no sabía nada de Frostmourne ni de la transformación de su príncipe, recibió a Arthas como un héroe que regresaba de una campaña lejana, y las calles de la capital se llenaron de ciudadanos que arrojaban flores y vitoreaban el nombre de su príncipe con una alegría que habría resultado desgarradora si alguien hubiera sabido lo que estaba a punto de ocurrir. Los pétalos de rosa caían sobre la armadura de Arthas como lágrimas de un reino que celebraba su propia destrucción sin saberlo, y el príncipe caminaba entre su pueblo con una expresión que quienes lo conocían bien habrían reconocido como una máscara, una fachada de serenidad que ocultaba el vacío glacial que ahora ocupaba el lugar donde su alma había residido. En el palacio, el rey Terenas esperaba a su hijo en la sala del trono, sentado en la silla de madera tallada y terciopelo azul desde la que había gobernado Lordaeron durante décadas de guerra y paz, y su rostro envejecido se iluminó con una sonrisa de padre orgulloso cuando vio entrar a Arthas por las grandes puertas de roble. Las últimas palabras de Terenas fueron las de un rey que entregaba su responsabilidad a la siguiente generación con la confianza de quien cree que su legado está en buenas manos: "Mi hijo, este reino entero no ha conocido descanso durante el tiempo que has estado ausente." Y Arthas subió las escaleras del trono con pasos que resonaban en el mármol como los latidos de un corazón muerto, tomó la corona de la cabeza de su padre con manos que temblaban no de emoción sino de una fuerza contenida que era la antítesis de la ternura, y hundió Frostmourne en el pecho del rey con un movimiento que fue al mismo tiempo un asesinato, un parricidio y una declaración de guerra contra todo lo que la humanidad consideraba sagrado. Las últimas palabras que pronunció ante el cuerpo de su padre, mientras la sangre real se extendía como un manto rojo por las escaleras del trono, fueron las más terribles que habían sonado en aquella sala desde su construcción: "Te sucedo, padre."

La caída de Lordaeron fue tan rápida como completa, pues el Flagelo no necesitaba asediar una ciudad cuya puerta principal había sido abierta desde dentro por su propio príncipe. Los muertos vivientes inundaron la capital como una marea oscura que devoraba todo lo que tocaba, y los ciudadanos que horas antes habían vitoreado el regreso de Arthas murieron gritando su nombre, no como una aclamación sino como una maldición, mientras las calles que habían sido alfombradas de flores se cubrían de cadáveres que se levantarían como soldados del ejército que Arthas ahora comandaba. Los paladines de la Mano de Plata lucharon con una desesperación que rayaba en la locura, sus martillos de guerra brillando con la luz dorada de la Luz Sagrada mientras intentaban contener una oleada de horror que no tenía fin, pero eran demasiado pocos contra demasiados, y uno a uno cayeron bajo las espadas de los no-muertos o, peor aún, bajo la hoja de Frostmourne empuñada por aquel a quien habían jurado servir. Uther el Iluminado, que se había retirado de la corte tras los eventos de Stratholme con el corazón roto por la caída de su pupilo, recibió la noticia de la muerte de Terenas y del asalto al reino con una expresión de dolor tan profundo que quienes lo vieron jurarían que envejeció veinte años en un instante. El paladín más grande que la humanidad había conocido reunió lo que quedaba de la Orden y marchó para enfrentar a la abominación en que su alumno se había convertido, pero ni siquiera la fe inquebrantable de Uther ni el poder de la Luz que fluía a través de él como un río dorado fueron suficientes para detener a un enemigo que empuñaba un arma forjada en los dominios de la muerte misma. Arthas mató a Uther en combate singular, y en el momento de la muerte del viejo paladín, la Luz pareció atenuarse en todo Lordaeron, como si la divinidad misma llorara la pérdida de su campeón más fiel.

El reino que Terenas Menethil había construido y protegido durante toda su vida dejó de existir en cuestión de semanas, consumido por la plaga que su propio hijo había desatado sobre sus tierras. Arthas, ahora plenamente transformado en Caballero de la Muerte al servicio del Rey Exánime, recorrió los dominios de su padre como un segador recorre un campo de trigo, y a su paso los vivos se convertían en muertos y los muertos en soldados de un ejército que no conocía la fatiga, el hambre ni el miedo. Las tareas que el Rey Exánime le encomendó fueron ejecutadas con una eficiencia que habría sido admirable si no hubiera sido tan monstruosa: resucitar a Kel'Thuzad, cuyo cuerpo Arthas había matado semanas atrás, sumergiéndolo en las aguas corrompidas del Pozo de Sol de Quel'Thalas, un acto que no solo devolvió al nigromante a la existencia como un liche de un poder terrible sino que profanó el lugar más sagrado de los altos elfos y destruyó la fuente de magia arcana de la que su civilización había dependido durante siete mil años. La invasión de Quel'Thalas, que Arthas ejecutó al frente de una legión de no-muertos, fue una masacre de proporciones apocalípticas que destruyó la mayor parte de la civilización élfica del norte, mató al noventa por ciento de su población, y dejó cicatrices en la tierra que serían conocidas como la Cicatriz Muerta, una franja de corrupción necrótica que cortaba el reino élfico de sur a norte como una herida que se negaba a cerrarse. El príncipe que había nacido bajo estandartes dorados en un palacio de mármol se había convertido en el arma más letal del Rey Exánime, un instrumento de destrucción cuya eficacia residía no en la fuerza bruta sino en la intimidad de la traición, pues nadie puede destruir un reino tan completamente como aquel a quien el reino confiaba su futuro.