El tejido del tiempo, esa urdimbre invisible e incomprensiblemente compleja que conectaba cada instante de la existencia con todos los que le precedían y todos los que le seguirían, se desgarró como un pergamino viejo cuando Garrosh Grito Infernal y el dragón de bronce renegado Kairozdormu atravesaron las barreras dimensionales y emergieron en un Draenor que nunca debería haber existido, un mundo paralelo donde la historia había seguido un curso diferente y donde las praderas aún eran verdes, los cielos aún eran azules y los clanes orcos aún vagaban libres por una tierra que en la línea temporal conocida había sido destruida décadas atrás por los portales dimensionales de Ner'zhul. Era un Draenor anterior a la corrupción, anterior a la caída, un mundo suspendido en el momento preciso en que el brujo Gul'dan estaba a punto de ofrecer a los clanes orcos la sangre del señor demoníaco Mannoroth, el acto que habría convertido a los orcos en esclavos de la Legión Ardiente y que habría desencadenado la cadena de eventos que condujo a las guerras en Azeroth, la destrucción de Draenor y la creación de Terrallende. Kairozdormu había elegido este momento con precisión calculada, creyendo que podía manipular tanto a Garrosh como a la línea temporal alternativa para sus propios fines oscuros, pero el dragón había cometido el error fatal de subestimar la brutalidad y la astucia del orco que había liberado. En los primeros momentos tras su llegada, cuando Kairozdormu reveló sus verdaderas intenciones de usar a Garrosh como peón en un esquema más amplio de manipulación temporal, el antiguo Jefe de Guerra respondió de la única manera que conocía: con violencia absoluta e irrevocable, asesinando al dragón con la misma determinación implacable que había aplicado a todo obstáculo en su vida, y quedándose solo en un mundo que era simultáneamente familiar y extraño, armado con conocimientos del futuro y una tecnología que no existía en aquella era.
Lo primero que hizo Garrosh en aquel Draenor alternativo fue buscar a su padre, Grommash Grito Infernal, el legendario guerrero que en la línea temporal original había bebido la sangre de Mannoroth y liderado a la Horda corrompida contra los draenei y posteriormente contra Azeroth, pero que también había sido el primero en liberarse de la maldición demoníaca al matar al propio Mannoroth en un acto de redención que le costó la vida. En este Draenor alternativo, Grommash aún no había tomado esa decisión fatídica, y Garrosh llegó ante él no como el hijo que su padre nunca conocería sino como un forastero que traía advertencias del futuro y la promesa de un destino diferente, un destino en el que los orcos no necesitarían la sangre de los demonios para conquistar mundos porque la tecnología que Garrosh traía de su tiempo, los conocimientos de ingeniería y metalurgia que había extraído de los goblin y los enanos de Azeroth, les proporcionaría un poder militar que superaría cualquier cosa que la Legión Ardiente pudiera ofrecer. La escena en que Garrosh convenció a Grommash de rechazar la sangre de Mannoroth fue un momento de dramatismo cósmico: cuando Gul'dan presentó la copa rebosante de sangre demoníaca verde fluorescente ante los jefes de clan reunidos, prometiéndoles poder ilimitado a cambio de su servidumbre, Grommash volcó la copa sobre la tierra y, junto con Garrosh, atacó a Mannoroth directamente, utilizando una trampa tecnológica que Garrosh había preparado con armas de hierro de una sofisticación desconocida en aquella era, encadenando y finalmente destruyendo al señor demoníaco ante los ojos atónitos de los clanes reunidos.
La muerte de Mannoroth en aquel Draenor alternativo alteró el curso de la historia de maneras profundas e imprevisibles, creando una bifurcación en la realidad que generó consecuencias tanto para aquel mundo como para Azeroth. Sin la corrupción demoníaca que había unificado a los clanes orcos bajo una furia sobrenatural en la línea temporal original, Garrosh necesitaba otro mecanismo para forjar la unidad entre los señores de la guerra orcos, cada uno de los cuales gobernaba su clan con autonomía absoluta y no tenía razón alguna para someterse a la voluntad de otro. La respuesta fue la Horda de Hierro, una fuerza militar basada no en la magia demoníaca sino en la tecnología industrial: forjas masivas que producían armas y armaduras de un acero superior a cualquier cosa que los orcos hubieran conocido, máquinas de asedio que combinaban la ingeniería goblin con la brutalidad orca, trenes de guerra blindados que podían transportar ejércitos enteros a través de las vastas estepas de Draenor a velocidades imposibles, y cañones de hierro que podían demoler murallas que habían resistido siglos de asaltos convencionales. Garrosh proporcionó los planos y los conocimientos; los orcos, con su inagotable capacidad de trabajo y su pasión por la guerra, los convirtieron en realidad con una velocidad que habría asombrado a los ingenieros más eficientes de Azeroth. La Horda de Hierro era la visión de Garrosh materializada: un ejército orco puro, libre de la corrupción demoníaca pero igualmente devastador, unificado por la ambición de conquista y armado con herramientas que hacían innecesario el pacto fáustico con la Legión Ardiente.
Los señores de la guerra que componían la Horda de Hierro eran figuras legendarias cuya fama había resonado a través de las eras incluso en la línea temporal original de Azeroth, cada uno un líder de capacidades extraordinarias y una personalidad que definía la esencia de su clan. Grommash Grito Infernal, jefe del clan Grito de Guerra, era el corazón ardiente de la Horda de Hierro, un guerrero cuya ferocidad en combate era igualada solo por su orgullo inquebrantable, un orco que preferiría morir mil veces antes que arrodillarse ante cualquier amo, ya fuera demonio, titán o dios; su grito de guerra era tan legendario que se decía que podía detener el corazón de un enemigo a distancia, y su hacha Agonía bramaba con cada golpe como si tuviera vida propia. Puño Negro, jefe del clan Roca Negra, era el estratega supremo y el maestro de las forjas, un megalómano despiadado cuya ambición de poder era superada solo por su brillantez táctica; bajo su liderazgo, las fundiciones de la Montaña Roca Negra producían el acero que armaba a la Horda de Hierro entera, y sus guerreros eran los soldados más disciplinados y mejor equipados de todos los clanes. Ner'zhul, jefe del clan Sombraluna, comandaba los poderes oscuros del chamanismo de las sombras y la nigromancia, un anciano cuya conexión con el mundo de los espíritus le otorgaba visiones del futuro y poder sobre los muertos que hacían temblar incluso a sus aliados; en la línea temporal original, Ner'zhul habría sido capturado por Kil'jaeden y transformado en el Rey Exánime original, pero en este Draenor alternativo su destino seguía un camino diferente aunque igualmente sombrío. Kilrogg Ojo Muerto, jefe del clan Filo Sangrante, era un visionario en el sentido más literal: durante un ritual chamánico, se había arrancado un ojo para ver el momento exacto de su propia muerte, y ese conocimiento le había otorgado una valentía sobrehumana, pues sabía con certeza absoluta cuándo y cómo moriría, y por lo tanto no temía a nada que no correspondiera a esa visión.
Kargath Puño Espada, jefe del clan Mano Destrozada, encarnaba la ferocidad nacida del sufrimiento más extremo: había sido un esclavo de los ogros, encadenado y torturado durante años en las arenas de combate donde los esclavos orcos eran obligados a luchar entre sí para entretenimiento de sus amos, y cuando finalmente se liberó, lo hizo cortándose su propia mano para escapar de los grilletes, reemplazándola con una cuchilla de hierro que se convirtió en el símbolo de su clan y de su filosofía de que el dolor era el camino hacia la libertad. Los miembros de su clan emulaban a su líder en la automutilación ritual, cortándose y marcándose como manifestaciones de una filosofía que transformaba el sufrimiento en fortaleza, y su ferocidad en combate era la de seres que habían trascendido el miedo al dolor porque ya habían experimentado lo peor que la existencia podía ofrecer. Durotan, jefe del clan Lobo Gélido, era el contrapunto moral de la Horda de Hierro, un guerrero honorable que rechazó unirse a la alianza de Garrosh por considerar que la ambición de conquista era tan corruptora como la sangre demoníaca, prefiriendo el aislamiento y la independencia de su clan en las estepas heladas de Cresta Fuegofrío a participar en una guerra de agresión que consideraba injusta. Durotan y su compañera Draka representaban la nobleza ancestral de la cultura orca, los valores de honor, lealtad al clan y respeto por la tierra que Garrosh y su Horda de Hierro habían abandonado en su búsqueda de poder, y su resistencia a unirse a la conquista los convertía en aliados naturales de los héroes de Azeroth que pronto llegarían a enfrentar la amenaza.
El plan de Garrosh no se limitaba a unificar a los orcos de aquel Draenor alternativo: su objetivo final era construir un Portal Oscuro que conectara aquel mundo con el Azeroth de la línea temporal principal, lanzando una invasión a través del tiempo y las dimensiones que tomaría desprevenido a un mundo que creía que la amenaza orca había quedado en el pasado. Utilizando la tecnología que había traído y los recursos masivos de un Draenor no destruido, la Horda de Hierro construyó un Portal Oscuro de proporciones colosales en el Paso de Tánaan, la jungla primordial que servía como corazón espiritual de Draenor, y cuando el portal se abrió, su luz roja enfermiza iluminó los cielos de ambos mundos simultáneamente. Las fuerzas de la Horda de Hierro cruzaron el portal en oleadas, emergiendo en el Pantano de las Penas de Azeroth como un ejército que no debería haber existido, orcos no corrompidos pero igualmente belicosos, armados con tecnología que los hacía más peligrosos de lo que la Horda original había sido jamás. La Alianza y la Horda de Azeroth, que apenas estaban recuperándose de los eventos del Asedio de Orgrimmar y la fuga de Garrosh, se vieron obligadas a responder con una velocidad desesperada, reuniendo una fuerza expedicionaria conjunta que cruzaría el Portal Oscuro en sentido inverso para llevar la guerra al Draenor alternativo antes de que la Horda de Hierro pudiera consolidar su cabeza de playa en Azeroth.
La campaña en el Draenor alternativo fue una experiencia surrealista para muchos de los héroes de Azeroth, particularmente para aquellos orcos de la Horda que se encontraron literalmente enfrentando versiones alternativas de sus propios ancestros y caminando por una tierra que conocían solo a través de las canciones de sus ancianos y los relatos de los supervivientes de la Horda original. El paisaje de aquel Draenor era impactantemente diferente al Terrallende destrozado que los veteranos de la Cruzada Ardiente recordaban: donde Terrallende era un archipiélago de roca flotando en el vacío, el Draenor alternativo era un mundo completo y vibrante, con vastas sabanas doradas en Nagrand donde los clefthoofs pastaban en manadas de miles, selvas tropicales impenetrables en Gorgrond donde las criaturas gigantescas luchaban contra la vegetación misma en una guerra eterna entre piedra y planta, las estepas heladas de Cresta Fuegofrío donde los lobos gélidos aullaban bajo auroras boreales de colores imposibles, y los picos sombríos del Valle Sombraluna donde las estrellas brillaban con una intensidad que parecía casi sobrenatural. Los draenei de aquel Draenor alternativo aún vivían en ciudades resplandecientes como Karabor, que en la línea temporal original se convertiría en el Templo Oscuro de Illidan, y su civilización estaba intacta, sus templos y catedrales de cristal luminiscente alzándose sobre las colinas como faros de esperanza en un mundo que aún no conocía la devastación que el futuro le deparaba en otras realidades.
La guerra contra la Horda de Hierro se libró a lo largo y ancho de aquel Draenor magnífico, y cada batalla dejaba cicatrices en una tierra que en esta realidad aún no había sido herida por la destrucción masiva. En Cresta Fuegofrío, los héroes de Azeroth forjaron una alianza con Durotan y los Lobos Gélidos, luchando juntos contra las fuerzas de la Horda de Hierro que intentaban someter al clan rebelde; fue una alianza cargada de ironía para los orcos de la Horda de Azeroth, pues Durotan era el padre de Thrall en la línea temporal original, y verlo vivo y en la plenitud de su poder guerrero era como contemplar un sueño del pasado materializado. En la Fundición de Roca Negra, los héroes asaltaron la fortaleza industrial de Puño Negro, enfrentándose a un ejército de orcos armados con la mejor tecnología que la Horda de Hierro podía producir, y tras una batalla épica que atravesó forjas ardientes, líneas de ensamblaje de máquinas de guerra y salones del trono fundidos en metal, el maestro de la fundición cayó, privando a la Horda de Hierro de su arsenal industrial y de uno de sus generales más competentes. En el Valle Sombraluna, los héroes enfrentaron las artes oscuras de Ner'zhul, que había abierto portales al Vacío Abisal en un intento desesperado de invocar fuerzas que ni él mismo comprendía completamente, y la destrucción del chamán oscuro cerró uno de los capítulos más peligrosos de la campaña. En Gorgrond, la selva misma era un campo de batalla donde la naturaleza luchaba contra la industrialización orca, y en la Cumbre de Agujas, Kargath Puño Espada fue derrotado en su propia arena de gladiadores, cayendo ante los mismos métodos de violencia que él había abrazado como filosofía de vida.
Pero la Horda de Hierro, a pesar de sus derrotas sucesivas en el campo de batalla, resultó ser solo el prólogo de una amenaza mucho mayor, pues entre las sombras de la guerra convencional, una fuerza infinitamente más peligrosa estaba manipulando los eventos hacia un clímax que nadie había anticipado. Gul'dan, el brujo orco que en la línea temporal original había sido el arquitecto de la corrupción de los orcos y el instrumento principal de la Legión Ardiente en Draenor, había sido capturado y encarcelado por la Horda de Hierro al comienzo de la campaña de Garrosh, pues el rechazo de la sangre demoníaca había convertido al brujo en un enemigo del nuevo orden. Sin embargo, la Legión Ardiente no se rendía fácilmente, y a medida que la Horda de Hierro se debilitaba bajo los golpes de los héroes de Azeroth, los demonios encontraron la manera de liberar a Gul'dan y ponerlo en una posición donde pudiera retomar el papel que el destino le había asignado en todas las líneas temporales: el de instrumento de la corrupción. Gul'dan, libre y empoderado por la Legión, confrontó a los señores de la guerra restantes con una oferta que era simultáneamente una promesa y una amenaza: beber la sangre de Mannoroth, resucitado por la magia de la Legión, y obtener el poder demoníaco que Garrosh les había negado, o ser destruidos. Grommash, fiel a su orgullo, rechazó la oferta y fue sometido e encarcelado por Gul'dan, pero Kilrogg Ojo Muerto, que había visto su propia muerte y sabía que no caería en aquel momento, aceptó la sangre demoníaca, transformándose en un orco vil de poder descomunal cuya carne verde y ojos resplandecientes de fuego demoníaco eran la manifestación física de la corrupción que Garrosh había intentado evitar.
La ironía final de la campaña de Garrosh resultó devastadora: al impedir que los orcos bebieran la sangre de Mannoroth y crear la Horda de Hierro como alternativa a la Horda corrompida, Garrosh no había eliminado la amenaza de la Legión Ardiente sino que simplemente la había retrasado, y cuando la Legión finalmente se hizo con el control a través de Gul'dan, la situación resultó ser peor que si los orcos hubieran sido corrompidos desde el principio, pues ahora la Legión tenía acceso directo a un Draenor intacto y a un portal que conectaba con Azeroth. Gul'dan, actuando como agente supremo de la Legión Ardiente, resucitó a Mannoroth en la Ciudadela del Fuego Infernal, la fortaleza que la Legión había establecido en el Paso de Tánaan, y los héroes de Azeroth se vieron obligados a destruir al señor demoníaco una segunda vez, liberando en el proceso a Grommash Grito Infernal de su cautiverio. La alianza entre los héroes de Azeroth, los draenei de aquel Draenor alternativo liderados por la visionaria guerrera Yrel, y los orcos redimidos de Grommash fue una coalición nacida de la desesperación compartida ante una amenaza que trascendía las diferencias raciales y temporales. Juntos, marcharon contra la Ciudadela del Fuego Infernal para enfrentar a la fuerza final que Gul'dan había invocado: nada menos que Archimonde, el Defiler, uno de los dos generales supremos de la Legión Ardiente, un eredar de poder casi divino que había sido derrotado en Azeroth durante la Batalla del Monte Hyjal pero que en el Vacío Abisal era virtualmente inmortal.
La batalla contra Archimonde en las ruinas de la Ciudadela del Fuego Infernal fue un enfrentamiento de proporciones cósmicas que hizo temblar los cimientos del Draenor alternativo y amenazó con destrozar el tejido dimensional que separaba aquel mundo de la realidad principal. El señor demoníaco se manifestó con toda la terrible majestuosidad de un ser que había existido desde antes de que los mundos tuvieran nombre, su forma colosal irradiando fuego vil y energía destructiva que arrasaba todo en un radio de kilómetros. Archimonde invocó lluvia de infernales que caían del cielo como meteoritos demoníacos, abrió fisuras en la realidad que conectaban directamente con el Vacío Abisal, convocó a las almas de los condenados para que lucharan a su lado, y desplegó un poder de destrucción tan vasto que la tierra misma se resquebrajaba bajo la presión de su presencia. Los héroes, apoyados por Yrel y sus draenei y por Grommash y sus orcos redimidos, lucharon con una ferocidad nacida de la certeza de que la derrota significaría no solo la muerte sino la conquista de dos mundos por la Legión Ardiente. La batalla rugió durante lo que parecieron horas, con los héroes alternando entre ataques desesperados y esquivos milagrosos, buscando debilitar al señor demoníaco lo suficiente como para empujarlo de vuelta al portal dimensional del que había surgido.
Cuando finalmente Archimonde fue derrotado, su caída no fue el final limpio y definitivo que los héroes habrían deseado, sino un acto final de malicia demoníaca que sembró las semillas de una catástrofe futura. En su último instante antes de ser destruido o desterrado de vuelta al Vacío Abisal, Archimonde agarró a Gul'dan y lo arrojó a través de un portal dimensional, no de vuelta al Vacío sino directamente al Azeroth de la línea temporal principal, cumpliendo así el pacto que el brujo había hecho con la Legión Ardiente: entregar Azeroth a los demonios. Gul'dan atravesó las dimensiones como un proyectil de corrupción pura, aterrizando en un Azeroth que no esperaba su llegada y que no comprendía la amenaza que representaba un brujo que llevaba consigo los conocimientos y la autoridad necesarios para invocar a la Legión Ardiente en toda su terrible plenitud. El Draenor alternativo quedó liberado de la Legión, pero Azeroth acababa de recibir al mensajero de su propia destrucción potencial, un brujo cuya ambición y crueldad no conocían límites y cuyo único propósito era abrir las puertas del mundo a la fuerza más destructiva del universo conocido.
Con la derrota de la Horda de Hierro y la expulsión de la Legión Ardiente del Draenor alternativo, Grommash Grito Infernal quedó como líder de los clanes orcos que habían sobrevivido a la guerra, un guerrero que había pasado de ser el fundador de la Horda de Hierro a un prisionero de la Legión a un aliado improbable de los héroes de Azeroth. Su declaración final, gritada con la misma ferocidad que caracterizaba a todo lo que hacía, fue una afirmación de libertad que resonó a través de las llanuras del Draenor alternativo como un trueno en un cielo despejado. Yrel, la draenei que había emergido de la guerra como una líder visionaria y poderosa, quedó como guardiana de un Draenor que ahora debía reconstruirse desde los escombros de una guerra que había destruido tanto la infraestructura de la Horda de Hierro como la de las fuerzas de la Legión. Los héroes de Azeroth regresaron a su mundo a través del Portal Oscuro con la satisfacción de haber evitado una invasión extradimensional pero con la inquietud persistente de que Gul'dan, el brujo más peligroso que Draenor jamás había producido, estaba ahora suelto en su mundo, buscando la manera de cumplir la promesa que había hecho a la Legión Ardiente. La sombra de la invasión demoníaca definitiva se cernía sobre Azeroth como una tormenta que se acerca lentamente desde el horizonte, y cuando finalmente estallara, traería consigo una guerra que haría palidecer todas las que la habían precedido, una guerra que decidiría de una vez por todas si Azeroth sobreviviría como un mundo libre o caería ante la Legión Ardiente que había perseguido su destrucción desde el amanecer del universo.